La incapacidad humana

Loraine Boettner (1901-1990)

Declaración de la doctrina: En la Confesión de Westminster, la doctrina de la incapacidad total se establece de la siguiente manera: “El hombre, por su caída en un estado de pecado, ha perdido por completo toda capacidad de voluntad para obtener cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación; así como un hombre natural, completamente reacio al bien y muerto en pecado, no es capaz, por su propia fuerza, de convertirse a sí mismo, o prepararse para ello”.

Pablo, Agustín47 y Calvino tienen como punto de partida, el hecho de que toda la humanidad pecó en Adán y que todos los hombres están sin excusa (Ro. 2:1). Una y otra vez, Pablo nos dice que estamos muertos en delitos y pecados, alejados de Dios e indefensos. Al escribir a los cristianos de Éfeso, les recordó que antes de recibir el Evangelio estaban “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12). Allí notamos el énfasis quíntuple al apilar frase sobre frase para enfatizar esta verdad.

El alcance y los efectos del pecado original: Esta doctrina de la inhabilidad total, que declara que los hombres están muertos en pecado, no significa que todos los hombres sean igualmente malos, ni que cualquier hombre sea tan malo como podría serlo, ni que alguien sea completamente destituido de la virtud, ni que la naturaleza humana sea mala en sí misma, ni que el espíritu del hombre sea inactivo y, mucho menos, que el cuerpo esté muerto. Lo que sí significa es que desde la Caída, el hombre yace bajo la maldición del pecado el cual es activado48 por principios equivocados y que es totalmente incapaz de amar a Dios o de hacer algo que merezca la salvación…

Es en este sentido que el hombre desde la Caída “está totalmente indispuesto, incapacitado, hace lo opuesto a todo lo bueno y está totalmente inclinado a todo lo malo”49. Posee un sesgo fijo de la voluntad contra Dios e, instintiva y voluntariamente, se vuelve hacia el mal. Es un extranjero de nacimiento y un pecador por elección. La incapacidad bajo la cual trabaja no es una incapacidad para ejercer voluntades, sino una incapacidad para estar dispuesto a ejercer voluntades santas. Y es esta faceta, la que llevó a Lutero a declarar que “el libre albedrío es una frase vacía, en la cual la realidad se ha perdido. La libertad perdida, según mi gramática, no es libertad en absoluto”50. En lo que concierne a su salvación, el hombre no regenerado no tiene libertad para elegir entre el bien y el mal, sino sólo para elegir entre el mal mayor y el menor, que no es propiamente libre albedrío. El hecho de que el hombre caído todavía tenga la habilidad de hacer ciertos actos moralmente buenos en sí mismos, no prueba que pueda hacer actos que merezcan la salvación, pues sus motivos pueden ser totalmente erróneos.

El hombre es un agente libre, pero no puede originar el amor de Dios en su corazón. Su voluntad es libre en el sentido de que no está controlada por ninguna fuerza fuera de sí mismo. Así como el pájaro con el ala rota es “libre” para volar, pero no puede, así el hombre natural es libre para venir a Dios, pero no puede. ¿Cómo puede arrepentirse de su pecado cuando él lo ama? ¿Cómo puede acercarse a Dios cuando lo odia? Ésta es la incapacidad de la voluntad bajo la cual el hombre trabaja. Jesús dijo: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19) y otra vez: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:40). La ruina del hombre reside principalmente en su propia voluntad perversa. No puede venir porque no quiere. La ayuda es suficiente si sólo está dispuesto a aceptarla. Pablo nos dice: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Ro. 8:7).

Asumir que porque el hombre tiene la habilidad de amar, por lo tanto tiene la habilidad de amar a Dios, es tan sabio como asumir que ya que el agua tiene la habilidad de fluir, por lo tanto tiene la habilidad de fluir hacia arriba; o razonar que debido a que un hombre tiene el poder de lanzarse desde la cima de un precipicio51 hacia abajo, tiene el mismo poder para transportarse de abajo hacia arriba.

El hombre caído no ve nada deseable en Aquel que es “todo él codiciable… señalado entre diez mil” (Cnt. 5:16, 10). Puede que admire a Jesús como hombre, pero no quiere tener nada que ver con Él como Dios y resiste las influencias santas externas del Espíritu con todo su poder. El pecado, se ha convertido en su elemento natural, de tal suerte que no tiene ningún deseo de salvación; olvidando por completo la justicia. La naturaleza caída del hombre da lugar a una ceguera, estupidez y oposición muy obstinada52 con respecto a las cosas de Dios. Su voluntad está bajo el control de un entendimiento oscuro, que pone dulce por amargo y amargo por dulce, bueno por malo y malo por bueno (Is. 5:20). En lo que se refiere a su relación con Dios, sólo quiere lo que es malo y lo desea libremente. La espontaneidad y la esclavitud existen realmente juntas.

En otras palabras, el hombre caído es tan moralmente ciego que prefiere y escoge el mal en vez del bien de manera uniforme, como lo hacen los ángeles caídos o los demonios. Cuando el cristiano es completamente santificado53, llega a un estado en el que prefiere y elige uniformemente el bien, como lo hacen los santos ángeles. Ambos estados son consecuentes con la libertad y la responsabilidad de los agentes morales. Sin embargo, mientras el hombre caído actúa así imperceptiblemente, nunca es obligado a pecar, sino que lo hace libremente y se deleita en ello. Sus disposiciones y deseos son tan inclinados, y él actúa consciente y voluntariamente desde el movimiento espontáneo del corazón. Este sesgo natural o apetito por lo malo es característico de la naturaleza caída y corrupta del hombre, de modo que, como dice Job, el hombre es “abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua” (Job 15:16).

Leemos que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). No podemos entender cómo alguien puede tener una visión clara y de sentido común de este pasaje de las Escrituras y, sin embargo, luchar a favor de la doctrina de la capacidad humana para hacer el bien. El hombre en su estado natural ni siquiera puede ver el reino de Dios, mucho menos puede entrar en él. Una persona inculta puede ver una hermosa obra de arte como un objeto de visión, pero no tiene ninguna apreciación de su excelencia. Puede que vea las figuras de una ecuación matemática compleja, pero no tienen ningún significado para él. Los caballos y el ganado pueden ver la misma hermosa puesta de sol u otro fenómeno en la naturaleza que los hombres ven, pero están ciegos a toda la belleza artística. Así es cuando el evangelio de la cruz es presentado al hombre no regenerado. Puede que tenga un conocimiento intelectual de los hechos y doctrinas de la Biblia, pero carece de todo discernimiento espiritual de su excelencia y no se deleita en ellos. Lo mismo sucede con Cristo, quien para un hombre es un ser sin forma ni encanto para desearlo; pero para otro es el Príncipe de la vida y el Salvador del mundo, Dios manifestado en la carne, a quien es imposible no adorar, amar y obedecer.

Esta incapacidad total, sin embargo, surge, no sólo de una naturaleza moral pervertida, sino también de la ignorancia. Pablo escribió que los gentiles “andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:17-18). Y otra vez: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Co. 1:18). Cuando escribió acerca de cosas que “Ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9), se refirió, no a las glorias del estado celestial, como se supone comúnmente, sino a las realidades espirituales de esta vida que no pueden ser vistas por la mente no regenerada, como se pone de manifiesto en las palabras del versículo siguiente: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Co. 2:10). En una ocasión, Jesús dijo: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt. 11:27). Aquí se nos dice claramente que el hombre en su naturaleza no regenerada y no iluminada, no conoce a Dios en ningún sentido digno, y que el Hijo es soberano en la elección de quién entrará en este conocimiento salvador de Dios.

El hombre caído, entonces, carece del poder del discernimiento espiritual. Su razón o entendimiento está cegado y, tanto sus gustos como sus sentimientos, son pervertidos. Y puesto que este estado de su mente es innato54 como condición de la naturaleza del hombre, está más allá del poder de su voluntad el cambiarlo. Más bien, controla tanto los afectos como sus preferencias. El efecto de la regeneración55 se enseña claramente en la comisión divina que Pablo recibió en su conversión cuando se le dijo que debía ser enviado a los gentiles “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios” (Hch. 26:18).

Jesús enseñó la misma verdad bajo otra figura cuando dijo a los fariseos: “¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Jn. 8:43-44). Ellos no podían entender, ni siquiera escuchar, sus palabras de una manera inteligible. Para ellos sus palabras eran sólo tonterías, locura y lo acusaron de ser poseído por un demonio (Jn. 8:48, 52). Sólo sus discípulos podían conocer la verdad (Jn. 8:31-32); los fariseos eran hijos del diablo (Jn. 8:42, 44) y esclavos del pecado (Jn. 8:34), aunque se creían libres (Jn. 8:33).

En otro tiempo, Jesús enseñó que no puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Y puesto que en este símil, los árboles buenos y malos representan a los hombres buenos y malos, ¿qué significa sino que una clase de hombres está gobernada por un conjunto de principios básicos, mientras que la otra clase está gobernada por otro conjunto de principios básicos? Los frutos de estos dos árboles son actos, palabras, pensamientos que, si son buenos, proceden de una buena naturaleza y, si son malos, proceden de una mala naturaleza. Es imposible entonces, que la misma raíz produzca frutos de diferentes tipos. Por lo tanto, negamos la existencia en el hombre de un poder que pueda actuar de cualquier manera sobre la base lógica de que, tanto la virtud como el vicio, no pueden salir de la misma condición moral del agente. Y afirmamos que las acciones humanas que se relacionan con Dios, proceden de una condición moral que necesariamente produce buenas acciones o de una condición moral que necesariamente produce malas acciones.

“En la Epístola a los Efesios, Pablo declara que antes de la vivificación del Espíritu de Dios, cada alma yace muerta en transgresiones y pecados. Ahora, seguramente se puede asegurar que estar muerto y estar muerto en pecado, es evidencia clara y positiva de que no queda ni aptitud ni poder para la realización de ninguna acción espiritual. Si un hombre está muerto, en un sentido natural y físico, de inmediato se declara su inhabilidad para realizar cualquier acción física. Un cadáver no puede actuar de ninguna manera y un hombre que se atreve a afirmar lo contrario sería recordado como alguien que ha perdido el juicio. Si un hombre está muerto espiritualmente, por lo tanto, es igualmente evidente que es incapaz de realizar ninguna acción espiritual, y, por lo tanto, la doctrina de la incapacidad moral del hombre descansa sobre una fuerte evidencia bíblica”56.

“Según el principio de que nada limpio puede salir de lo que es impuro (Job 14:4), todos los que nacen de mujer son declarados ‘abominables y sucios’, para cuya naturaleza sólo la iniquidad es atractiva (Job 15:14-16). Por consiguiente, para volverse pecadores, los hombres no esperan hasta que llega la edad de su uso de razón. Más bien, son apóstatas desde el vientre y, tan pronto como nacen, se desvían, diciendo mentiras (Sal. 58:3); incluso son moldeados en la iniquidad y concebidos en el pecado (Sal. 51:5). La propensión (יֵעֶר) de su corazón es mala desde su juventud (Gn. 8:21) y es del corazón de donde todos los asuntos de la vida proceden (Pr. 4:23; 20:11). Los actos de pecado, por lo tanto, no son sino la expresión del corazón natural, que es engañoso sobre todas las cosas y está desesperadamente enfermo (Jer. 17:9)”57.

Ezequiel presenta esta misma verdad en un lenguaje gráfico y nos da la imagen de la recién nacida indefensa que fue arrojada afuera en su sangre y dejada a morir, pero que el Señor, en su gracia, encontró y cuidó (Ez. 16).

Esta doctrina del pecado original supone que los hombres caídos tienen la misma clase y grado de libertad para pecar bajo la influencia de una naturaleza corrupta que el diablo y los demonios, o que pueden actuar correctamente bajo la influencia de una naturaleza santa, como los santos en gloria y los santos ángeles. Es decir, los hombres y los ángeles actúan de acuerdo a su naturaleza. Así como los santos y los ángeles son confirmados en santidad, es decir, poseen una naturaleza totalmente inclinada a la justicia y adversa al pecado, la naturaleza de los hombres caídos y de los demonios es tal que no pueden realizar un solo acto con motivos correctos hacia Dios. De ahí, la necesidad de que Dios cambie soberanamente el carácter de la persona en la regeneración.

Las ceremonias de circuncisión del niño recién nacido y de purificación de la madre del Antiguo Testamento fueron diseñadas para enseñar que el hombre viene al mundo pecaminoso, que desde la caída, la naturaleza humana es corrupta en su origen mismo.

Pablo declaró esta verdad de una manera más fuerte en 2 Corintios 4:3-4: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. En una palabra entonces, los hombres caídos sin las operaciones del Espíritu de Dios están bajo el gobierno de Satanás. Son llevados cautivos por él a su voluntad (2 Ti. 2:26). Mientras este hombre fuerte y totalmente armado no sea expulsado por aquel que es “más fuerte que él”, mantendrá su reino en paz y sus cautivos cumplirán voluntariamente sus órdenes. Pero el “más fuerte que él” lo ha vencido, le ha quitado su armadura y ha liberado parte de sus cautivos (Lc. 11:21-22; Mt. 12:29-30; Mr. 3:27-28). Dios, ahora ejerce el derecho de liberar a quien Él quiera y todos los cristianos nacidos de nuevo son pecadores rescatados de ese reino.

Las Escrituras declaran que el hombre caído es un cautivo, un esclavo dispuesto al pecado, y completamente incapaz de liberarse de su esclavitud y corrupción. Es incapaz de comprender y, mucho menos, de hacer las cosas de Dios. Existe lo que podríamos llamar “la libertad de la esclavitud”, un estado en el que el sujeto es libre sólo de hacer la voluntad de su amo, que en este caso es el pecado. A esto se refirió Jesús cuando dijo: “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8:34).

Y siendo tal la profundidad de la corrupción del hombre, está totalmente más allá de su propio poder limpiarse a sí mismo. Su única esperanza de enmendar su vida, yace de acuerdo a esto, en un cambio de corazón, el cual es traído por el poder soberano del Espíritu Santo “capaz de crear de la nada”, Quien trabaja cuando, donde y como le plazca (Jn. 3:8). Es como si se intentara bombear el agua de un barco con fugas mientras estas aún no han sido reparadas, del mismo modo ocurre si se trata de reformar a los que no se han regenerado sin este cambio interior. O también como muy bien dice la Escritura: ¿Mudará el etíope su piel y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23). Este cambio de la muerte espiritual a la vida espiritual lo llamamos regeneración58. En las Escrituras, se hace referencia a ella en varios términos: La “regeneración”, la vivificación, la llamada de las tinieblas a la luz, un despertar, el nuevo nacimiento, la eliminación del corazón de piedra y la entrega del corazón de carne, etc., cuya obra es exclusivamente del Espíritu Santo (Tit. 3: 5; Ef. 2:5; 1 P. 2:9; Ez. 36:26). Como resultado de este cambio, un hombre llega a ver la verdad y la acepta con gusto. Sus mismos instintos e impulsos íntimos se trasladan al lado de la Ley, en la que la obediencia se convierte en la expresión espontánea de su naturaleza. Se dice que la regeneración es obra del mismo poder sobrenatural que Dios hizo en Cristo cuando lo resucitó de los muertos (Ef. 1:18-20). El hombre no posee el poder de la auto-regeneración y hasta que este cambio interior tenga lugar, no puede ser convencido de la verdad del evangelio por ninguna cantidad de testimonio externo. “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lc. 16:31).

De La doctrina reformada de la Predestinación (The Reformed Doctrine of Predestination), 61-80. Usado con permiso de P&R Publishing Co, P.O. Box 817, Phillipsburg, NJ 08865, www.prpbooks.com.


Loraine Boettner (1901-1990): Teólogo presbiteriano americano; nacido en Linden, Missouri, USA.

Es la gloria de la salvación de Cristo que está perfectamente adaptada a cada condición de nuestra humanidad caída e indefensa. El cristianismo es la única religión que reconoce plenamente la depravación natural y absoluta de nuestra naturaleza y nuestra consiguiente impotencia para salvarnos a nosotros mismos. Jesús, por lo tanto, es el Salvador de los pecadores. Él se ha comprometido a salvarnos tal como somos. Él nos encuentra en completa ruina y nos crea de nuevo; Él nos encuentra caídos y nos levanta; nos encuentra culpables y nos limpia; nos encuentra condenados y nos justifica; toda nuestra salvación está en Él. —Octavius Winslow