Buscando el mundo del amor

Jonathan Edwards (1703-1758)

L

o que ha sido dicho sobre este tema [del cielo], bien puede despertar y alarmar a los impenitentes1: Primero, haciéndoles recordar su miseria por no tener parte ni derecho en este mundo de amor. Ustedes han oído lo que se ha dicho del cielo, qué clase de gloria y bienaventuranza hay allí, y cuán felices son los santos y los ángeles en ese mundo de amor perfecto. Pero consideren que nada de esto les pertenece. Cuando oyen hablar de tales cosas, oyen hablar de aquello en lo que no tienen ningún interés. Ninguna persona como ustedes —un malvado que odia a Dios y a Cristo, y que está bajo el poder de un espíritu de enemistad contra todo lo que es bueno— entrará allí jamás. Los que son como ustedes, nunca pertenecen al fiel Israel de Dios y nunca entrarán en su descanso celestial. Se les puede decir, como Pedro dijo a Simón (Hch. 8:21): “No tienes parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios” y como Nehemías dijo a Sanbalat y sus asociados: “No tenéis parte, ni derecho, ni memoria, en Jerusalén” (Neh. 2:20). Si un alma como la tuya fuera admitida en el cielo, ese mundo de amor, ¡cuan nauseabundo sería para aquellos espíritus benditos, cuyas almas son como una llama de amor! ¡Cómo [perturbaría] esa sociedad amorosa y bendita, y pondría todo en confusión! El cielo dejaría de serlo si tales almas fuesen admitidas en él. ¡Esto lo cambiaría de ser un mundo de amor a ser un mundo de odio, orgullo, envidia, malicia y venganza, como lo es este mundo! Pero esto nunca sucederá y la única alternativa es que los que son como tú, sean excluidos con “los perros [que] estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira” (Ap. 22:15); es decir, con todo lo que es vil, inmundo e impío. Y este tema bien puede despertar y alarmar a los impenitentes.

Segundo, mostrándoles que están en peligro de ir al infierno, el cual es un mundo de odio. Hay tres mundos. Uno es éste, que es un mundo intermedio, un mundo en el cual el bien y el mal están tan mezclados que es una señal segura de que este mundo no va a continuar para siempre. Otro es el cielo, un mundo de amor sin ningún odio. Y el otro es el infierno, un mundo de odio donde no hay amor, que es el mundo al que, propiamente, pertenecen todos los que están en un estado sin Cristo. Este último, es el mundo donde Dios manifiesta su desagrado e ira, como en el cielo manifiesta su amor. Todo en el infierno es odioso. No hay un solo objeto allí que no sea [repugnante] y detestable, horrible y odioso. No se ve allí ninguna persona ni cosa alguna que sea amable o amorosa; nada que sea puro, santo o agradable, sino todo abominable y [repugnante]. Allí no hay más seres que demonios y espíritus condenados que son como demonios. El infierno es, por así decirlo, una inmensa guarida de serpientes venenosas que sisean —la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y con ella toda su odiosa prole—.

En ese mundo oscuro, no están sino aquellos a quienes Dios odia con un odio perfecto y eterno. Allí, Él no ejerce amor ni extiende misericordia a ningún objeto, sino que derrama sobre ellos horrores sin mezcla. Todas las cosas odiosas del vasto universo serán reunidas en el infierno, como en un vasto receptáculo preparado a propósito para que el universo que Dios ha creado pueda ser limpiado de su inmundicia, arrojándolo todo a este gran sumidero de maldad y aflicción. Es un mundo preparado a propósito para la expresión de la ira de Dios. Él ha hecho el infierno para esto y no tiene otro uso para él, sino testificar allí para siempre, su odio al pecado y a los pecadores, donde no hay ninguna muestra de amor o misericordia. No hay nada allí que no muestre la indignación y la ira divinas. Todos los objetos manifiestan ira. Es un mundo desbordado por un diluvio de ira, por decirlo así, por un diluvio de fuego líquido, tanto que es llamado el lago de fuego y azufre y la muerte segunda.

No hay nadie en el infierno, sino los que han odiado a Dios y así, han procurado su ira y odio sobre sí mismos; y allí, ellos continuarán odiándole para siempre. En el infierno nunca se sentirá amor a Dios; pero todos allí, lo odian perfectamente y lo continuarán odiando. Sin restricción alguna, [ellos] le expresarán su odio, blasfemando y rabiando contra Él, mientras se muerden la lengua de dolor. Y aunque todos se unen en su enemistad y oposición a Dios, no hay unión ni amistad entre ellos. No están de acuerdo, sino en el odio y en la expresión del odio. Odian a Dios, a Cristo, a los ángeles y a los santos del cielo y, no sólo eso, sino que se odian unos a otros como una compañía de serpientes o víboras, no sólo escupiendo veneno contra Dios, sino unos a otros —mordiéndose, picándose y atormentándose mutuamente…—.

En el infierno reinarán y se propagarán todos aquellos principios que son contrarios al amor, sin ninguna gracia restrictiva que los mantenga dentro de los límites. Allí habrá orgullo desenfrenado, malicia, envidia, venganza y contienda en toda su furia y sin fin, sin conocer nunca la paz. Los miserables habitantes se morderán y devorarán unos a otros, además de ser enemigos de Dios, de Cristo y de los seres santos. Aquellos que, en su maldad en la tierra, eran compañeros y tenían una especie de amistad carnal entre sí, allá no tendrán ninguna apariencia de compañerismo, sino que existirá entre ellos, un odio perfecto, continuo y manifiesto. Así como en la tierra promovieron los pecados de los demás, ahora en el infierno, promoverán el castigo de los demás…

Ahora consideren, todos ustedes que están fuera de Cristo, que nunca fueron nacidos de nuevo y que nunca tuvieron ninguna bendita renovación de sus corazones por el Espíritu Santo implantando el amor divino en ellos, llevándolos a escoger la felicidad que consiste en el amor santo como su mejor y más dulce bien, y a pasar su vida luchando por la santidad. Consideren su peligro y lo que tienen ante ustedes porque éste es el mundo al que están condenados. [Éste es] el mundo al que pertenecen por la sentencia de la ley, y el mundo en el que, cada día y cada hora, están en peligro de tener fijada su morada para siempre. [Éste es] el mundo al que, si no se arrepienten, pronto irán, en lugar de ir a ese bendito mundo de amor del que ahora has oído hablar.

Considera, ¡oh! considera que, en verdad, es así contigo. Estas cosas no son fábulas ingeniosamente inventadas, sino las grandes y terribles realidades de la palabra de Dios —cosas que, dentro de poco, sabrás con certeza eterna que son verdaderas—. ¿Cómo, entonces, pueden descansar en el estado en que se encuentran y andar tan descuidadamente día tras día, tan despreocupados y negligentes de sus preciosas e inmortales almas?…

Que la consideración de lo que ha sido dicho acerca del cielo, nos estimule a todos a buscarlo fervientemente. Si el cielo es un mundo tan bendito, entonces que sea nuestro país escogido y la herencia que buscamos y anhelamos. Dirijamos nuestro rumbo en esta dirección y avancemos hacia su posesión. No es imposible que obtengamos este mundo glorioso. Se nos ofrece. Aunque sea un país tan excelente y bendito, Dios está dispuesto a darnos una herencia allí, si es el país que deseamos, escogemos y buscamos diligentemente. Dios nos da la posibilidad de elegir. Podemos tener nuestra herencia dondequiera que la escojamos y podemos obtener el cielo si lo buscamos con paciencia y perseverancia en las buenas obras…

Que lo que hemos oído acerca de la tierra del amor, nos impulse a todos a volver nuestros rostros hacia ella y a dirigir nuestro rumbo hacia allá. Lo que hemos oído acerca del feliz estado de ese país y de las muchas delicias que hay en él, ¿no es suficiente para hacernos desear su presencia, para que, con la mayor seriedad y firmeza de resolución, avancemos hacia él y pasemos toda nuestra vida viajando por el camino que conduce allí? ¡Qué gozosa noticia podría ser para nosotros oír hablar de tal mundo de paz perfecta y de amor santo, y oír que es posible, sí, que hay plena oportunidad para que lleguemos a él y pasemos una eternidad en sus gozos!… [Mira] aquí, indicaciones sobre cómo buscar el cielo:

Primero, no dejes que tu corazón vaya tras las cosas de este mundo como tu mayor bien. No te complazcas en la posesión de cosas terrenales como si fueran a satisfacer tu alma. Esto es lo contrario de buscar el cielo; es ir por un camino contrario al que conduce al mundo del amor. Si quieres buscar el cielo, tus afectos deben apartarse de los placeres del mundo. No debes permitirte la sensualidad, la mundanalidad, la búsqueda de los placeres u honores del mundo, ni ocupar tus pensamientos o tu tiempo en amontonar el polvo de la tierra. Debes mortificar los deseos de vanagloria y hacerte pobre de espíritu y humilde de corazón.

Segundo, en tus meditaciones y ejercicios santos debes ocuparte mucho en tener comunión con personas, cosas y goces celestiales. No puedes estar constantemente buscando el cielo sin tener muchos de tus pensamientos allí. Dirige entonces, la corriente de tus pensamientos y afectos hacia ese mundo de amor, hacia el Dios de amor que allí mora, y hacia los santos y ángeles que están a la diestra de Cristo. Que tus pensamientos, también estén, mayormente, en los objetos y goces del mundo del amor. Ten mucha comunión con Dios y con Cristo en la oración, y piensa, a menudo, en todo lo que hay en el cielo —en los amigos que están allí, en las alabanzas y la adoración allí y en todo lo que constituirá la bienaventuranza de ese mundo de amor—. Que tu comunión sea con el cielo.

Tercero, conténtate al atravesar todas las dificultades en el camino hacia el cielo. Aunque el camino está ante ti y puedes caminar por él si lo deseas, es un camino ascendente y lleno de muchas dificultades y obstáculos. Esa gloriosa ciudad de luz y amor está, por así decirlo, en la cima de una alta colina o montaña, y no hay forma de llegar a ella, sino por escalones ascendentes y [agotadores]. Pero, aunque el ascenso sea difícil y el camino esté lleno de pruebas, vale la pena enfrentarlas todas para poder llegar y habitar al fin, en tan gloriosa ciudad. Disponte entonces, a someterte al trabajo, a enfrentar las fatigas y a superar las dificultades. ¿Qué es todo esto en comparación con el dulce descanso que está final de tu viaje? Disponte a superar la inclinación natural de la carne y la sangre, que es hacia abajo, y avanza y asciende hacia el premio. A cada paso, será más y más fácil ascender; y cuanto más alto asciendas, más te alegrará la gloriosa perspectiva que tienes ante ti y la visión más cercana de esa ciudad celestial donde, dentro de poco, descansarás para siempre.

Cuarto, en todo tu camino, fija tus ojos en Jesús, quien ha ido al cielo como tu precursor. Míralo a Él. Contempla su gloria en el cielo para que, al verla, te sientas más deseoso de estar allí. Míralo en su ejemplo. Considera cómo, por su paciente perseverancia en hacer el bien y por su paciente resistencia ante grandes sufrimientos, fue delante de ti al cielo. Míralo como tu mediador y confía en la expiación que Él ha hecho, entrando en el lugar santísimo en el templo superior. Míralo como tu intercesor, siempre abogando por ti ante el trono de Dios. Míralo a Él como tu fortaleza para que, por su Espíritu, te capacite para seguir adelante y superar todas las dificultades del camino. Confía en sus promesas del cielo para aquellos que le aman y le siguen, las cuales, Él ha confirmado entrando en el cielo como cabeza, representante y Salvador de su pueblo. Y, …

Quinto, si quieres estar en el camino hacia el mundo del amor, procura vivir una vida de amor a Dios y de amor a los hombres. Todos esperamos tener parte en el mundo del amor en el más allá y, por eso, debemos albergar el espíritu del amor y vivir una vida de amor santo aquí en la tierra. Ésta es la manera para ser semejantes a los habitantes del cielo, quienes ahora, están confirmados en el amor para siempre. Sólo de esta manera, podrás ser como ellos en excelencia y hermosura, y también como ellos en felicidad, descanso y gozo. Viviendo en el amor en este mundo, puedes ser como ellos también en la dulce y santa paz, y así, tener en la tierra, el anticipo de los placeres y delicias celestiales. También, podrás tener un sentido de la gloria de las cosas celestiales, así como de Dios, de Cristo y de la santidad; y tu corazón [estará] dispuesto y abierto por el santo amor a Dios, y por el espíritu de paz y amor a los hombres, a un sentido de la excelencia y dulzura de todo lo que ha de ser encontrado en el cielo. Así se abrirán, por así decirlo, las ventanas de los cielos para que su gloriosa luz brille sobre tu alma. Así, podrás tener la evidencia de tu idoneidad para ese mundo bendito y de que, realmente, estás en camino a poseerlo. Y siendo así hecho [apto] mediante la gracia “para participar de la herencia de los santos en luz” (Col. 1:12), cuando hayan pasado algunos días más, estarás con ellos en su bienaventuranza para siempre. ¡Felices, tres veces felices [son] aquellos que sean hallados fieles hasta el fin y, entonces, serán recibidos en el gozo de su Señor! Allí “ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Ap. 7:16-17).

Tomado de El cielo: Un mundo de amor (Heaven: A World of Love), disponible en Chapel Library.

Footnotes

  1. Los impenitentes – Aquellos que no sienten vergüenza ni arrepentimiento por sus pecados; no arrepentidos.