El orden divino en la Deidad
Loraine Boettner (1901-1990)
Cuando consideramos la doctrina de la Trinidad, tenemos que distinguir entre lo que se conoce, técnicamente, como la Trinidad inmanente53 y la económica54. Al decir Trinidad inmanente, nos referimos a la Trinidad como ha subsistido en la Deidad desde toda la eternidad. En su vida innata55, decimos que el Padre, Hijo y Espíritu Santo son iguales en su sustancia56, poseyendo atributos y poderes idénticos, por lo tanto, iguales en gloria. Esto se refiere a la existencia esencial de Dios aparte de la creación. Al decir Trinidad económica, nos referimos a la Trinidad tal como se manifiesta en el mundo, particularmente en la redención de hombres pecadores. Hay tres opera ad extra57 —obras adicionales, por así decir— que son atribuidas a la Trinidad, a saber, Creación, Redención y Santificación. Estas son obras fuera de las funciones necesarias de la Trinidad, obras que Dios no estaba obligado ni constreñido a realizar.
En las Escrituras, encontramos que el plan de redención toma la forma de un pacto, no sólo entre Dios y su pueblo, sino también entre las tres diferentes personas de la Trinidad, de manera que hay, por así decirlo, una división de tareas en que cada persona asume voluntariamente una parte particular de la obra.
Primero. Al Padre se le adjudica principalmente la obra de la Creación, junto con la elección de cierto número de individuos que ha dado al Hijo. El Padre es, en general, el “Autor” del plan de redención. Segundo. Al Hijo se le adjudica la obra de redención que para cumplir, se encarnó, tomando sobre sí la naturaleza humana para que, como cabeza federal y representativa de su pueblo, pudiera, como su sustituto, tomar sobre sí la culpa de sus pecados y sufrir un equivalente total por la pena de muerte eterna que a éste la correspondía. De esta manera, satisfizo plenamente, las demandas de la justicia expresadas en las palabras: “El alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:4, 20) y “Porque la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23). Además, en su capacidad de cabeza federal y representante de su pueblo, pactó guardar la ley de obediencia perfecta que fue dada originalmente a su antepasado Adán, en su capacidad representativa, ley que Adán había quebrantado y, por lo tanto, lanzando a la raza a un estado de culpabilidad y ruina. Al identificarse de esta manera con su pueblo, pagó la pena que a éste le correspondía, logrando su salvación. Actuando como su Rey y Salvador, es también Cabeza de la Iglesia que así formó, dirige la expansión del reino y está siempre presente con su pueblo. Tercero. Al Espíritu Santo se le adjudican las obras de regeneración y santificación o la aplicación al corazón de individuos, la expiación objetiva lograda por Cristo. Esto lo hace renovando espiritualmente sus corazones, obrando en ellos fe y arrepentimiento, limpiándolos de toda mancha58 de pecado y, finalmente, glorificándolos en el cielo. La redención en el sentido más amplio, es entonces, una cuestión de pura gracia, planeada por el Padre, adquirida por el Hijo y aplicada por el Espíritu Santo…
Sin embargo, mientras que ciertas obras en particular, son adjudicadas principalmente a cada una de las personas, tan íntima es la unidad que existe dentro de la Trinidad, que cada una de las tres participa en cierta medida en la obra de las demás59, sin dejar de ser una sola sustancia y “un Dios”. “Yo soy en el Padre, y el Padre en mí” (Jn. 14:11), dijo Jesús. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Co. 5:19). “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros [a través del Espíritu Santo]” (Jn. 14:18). Como dice el Dr. Charles Hodge60:
“Según las Escrituras, el Padre creó el mundo, el Hijo creó el mundo y el Espíritu creó el mundo. El Padre sustenta todas las cosas, el Hijo sustenta todas las cosas y el Espíritu es el origen de toda vida. Expresamos esta realidad diciendo que las tres personas de la Trinidad participan en todos los actos ad extra. No obstante, hay algunos actos en que predomina la referencia al Padre, en otras al Hijo y en otras al Espíritu. El Padre crea, escoge y llama; el Hijo redime y el Espíritu santifica”61.
Por lo tanto, decimos que mientras las esferas y funciones de las tres personas de la Trinidad son diferentes, no son exclusivas. Lo que una de ellas hace cuenta con la participación de las otras en diversos grados de importancia. El hecho es que han existido tres grandes épocas o dispensaciones en la historia de la redención que corresponden a las tres personas de la Deidad y que se manifiestan sucesivamente. La del Padre comenzó en la creación y continuó hasta el principio del ministerio público de Jesús; la del Hijo, que abarca un periodo de tiempo relativamente breve, pero fue el periodo importante cuando se llevó a cabo, objetivamente, la obra de redención, comenzó con el ministerio público de Jesús y continuó hasta el día de Pentecostés; y el del Espíritu Santo comenzó con la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés y continúa hasta el fin de la era.
En cuanto a la obra de la Trinidad económica, encontramos que existe un procedimiento definitivo en la obra de redención y también en el gobierno del mundo en general: La obra del Padre en la creación y en el plan general para el mundo es primordial; la del Hijo en redimir al mundo está subordinada a la del Padre y depende de ella; y la del Espíritu Santo al aplicar la redención viene después, está subordinada a la del Padre y a la del Hijo y depende de ellas. Por lo tanto, en cuanto a la obra de redención particularmente, la cual es la gran y más importante obra que Dios realiza para el hombre en este mundo, hay un orden lógico: La del Padre es primero, la del Hijo, segundo, y la del Espíritu, tercero. Y cuando se mencionan las personas de la Trinidad en nuestras declaraciones teológicas siempre es en este orden.
El Padre envía al Hijo y obra a través de Él (Jn. 17:8; Ro. 8:3; 1 Ts. 5:9; Ro. 5:1), y el Padre y el Hijo obran a través del Espíritu Santo (Ro. 5:5; Gá. 5:22-23; Tit. 3:5; Hch. 15:8-9). Según las propias palabras de Cristo, el que es enviado no es más grande que el que lo envió (Jn. 13:16) y, en su condición de humillación, hablando desde el punto de vista de su naturaleza humana, pudo decir: “el Padre mayor es que yo” (Jn. 14:28). Pablo nos dice que somos de Cristo y que Cristo es Dios (1 Co. 3:23); también, que Cristo es la cabeza de todo varón y que Dios es la cabeza de Cristo (1 Co. 11:3). Se afirman muchas cosas del Hijo encarnado que no pueden afirmarse acerca de la Segunda Persona de la Trinidad como tal: Jesús en su naturaleza humana creció en sabiduría (Lc. 2:52) y, aun tardíamente en su ministerio público, no sabía cuándo sería el fin del mundo (Mt. 24:36). En la obra de redención, que podríamos llamar una obra de supererogación62 porque se lleva a cabo por pura gracia y amor, y no por obligación; el Hijo, quien es igual al Padre, pasa a estar, por así decir, oficialmente sujeto a él. Y a su vez, el Espíritu es enviado, actúa y revela tanto al Padre como al Hijo, no se glorifica a sí mismo, sino a Cristo, y obra fe, amor, santidad e iluminación espiritual en el corazón de su pueblo. Esta subordinación del Hijo al Padre, y del Espíritu al Padre y el Hijo, no se relaciona con su vida esencial dentro de la Deidad, sino sólo en la modalidad de sus operaciones o su división de tareas en la creación y redención.
Esta subordinación del Hijo al Padre y del Espíritu al Padre y al Hijo, no es de ninguna manera inconsistente con una igualdad verdadera. Tenemos una analogía de tal prioridad y subordinación, por ejemplo, en la relación entre el esposo y la esposa en la familia humana. Pablo nos dice que esa relación es una de igualdad en Cristo Jesús, en quien “no hay varón ni mujer” (Gá. 3:28), siendo el alma de la mujer de tanto valor como la del hombre, no obstante, una de prioridad y subordinación personal en que el hogar y el estado, el hombre es a quien se reconoce como portavoz y líder. Como dice el Dr. W. Brenton Greene:
“A los ojos de Dios y a los ojos de la ley, el esposo y la esposa deberían ser mitades de un todo y ninguno mejor que el otro. Pero aunque esto es cierto y no se puede enfatizar demasiado que la relación entre esposo y esposa es tal que la posición de la esposa es distinta y dependiente de la del esposo. Esto no implica que la esposa como persona sea de menos valor para su esposo; en este sentido, no hay varón ni mujer porque ambos son ‘uno en Cristo Jesús’. Tampoco significa que la misión de la esposa sea de menos importancia que la del esposo. Existen ciertas funciones morales e intelectuales, al igual que físicas, que ella cumple mucho mejor que su esposo; y hay otras indispensables que nadie más que ella puede cumplir. No obstante, lo que quiere decir es que hay algunas cosas de primera importancia que sólo la esposa puede realizar, y que también hay otras funciones indispensables que sólo el marido debe cumplir, principalmente, la dirección de su vida en común. Por lo tanto, él debería ser la ‘cabeza’ del ‘cuerpo’ que esposo y esposa forman juntos. Lo entendamos o no, tal relación no es inconsistente con una igualdad perfecta. Éste no es el caso de la Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu son iguales en su poder y gloria. Pero el Padre ocupa el primer lugar, el Hijo el segundo y el Espíritu el tercero, en cuanto a ‘la modalidad de subsistencia y operación’. Por lo tanto, sea lo que sea que implique la posición secundaria de la esposa en relación con su esposo, de ninguna manera implica, en absoluto, la más mínima inferioridad”63.
En la obra de redención… por medio de un pacto aceptado voluntariamente por el Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada uno se hace cargo de un trabajo específico de una forma que, durante el tiempo que se está realizando esta obra, el Padre pasa a ser oficialmente primero, el Hijo oficialmente segundo y el Espíritu oficialmente tercero. No obstante, dentro de la vida esencial e inherente de la Trinidad, se conserva la igualdad total de las personas.
Tomado de Estudios en teología (Studies in Theology), capítulo III, La Trinidad (The Trinity), usado con permiso de P&R Publishing Co., P. O. Box 817, Phillipsburg, NJ 08865, EE.UU.
El Antiguo Testamento podría compararse con una sala ricamente amueblada, pero con poca luz; la introducción de luz no le agrega nada que no estaba en ella antes; pero hace posible ver mucho de lo que anteriormente se veía borrosamente o no se veía en absoluto. El misterio de la Trinidad no es revelado en la Antiguo Testamento; pero el misterio de la Trinidad es la base de la revelación del Antiguo Testamento y, en un lugar o en otro, casi se vislumbra. La revelación del Antiguo Testamento no es corregida por la revelación más completa que la sigue, sino que es sólo perfeccionada, extendida y aumentada. —B. B. Warfield