Comunión con la Trinidad
John Owen (1616-1683)
Por naturaleza, desde la aparición del pecado, nadie ha tenido comunión con Dios. Él es Luz, nosotros oscuridad; y ¿qué comunión tiene la luz con la oscuridad? Él es vida, nosotros estamos muertos. Él es amor y nosotros enemistad; entonces, ¿qué acuerdo puede haber entre nosotros? Bajo tales circunstancias, los hombres viven “ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12), “teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:18). Ahora bien, dos no pueden caminar juntos si no están de acuerdo (Am. 3:3). Mientras que haya una distancia entre Dios y la humanidad, no pueden caminar juntos en compañerismo o comunión, a menos que se pongan de acuerdo. Nuestra relación original con Dios se arruinó tanto por el pecado que no teníamos ninguna posibilidad de recobrarla. Quedamos imposibilitados de hacerlo, mientras Dios no nos revelara una manera de hacerlo. No había manera de que, como pecadores, pudiéramos acercarnos a Él en paz. Ninguna obra que Dios había realizado, ningún atributo que había revelado, arrojaba la más mínima luz sobre tal dispensación.
Pero ahora en Cristo, “tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Ef. 3:12). Esta manera de acercarnos a Dios, no la conocían los santos de antaño. Solamente en Cristo, entonces, bajo toda consideración de su ser y total manifestación, esta distancia deja de existir. Él nos ha dado acceso a un camino nuevo (el viejo ha sido clausurado); ahora podemos andar “por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne” (He. 10:20) y “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz” (Ef. 2:13-14)… Sobre este nuevo fundamento, por este camino nuevo y vivo, los pecadores pueden tener comunión y una relación con Dios. Ciertamente, el hecho de que los pecadores tengan una relación con Dios, el infinitamente Dios santo, es una dispensación extraordinaria. Consideremos en general que…
Comunión es comunicación mutua. Esta relación está llena de cosas tan buenas que las personas que mantienen la comunicación y conviven en esta nueva dimensión, se deleitan, [basadas] en alguna unión entre ambas. Ese fue el caso entre Jonatán y David; dice 1 Samuel 20:17: “Y Jonatán hizo jurar a David otra vez, porque le amaba, pues le amaba como a sí mismo”. Sus almas se comunicaban con amor. Había esta unión entre ellos; y esto hacía posible que se comunicaran todas sus vivencias. Esto es aún más importante cuando se trata de cuestiones espirituales: los que disfrutan esta comunión tienen la más excelente unión como su fundamento; y los asuntos relacionados con esta unión que se comunican, son los más valiosos e importantes…
Nuestra comunión con Dios consiste, entonces, en su comunicación de Sí mismo con nosotros, en nuestra entrega a Él de todo lo que Él requiere y acepta, fluyendo de esa unión que tenemos con Él en Jesucristo. Podemos calificar esta comunión de dos maneras: (1) Perfecta y completa, con plena conciencia de su gloria y nuestra entera consagración a Él. En esa comunión, aspiramos a descansar en Él, lo cual disfrutaremos cuando lo veamos tal como Él es, y (2) inicial e incompleta, en los primeros frutos y en los inicios de esa perfección que tenemos aquí por su gracia, la cual trataré solamente.
Consideremos, entonces, esa comunicación mutua de dar y recibir, de la manera más santa y espiritual que existe entre Dios y los santos mientras observan un pacto de paz ratificado76 con la sangre de Jesús, el cual vamos a tratar. Haremos esto si Dios permite; siempre y cuando oremos a Dios y Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien de las riquezas de su gracia, nos ha rescatado de un estado de enemistad a una condición de comunión y compañerismo con Él mismo, para que, tanto el que escribe como los que leen el mensaje de su misericordia, puedan saborear la dulzura y excelencia, y anhelen la plenitud de su salvación y su gozo eterno en gloria…
Los santos tienen una comunión diferente con el Padre, que con el Hijo y que con el Espíritu Santo (esto es, distintivamente con el Padre, distintivamente con el Hijo y distintivamente con el Espíritu Santo) y en qué consiste la obtención de esta distintiva comunión con cada una es lo que ahora trataremos.
Nos dice el Apóstol: “Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno” (1 Jn. 5:7). En el cielo son testimonio y nos dan testimonio. ¿Y de qué dan testimonio? De que Cristo es el Hijo de Dios y que derramó su sangre en la cruz en propiciación77 por nuestros pecados. Aquella obra de propiciación continúa con la justificación78 y la santificación79. Ahora bien, ¿de qué manera dan testimonio de esto los tres, como tres testigos distintos? Cuando Dios da testimonio acerca de nuestra salvación, debemos recibirlo. Tal como da testimonio, así debemos recibirlo. Esto se hace distintivamente. El Padre da testimonio, el Hijo da testimonio, el Espíritu Santo da testimonio; porque son tres testigos distintos. Así pues, tenemos que recibir sus distintos testimonios y al hacerlo, disfrutamos de comunión con cada uno de ellos respectivamente. Este dar y recibir testimonio, dista mucho de ser una parte pequeña de nuestra relación con Dios…
El Apóstol, hablando de la distribución de dones y gracias a los santos, se refiere a ellos claramente, con respecto a la fuente de su comunicación con las distintas personas de la Trinidad. “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo” (1 Co. 12:4-6), “uno y el mismo Espíritu” (1 Co. 12:11), esto es, el Espíritu Santo. “Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo” (12:5), el mismo Señor Jesús. “Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo”. (12:6), aun el Padre (Ef. 4:6). Así son otorgados las gracias y los dones, y así deben ser recibidos.
La misma distinción se observa, no solamente en el fluir de la gracia de Dios y la venida del Espíritu Santo sobre nosotros, sino también en todos nuestros acercamientos a Dios. “Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Nuestro acceso a Dios (donde tenemos comunión con Él) es “a través de Cristo”, “En el Espíritu” y “hacia el Padre” —las personas aquí son consideradas como comprometidas distintivamente para el cumplimiento de la voluntad de Dios revelada en el evangelio—.
A veces, se menciona explícitamente sólo al Padre y al Hijo. “Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn. 1:3). La conjunción “y” distingue y une a la vez. Dice Juan 14:23: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. Es en esta comunión donde, Padre e Hijo, hacen su morada en el alma. A veces se habla solamente del Hijo, como para este propósito: “Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Co. 1:9). Y, “si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3:20)… A veces se menciona solamente al Espíritu. “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14). Esta comunión distinta de los santos con el Padre, Hijo y Espíritu es muy clara en las Escrituras…
Entonces, las formas y los medios por los cuales los santos que en Cristo disfrutan comunión con Dios, son todas ellas acciones espirituales y santas, y la efusión de sus almas en esas gracias y por esas formas que constituyen la adoración a Dios moral y establecida. Fe, amor, confianza, gozo, etc., son elementos de la adoración natural y moral a Dios, por la cual aquellos que están en Él tienen comunión con Él. Ahora bien, estos componentes de la adoración son dirigidos directamente a Dios y no están ligados a formas ni medios externos; o pueden ir más allá y expresarse solemnemente en oración y alabanzas, en acorde con el medio escogido por Él. Las Escrituras adjudican todos estos, distintivamente al Padre, Hijo y Espíritu. Para aclarar mejor esta afirmación mencionaré algunas instancias particulares:
- Para el Padre. Fe, amor, obediencia, etc., son especial y distintivamente dados a Él por los santos; y Él se manifiesta en estas formas a ellos, lo que debería atraerlos y animarlos. Él da testimonio y el testimonio es de su Hijo, “porque éste es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo” (1 Jn. 5:9). Dando testimonio, él mismo es el objeto de la fe. Cuando da testimonio (lo cual da como el Padre acerca del Hijo), debe ser recibido por fe. Dicen las Escrituras: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Jn. 5: 10). Creer en el Hijo de Dios es recibir al Señor Cristo como el Hijo; el Hijo nos es dado para los propósitos del amor del Padre, con base en la garantía del testimonio del Padre; por lo tanto, la fe es directamente en el Padre. “El que no cree a Dios [es decir, al Padre quien da testimonio del Hijo] le ha hecho mentiroso”, dice nuestro Salvador o sea, el Padre como tal, porque agrega: “creed también en mí” (Jn. 14:1) o “creéis en Dios, creed también en mí”. Dios como el prima Veritas80 sobre quien se fundamenta la autoridad y donde toda fe divina, definitivamente, se determina, no algo para considerar como refiriéndose a alguna persona en particular, sino esencialmente a la deidad en su totalidad… Pero en este particular, es con el testimonio y autoridad del Padre (como tal), que la fe es puesta distintivamente en Él, de otra manera, el Hijo no agregaría, “creed también en mí”.
Lo mismo dice del amor. “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15), esto es, el amor que le tenemos, no el que recibimos de Él. Aquí el Padre es considerado el objeto de nuestro amor, en oposición al mundo, que reclama nuestros afectos —“el amor al Padre”—. El Padre representa la materia y el objeto, no la causa eficaz, del amor que buscamos… Y este amor a Él como Padre, es lo que Él llama su “honra” (Mal. 1:6).
Además, estas gracias usadas en oración y alabanza, y durante nuestra adoración, son dirigidas a Él. “Y si invocáis por Padre” (1 P. 1:17). “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Ef. 3:14-15). Doblar la rodilla representa toda la adoración a Dios en general, tanto lo que es moral en la obediencia universal que Él requiere, como esas formas particulares de hacerlo que Él determinó: “Que a mí”, dice el Señor, “se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua” (Is. 45:23). En los versículos 24 y 25 declara la confianza en Él para justicia y fortaleza. A veces, parece incluir la sujeción ordenada de toda la creación a su soberanía. Aquí el Apóstol parece tener una idea menos amplia y es una expresión figurativa de la oración tomada de la postura corporal más expresiva para orar. Además, declara cuál es su meta y a dónde van sus pensamientos al doblar la rodilla (Ef. 3: 16-17).
En el ejercicio, las obras del Espíritu de gracia en esa labor, son distintivamente dirigidas al Padre como tal, como la fuente de la deidad y todas las cosas buenas en Cristo como al “Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Por lo tanto, el mismo Apóstol, en otro pasaje, expresamente une y, sin embargo, claramente distingue, el Padre y el Hijo dirigiendo su súplica: “Mas el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros” (1 Ts. 3:11). En la siguiente acción de gracias, encontramos lo mismo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef. 1:3). No agregaré los muchos pasajes donde los particulares de la adoración a la divinidad total… son claramente dirigidos a la persona del Padre.
- También hace referencia al Hijo: “Creéis en Dios”, dice Cristo, “creed también en mí” (Jn. 14:1). “Cree también, ejercita tu fe en mí; fe divina, sobrenatural; esa fe por la cual crees en Dios, en Dios el Padre”. Jesús cree y sabe que Él es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Implica que cualquiera que rechaza a nuestro Salvador, se hace merecedor de la advertencia a los fariseos, “porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Jn. 8:24). En este sentido, la fe no es directamente en el Hijo —su declaración es únicamente de que el Cristo es el Hijo—, sino por el testimonio del Padre acerca de Él.
Pero también hay una creencia en Él, llamada creer “en el nombre del Hijo de Dios” (1 Jn. 5:13 y Jn. 9:36) —sí, se enfatiza con más frecuencia que la fe, consagración y confianza distintivas en el Señor Jesucristo el Hijo de Dios, como el Hijo de Dios—. “Dios” —o sea el Padre—, “amó al mundo… para que todo aquel que en él cree” —o sea en el Hijo—, “no se pierda”. Es indispensable creer al Hijo, quien es dado por el Padre. “El que en él cree, no es condenado” (3:18). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (3:36). “Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Jn. 6:29, 40; 1 Jn. 5:10). Se establecen los cimientos de todo: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Jn. 5:23)… Por amor, sólo agregaré la solemne bendición apostólica: “La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” (Ef. 6:24) —esto es, con amor divino—, el amor a la adoración divina, que es el único amor incorruptible del Señor Jesús.
Además, esa fe, esperanza y amor, demostrados en obediencia y adoración, son particularmente característicos de los santos y claramente dirigidos al Hijo, como lo manifiesta la doxología81: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Ap. 1:5-6). Se expresa aun con mayor gloria, diciendo: “…los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos” (Ap. 5:8); “Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13). El Padre y el Hijo (el que se sienta en el trono y el Cordero) son mencionados en conjunto, pero distintivamente, como objetos adecuados de adoración y honra por siempre. Por lo tanto, en su invocación solemne, Esteban deposita su fe y esperanza distintivamente en Él, diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” y “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch. 7:59-60) porque sabía que el Hijo del hombre tenía también poder de perdonar pecados. En esta adoración al Señor Jesús, el Apóstol declara el carácter discerniente (capaz de discernir) de los santos: “Con todos,” dice, “los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Co. 1:2), esto es, con todos los santos de Dios. Una invocación, generalmente, resume toda la adoración a Dios. Esto, entonces, es lo que merece el Mediador, como Dios, como el Hijo, no como Mediador.
- También es así en referencia al Espíritu Santo de gracia: El gran pecado de la incredulidad es descrito como una oposición y resistencia al Espíritu Santo. También encontramos diferentes menciones específicas al amor del Espíritu (Ro. 15:30). Igualmente, el Apóstol dirige sus súplicas a Él en esta solemne bendición: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14). Estas bendiciones son originalmente súplicas humildes y sinceras. Él también es merecedor de toda alabanza instituida, comenzando con la de la administración del bautismo en su nombre (Mt. 28:19).
Ahora bien, de las cosas que hemos dicho éste es el resumen: No hay gracia por la cual nuestras almas acudan a Dios, ningún acto de adoración divina a Él, ningún deber u obediencia realizado, que no estén dirigidos, distintivamente, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Por estos y otros medios como estos, tenemos comunión con Dios.
Tomado de De la comunión con Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo (Of Communion with God the Father, Son, and Holy Ghost) en Las obras de John Owen (The Works of John Owen), ed. W. H. Goold, Tomo 2 (Edinburgh: T&T Clark, 1862).
John Owen (1616-1683): Pastor congregacional, autor, y teólogo; nacido en Stadhampton, Oxfordshire, Reino Unido.