Salvación trinitaria

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16-17).

Consideremos la primera lección de este pasaje que se relaciona con la obra conjunta de la Trinidad, en cuanto a nuestra salvación.

Algunos aceptan que Jesucristo es nuestro Salvador, pero excluyen a Dios el Padre y a Dios el Espíritu Santo de esta gracia, lo cual es una idea errónea. Es cierto que somos salvos por la sangre preciosa de Cristo, pero también es cierto que Dios el Padre y Dios el Espíritu Santo tienen su parte en la gran obra de nuestra salvación. A fin de que no caigamos en este error en el que han caído algunos, le agradó a Dios darnos, al comienzo mismo del ministerio público de Cristo, una clara indicación de que no vino sólo Él y que no realizó la obra de nuestra redención aparte de las otras personas de la siempre Santísima Trinidad que adoramos.

Tratemos de imaginar la escena que describe nuestro pasaje: Está Jesucristo, quien acaba de ser bautizado por Juan en el Jordán; y Juan testifica que Él es el Hijo de Dios por la señal del cielo que le sería dada para indicar que Aquel a quien bautizaba era “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29, 33). Al subir Jesús del agua, el Espíritu de Dios desciende sobre Él en una forma visible, en la de una paloma, “y permaneció sobre él” (Jn. 1:32) como si desde ese momento en adelante, el Espíritu fuera a ser su constante Compañero y, ciertamente, lo fue. A la misma vez que descendió “como paloma” y se posó sobre Cristo, se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Era la voz de Dios el Padre, que no se reveló de una forma corporal, sino por medio de aquellas palabras maravillosas que oídos mortales jamás habían escuchado. El Padre se reveló a sí mismo, no a la vista como lo hizo el Espíritu Santo, sino al oído; y las palabras que dijo indicaban claramente que se trataba de Dios el Padre testificando de su Hijo amado. Por lo tanto, la iniciación del ministerio público de Cristo en este mundo fue la oportunidad elegida para la manifestación pública de la unión íntima entre Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.

Pecador, de este día en adelante, si no lo has hecho ya, piensa con humildad, reverencia y amor en las tres personas de la Santísima Trinidad como tres personas unidas en la obra de la salvación.

Da gracias que el Hijo de Dios se convirtiera en hombre a fin de poder eximirnos de la destrucción. Dejó su gloria en el cielo y tomó la forma de hombre para sufrir en nuestro lugar como el Cordero de la Pascua de Dios, y para que pudiéramos refugiarnos bajo su sangre derramada en la cruz y escapar así de la espada de venganza. ¿Sabes que cuando Cristo se bautizó dio, por así decir, una representación de su gran obra de redención? Le dijo a Juan: “Así conviene que cumplamos toda justicia” (Mt. 3:15), por lo cual entiendo que, no sólo cumplió toda justicia al ser bautizado, sino que su bautismo era una figura o un emblema del cumplimiento de toda justicia.

¿Qué sucedió con Cristo cuando fue bautizado? Primero, fue considerado como alguien que estaba muerto y, por lo tanto, sepultado bajo las aguas del Jordán. Fue así que exteriorizó un símbolo muy significativo del hecho de que había venido al mundo para ser obediente hasta la muerte y, muerte de cruz (Fil. 2:8), y que, a su debido tiempo, de hecho, moriría y sería sepultado, tal como estaba siendo sumergido bajo el agua en un entierro metafórico. Pero el bautismo no consiste sólo en ser sumergido en el agua: tiene que ser levantado del agua, de otra manera sería ahogado, no bautizado. Es así que el Salvador, cuando fue levantado del agua, anunció su propia resurrección. Por medio de su bautismo, manifestó figuradamente: “Moriré por los pecados, y resucitaré por los pecadores y volveré al cielo para rogar por los pecadores. Mi muerte cubrirá sus ofensas y mi resurrección completará su justificación”.

Ven, tú que ansías salvación y, con fe, pon tus ojos en el Salvador muriendo en la cruz del Calvario: míralo por fe, al ser sepultado en la tumba de José, resucitar al tercer día y, después de cuarenta días, ascender al cielo llevando cautiva a la cautividad. Su muerte, su sepultura, su resurrección y su ascensión, constituyen el cumplimiento de toda justicia y es por estos que debes ser salvo. No es el bautismo lo que te puede salvar; es el hecho de que Cristo fue bautizado por ti con el bautismo de la sangre cuando entregó su alma a la muerte para que tú vivieras para siempre. No es tu sufrimiento, sino el sufrimiento de Él lo que cuenta para tu salvación; no es lo que tú seas ni tú hagas, el secreto de la bendición, sino que lo que Él es e hizo, es de lo que tienes que depender para todo. Confía en Jesucristo y en Él encontrarás salvación.

Ahora, quiero que con humildad y agradecimiento, fijes tus ojos en Dios el Espíritu Santo. Recuerda cómo Jesucristo se adjudicó las palabras que leyó en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18-19). Fue el Espíritu de Dios quien le dio éxito al ministerio de Jesucristo; y si tú, querido amigo, quieres ser salvo, lo serás sólo por medio del Espíritu Santo quien puede cambiar tu corazón de piedra y darte un corazón de carne.

Te ruego que pienses con reverencia santa en ese Ser poderoso y misterioso que obra en el corazón humano y lo moldea de acuerdo con la voluntad de Dios. Por naturaleza, estás espiritualmente muerto y sólo el Espíritu de Dios te puede dar vida espiritual. Por naturaleza, estás espiritualmente ciego y sólo el Espíritu de Dios puede darte vista espiritual. La obra misma de Cristo en la cruz, no está a tu disposición hasta que el Espíritu Santo toma las cosas de Cristo y te las revela. Tienes que fijar tus ojos en Cristo y Él te salvará. Tienes que confiar en Cristo, de otro modo, su sangre preciosa no te será adjudicada. Pero nunca fijarás tus ojos en Él ni confiarás en Él, a menos que el Padre quien lo envió, te impulse a hacerlo por medio de su Espíritu obrando eficazmente en ti. Cuando pensemos y hablemos del Espíritu Santo, hagámoslo siempre sintiendo que debemos quitarnos el calzado de los pies porque el lugar que pisamos es especialmente santo. Recuerda con cuánta solemnidad nos advierte Cristo sobre las consecuencias de hablar contra el Espíritu Santo: “A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mt. 12:32).

Siempre que mencionemos el nombre del Espíritu Santo, hagámoslo con santo sobrecogimiento y reverencia, recordando que es el Espíritu el que da vida, es el Espíritu el que instruye, es el Espíritu el que santifica82, es el Espíritu el que preserva, es el Espíritu el que nos [hace aptos] para ser partícipes de la herencia de los santos en luz. Entonces, al siempre santísimo Espíritu de Dios, al igual que al Hijo amado de Dios, sea la gloria y el honor, la alabanza y poder por siempre jamás.

Con la misma reverencia y con el mismo sobrecogimiento, pensemos también en Dios el Padre. ¿Qué dice aquí el Padre acerca de Cristo? Primero, lo llama su Hijo. Ha habido mucha discusión sobre cómo puede Cristo ser igual que el Padre e igualmente eterno y, aún así, ser su Hijo. Éste es un gran misterio que tú y yo, querido amigo, haremos bien en no cuestionar. Por lo general, nos referimos a Cristo como el Hijo del Padre por lo que es llamado “generación eterna”83. Confieso que hay aquí un misterio que soy incapaz de comprender y explicar, pero como el Padre lo llama su Hijo, sin vacilar, creo que Él es a quien las Escrituras constantemente llaman “el Hijo de Dios”. En nuestro pasaje, encontramos que el Padre, no sólo llama a Cristo su Hijo, sino que dice: “Este es mi Hijo amado”. ¡Qué amor maravilloso debe haber en el corazón de cada una de las personas divinas de la Santísima Trinidad hacia cada una de las demás! ¡Qué felices deben considerarse unos a los otros con benignidad y complacencia divina! Nunca puede haber divergencias en sus intereses porque son uno en su corazón, uno en su propósito, uno en todo sentido, como bien dijo Jesús: “Mi Padre y yo uno somos”.

Presta atención, pecador, el punto al cual quiero dirigir de una manera especial tus pensamientos es éste: que Dios, no sólo llama Cristo a su Hijo, su Hijo amado, sino que dice que tiene en Él complacencia, y esto te concierne a ti en que, si estás unido a Cristo tanto como para ser uno con Él, también Dios estará complacido contigo por tu relación con su Hijo amado. Pero, ¿puede alguna vez ser el pecador agradable a Dios? No en sí mismo aparte de Cristo, pero todos los que están en Cristo son “aceptos en el Amado” (Ef. 1:6). Su Padre está tan contento con Él que todos los que Él representa son agradables a Dios en razón de Él. “Pero, ¿cómo puedo estar en Cristo?”, puede ser tu pregunta. Mi querido amigo, si eres uno de los escogidos del Señor, ya estás en Cristo en el propósito eterno de Dios, pero la forma como efectivamente llegas a estar en Cristo es por fe verdadera en Él. Confiar en Jesús es estar en Jesús. Confiar en el sacrificio84 expiatorio de Cristo es ser uno con Él. La fe es el lazo que une al Cristo en quien creemos y a los que en Él creen. Si realmente confías en Cristo, Dios te considera parte del cuerpo místico de su Hijo y está muy complacido contigo en razón de la fe que depositaste en Él y por el bien de Cristo.

Por lo tanto, tienes al Hijo sufriendo por ti, al Espíritu adjudicándote el mérito de su sacrificio expiatorio y al Padre muy complacido contigo porque confías en su Hijo amado. O, para decirlo de otra manera, el Padre da el gran banquete del evangelio, el banquete es el Hijo, y el Espíritu, no sólo trae las invitaciones, sino que reúne a los invitados alrededor de la mesa. O, para usar otra metáfora, Dios el Padre es la fuente de gracia, Dios el Hijo es el cauce de la gracia y Dios el Espíritu Santo es el vaso del cual bebemos el agua de ese cauce. Quisiera poder hacerte ver a Jesucristo de pie en la ribera del Jordán al salir del agua después de haber sido bautizado por Juan y al Espíritu de Dios descendiendo y posándose sobre Él, y poderte hacer escuchar la voz del Padre diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Si pudiera hacer esto, lo único que tendría que agregar es el mensaje de Juan: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Hay vida eterna para todo aquel que de verdad por fe fija sus ojos en Él.

Tomado de un sermón publicado el jueves, 18 de abril, 1912, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Carles H. Spurgeon (1834-1892) Influyente predicador bautista inglés, nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Queridos amigos, aquí tenéis la Trinidad y no hay salvación fuera de la Trinidad. Debe ser el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. “Todo lo que tiene el Padre es mío”, dice Cristo, y el Padre todo lo tiene. Siempre fueron suyos; siguen siendo suyos; siempre serán suyos; y no pueden llegar a ser nuestros hasta que cambien de dueño, hasta que Cristo pueda decir: “Todo lo que tiene el Padre es mío” porque es en virtud del carácter representativo de Cristo como la garantía del pacto que “todas las cosas” del Padre se pasan al Hijo para que nos pasen a nosotros. “Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Col. 1:19) y de su plenitud recibimos todos. Pero, sin embargo, somos tan torpes que, aunque el conducto está colocado en la gran fuente, no podemos llegar a él. Somos cojos; no podemos llegar hasta allí; por eso entra la tercera Persona de la divina unidad, el Espíritu Santo, y Él recibe las cosas de Cristo y luego nos las entrega a nosotros. Así que realmente recibimos, a través de Jesucristo, por el Espíritu, lo que está en el Padre… Dame un evangelio con la Trinidad y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. —Charles H. Spurgeon