Perspectiva general de la Trinidad
William S. Plumer (1802-1880)
En la Biblia10, no aparece la palabra trinidad, pero la doctrina de la Trinidad sí. La palabra trinidad significa unidad de tres, es decir, la unidad de las tres personas divinas11.
La palabra persona, cuando es usada en este contexto, no se refiere a un individuo aparte, sino a una subsistencia12 distinta. Denota una distinción en el Ser divino [que es] real, pero inexplicable. La doctrina de la Trinidad ha tenido muchos enemigos. Los arrianos13 argumentaban que el Hijo de Dios era, total y esencialmente, distinto del Padre y, por lo tanto, inferior a éste en su naturaleza y dignidad. También enseñaban que el Espíritu Santo no era Dios, sino que había sido creado por el poder de Jesucristo. Los sabelianos14 negaban que hubiera más de una persona en la Deidad y afirmaban que el Hijo y el Espíritu eran meras virtudes o funciones de la divinidad. Los socinianos15 enseñaban que Cristo era sólo hombre y que el Espíritu Santo no era individual en su subsistencia. Los unitarios16 confinan la gloria y los atributos de la divinidad al Padre; no aceptan que Cristo ni el Espíritu Santo sean realmente divinos. No obstante, la doctrina de la Trinidad ha sido creída en el pasado y es sostenida por el gran cuerpo de cristianos.
Las Personas de la Trinidad se distinguen claramente en las Escrituras como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Mt. 28:19). [Se distinguen] en otros pasajes como el Señor Jesucristo, Dios y el Espíritu Santo (2 Co. 13:14). Se habla de la primera Persona de la Deidad como un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas. De la segunda, un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él (1 Co. 8:6). La tercera es llamada el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo, el Consolador enviado para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:8).
El Padre no es engendrado17, ni procede del Hijo ni del Espíritu. El Hijo es engendrado del Padre, el unigénito18 del Padre (Jn. 1:14; 3:16). El Espíritu no es engendrado, pero procede del Padre, es el Espíritu del Padre y es el Espíritu del Hijo; es del Hijo y enviado por el Hijo (Jn. 15:26; Ro. 8:9, 14; 1 P. 1:11). No hay que enfocarse excesivamente en el uso de los términos Padre e Hijo, engendrar y engendró. Son sencillamente las palabras más adecuadas para comunicar a nuestras mentes limitadas, una idea apropiada de la relación entre la primera y la segunda Persona de la Deidad.
Nadie niega la divinidad del Padre. Nadie debería negar tampoco la verdadera y suprema divinidad del Hijo19. De él, dicen las Escrituras: “Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn. 5:20). Él “es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5). “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn. 5:26). Tomás lo adoró, llamándolo: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Jn. 20:28). El mundo fue hecho por el Hijo (Col. 1:16; Jn. 1:3). Todos los hombres serán juzgados por el Hijo (Jn. 5:22, 27). Esteban, al morir, le dirigió a él su oración (Hch. 7:59). La más elevada adoración del cielo es a él (Ap. 5:12-13). De igual manera, el Espíritu de Dios es verdaderamente Dios. En Hechos 5:3-4, el Espíritu Santo es llamado expresamente Dios. El Espíritu conoce perfectamente a Dios y, por lo tanto, es Dios (1 Co. 2:10-11). Está unido al Padre y al Hijo en la forma del bautismo (Mt. 28:19) y en la bendición apostólica20.
Esta doctrina no debe ser enseñada de manera que lleve a suponer que hay tres Dioses21. No negamos la unidad de Dios. Nos gloriamos en ella. Tampoco afirmamos que Dios sea tres en el mismo sentido como es uno, porque eso sería una contradicción. Pero es Uno en su ser, en naturaleza y en esencia; y tres en personalidad y subsistencia. De manera que cuando hablamos del Padre decimos: Él, Le, Lo y de Él y cuando el Padre habla de sí mismo dice Yo, Mío, Mi, y cuando nosotros le hablamos a Él, decimos Tú, Tuyo, Te y Ti. La forma de hablar es la misma con el Hijo y el Espíritu. Cuando Juan bautizó a nuestro Señor, se encontraban presentes las tres personas de la Trinidad: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:16-17). De igual forma, encontramos que se habla de la Deidad en Juan 14:26: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”.
Así como las tres personas de la Deidad participaron en la creación del hombre, participaron también en su redención. El Padre dio a su Hijo unigénito (Jn. 3:16). El Hijo dio su vida por sus ovejas (Jn. 10:17-18). El Espíritu convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio, y guía al pueblo de Dios a toda verdad (Jn. 16:8, 13). Existe una comunión maravillosa e inconmensurable de la naturaleza, los atributos y la gloria entre las tres personas de la Deidad. Cristo dice del Espíritu: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:14-15). Es la voluntad de Dios “que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Jn. 5:23). Ahora bien, si los hombres se niegan a honrar al Hijo y adoran sólo al Padre, o si honran al Hijo, no como Hijo de Dios, sino sólo como una criatura, desagradan a Aquel que envió su Hijo al mundo. Tenemos que adorar a la Trinidad en unidad y unidad en la Trinidad. Por lo tanto, la doctrina aquí enunciada se refiere al objeto de adoración religiosa. La ortodoxia mantiene que hemos de adorar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Todos los demás adoran a Dios, no como la Biblia lo revela, sino según sus propias ideas. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3). Es un hecho digno de notar que los que creen en la divinidad suprema de Cristo nunca niegan la divinidad del Espíritu.
Tenemos indicios de la doctrina de la Trinidad en los escritos más antiguos de la Biblia. En el primer versículo de Génesis, la palabra Dios está en plural. Igualmente en Job 35:10, la palabra Hacedor en hebreo es plural. También en Eclesiastés 12:1, la palabra Creador está en plural. Y en Isaías 54:5, las palabras marido y Hacedor están en plural. En Malaquías 1:6 la palabra Señor está en plural. No sólo los sustantivos, sino que también los pronombres están en plural. En Génesis 1:26 leemos: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. (Ver Gn. 3:22). En el Antiguo Testamento, encontramos muchos vocablos similares. Sean cuales fueren los argumentos que prueban la divinidad y personalidad del Hijo y del Espíritu Santo, son prueba de la doctrina de la Trinidad. Porque cada uno es una persona y cada uno de ellos es divino, no existe duda en cuanto a la Trinidad.
Tomado de Teología del pueblo (Theology of the People), Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.
William S. Plumer (1802-1880): Pastor y autor presbiteriano estadounidense; nacido en Greensburg, PA, EE.UU.