Una doctrina fundamental
A. W. Pink (1886-1952)
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Corintios 13:14).
La divina Trinidad es la base de toda la enseñanza del Nuevo Testamento… El “único Dios verdadero” es revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y es dado a conocer en Jesucristo y a través de él, el único Mediador64. Que la revelación del Trino Dios constituye el fundamento doctrinal del cristianismo es algo que puede demostrarse con facilidad.
Primero, como hemos dicho en el párrafo anterior, el Dios verdadero subsiste65 en tres personas de la misma esencia e igualmente eternas. Por lo tanto, el que adora lo que no sea el Trino Dios, no hace más que rendir homenaje a un producto de su propia imaginación. El que niega la personalidad y la deidad absoluta, tanto del Padre como del Hijo o del Espíritu, no puede ser un cristiano auténtico.
Segundo, ninguna salvación es posible para ningún pecador, salvo aquella de la cual el Trino Dios es el Autor. Considerar al Señor Jesucristo como nuestro Salvador, excluyendo las operaciones de salvación de, tanto el Padre como el Espíritu, es un grave error. Por toda la eternidad, el Padre tuvo el propósito de salvar a sus escogidos en Cristo (Ef. 1:3-6). El Padre, Hijo y Espíritu Santo hicieron un pacto sempiterno66 entre sí, de que el Hijo se encarnaría a fin de redimir a los pecadores.
La salvación de la Iglesia se adjudica al Padre: “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Ti. 1:9). El Padre fue nuestro Salvador, mucho antes de que Cristo muriera para serlo Él, y merece por ello, nuestro agradecimiento. Igualmente necesarias son las operaciones del Espíritu para aplicar al corazón de los escogidos de Dios, el bien que Cristo hizo por ellos. Es el Espíritu el que convence a los hombres de pecado y el que les imparte la fe salvadora. Por lo tanto, se le adjudica a Él también nuestra salvación: “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13). Una lectura cuidadosa de Tito 3:4-6 demuestra que son tres personas unidas en este vínculo, porque “Dios nuestro Salvador” es claramente el Padre, quien “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración67 y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tit. 3:5-6).
Tercero, la doctrina de la Trinidad es una doctrina fundamental porque es por medio de las diferentes operaciones de los Tres Santísimos que nuestras diversas necesidades son satisfechas. ¿Acaso no necesitamos “la gracia de nuestro Señor Jesucristo”? ¿No es nuestro requisito real más urgente acudir constantemente a Él y tomar de la plenitud de gracia atesorada para nosotros en él (Jn. 1:16)? Si hemos de “hallar gracia para el oportuno socorro” tenemos que acudir al trono en que está sentado el Mediador. ¿Y no necesitamos también “el amor de Dios”, es decir nuevas manifestaciones de ese amor y comprensión de las mismas? ¿No tenemos el consejo de permanecer “en el amor de Dios”? (Jud. 21). ¿No necesitamos igualmente “la comunión del Espíritu Santo”? ¿Dónde acabaríamos si el Espíritu no renovara día en día el hombre interior? (Ver 2 Co. 4:16; Ef. 3:16). ¿Qué sería nuestra vida de oración si Él ya no nos ayudara “en nuestra debilidad”, si “conforme a la voluntad de Dios” no intercediera “por los santos? (Ro. 8:26-27).
La Santísima Trinidad: Al igual que el nacimiento virginal de Cristo y la resurrección de nuestro cuerpo, la doctrina de la Santísima Trinidad es uno de los misterios de la fe. La primera verdad presentada a la fe es el Ser del Dios verdadero y viviente, y esto lo descubrimos, no por nuestro propio razonamiento, sino porque Él lo ha revelado en su Palabra. La próxima verdad maravillosa es que el Dios viviente y verdadero se nos ha dado a conocer bajo la triple relación de Padre, Hijo y Espíritu Santo, y esto lo conocemos por la misma autoridad que la primera… cuando intentamos dialogar sobre la revelación que Dios ha hecho de sus tres personas, debemos hacerlo con frentes inclinadas y corazones reverentes porque el suelo que pisamos es inefablemente68 santo. El tema es de transcendencia sagrada porque se trata de Aquel que es infinitamente majestuoso y glorioso. Adquirimos la totalidad de nuestro conocimiento sobre este tema, únicamente por lo que a Dios le ha agradado revelar de sí mismo en sus oráculos. Ni la ciencia, filosofía, experiencia, observación ni especulación puede aumentar ni un ápice nuestro conocimiento de esta elevada esfera.
Trinidad en unidad: La divina Trinidad es una Trinidad en unidad; es decir, no hay tres Dioses, sino tres personas existiendo conjuntamente por una unión esencial en la naturaleza divina del único Dios verdadero. Esas tres personas comparten igualdad y gloria, de modo que ninguno es más ni menos que los otros, ninguno más grande ni menor que los demás. Es en y por medio de los oficios de su pacto, que nos son manifestados, y es un privilegio y responsabilidad creer y saber cómo estas tres personas están totalmente comprometidas con nosotros e interesadas en nosotros por el pacto sempiterno; aunque nos es imposible comprender el misterio de su subsistencia69. Cualquier enseñanza que no honra de igual manera a todas las personas de la Deidad, distintiva y armoniosamente, no es de ningún valor para el alma. Como dijo alguien: “No hay ni vestigios de cristianismo donde la verdad de la Trinidad no es conocida, aceptada y honrada. Ni un vestigio de santidad en el corazón de ningún hijo de Adán donde no moran oficialmente el Padre, el Hijo y el Espíritu. No existe un concepto claro que se pueda obtener de ninguna doctrina de la gracia de Dios, a menos que sea por el “telescopio”, por así llamar a la doctrina de la Trinidad, aplicado al ojo de la fe y contemplando todo lo que desde allí se ve”70…
En esta bendición (2 Co. 13:14), el Apóstol invoca a la Trinidad como fuente de gracia, amor y comunión. No debemos pasar por alto sus características únicas: El orden es inusual y los nombres usados familiarmente. El Hijo es colocado antes que el Padre. No son mencionados aquí como el Hijo, el Padre y el Espíritu, sino como el Señor Jesucristo, Dios y el Espíritu Santo. La razón es que nuestro texto no es principalmente una confesión de fe (como Mt. 28:19), ni una doxología (como en Judas 24-25), sino una bendición. Una doxología es una expresión de fe; una bendición es una palabra dicha para bendecir, la primera asciende del corazón del santo a Dios, la segunda desciende de Dios al santo…
La doctrina de la Trinidad es de gran importancia: La bendición cristiana implica, por lo tanto, que la doctrina de la Trinidad es de gran importancia para la existencia y el progreso de una consagración vital; que no es pura especulación, sino una de la que depende toda comunicación de gracia y paz para los santos. Es un hecho importante y serio que los que rechazan la verdad de la Trinidad, rara vez profesan siquiera tener una comunicación espiritual con Dios, en cambio, la tratan como una especie de entusiasmo y fanatismo71, lo cual podemos comprobar con una lectura de los escritos unitarios. Entonces, la bendición resume las bendiciones que la Trinidad provee al cristiano en las tres grandes palabras del evangelio: Gracia, amor, comunión. Estos tres dones divinos son atribuidos a diferentes personas de la Deidad. Cada una toma precedencia en su propia obra principal, aunque no podemos trazar sus límites y tenemos que cuidarnos de no concebir a Dios como tres Dioses en lugar de uno. Cada uno pertenece a todos. El amor es del Hijo y del Espíritu, al igual que del Padre. Y nuestra comunión es con el Padre y el Hijo, al igual que con el Espíritu.
Gracia —una palabra grandiosa del Evangelio—: “La gracia del Señor Jesucristo”. ¿Por qué le adjudica específicamente la gracia a Él, si ésta es de Dios y del Espíritu también? Porque en la economía de la redención, toda gracia nos llega a través de Él. Gracia es la palabra especial de Pablo en cada epístola: ocho de ellas concluyen diciendo “la gracia del Señor Jesucristo sea con vosotros”, a veces, variando la fórmula diciendo: “con vuestro espíritu”. Gracia es una de las palabras preponderantes del evangelio…
“La gracia del Señor Jesucristo”. Ésta es su designación como el Dios-Hombre Mediador. Incluye e indica su naturaleza divina. Es “el Señor”, sí, “el Señor de señores”. Su naturaleza humana: Es “Jesús”. Su oficio: Es el “Cristo”, el ungido, el largamente prometido Mesías, el Mediador. Es el favor de su divina persona revestida de nuestra naturaleza y hecha Cabeza de su pueblo lo que Pablo ruega para todos sus hermanos creyentes. “Su gracia sea con todos vosotros”. La gracia se menciona primero porque es la necesidad inicial. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9). Allí está su infinita condescendencia al someterse a una condición tan vil por nuestro bien.
Cuando se encarnó, el unigénito del Padre fue visto por los suyos como “lleno de gracia y de verdad” y, como agregó el Apóstol: “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn. 1:14, 16). Aquí, el significado de gracia pasa de ser un atributo del carácter divino a una energía activa en el alma de los redimidos. Ante el trono de gracia, hallamos “gracia para el oportuno socorro” (He. 4:16). “El corazón [se afirma] con la gracia” (He. 13:9) y por esa gracia podemos servir “a Dios agradándole con temor y reverencia” (He. 12:28). Es “en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 2:1) que encontramos nuestras fuerzas, y Él nos asegura su capacidad para guardarnos en toda aflicción y persecución con la promesa: “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9). Por lo tanto, nos exhorta diciendo: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18). Todos estos pasajes hablan del poder divino en el alma como la operación de gracia en relación con el Señor Jesucristo como su Manantial.
El amor de Dios: Y “el amor de Dios”. Son dos las razones por las cuales esto es enunciado en segundo lugar porque éste es el orden, tanto de la economía de la redención como en la experiencia cristiana. Primero, fue la obra o gracia mediadora de Cristo lo que procuró el amor de Dios para su pueblo, lo que alejó de ellos su ira y los reconcilió con Él. Por lo tanto, no se trata del “amor del Padre” que nunca cambia ni mengua hacia su pueblo, sino que se trata del amor o la buena voluntad de Dios como su Gobernador y Juez. Segundo, es por la gracia del Señor Jesucristo al salvarnos que somos llevados al conocimiento y gozo del amor de Dios. El amor del Padre es, por cierto, la fuente y causa originadora de la redención, pero no es el amor particular de Dios que estamos considerando aquí. La muerte de Cristo como satisfacción de nuestros pecados era imprescindible, a fin de acercarnos a Dios y a participar de su amor. La manifestación del amor de Dios hacia nosotros, al perdonarnos nuestros pecados y justificarnos, estaba condicionada a la sangre expiatoria.
La comunión del Espíritu Santo: “Y la comunión del Espíritu Santo”. Debido a que el propósito supremo de la obra de Cristo para con Dios fue aplacar su ira judicial y procurar para nosotros su amor y favor, de la misma manera, el gran efecto para con los santos fue procurar el don del Espíritu Santo. La palabra griega puede traducirse como “comunión” y “comunicación”. Por la comunicación del Espíritu Santo somos regenerados, recibimos fe y la santidad es forjada en nosotros. Vida, luz, amor y libertad son los beneficios especiales que nos otorga. Sin la impartición del Espíritu, nunca podríamos gozar, personalmente y por experiencia, de los beneficios de la mediación de Cristo. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición… para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gá. 3:13; 14). Por lo tanto, la impartición del Espíritu a su pueblo fue uno de los objetivos principales de la muerte de Cristo.
Pero la palabra griega también significa la comunión del Espíritu Santo, vocablo que significa “asociación, compañerismo”. Él comparte con nosotros las cosas de Dios. La gracia tiende a amar y el amor a la comunión. De ahí que vemos, nuevamente, que aquí el orden es el de la experiencia cristiana. Sólo en la medida en que la gracia sea conscientemente recibida y que el amor de Dios sea realidad en el alma, puede haber una comunión inteligente y real a través de Cristo con Dios el Padre y, a través de ambos, la presencia permanente del Consolador. La expresión “la comunión del Espíritu Santo”, muestra que es una persona porque no tiene sentido hablar de comunión con un principio o influencia impersonal. Unido como está en este versículo con “el Señor Jesucristo y Dios”, evidencia ser una persona divina. Además, denota que es un objeto con el cual relacionarnos y conversar, por lo cual cuidémonos de no entristecerlo (Ef. 4:30). La mención separada de cada uno de los Tres Eternos nos enseña que debe recibir de nosotros el mismo honor, gloria y alabanza.
¿Qué significa “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”? No puede significar otra cosa que la presencia consciente de Dios. El Apóstol no estaba pidiendo los dones de gracia, amor y comunión aparte de las personas entre las cuales se encuentra. Pidió que la presencia del Trino Dios estuviera en las almas de su pueblo. El Nuevo Testamento enseña que los Tres Divinos moran igualmente en el corazón del creyente. Hablando del Espíritu, Cristo dijo “mora con vosotros, y estará en vosotros”, y de sí mismo y del Padre dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:17, 23). El trino Dios mora en el cristiano: El Señor Jesús mora en él como la fuente de toda gracia, Dios el Padre mora en él como el manantial de todo amor y el Espíritu Santo está en comunión con él y le da las fuerzas para todo servicio espiritual.
Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures) a su disposición en inglés en Chapel Library.
A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra.