¿Vivo o muerto?
J. C. Ryle (1816-1900)
“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).
Lector, mira las palabras ante tus ojos, y reflexiona bien sobre ellas. Escudriña tu propio corazón y no dejes este papel sin una solemne auto-indagación. Te recibo en este día con una pregunta simple: ¿Estás entre los vivos o entre los muertos?… Dame tu atención mientras desarrollo este asunto y te muestro lo que Dios ha dicho al respecto, en las Escrituras. Si digo cosas duras, no es porque no te ame. Escribo como lo hago porque deseo tu salvación. Es tu mejor amigo quien te dice la mayor verdad.
Primero, entonces, déjame decirte el estado en el que todos por naturaleza estamos: ¡Estamos muertos! Muerto es una palabra fuerte, pero no la he acuñado ni inventado yo. Yo no la elegí. El Espíritu Santo le dijo a Pablo que le escribiera a los Efesios: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). El Señor Jesucristo se sirvió de ella en la parábola del hijo pródigo: “Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lc. 15:24, 32). Lo leerás también en la Epístola a los Corintios: “Uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co. 5:14). ¿Será el hombre mortal más sabio que lo que está escrito? ¿No debo prestar atención a lo que encuentro en la Biblia, ni más ni menos?
La muerte es una idea horrible, una que el hombre no está dispuesto a recibir. A él no le gusta admitir la extensión total de la enfermedad de su alma. Él cierra los ojos ante la verdadera magnitud de su peligro. Muchos me permitirán decir que, naturalmente, la mayoría de las personas “no son exactamente lo que deberían ser: son desconsideradas, son inseguras, son [descuidados], son desenfrenados, no son lo suficientemente serias”. Pero, ¿muerto? ¡Oh, no! No debo mencionarlo. Fui demasiado lejos al decir eso. Esta idea es una piedra de tropiezo y una roca de ofensa.
Mi querido lector, lo que nos gusta de la religión tiene muy poca importancia. La única pregunta es: “¿Qué está escrito?”. ¿Qué dice el Señor? Los pensamientos de Dios no son pensamientos del hombre, y las palabras de Dios no son palabras del hombre (Is. 55:8). Dios afirma de cada persona viva que no es un cristiano decidido —sea alto o bajo, rico o pobre, viejo o joven— que está muerto.
En esto, como en todo lo demás, las palabras de Dios son correctas. Nada más correcto, más preciso, más fiel, más verdadero. Espera un poco y déjame razonar contigo. Ven y ve.
¿Qué deberías haber dicho si hubieras visto a José llorando por su padre Jacob? “Entonces se echó José sobre el rostro de su padre, y lloró sobre él, y lo besó” (Gn. 50:1). Pero no hubo respuesta a su muestra de afecto. Todo en ese anciano semblante estaba inmóvil, silencioso y quieto. Sin duda habrás adivinado la razón. Jacob estaba muerto…
¿Qué pensarías si hubieras visto al amalecita despojando a Saúl de sus ornamentos reales en el Monte Gilboa? “Tomé la corona que tenía en su cabeza, y la argolla que traía en su brazo” (2 S. 1:10). No hubo resistencia. Ni un músculo se movió en esa cara orgullosa. No se levantó ni un dedo para evitarlo. Y, ¿por qué? Saúl estaba muerto.
¿Qué hubieras pensado si hubieras encontrado al hijo de la viuda en la puerta de Naín, acostado en un féretro65, envuelto en ropas fúnebres, seguido por su madre llorando, llevado lentamente hacia la tumba? (Lc. 7:12). Sin duda, todo habría estado claro para ti. No habría necesitado explicación. El joven estaba muerto.
Ahora, yo digo que ésta es sólo la condición de cada hombre por naturaleza en lo que respecta a su alma. Yo digo que esto es sólo el estado de la gran mayoría de la gente que nos rodea en cosas espirituales. Dios los llama continuamente por medio de misericordias, por aflicciones, por ministros, por su Palabra; pero ellos no escuchan su voz… La corona y la gloria de su ser —esa preciosa joya, su alma inmortal— está siendo arrebatada, saqueada y quitada; y ellos están completamente despreocupados. El diablo se los lleva, día tras día, por el camino ancho que conduce a la destrucción; y ellos le permiten hacerlos sus cautivos sin defenderse. Y esto está sucediendo en todas partes, a su alrededor, entre todas las clases, a lo largo y ancho de la tierra. Lo sabes en tu propia conciencia, mientras lees esto. Debes ser consciente de ello. No puedes negarlo. Y entonces, ¿qué se puede decir más perfectamente cierto que lo que Dios dice: que todos estamos espiritualmente muertos por naturaleza?
¡Si! Cuando el corazón de un hombre es frío y despreocupado por la religión, cuando sus manos nunca se emplean para hacer la obra de Dios, cuando sus pies no están familiarizados con los caminos de Dios, cuando su lengua rara vez o nunca se usa en oración y alabanza, cuando sus oídos están sordos a la voz de Cristo en el evangelio, cuando sus ojos están ciegos a la belleza del reino de los cielos, cuando su mente está llena del mundo y no tiene lugar para las cosas espirituales —cuando estas marcas se encuentran en un hombre—, la palabra de la Biblia es la palabra correcta para usar acerca de él, y esa palabra es muerto.
Tal vez no nos guste esto. Podemos cerrar los ojos, tanto a los hechos del mundo como a los textos de la Palabra, pero la verdad de Dios debe ser dicha, y detenerla hace un gran daño. La verdad debe ser dicha, por más condenadora que sea. Mientras el hombre no sirva a Dios con cuerpo, alma y espíritu, no está realmente vivo. Mientras ponga lo primero en lo último y lo último en lo primero, mientras entierre su talento como un siervo inútil y no traiga honor al nombre del Señor, a los ojos de Dios está muerto. Él no está ocupando el lugar en la creación para el cual fue creado. No está usando sus poderes y facultades como Dios quiso que se usaran…
Ésta es la verdadera explicación del pecado que no se siente, los sermones que no se creen, los buenos consejos que no se siguen, el evangelio que no se abraza, el mundo que no se abandona, la cruz que no se toma, la voluntad propia que no se mortifica, los malos hábitos que no se dejan de lado, la Biblia que rara vez se lee, y la rodilla que nunca se dobla en oración. ¿Por qué está todo esto por todos lados? La respuesta es simple. Los hombres están muertos.
Ésta es la verdadera razón de esa multitud de excusas para el abandono de la religión que tantos hacen con una rápida aprobación. Algunos no tienen estudios y otros no tienen tiempo. Algunos están oprimidos por los negocios y otros por la pobreza. Algunos tienen dificultades en sus propias familias y otros en su propia salud. Algunos tienen obstáculos peculiares en su vocación y otros, se nos dice, no pueden entender; y otros tienen inconvenientes peculiares en casa y esperan que los excusen. Pero Dios tiene una palabra más corta en la Biblia que describe a todas estas personas a la vez. Dice que ellos están muertos.
Ésta es la verdadera explicación de muchas cosas que mueven el corazón de un ministro fiel. Muchos de los que le rodean nunca asisten a un lugar de culto. Muchos asisten de manera tan irregular que está claro que no les parece importante. Muchos asisten una sola vez el domingo, pero podrían asistir las dos veces con la misma facilidad. Muchos nunca vienen a la mesa del Señor; nunca aparecen en un día de semana a algún tipo de medio de gracia. ¿Y por qué es todo esto? A menudo, con demasiada frecuencia, sólo puede haber una respuesta sobre estas personas. Ellos están muertos.
Observa ahora, querido lector, cómo todos los cristianos profesantes deben examinarse a sí mismos y probar su propio estado. No es sólo en los cementerios donde se encuentra a los muertos. Hay demasiados dentro de nuestras iglesias y cerca de nuestros púlpitos, demasiados en las sillas y demasiados en las bancas. La tierra está como el valle en la visión de Ezequiel, —llena de huesos— y muy secos. Hay almas muertas en todas nuestras iglesias y almas muertas en todas nuestras calles. Apenas hay una familia en la que todos vivan para Dios. Apenas hay una casa en la que no haya alguien muerto. ¡Oh, busca y mira en casa! Pruébate a ti mismo.
Vean también cuán triste es la condición de todos los que no han pasado por ningún cambio espiritual, cuyos corazones siguen siendo los mismos que el día en que nacieron. Hay una montaña que los separa a ellos del cielo. Todavía no han pasado de la muerte a la vida. ¡Oh, que sólo vieran y conocieran su peligro! ¡Ay! Es una marca temerosa de la muerte espiritual que, como la muerte natural, no se siente. Ponemos a nuestros seres queridos tierna y suavemente en sus estrechas camas, pero ellos no sienten nada de lo que hacemos. “Los muertos —dice el sabio— nada saben” (Ec. 9:5). Y éste es el caso de las almas muertas.
Vea también la razón por la cual los ministros tienen que estar ansiosos acerca de sus congregaciones. Sentimos que el tiempo es corto y que la vida es incierta. Sabemos que la muerte espiritual es el camino que conduce a la muerte eterna. Tememos que cualquiera de aquellos a quienes predicamos muera en sus pecados, no preparado, no renovado, impenitente, sin cambios. ¡Oh, no te extrañes si a menudo hablamos con fuerza y te rogamos calurosamente! No nos atrevemos a darte títulos halagadores, a divertirte con cosas insignificantes, a suavizar las palabras y a gritar paz, paz, cuando nada menos que la vida y la muerte están en juego. La plaga está entre ustedes. Sentimos que estamos entre los vivos y los muertos. Debemos usar y usaremos la franqueza de la palabra. “Si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Co. 14:8).
Permítanme decirles… cuál es la única manera por la cual este avivamiento puede ser llevado a cabo, por qué medios un alma muerta puede ser vivificada. Seguramente, si no te lo dijera, sería cruel escribir lo que he escrito. Seguramente, sería llevarte a un desierto deprimente y luego dejarte sin pan y sin agua. Sería como marchar hasta el Mar Rojo y luego pedirte que camines. Te estaría ordenando hacer ladrillos, como el Faraón, y, sin embargo, rehusando proveerte de paja. ¡Sería como atarte las manos y los pies y, luego, desearte que des una buena batalla y que corras para obtener el premio! No lo haré… Con la ayuda de Dios, pondré ante ti toda la provisión que está hecha para las almas muertas. Escúchame un poco más y te mostraré, una vez más, lo que está escrito en la Escritura de verdad.
Una cosa está muy clara: nosotros mismos no podemos trabajar en este poderoso cambio. No está en nosotros. No tenemos fuerza ni poder para hacerlo. Podemos cambiar nuestros pecados, pero no podemos cambiar nuestros corazones. Podemos tomar un nuevo camino, pero no una nueva naturaleza. Podemos hacer reformas y cambios considerables. Podemos dejar de lado muchos malos hábitos externos y comenzar muchos deberes externos. Pero no podemos crear un nuevo principio dentro de nosotros. No podemos sacar algo de la nada. El etíope no puede cambiar su piel, ni el leopardo sus manchas; no podemos poner vida en nuestras propias almas (Jer. 13:23).
Otra cosa es igualmente clara: nadie puede hacerlo por nosotros. Los ministros pueden predicarte y orar contigo, recibirte… en el bautismo, admitirte en la Mesa del Señor y darte el pan y el vino; pero no pueden otorgarte vida espiritual. Pueden traer orden en el lugar del desorden y decencia externa en el lugar del pecado abierto. Pero no pueden ir por debajo de la superficie. No pueden llegar a sus corazones. Pablo puede plantar y Apolos regar, pero sólo Dios puede dar el crecimiento (1 Co. 3:6).
¿Quién, entonces, puede hacer que un alma muerta viva? Nadie puede hacerlo excepto Dios. Sólo Aquel que sopló en las fosas nasales de Adán el aliento de vida puede hacer de un pecador muerto un cristiano vivo. Sólo Aquel que formó el mundo de la nada en el día de la creación puede hacer del hombre una nueva criatura. El único que dijo: “Sea la luz; y fue la luz” (Gn. 1:3) puede hacer que la luz espiritual brille en el corazón del hombre. Sólo Aquel que formó al hombre del polvo y dio vida a su cuerpo, es el único que puede dar vida a su alma. Suyo es el oficio especial para hacerlo por su Espíritu y suyo también es el poder.
Lector, el glorioso evangelio contiene provisiones para tu vida espiritual, así como para tu vida eterna. Los muertos deben venir a Cristo y Él les dará vida y paz. Él es capaz de hacer todo lo que los pecadores necesitan. Él los limpia con su sangre. Él los hace vivir por su Espíritu. El Señor Jesús es un Salvador completo. Esa poderosa Cabeza viviente no tiene miembros muertos. Su pueblo, no sólo es justificado y perdonado, sino que también es vivificado junto con Él y hecho partícipe de su resurrección. Por Él, el Espíritu se une al pecador y lo eleva por esa unión, de muerte a vida. En Él, el pecador vive después de haber creído. La fuente de toda su vitalidad es la unión entre Cristo y su alma, la cual el Espíritu inicia y mantiene. Cristo es la fuente designada de toda vida espiritual y el Espíritu Santo es el agente designado que transmite esa vida a nuestras almas.
Extracto de ¿Vivo o Muerto?, disponible en Chapel Library.
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra, Reino Unido.
¿Acaso un pecador, en su estado no renovado, irá alguna vez al Salvador sin la presión de la necesidad? ¿Alguna vez, un alma se llevará a sí misma a Cristo sin la convicción de su profunda necesidad espiritual de Cristo? ¡Nunca! Con toda la dulce y poderosa atracción del Señor Jesucristo —Su amor, hermosura y gracia—. Tan completamente depravada y muerta es nuestra naturaleza, ésta es totalmente insensible al poder de su grandiosa atracción y nunca reparará en la existencia de Cristo hasta que el Espíritu Santo despierte una convicción de pecado y cree en ella la presión de la necesidad. —Octavius Winslow