El cielo: Un mundo de amor

Jonathan Edwards (1703-1758)

“El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:8).

E

L Apóstol habla en el texto, de un estado de la Iglesia cuando sea perfecta en el cielo y, por lo tanto, de un estado en el que el Espíritu Santo será dado a la Iglesia, más perfecta y abundantemente de lo que es ahora en la tierra. Pero la forma en que se dará cuando se derrame tan abundantemente, será en ese gran fruto del Espíritu: El amor santo y divino en los corazones de todos los benditos habitantes de ese mundo. De modo que el estado celestial de la Iglesia, es un estado que se distingue de su estado terrenal, dado que es el estado que Dios ha diseñado, especialmente, para tal comunicación de su Espíritu Santo y en el que se dará perfectamente —mientras que, en el estado actual de la Iglesia, se da con gran imperfección—. Y es también un estado en el que este santo amor será, por así decirlo, el único don o fruto del Espíritu, por ser el más perfecto y glorioso de todos, y que, llevado a la perfección, hace innecesarios todos los demás dones que Dios [solía] conceder a su Iglesia en la tierra. Y para que podamos ver mejor cómo el cielo es así, un mundo de amor santo, yo consideraría [lo siguiente:]

La causa y fuente del amor en el cielo: Aquí, observo que el mismo Dios del amor, mora en el cielo. El cielo es el palacio o cámara de la presencia del Santo y Altísimo, cuyo nombre es amor, y quien es tanto la causa como la fuente de todo amor santo. Dios, considerado con respecto a su esencia, está en todas partes —Él llena tanto el cielo como la tierra—. Sin embargo, en algunos aspectos, se dice que está más especialmente en unos lugares que en otros. Antiguamente, se decía que habitaba en la tierra de Israel por encima de todas las demás tierras; y en Jerusalén, por encima de todas las demás ciudades de esa tierra; y en el templo, por encima de todos los demás edificios de la ciudad; y en el lugar santísimo, por encima de todos los demás espacios del templo; y en el propiciatorio sobre el arca de la alianza, por encima de todos los demás lugares del lugar santísimo. Pero el cielo es su lugar de morada, por encima de todos los demás lugares del universo y, todos aquellos lugares en los que se decía que Él moraba antiguamente, no eran sino [símbolos] de esto. El cielo es una parte de la creación que Dios ha construido… para ser el lugar de su gloriosa presencia y es su morada para siempre. Aquí morará y se manifestará, gloriosamente, por toda la eternidad.

Esto hace del cielo un mundo de amor, pues Dios es la fuente del amor como el sol es la fuente de la luz. Por tanto, la gloriosa presencia de Dios en el cielo llena el cielo de amor, como el sol, colocado en medio de los cielos visibles en un día claro, llena el mundo de luz. El Apóstol nos dice que “Dios es amor” (1 Jn. 4:16); por tanto, viendo que Él es un ser infinito, se entiende que es una fuente infinita de amor. Viendo que Él es un ser todo suficiente, se entiende que es una fuente de amor plena, desbordante e inagotable. Y como es un ser inmutable y eterno, Él es una fuente inmutable y eterna de amor.

Allí, incluso en el cielo, habita el Dios de quien procede todo torrente de amor santo, sí, toda gota que existe o que alguna vez existió. Allí habitan Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu, unidos como uno solo en amor infinitamente apreciado, incomprensible, mutuo y eterno. Allí habita Dios Padre, quien es el Padre de misericordias y, por tanto, Padre de amor, quien “de tal manera amó al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para” morir por él (Jn. 3:16). Allí habita Cristo, el Cordero de Dios, el Príncipe de paz y de amor, quien amó tanto al mundo que vertió su sangre y derramó su alma hasta la muerte por los hombres… Allí habita Cristo en sus dos naturalezas —la humana y la divina— sentado en el mismo trono con el Padre. Y allí habita el Espíritu Santo —el Espíritu del amor divino— en quien la esencia misma de Dios, por así decirlo, fluye y se respira en el amor, y por cuya influencia inmediata, todo el amor santo se derrama en los corazones de todos los santos en la tierra y en el cielo.

Allí, en el cielo, esta fuente infinita de amor, este eterno Tres en Uno, está abierta sin ningún obstáculo que impida el acceso a ella, mientras fluye eternamente. Allí, se manifiesta este Dios glorioso y resplandece en toda su gloria, en rayos de amor. Y allí, esta gloriosa fuente fluye para siempre en torrentes, sí, en ríos de amor y deleite. ¡Estos ríos se ensanchan, por así decirlo, hasta convertirse en un océano de amor en el que las almas de los redimidos pueden bañarse con el más dulce gozo, y sus corazones, por así decirlo, pueden ser inundados de amor!

A los objetos de amor que contiene: Una vez más, me gustaría considerar el cielo con respecto a los objetos de amor que contiene. Aquí observaré tres cosas.

  1. En el cielo no hay más que objetos amorosos. Ninguna persona o cosa odiosa, sin amor o contaminada se ha de ver allí. No hay nada allí que sea malvado o profano. “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación” (Ap. 21:27). No hay nada que esté deforme por alguna deformidad natural o moral; sino que todo es hermoso para contemplar —agradable y excelente en sí mismo—. El Dios que mora y se manifiesta gloriosamente allí, es infinitamente amoroso —gloriosamente amoroso como Padre celestial, Redentor divino y Santificador santo—.

Todas las personas que pertenecen a la bendita sociedad del cielo son amorosas. El Padre de la familia es amoroso y también, lo son todos sus hijos. La Cabeza del cuerpo [es] amorosa y también, lo son todos los miembros. Entre los ángeles no hay ninguno que no sea amoroso porque todos son santos. No se permite que los ángeles malvados infesten el cielo como lo hacen en este mundo, sino que son mantenidos siempre a distancia por ese gran abismo que hay entre ellos y el glorioso mundo del amor. Entre toda la compañía de los santos, no hay personas sin amor. No hay allí falsos profesantes o hipócritas; ninguno finge ser santo y [ninguno] tiene un espíritu o comportamiento no cristiano y odioso como sucede, a menudo, en este mundo; ninguno cuyo oro no haya sido purificado de su escoria; ninguno que no sea amoroso en sí mismo y para los demás. Allí no hay ningún objeto que pueda ofender o que, en algún momento, dé ocasión a alguna pasión o emoción de odio o desagrado, sino que, todo objeto allí, siempre provocará amor. Y no sólo todos los objetos en el cielo serán amorosos, sino que, …

  1. Serán perfectamente amorosos. Hay muchas cosas en este mundo que, en general, son amorosas, pero no están perfectamente libres de eso que les es contrario. Como hay manchas en el sol; así hay muchos hombres que son sumamente amorosos y dignos de ser amados, pero que, sin embargo, no están libres de algunas cosas que son desagradables y poco amorosas. A menudo, hay en los hombres buenos, algún defecto de temperamento, carácter o conducta que empaña la excelencia de lo que, de otro modo, parecería más amoroso. Incluso, los mejores hombres son, en la tierra, imperfectos.

Pero no es así en el cielo. Allí, no habrá contaminación, deformidad ni defecto desagradable de ningún tipo en ninguna persona o cosa; todos serán perfectamente puros y perfectamente amorosos en el cielo. Ese bendito mundo será perfectamente brillante, sin ninguna oscuridad; perfectamente hermoso, sin ninguna mancha; perfectamente claro, sin ninguna nube. Ningún defecto moral o natural entrará jamás allí. No se verá nada que sea pecaminoso, débil o tonto; nada cuya naturaleza o aspecto sea vulgar o desagradable, o que pueda ofender al gusto más refinado o al ojo más delicado. Ninguna cuerda vibrará allí fuera de tono para causar alguna disonancia en la armonía de la música celestial y ninguna nota será tal que haga discordancia en los himnos de los santos y de los ángeles.

El gran Dios, quien tan plenamente se manifiesta allí, es perfecto con una perfección absoluta e infinita. El Hijo de Dios, quien es el resplandor de la gloria del Padre, aparece allí en la plenitud de su gloria sin ese manto de [humildad] exterior con el que apareció en este mundo. El Espíritu Santo será derramado allí con perfecta riqueza y dulzura, como un río puro de agua de vida, resplandeciente como el cristal que sale del trono de Dios y del Cordero (Ap. 22:1). Y cada miembro de esa santa y bendita sociedad, estará libre de toda mancha de pecado, imperfección, debilidad, imprudencia o defecto de cualquier clase. Toda la Iglesia, redimida y purificada, será allí presentada a Cristo como una novia, vestida “de lino fino, limpio y resplandeciente” (Ap. 19:8), sin “mancha ni arruga ni cosa semejante” (Ef. 5:27).

  1. En el cielo estarán todos aquellos objetos en los que los santos han puesto su corazón y que han amado sobre todas las cosas mientras estaban en este mundo. Allí encontrarán aquellas cosas que les parecieron más valiosas mientras moraban en la tierra, las cosas que obtuvieron la aprobación1 de sus juicios, cautivaron sus afectos y apartaron sus almas de los más queridos y placenteros objetos terrenales. Allí, encontrarán aquellas cosas que eran su deleite aquí abajo, en las que se regocijaban meditando y con cuya dulce contemplación sus mentes se ocupaban a menudo. Y allí también, [estarán] las cosas que eligieron como su porción y que eran tan queridas para ellos que estaban dispuestos por ellas a sufrir los sufrimientos más severos —a abandonar, incluso, a padre, madre, parientes, amigos, esposa, hijos y la vida misma (Lc. 14:26, 33)—‍.

Todo lo verdaderamente grande y bueno, todo lo puro, santo y excelente de este mundo y, tal vez, de todas las partes del universo tienden, constantemente, hacia el cielo. Así como los arroyos tienden hacia el océano, así todos ellos tienden hacia el gran océano de infinita pureza y dicha. El paso del tiempo no hace más que llevarlos hacia su bienaventuranza y a nosotros, si somos santos, a unirnos a ellos allí. Cada joya que la muerte nos arrebata bruscamente aquí, es una joya gloriosa que brilla eternamente allá; cada amigo cristiano que se va antes que nosotros de este mundo, es un espíritu rescatado que espera darnos la bienvenida en el cielo. Allí estará el infante de días que hemos perdido abajo y que, por gracia, será encontrado arriba; allí estará el padre cristiano, la madre, la esposa, el niño y el amigo, con quienes renovaremos la santa comunión de los santos que fue interrumpida por la muerte aquí, pero que se reanudará en el santuario superior y entonces, nunca terminará. Allí tendremos la compañía de los patriarcas, los padres y los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento —y con aquellos de quienes el mundo no era digno, con quienes, en la tierra, sólo nos relacionamos por la fe—‍. Y allí, sobre todo, nos gozaremos y moraremos con el Dios Padre, a quien hemos amado con todo nuestro corazón en la tierra; y con Jesucristo, nuestro amado Salvador, quien siempre ha sido para nosotros el primero entre diez mil y todo él codiciable (Cnt. 5:16); y con el Espíritu Santo, nuestro Santificador, Guía y Consolador, ¡y seremos llenos de toda la plenitud de la Divinidad para siempre!

Los sujetos del amor en el cielo: Y siendo tales los objetos del amor en el cielo, paso a sus sujetos —los corazones en los cuales mora—. En todos los corazones del cielo habita y reina el amor.

El corazón de Dios es la fuente original o sujeto del amor. El amor divino está en Él, no como en un sujeto que lo recibe de otro, sino como en su fuente original, donde es de sí mismo. El amor de Dios el Padre, fluye hacia Cristo, la Cabeza, y hacia todos los miembros por medio de Aquel en quien fueron amados antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4) y en quien el amor del Padre fue expresado hacia ellos, en su tiempo por medio de su muerte y sufrimientos, como ahora es plenamente manifestado en el cielo.

Los santos y los ángeles son, secundariamente, los sujetos del santo amor, no como aquellos en quienes éste se encuentra como en una fuente original, como la luz está en el sol, sino como está en los planetas, que brillan sólo por la luz reflejada. Y la luz de su amor se refleja, en primer lugar y principalmente, de vuelta a su gran fuente. Así como Dios ha dado amor a los santos y a los ángeles, así, el amor de ellos es ejercido, principalmente, hacia Dios, su fuente, como es lo más razonable. Todos aman a Dios con un amor supremo. No hay enemigo de Dios en el cielo, sino que todos, como hijos suyos, lo aman como a su Padre. Todos están unidos con una sola mente para exhalar sus almas enteras en amor a Dios, su Padre eterno, y a Jesucristo, su común Redentor, Cabeza y amigo.

Cristo ama a todos sus santos en el cielo. Su amor fluye a toda su Iglesia allí y a cada uno de sus miembros. Y todos ellos, con un solo corazón y una sola alma, se unen en amor a su común Redentor. Cada corazón está desposado con este santo y espiritual esposo, y todos se regocijan en Él, mientras los ángeles se unen a ellos en su amor. Y los ángeles y los santos se aman mutuamente. Todos los miembros de la gloriosa sociedad del cielo están sinceramente unidos… Cada alma se entrega en amor a las demás y entre todos los benditos habitantes, el amor es mutuo, pleno y eterno.

Tomado de El cielo: Un mundo de amor (Heaven: A World of Love), disponible en Chapel Library.


Jonathan Edwards (1703-1758): Predicador y teólogo congregacionalista estadounidense; nacido en East Windsor, colonia de Connecticut, EE.UU.

Footnotes

  1. Aprobación – Beneplácito cálido; agrado; elogio.