Admisión y exclusión
John Gill (1697-1771)
Primero, las reglas concernientes a la admisión de miembros a una iglesia evangélica: Las puertas de la iglesia no deben abrirse de par en par para que entre cualquiera cuando quiera. A las puertas de la casa del Señor fueron puestos porteros, [para que] no entrara ninguna persona inmunda. En el tiempo de Ezequiel –una figura de la iglesia evangélica futura—se dieron órdenes de que no entrara en el santuario del Señor ningún extraño, incircunciso de corazón y en la carne. En el templo de Salomón no se permitía usar ningún material que no fuera labrado y pulido con anterioridad.
**Las personas deben presentarse voluntariamente a la iglesia para formar parte de su comunión.**Este debe ser un acto voluntario propio y no algo forzado o por persuasión de otros. O deben ser propuestas por el pastor o anciano con quien hayan tenido una conversación previa incluyendo una averiguación sobre su experiencia y conocimiento de lascosas divinas. Fue así que Saulo, al convertirse “trataba de juntarse con los discípulos”; es decir, trató, intentó, se presentó a ellos con la intención de formar parte de ese selecto grupo y tener comunión con ellos como si fuera uno de ellos (Hch. 9:26).
Para ser admitido a la comunión, debe darse satisfacción en cuando a la obra de gracia en el alma. Cuando Saulo deseaba tener comunión con la iglesia, “todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo” (Hch. 9:26). No confiaban que fuera una persona realmente convertida, un creyente verdadero en Cristo, porque hasta entonces había sido perseguidor de los santos. [No creyeron] hasta que les declaró cómo había visto al Señor en el camino a Damasco. Les contó cómo el mismo Jesús a quien él perseguía le había hablado. Tenían dudas acerca de su relación con Cristo, hasta que vieron la valentía con que había predicado su nombre. No fue hasta entonces que lo admitieron y andaba con ellos en sus entradas y salidas. Es correcto y propio que los que quieren ser admitidos den razón de la esperanza que hay en ellos para satisfacción de aquellos con quienes anhelan tener comunión. En la iglesia primitiva era una práctica de los santos compartir unos con otros lo que Dios había hecho para sus almas. Aquel pobre hombre a quien Cristo le quitó una legión de demonios fue enviado a su casa para que contara a sus amigos las grandes cosas que el Señor había hecho por él y dijera cómo había tenido compasión de él. Es mucho mejor que la persona que ha experimentado en carne propia un encuentro con Cristo relate su experiencia, y no que sea compartida por boca de terceros; es mejor una declaración oral que por escrito. Porque, aunque lo primero sea dicho con dificultad, es mejor descubrir el sentimiento real del corazón, el sabor mismo del alma, pues esto tiende a entrelazar y unir a los corazones del pueblo del Señor con que el que da testimonio.
El camino para ingresar a la iglesia es por una profesión de fe en Cristo. Porque así como por su corazón el hombre cree para justicia, con la boca confiesa para salvación (Ro. 10:10). La iglesia es el redil y Cristo es la puerta para entrar a él. Cualquiera que pretenda entrar de otra manera que no sea su fe en él y la profesión de esa fe es un ladrón y robador (Jn. 10:1). Los tres mil convertidos aquel día de Pentecostés, profesaron primero el arrepentimiento de sus pecados, su fe en Cristo para [perdón] de ellos y su aceptación gozosa del evangelio, siendo luego bautizados y recién entonces ser agregados a la comunión de la iglesia (Hch. 2:41).
Es necesario que los que se agregan a una iglesia como miembros conozcan las verdades del evangelio, las confiesen y que no se avergüencen de Cristo y sus palabras delante de los hombres. Se les debe examinar para constatar su solidez en cuanto a la doctrina de la fe, y esto debe autentificarse por su aprobación de los artículos de fe de la iglesia: “Abrid las puertas, y entrará la gente justa, guardadora de verdades” (Is. 26:2).
La iglesia debe ser indulgente con las debilidades de los hombres, tanto en cuanto a sus experiencias de gracia como a su iluminación y conocimiento del evangelio. No se debe despreciar el día de las cosas pequeñas (Zac. 4:10). No se debe quebrar la caña cascada ni apagarse el pábilo que humea (Mt. 12:20). Cristo recoge en sus brazos a los tiernos corderos y los lleva en su seno (Is. 40:11). Los débiles en la fe deben ser recibidos, pero no para contender sobre opiniones (Ro. 14:1).
Debe recibir el testimonio de una transformación en la vida y de un cambio en la manera de vivir.
Cuando los discípulos vacilaron en recibir a Saulo por su conducta y comportamiento anterior, Bernabé les informó sobre el cambio operado en él, y [que aunque había sido] un perseguidor violento de la iglesia, era ahora un predicador valiente y celoso del evangelio. [Entonces] lo recibieron gozosos.
La aceptación de un miembro en la comunión de la iglesia tiene que ser por consentimiento mutuo. La persona recibida debe andar con la iglesia en santa comunión, y la iglesia debe recibirlaen el Señor. Tiene que ser un acto voluntario de ambas partes. Si la iglesia tiene un pastor, la persona debe ser recibida por él en nombre y consentimiento de la iglesia; si no tiene pastor o encargado de la iglesia, se nombra a un hermano de la congregación para ese fin. Este extiende su diestra en señal de compañerismo (Gá. 2:9).
Segundo, consideremos las ordenanzas, leyes y reglas que deben ser guardadas y obedecidas por los que son admitidos en la iglesia. Hay ordenanzas que deben enseñarse a [observar]. Hay que mostrarles “todas las ordenanzas” de la casa para que puedan “cumplirlas”; fue así que Cristo ordenó a sus discípulos que enseñaran a aquellos que bautizaban a observar todas las cosas que él les había mandado (Mt. 28:20). Además de la ordenanza del bautismo, que es preparatoria para la comunión en la iglesia, existen ordenanzas acerca de la oración pública, la alabanza y el ministerio público de la Palabra, que deben atenderse constantemente. Es muy impropio que los miembros de las iglesias dejen de reunirse para la adoración pública (He. 10:25). Es de notar, para honra de los [primeros] cristianos que “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” asistiendo constantemente a las reuniones en que esta se ministraba, en una “comunión” los unos con los otros, “en oraciones”, en oraciones públicas guiadas por el pastor como vocero de la iglesia, y particularmente en el “partimiento del pan” o sea la ordenanza de la Cena del Señor (Hch. 2:42) la cual debe ser administrada con frecuencia; Pablo dice: “todas las veces que comiereis este pan, etc.” (1 Co. 11:26), lo cual muestra que se hacía a menudo. Sea cual fuere la frecuencia, se ha de participar en ella…
**También están “las leyes de” la casa, que deben ser enseñadas a los miembros de la iglesia y ser obedecidas por ellos.**Cristo es el que las dio, y sus mandatos deben observados partiendo del principio de amor por él y, de hecho, por todo lo que ha mandado. Está la Ley Moral, que sigue vigente y vinculante para los cristianos. Porque Cristo no vino para destruirla, sino para cumplirla (Mt. 5:17), y su pueblo está bajo la Ley como lo estuvo él, y debe obedecerla (1 Co. 9:21). Los que no tienen en cuenta la moralidad no son dignos de ser miembros de una iglesia ni de continuar en ella. Está también la ley de Cristo que es la ley del amor, el nuevo mandamiento que Cristo dio a sus discípulos (Jn. 13:34), y por el cumplimiento de ella se conoce que son sus discípulos. Además, hay varios deberes mutuos que deben observar los miembros de las iglesias. Deben someterse unos a otros en el temor del Señor (Ef. 5:21). Deben tener el mismo amor unos por los otros (Fil. 2:2), tanto con respecto a las cosas temporales como las espirituales y velar unos por otros en el Señor…
**Hay ciertas reglas con respecto a amonestaciones privadas de los miembros de la iglesia que merecen atención especial.**Ambas son dadas por pastores y ancianos de las iglesia, que no solo tienen el poder de amonestar a aquellos sobre quienes han sido puestos y de reprender públicamente y con autoridad, sino también privadamente, al visitar casa por casa y según vean necesidad de hacerlo. [Tales] amonestaciones privadas no deben ser despreciadas, [tampoco] las dadas por los miembros que deben amonestarse y exhortarseunos a otros de forma privada, según haya necesidad. La regla de Mateo 18:15-17: “Si tu hermano peca contra ti…” es excelente y puede ser… aplicada a cualquier desacuerdo entre un miembro de la iglesia y otro… [Esta] regla tiene que ser observada en caso de una falta privada conocida solo por estos –una falta secreta que solo ellos conocen—y no un pecado público, conocido por toda la iglesia y el mundo. Porque en este último caso hay que aplicar otro método. Tiene que ser un pecado del cual es culpable el ofensor, y no obstante no un pecado por debilidad, común a la naturaleza humana que abarca a todos. Pero no debe ser una falta sustancial ni pública que requiere más que amonestación, una excomunión inmediata, como el pecado de incesto (1 Co. 5). [Tiene que ser] una falta menor, pero que ofende. En tal caso, el hermano ofendido tiene que reprender en privado al ofensor y referirse únicamente a la falta entre ellos. Si puede lograr que el otro reconozca su falta y manifieste su dolor por ella, entonces se ha ganado a un hermano. Es restaurado del error del que es culpable el cual entonces debe olvidarse totalmente sin mencionarlo nunca a nadie. Si el ofensor no responde de esta manera, el ofendido debe buscar a un hermano o dos que lo acompañen para amonestarlo nuevamente. Si no hace caso aun contando con la fuerza de los hermanos que lo acompañaron, entonces la indicación es: “Dilo a la iglesia”…
En tercer lugar, es necesario aclarar lo que implica **“separarse” de la casa o iglesia de Dios, y lo que esto significa.**Hay dos maneras de salir de la iglesia: ya sea por dimisión1 de ella o por excomunión. Existen en algunos casos cartas de recomendación, que no hacen falta en algunos casos, como el del Apóstol que no la necesitaba (2 Co. 3:1). Pero las hubo en el caso de Apolos (Hch. 18:27), de Febe (Ro. 16:1-2) y de Marcos (Col. 4:10). Pero estas cartas no otorgan membresía sino solo una comunión transitoria. La persona recomendada sigue siendo miembro de la iglesia que lo recomendó. El propósito de tales cartas es certificar que la persona cuyo nombre se menciona en ellas es miembro en plena comunión de la iglesia que lo recomienda y que puede ser admitido, con toda confianza, a una comunión transitoria en la iglesia a la cual es recomendado. Pero dichas cartas no deben ser de largo plazo. Si una persona se asienta en un lugar a donde lo ha llevado la providencia, debe pedir una carta de dimisión a la iglesia de origen y ser recibido, en base a ella, a una comunión plena en la nueva congregación. Al ser aprobada la carta de dimisión, y la persona es recibida en el nuevo grupo, es entonces un miembro con todos sus derechos y obligaciones. En ese momento, y no antes, la persona deja de ser miembro de la iglesia de la cual es dimitido. Hay casos en que una persona puede pedir su carta de transferencia a otra iglesia por varias razones: por la distancia, porque no se siente edificado o porque la iglesia se ha corrompido de tal forma en su doctrina y práctica que no puede, a conciencia, permanecer en ella. La otra manera de salir de la iglesia es la excomunión o expulsión, sobre la cual será necesario considerar varias cosas.
**La excomunión no es más que privar al miembro de la comunión de la iglesia y los privilegios que de ella se desprenden.**Es retirarle todos los derechos y responsabilidades de un ciudadano hermano de los santos y quitarle su lugar y su nombre en la casa de Dios. Una iglesia no le puede quitar a un miembro más de lo que le dio desde un principio…
La gloria de Dios es la finalidad definitiva de la excomunión. Elnombre de Dios es deshonrado por prácticas o principios pecaminosos de los miembros de la iglesia, por lo que la excomunión es la manera más abierta y eficaz de extirpar la deshonra que se le ha causado. Este debe siempre ser el propósito principal y la razón sincera de su administración.
Tomado de A Complete Body of Practical Divinity Deduced from the Scriptures(Un cuerpo completo de divinidad práctica deducida de las Escrituras), Tomo 2, Baptist Standard Bearer, www.standardbearer.org.
John Gill (1697-1771): Pastor bautista, teólogo y erudito bíblico, nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.
Es imposible negar…que la disciplina bíblica coincide con la mente de Cristo, y cuando se lleva a cabo sabiamente, promueve la salud y el bienestar de la iglesia_. —J. C. Ryle_