Una doctrina provechosa
Wilhelmus á Brakel (1635-1711)
El Padre, el Hijo y el Espíritu se revelan a sí mismos, interactúan con los creyentes y tratan a cada uno de una manera individual y distinta. “Y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). El Espíritu Santo mora en el creyente como en un templo (1 Co. 6:19). Por todo esto, es evidente que Dios no puede ser exaltado, excepto como tres personas, y que los que le honran y sirven como tales, son los auténticamente piadosos en esta vida y salvos en el más allá. Es así que esta verdad es sumamente provechosa y esencial… Al procurar demostrar cómo podemos beneficiarnos de este misterio, seguiremos el orden de las personas divinas. Primero:
Dios el Padre. Dios es considerado por los creyentes como el origen de todas las cosas y, por lo tanto, también de su salvación. Ellos pueden percibir que Él los ha escogido desde la eternidad para ser objetos de su amor eterno, para exaltarlos y para hacerles partícipes de una salvación eterna imposible de explicar; y que todo esto procede de Él, por medio de Él y para Él. Segundo, perciben cómo el Padre ha designado a su Hijo amado y unigénito a ser la Garantía de los elegidos, a fin de dar a conocer a hombres y ángeles, su justicia perfecta, su misericordia, sabiduría, libertad en la dispensación de su gracia y maravillosa benevolencia; siendo el propósito de esta revelación, enriquecer su experiencia de salvación. Tercero, perciben que, a fin de cumplir su propósito, el Padre creó al mundo y determinó que el hombre, por su propia culpa, cayera en pecado. Por su Providencia, sostiene y gobierna todo para beneficio y provecho de sus escogidos, a quienes ha nombrado como sus herederos o dueños del mundo entero. Cuarto, perciben que el Padre, según el Consejo de Paz72, envió a su Hijo al mundo para asumir la naturaleza humana, para sufrir y morir como Garantía73, para ponerlo bajo la ley, a fin de satisfacer la justicia del Padre con la obediencia perfecta de su Hijo y así, librar a los escogidos de culpa y castigo, otorgándoles el derecho de vida eterna. Quinto, perciben que el Padre envía su Espíritu Santo al corazón de los escogidos para iluminarlos y regenerarlos, para guiarlos a Cristo, unirlos con Cristo por fe y, siguiendo el camino de santidad, llevarlos a la gloria. Sexto, perciben que el Padre los recibe como sus hijos y herederos y, por consiguiente, los ama y cuida como tales. Esta reflexión produce en el creyente una mentalidad como la de un niño que hace que el alma se someta en humildad. Se regocija y se siente libre para exclamar: “¡Abba, Padre!” (Gá. 4:6). El alma se pone a sí misma y a todo su caso, en las manos del Padre, depositando todo en ellas y viviendo de ellas, poniendo en ellas todas sus necesidades porque es su Padre, compartiendo con Él todos sus anhelos, estando dispuestos a obedecer a su Padre y servirle de acuerdo con su voluntad…
En consideración, Dios el Hijo, primero, los creyentes lo perciben como el único Garante calificado para conseguir que los hijos e hijas escogidos del Padre, reflexionen maravillados en la inescrutable sabiduría de Dios al nombrar a una persona tan calificada para ser Garantía. Segundo, perciben el maravilloso amor del Hijo hacia el hombre al punto de darse a sí mismo en el Consejo de Paz para garantizar el cumplimiento de la gran obra de redención. Tercero, perciben cómo, a su debido tiempo, se humilló a sí mismo, tomando forma de siervo y asumiendo su naturaleza, sin avergonzarse de llamarlos hermanos con el fin de que pudieran disfrutar de comunión y compañerismo con Él. Cuarto, perciben cómo, por puro amor, tomó voluntariamente sobre sí sus pecados, como si Él mismo los hubiera cometido. Perciben cómo Él mismo, con toda disposición, sufrió el castigo que ellos merecían, satisfaciendo totalmente la justicia divina y reconciliándolos con Dios. Quinto, perciben que los ha unido a Él como miembros de un cuerpo espiritual, siendo Él la Cabeza y ellos, los miembros. Siendo Él el Esposo y ellos, la esposa, de modo que en Él, el Hijo, son ellos hijos e hijas. Sexto, perciben que los lleva a Dios, presentándolos al Padre diciendo: “He aquí, yo y los hijos que Dios me dio” (He. 2:13). Aquí está la fuente de salvación y aquí todas las perfecciones de Dios se manifiestan de una manera totalmente diferente y más gloriosa que en la obra de la creación y subsistencia providencial…
Dios el Espíritu Santo es para los creyentes Aquel que, de una forma misericordiosa y diversa, los hace partícipes y les aplica todo lo que Dios ha decretado para beneficio eterno de ellos, al igual que todo el mérito que el Hijo obtuvo para ellos… El Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo al corazón del creyente y el Espíritu Santo mora en él como si fuera un templo. Antes de su regeneración, los escogidos son, por naturaleza, como todos los demás: “los sensuales, que no tienen al Espíritu” (Jud. 19). Porque es, únicamente el Espíritu, el que da vida; están muertos en pecado y transgresiones, viviendo totalmente separados de Dios, sin tener percepción de su estado pecaminoso, ni de condenación, ni de salvación y vida espiritual, y ni siquiera las desean. El enfoque de la actividad de su alma y de todos los miembros de su cuerpo son las cosas de este mundo. Toda su actividad religiosa es mecánica, a fin de aquietar su conciencia. Descansan en sus propias obras y odian todo lo que se asemeja a la luz, la espiritualidad y la verdadera piedad, especialmente cuando su encuentro con ellos es demasiado cercano, lo cual les causa gran incomodidad.
No obstante, el momento en el que a Dios le place acercarse a los electos, les da el Espíritu Santo, quien los ilumina y regenera, y por fe, los hace partícipes de Cristo y de todos sus beneficios. “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá. 4:6); “Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro. 8:15); ahora “hemos recibido… el Espíritu que proviene de Dios” (1 Co. 2:12).
Consideremos de qué manera o en qué sentido reciben los creyentes al Espíritu Santo.
Pregunta: ¿Reciben los creyentes los dones del Espíritu o les es comunicada la persona misma del Espíritu Santo?
Respuesta: (1) La morada del Espíritu Santo en el creyente no es sólo una presencia, como lo es la omnipresencia74 de la Deidad. (2) Tampoco es una relación externa que los considera hijos de Dios y objetos de su operación. (3) Tampoco es una comunicación de sus dones, como fe, esperanza, caridad, etc. (4) En cambio, es la persona misma la que es dada a los creyentes, que mora en ellos de una manera muy difícil, si no imposible, de comprender. Esta presencia excede infinitamente los límites de sus personas y, aun así, está en ellos de una manera extraordinaria.
Primero, esto se hace evidente en los textos que dicen expresamente que el Espíritu Santo, no sólo les es dado, sino que mora en ellos. “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17). “El Espíritu de Cristo que estaba en ellos” (1 P. 1:11). “¿No sabéis que… el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co. 3:16).
Argumento evasivo: Los dones del Espíritu Santo son identificados como el Espíritu Santo mismo (Hch. 10:44-45).
Respuesta: (1) En los pasajes que mencionan al Espíritu Santo, no siempre, ni en cada caso, se puede entender como sus dones. Por lo tanto, este argumento no tiene validez porque entonces, habría que demostrar que en los textos ya mencionados y otros similares, la referencia es a los dones y no a la persona misma. (2) Hay una clara distinción entre el Espíritu mismo, quien es dado a los Hijos de Dios, y sus dones. Estos dones no enseñan, ni guían, ni consuelan, ni dan testimonio, ni regeneran ni obran la fe; sino que es la persona, el Espíritu Santo mismo, quien obra e imparte estas cosas a cada uno según Él quiere. (3) Los dones del Espíritu son dados también a réprobos75 (He. 6:4). No obstante, estos dones no les hacen partícipes de Cristo como lo hace la morada del Espíritu en ellos. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Ro. 8:9). En conclusión, queda confirmado que la persona del Espíritu Santo mismo, mora en el creyente de un modo inexpresable y, aun así, conforme al Ser de Dios.
Segundo, los pasajes donde los creyentes son llamados templo del Espíritu Santo confirman que mora en ellos. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Co. 3:16). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Co. 6:19). Dios mismo, y no sus dones, moraba en el templo de Jerusalén. “Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios” (Éx. 29:45); “En Salem está su tabernáculo, y su habitación en Sion” (Sal. 76:2). “Tú… que estás entre querubines” (Sal. 80:1). Dado que el Espíritu Santo mora en el creyente como antes lo hacía en el templo, en lugar de tratarse sólo de sus dones, igualmente mora de manera personal en el creyente.
Tercero, el creyente tiene un anhelo infinito que sólo puede ser satisfecho por el Infinito. Los dones que Dios otorga no son infinitos, por lo que no pueden satisfacer al creyente. Dios mismo tiene que ser y es su porción, y está unido con Dios en Cristo y es hecho perfecto en unidad (Jn. 17:23). El creyente, no sólo tiene los dones del Espíritu, sino que tiene el Espíritu mismo.
Tomado de El servicio razonable del cristiano (The Christian’s Reasonable Service), Tomo 1, Reformation Heritage Books, usado con permiso, www.heritagebooks.org.