Manteniendo pura a la iglesia de Cristo
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Corintios 5:6-8).
Pecar, aun en el más mínimo grado, es repugnante para el Señor. Es imposible [expresar] cuánto aborrece Dios al pecado. ¡Lo detesta con toda la intensidad de su naturaleza infinita! No puede mirar a la iniquidad; le es detestable. El fuego de su ira arderá para siempre contra el pecado porque este le es infinitamente aborrecible a su naturaleza pura y santa. Lo llama levadura, por su acritud. La levadura es, además, el fruto de una especie de corrupción y tiende a dar lugar a más corrupción. El pecado es una corrupción; disuelve la estructura misma de la sociedad. Disuelve la constitución del hombre. Donde sea que penetra nuestra naturaleza, la desordena, la descoyunta, destruye su excelencia y envenena su pureza. La levadura es también algo que se _extiende mucho._No importa cuánta harina haya, la levadura sigue haciendo lo suyo. No es como dice el dicho: “Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante” (Job 38:11). Un poquito de levadura leuda toda la masa. Sucede lo mismo con el pecado. Cuando apareció la levadura entre los ángeles hizo que una multitud de ellos fuera echada al infierno. Una mujer pecó, y la raza humana entera fue leudada por su falta. Cuando entra un pecado en la naturaleza, esta se deprava totalmente, se corrompe de principio a fin por el efecto leudante de aquel.
Ahora bien, según el Apóstol, si se permite la levadura de la impiedad en una iglesia, ella se extenderá por toda la iglesia. En la Iglesia cristiana, es seguro que un poquito de falsa doctrina abrirá el camino para más distanciamiento de la verdad, por lo que nadie puede predecir el final ni el resultado de aquella primera falsa enseñanza. No podemos decir: “Hasta aquí seré poco ortodoxo”. Sería lo mismo que romper los diques de Holanda y pedirle al mar que sea moderado en su inundación. Las doctrinas del evangelio tienen una relación tan cercana una con otra que si rompemos un eslabón rompemos toda la cadena. Podemos decir de la totalidad de la verdad del evangelio lo que está escrito acerca de la Ley: “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg. 2:10). Renunciar a una verdad casi indefectiblemente lleva a renunciar a otra; y antes de que nos demos cuenta, nos hemos apartado del evangelio. Tengo el gran temor de que negar el castigo futuro eterno constituye apenas una ola de un mar de [incredulidad]. Si negamos el carácter atroz del castigo del pecado, pronto negaremos la obra de Cristo como sustituto. De hecho, tenemos hoy pruebas vivas de esto, y veremos muchas más antes de que pase mucho tiempo. La nueva enseñanza carcome como lo hace un [cáncer]. Se presenta hermosamente; pero en el corazón anida un enemigo mortal del evangelio mismo. Cuanto antes haya conciencia de que es así, mejor será para la iglesia de Dios.
La levadura de un vivir maligno es también igualmente repugnante en la iglesia. **Cuando se tolera el pecado en una persona,**pronto se le justificará a otra; y una manera más laxa de pensar en cuanto al pecado finalmente dominará la iglesia. La tolerancia del pecado en la iglesia pronto lleva a justificarlo, a caer libremente en él y a la inclusión de otros pecados aun peores. El pecado es como aquellos [bultos] de mercancía que venían de oriente a la ciudad de Londres en la antigüedad y traían la [plaga] en ellos. Podía ser un [bulto] pequeño, pero contenía potencialmente en él la muerte de cientos de habitantes de Londres. En aquella época un solo trozo de tela llevaba la infección a una ciudad entera. De igual modo, si dejamos que entre un pecado o una falsa doctrina en la iglesia, nadie puede decir hasta dónde es capaz de llegar esa impiedad. Por lo tanto, la iglesia debe ser saneada lo más diligentemente que sea posible de cualquier impiedad práctica y doctrinal. Esa cosa agria y corruptora que Dios aborrece debe ser purgada de ella. Mantenerla libre de ella es la responsabilidad del pastor cristiano y de todos sus colaboradores… Tómese nota que no les instamos purgar el pecado a fin de que ustedes puedan salvarse: porque Cristo nuestra Pascua ha sido sacrificado, y nuestra salvación ha sido asegurada por ese sacrificio. Pero habiendo sido asegurada, para poder seguir celebrando la fiesta y poseer sin interrupción el gozo de la salvación, tenemos que deshacernos de la levadura del pecado…
Si sé que me alimento de Cristo día tras día, quien fue sacrificado por mí, mi felicidad me lleva a decir: “Fui comprado a alto precio; mis pecados mataron a mi Salvador y por tanto yo mataré mis pecados”. Cada prueba que recibimos del amor redentor nos hace sentir que el pecado es una cosa cruel y detestable, por lo que la destruiremos… “¿Me ha amado Cristo a mí y murió por mí? Entonces suyo soy, y si suyo soy, no puedo vivir en pecado. Si he sido redimido, ¿puedo seguir siendo esclavo? Si pertenezco a Jesús, no puedo servir a Satanás. Debo librarme del pecado”…
Cómo se tranquiliza el alma cuando el hombre siente: “He hecho lo que era correcto, he renunciado a todo lo que es malo”. Tengamos por seguro que la profunda paz del creyente surge de la sangre rociada, pero es disfrutada extirpando la levadura. Si alguno se cuestiona: “¿Puedo creer en Cristo si estoy viviendo en pecado?”, recibirá como respuesta la paz de saber que Jesús es suyo si sinceramente, por medio del Espíritu Santo, ha renunciado a sus antiguos pecados. Extirpar la levadura da claridad a sus evidencias y le permite celebrar la fiesta (1 Co. 5:8). Uno se siente a salvo a través de la sangre, pero ahora tiene también la felicidad de sentirse seguro, una felicidad que le hubiera sido quitada si hubiera caído en pecado. Mis hermanos, ¿cómo podemos esperar disfrutar de comunión con Jesucristo mientras consentimos al pecado?… Mis queridos hermanos, si no andamos en la luz como anda Cristo en la luz, no es porque él no esté dispuesto de que andemos en su luz, sino porque nosotros nos mantenemos distanciados de él, y como resultado andamos en oscuridad.
Jesús no tiene comunión con los que descuidan su voluntad. Jesús no admitirá nada de levadura donde él está. Si usted tolera lo que para él es nauseabundo, no espere de él ninguna palabra reconfortante. Si anda usted contrariamente a él, el andará contrariamente a usted. “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Am. 3:3). Le insto con mucho afecto a que reflexione en lo que he dicho, tal como lo he reflexionado yo en mi propio corazón. Me temo que no disfrutaremos de la bendición que hemos gozado como iglesia a menos que haya entre nosotros más celo por ser santos. Me temo que algunos de nosotros somos estériles, espiritualmente hablando, porque no nos mantenemos en guardia en contra del pecado. ¡Oh, conserve tierna su conciencia! Cuídese de quemarse. Esta es como los lagos en invierno: primero se forma una delgada capa de hielo en la superficie, pero después toda la superficie se endurece tanto que hasta podría aguantar el peso de medio pueblo. Cuidado con la delgada capa que puede cubrir su conciencia. Mantenga tierno su corazón ante Dios, listo para ser conmovido ante aun el aliento más leve de su Espíritu. Pida ser como las plantas sensitivas, que se marchitan ante el toque del pecado y floreciendo solo en la presencia de nuestro Señor y Maestro. Dios se lo conceda. Dios se lo conceda en nombre de Jesús.
De un sermón predicado la mañana del 11 de diciembre, Día del Señor, 1870, en el Tabernáculo Metropolitano de Newington, Inglaterra.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés de gran influencia; predicador cuyos sermones han sido los más leídos de la historia (aparte de los que se encuentran en las Escrituras); nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.