La doctrina expuesta

Loraine Boettner (1901-1990)

Hay un solo Dios viviente y verdadero: Una de las objeciones más comunes a la doctrina de la Trinidad es que incluye el triteísmo39 o sea, la creencia en tres dioses. Sin embargo, la realidad es que se opone inalterablemente contra el triteísmo, al igual que a cualquier otra forma de politeísmo. Las Escrituras, la razón y la conciencia coinciden perfectamente en que hay sólo un Ser supremo, auto existente y eterno en quien existen, inherentemente40, todos los atributos o perfecciones divinas y de quien no pueden ser separados. Los siguientes versículos demuestran que, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, enseñan la unidad de Dios.

“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es” (Dt. 6:4). “Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios” (Is. 44:6). El Decálogo41, que es el fundamento del código moral y religioso del cristianismo, al igual que del judaísmo, anuncia como primer y más grande mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éx. 20:3). “Yo y el Padre uno somos”, dijo Jesús (Jn. 10:30). “Tú crees que Dios es uno; bien haces” (Stg. 2:19). “Sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios” (1 Co. 8:4). Hay “un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Ef. 4:5-6). “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último” (Ap. 22:13). Desde Génesis hasta Apocalipsis, la Palabra declara que Dios es uno…

Evidentemente, los unitarios no tienen ningún monopolio sobre la doctrina de la unidad de Dios. Los trinitarios sostienen esto tan firmemente como ellos. La unidad es uno de los postulados básicos del teísmo42 y ningún sistema que enseñe otra cosa, puede ser correcto.

Si bien es cierto que Dios en su naturaleza más profunda es uno, existe como tres personas. La mejor definición concisa de la doctrina de la Trinidad, hasta donde yo sé, se encuentra en el Catecismo Breve de Westminster: “Hay tres personas en la Divinidad: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y estas tres personas son un solo Dios, las mismas en sustancia, iguales en poder y gloria, aun cuando se distinguen por atributos”. Hemos visto que las Escrituras enseñan que hay un solo Dios vivo y verdadero. Enseñan con la misma claridad que este Dios que es uno, existe como tres personas distintas, como Padre, Hijo y Espíritu Santo:

(a) El Padre es Dios: “Para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas” (1 Co. 8:6). “Pablo, apóstol… por Jesucristo y por Dios el Padre” (Gá. 1:1). Hay “un Dios y Padre de todos” (Ef. 4:6). “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra” (Mt. 11:25). “Porque a éste [el Hijo] señaló Dios el Padre” (Jn. 6:27). “Según la presciencia de Dios Padre” (1 P. 1:2). “Y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:11). “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn. 20:17). “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn. 4:23). Jesús oraba a Dios el Padre (Mr. 14:36; Jn. 11:41; 17:11; etc.).

(b) El Hijo es Dios43: “Vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5). “Porque en él [Cristo] habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). “Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!” (Jn. 20:28). “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30). “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit. 2:13). “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16). Cristo asumió poder sobre el día de reposo, y “también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn. 5:18). Asumió las prerrogativas44 de Dios de perdonar pecados (Mr. 2:5). “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn. 1:1).

Los atributos que se pueden adjudicar sólo a Dios, se adjudican a Cristo: Santidad: “Eres, el Santo de Dios” (Mr. 1:24); “…no conoció pecado” (2 Co. 5:21); “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Jn. 8:46); “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He. 7:26). Eternidad: “En el principio era el Verbo” (Jn. 1:1); “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:58); “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo” (He. 1:8); “Aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn. 17:5). Vida: “En él estaba la vida” (Jn. 1:4); “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6); “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn. 11:25). Inmutabilidad45: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). “Ellos [los cielos] perecerán, mas tú permaneces;… ellos… serán mudados; pero tú eres el mismo” (He. 1:11-12). Omnipotencia46: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18); “el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Ap. 1:8). Omnisciencia47: “Sabes todas las cosas” (Jn. 16:30); “conociendo Jesús los pensamientos de ellos” (Mt. 9:4); “Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar” (Jn. 6:64); “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). Omnipresencia48: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mt. 28:20); “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:23). Creación: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:3); “el mundo por él fue hecho” (Jn. 1:10); “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Col. 1:16-17); “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3). Resucitando a los muertos: “[El Padre] le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:27-29). Juicio de todos los hombres: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo… Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles… E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt. 25:31-46). Las oraciones y la adoración deben ser dirigidas a Cristo: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Jn. 14:14); “se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Ellos, [le adoraron]” (Lc. 24:51-52); “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu” (He. 7:59); “todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Jn. 5:23); “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hch. 16:31); “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6); “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10-11). Y cuando comparamos estos versículos con declaraciones como las que tenemos en Isaías: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (45:22) y Jeremías: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo” (17:5), nos encontramos ante este dilema: O la doctrina cristiana de la Trinidad tiene que ser verdad, o las Escrituras se contradicen; o las Escrituras reconocen a más dioses que uno, o Cristo, junto con el Padre y el Espíritu Santo, constituyen ese Dios único.

Todos estos atributos de santidad, eternidad, vida, inmutabilidad, omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia, creación, providencia, resurrección de los muertos, juicio de todos los hombres, oración y adoración debida a Cristo, enseñan su deidad sin sombra de duda. Estas actitudes de la mente son idólatras si son dirigidas a una criatura.

(c) El Espíritu Santo es Dios: “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo? …No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hch. 5:3-4); “Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co. 2:11); “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Jn. 15:26). En la Fórmula Bautismal: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19) y en la Bendición Apostólica: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14), el Espíritu Santo está en un plano de igualdad absoluta con el Padre y el Hijo como deidad, y es considerado igual a ellos como la fuente de todo poder y bendición.

Hay muchos, aun entre cristianos profesantes, que no tienen un concepto del Espíritu Santo mayor que el de un poder o influencia sobrenatural, impersonal y misteriosa de Dios. Es cierto que en el Antiguo Testamento, donde el énfasis se coloca en el Dios único, las referencias al Espíritu, aunque no imposibles de aplicar a una persona definitiva, se entendían sencillamente como poder o influencia de Dios. Pero en la revelación más avanzada del Nuevo Testamento, se ve claramente la personalidad definida del Espíritu Santo. Y no se lo puede considerar sólo como una influencia o un poder divino, sino como una persona divina…

Los siguientes versículos enseñan claramente que el Espíritu Santo es una persona: “Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro” (Hch. 8:29); “Le dijo el Espíritu [a Pedro]: He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado” (Hch. 10:19-20); “Dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hch. 13:2); “porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lc. 12:12); “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:13-14); “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17). Aquí, el Espíritu Santo es llamado “Consolador” (referencia al margen: “Abogado”) o sea, alguien llamado para estar a nuestro lado como Guía, Maestro, Instructor, Patrocinador; por lo tanto, en la naturaleza del caso, tiene que ser una persona. Un pasaje paralelo, dice de Cristo algo similar: “…abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Jn. 2:1); “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8:26); “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios” (Ef. 4:30); “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap. 2:17); “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mt. 12:31-32). El lenguaje aquí usado muestra que es imposible cometer un pecado contra un personaje más divino que el Espíritu Santo; que de todos los pecados posibles, el pecado contra el Espíritu Santo es el peor —tanto por su naturaleza como por sus consecuencias— lo cual implica su dignidad y deidad eterna.

Palabras que en el Antiguo Testamento se adjudican a Dios, en el Nuevo Testamento se determinan más específicamente haber sido dichas por el Espíritu Santo (Ver Jer. 31:33-34 con He. 10:15-17; Sal. 95:7-11 con He. 3:7-11; Is. 6:9-10 con Hch. 28:25-28). En el Antiguo Testamento, leemos que, en el principio, el Espíritu Santo puso orden donde antes había sólo caos (Gn. 1:2) y procuró guiar a los antediluvianos49 por la senda de justicia (Gn. 6:3). Capacitó a ciertos hombres a ser profetas (Nm. 11:26, 29). Instruyó a los israelitas como pueblo (Neh. 9:20), vino sobre Isaías y lo capacitó para ser profeta (61:1) y causó que Ezequiel fuera y predicara a los que se encontraban en cautiverio (3:12, 15). En el Nuevo Testamento, el milagro del nacimiento virginal de Cristo fue por su poder (Lc. 1:35). Descendió sobre Jesús en su bautismo y lo invistió para su ministerio público (Mt. 3:16). Fue prometido a los discípulos como Consolador y Maestro (Jn. 16:7-13). Apareció a los discípulos el Día de Pentecostés y los capacitó para ser misioneros mundiales (Hch. 2:1-42). Impidió que Pablo fuera en una dirección y lo envió por otra (Hch. 16:6-10); da a distintas personas dones y talentos (1 Co. 12:4-31); realiza la obra sobrenatural de regenerar el alma de los hombres (Tit. 3:5; Jn. 3:5). Inspiró a los profetas y apóstoles, de manera que lo que decían o escribían en el nombre de Dios, era realmente su Palabra al pueblo (2 P. 1:20-21). En las obras de regeneración50 y santificación51, aplica al corazón de cada uno del pueblo del Señor, la redención objetiva obtenida por Cristo y, en general, dirige los asuntos de la Iglesia que avanza. Así que es considerado el “autor” del orden y belleza del mundo físico, y de fe y santidad en el mundo espiritual.

A lo largo de las Escrituras, el Espíritu Santo es presentado como una persona separada y distinta, con mentalidad, voluntad y poder propios. El bautismo se administra en su nombre. Se lo asocia constantemente con otras dos personas —el Padre y el Hijo— cuyas distintas personalidades son reconocidas, un fenómeno que no haría más que crear confusión, si no fuera también él una persona distinta. Los pronombres personales y expresiones Él, de Él y Yo, aplicados al [Espíritu Santo], son términos que pueden ser usados inteligentemente, sólo cuando se refieren a una persona. Ocurren con tanta repetición en las narraciones que no pueden ser descartados como una tendencia a personificar una fuerza impersonal. Igual de claro y conclusivo que dos más dos son cuatro, es el hecho de que el Espíritu Santo es un agente vivo, que obra con conciencia, voluntad y poder.

Una vez que se establece la personalidad del Espíritu Santo, son pocos los que niegan su deidad. Seguro es que no es una criatura y, en consecuencia, los que admiten su personalidad, aceptan también su deidad sin ninguna dificultad. La mayoría de las sectas herejes que creen que Cristo no es más que un hombre, en consonancia con esto, creen que el Espíritu es sólo un poder o influencia…

Los términos “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” designan a personas distintas que son objetivas entre sí. Los términos Padre, Hijo y Espíritu Santo no sólo distinguen las relaciones diferentes que Dios asume con sus criaturas. No son equivalentes a los términos Creador, Sustentador y Consolador, que sí expresan tales relaciones, sino que son los nombres propios de diferentes sujetos que son distintos unos de otros, igual como una persona es distinta a otra. De las siguientes relaciones personales entre ellos, se desprende claramente que esto es cierto.

(a) Usan mutuamente los pronombres yo, tú, él cuando hablan el uno al otro o uno de otro. “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mt. 17:5); “Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Jn 17:1); “Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre” (Jn. 16:28); “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Jn. 16:13).

(b) El Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre. El Espíritu glorifica al Hijo. “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Jn. 3:35); “…yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn. 15:10); “El [Espíritu Santo] me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:14).

(c) El Hijo ora al Padre. “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn. 17:5); “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Jn. 14:16).

(d) El Padre envía al Hijo, y el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo, quien actúa como su Agente. “El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt. 10:40); “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn. 17:18); “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3); “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:26); “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn. 16:7).

Vemos entonces, que las personas que componen la Deidad son tan distintas que cada una puede dirigirse a las otras, cada una puede amar a las otras, el Padre envía al Hijo, el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo, el Hijo ora al Padre y nosotros podemos orar a cada uno de ellos. Actúan y son objeto de acción como sujeto y objeto, y cada uno tiene una obra en particular que realizar. Decimos que son personas distintas porque una persona es alguien que puede decir “yo” y a quien se le puede decir “tú” o “usted” y quien puede actuar y ser objeto de una acción.

La doctrina de la Trinidad, entonces, no es más que una síntesis52 de estas realidades. Cuando hemos dicho estas tres cosas: que hay un solo Dios, que el Padre y el Hijo y el Espíritu es cada uno Dios, y que el Padre y el Hijo y el Espíritu es cada uno una Persona distinta, hemos enunciado la doctrina de la Trinidad en su totalidad. Ésta es la forma en que se encuentra en las Escrituras y es también, la forma como ha venido a formar parte de la fe de la Iglesia.

Tomado de Estudios en teología (Studies in Theology), capítulo III, La Trinidad (The Trinity), usado con permiso de P&R Publishing Co., P. O. Box 817, Phillipsburg, NJ 08865, EE.UU.