Nuestro Sustituto sufriente
C. H. Spurgeon (1834-1892)
“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (1 Pedro 3:18).
Dios es justo, y un Dios justo castiga el pecado. La gran pregunta es: “¿Cómo puede Dios ser justo y, a la vez, Justificador de los impíos?” (Ver Ro. 3:26). Las religiones falsas procuran contestar esta pregunta, pero fracasan totalmente. El pobre pagano cree que ha encontrado la respuesta en sus propios sacrificios terribles. Cree que puede dar en sacrificio a “su primogénito por su rebelión, el fruto de sus entrañas por el pecado de su alma”. No es así que la justicia de Dios es vindicada, ni que su misericordia resplandece en su gloria.
Hay una teología fría, especulativa, que procura ignorar esta pregunta. Hay algunos que se burlan de la doctrina de la expiación y rechazan la idea de un sacrificio,… pero el sistema que niega la doctrina de la expiación por la sangre de Jesucristo o que le resta importancia, no puede triunfar. Sus adherentes pueden profesar que son intelectuales porque son ignorantes, pero nunca convencerán a las masas. Está estampado por Dios en la naturaleza, que todo ser humano sienta en su conciencia las ansias de obtener una respuesta a la pregunta: “¿Cómo puede el Dios justo perdonarme con justicia a mí, pecador?”. Si esa pregunta no se contesta de manera que se vea cómo Dios puede salvar y, a la vez, mantener su justicia, ningún sistema teológico puede tener éxito.
Tenemos que resistir la tendencia que parece estar en la mente de algunos, de ocultar esta verdad fundamental de la religión cristiana: La doctrina del sacrificio sustituto de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. No discutamos contra esta tendencia, en cambio, destruyámosla con nuestra propia determinación personal de predicar con más fervor y más constancia “a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Co. 2:2). La manera más rápida de acabar con el error es proclamar la verdad. El modo más seguro de extinguir la falsedad es defender fuertemente los principios [de las Escrituras]. Reprender y protestar no es tan eficaz en hacer frente al progreso del error como lo es la proclamación clara de la verdad en Jesús.
Permítanme ahora tratar de predicar la doctrina de la sustitución, la cual es la respuesta [bíblica] a las preguntas: “¿Cómo puede la justicia de Dios tener todo su dominio y, sin embargo, manifestar plenamente su misericordia?”. “¿Cómo puede haber una justicia completa y una misericordia completa sin que ninguna de las dos eclipse o ensombrezca a la otra?”.
LA PERSONA DEL SUSTITUTO SUFRIENTE: Contemplemos a la persona del sustituto sufriente: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos para llevarnos a Dios”.
El Sustituto era de una naturaleza compleja. Era verdaderamente hombre y, a la vez, verdaderamente Dios. Cristo Jesús, quien “sufrió” en lugar del pueblo escogido de Dios, era hombre: Hombre de la sustancia de su madre, verdaderamente hombre. Compartió toda la debilidad de la humanidad y era, en todo sentido −con excepción del pecado−, tentado como lo somos nosotros. Efectivamente, fue hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne (Gn. 2:23). Era el hombre perfecto, el único en quien nunca hubo pecado. No había pecado en su naturaleza. Era “sin mancha” y “sin contaminación” (1 P. 1:19). Concebido de una manera milagrosa, no compartió, en ningún grado, esa transgresión que nos es transmitida a nosotros porque nacemos en pecado y “en maldad” somos formados (Sal. 51:5).
Cristo no recibió nada de ese pecado imputado a la raza desde Adán. Cristo nunca cayó en Adán. Era “simiente de mujer”, pero no fue hecho de la costilla del hombre. Como persona individual, Cristo nunca cayó. Por naturaleza, no era, en ningún sentido, partícipe del pecado de Adán. Aunque, por su pueblo, Jesús cargó con la transgresión de Adán y lo hizo inmediatamente. Él mismo era, originalmente, sin sombra de mancha; el inmaculado, el perfecto Cordero Pascual de Dios (Jn. 1:29; 1 Co. 5:7).
La vida de Cristo Jesús Hombre, fue sin culpa en todo sentido. Su mirada nunca mostró una furia vil. Ni de su boca salió jamás un engaño. Su mente pura nunca imaginó un pecado. Los destellos de Satanás caían sobre Él como fuego en el océano y eran apagados para siempre. La aljaba llena de flechas de tentaciones del infierno eran lanzadas sobre Él, pero ni una flecha quedó en su carne y sangre. Se mantuvo invencible e invulnerable. No podía ser herido por la tentación. Su triunfante declaración fue: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Jn. 14:30). No sólo no pecó Cristo, sino que era imposible que lo hiciera. “No conoció pecado” (2 Co. 5:21). No tuvo la experiencia de pecar; era extraño al pecado. El pecado no tenía ningún trato personal con Él. No se perturbó sobre el pináculo del templo (Mt. 4). Sufriendo las humillaciones más profundas, su dolor jamás se expresó con otra cosa que no fuera sumisión. Fue siempre puro, perfecto, sin mancha, santo, aceptable a Dios.
Los sufrimientos de Jesús tienen el poder de bendecir a otros, puesto que, para Él mismo, no eran necesarios. No tenía necesidad de sufrir como resultado de sus pecados, ni tampoco necesitó la disciplina del sufrimiento como manera de ser purgado de su maldad. No había en sí mismo, ninguna razón por la que habría de conocer el dolor ni dar un suspiro. Todos sus sufrimientos tenían que ver con su pueblo. Su objetivo al sufrir, sangrar y morir, era asegurar la salvación de sus escogidos. Nuestras almas pueden ahora confiar totalmente en Jesús, el Hombre perfecto.
Recordemos siempre también que, aunque Cristo era verdaderamente hombre, era también verdaderamente Dios. Tenemos que creer y siempre enseñar que la humanidad perfecta de Cristo no rebajaba su deidad perfecta. Su divinidad era pura e infinita. Era “Dios verdadero del Dios verdadero”, poseedor de todos los atributos del Jehová eterno. El que colgó de la cruz era el mismo Dios que hizo todos los mundos. El mismo Verbo que cargó nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero fue aquel Verbo por quien fueron hechas todas las cosas y “sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:3). No sabemos nada de una expiación humana aparte de la deidad de Cristo Jesús.
No nos atrevemos a confiar nuestra alma a un salvador que no es más que un hombre. Si todos los hombres que jamás han vivido y todos los ángeles que existen se hubieran juntado y esforzado a lo largo de la eternidad para ofrecer un sacrificio que fuera propiciación por los pecados de por lo menos un hombre, hubieran fracasado. Nada que no fueran los hombros de Dios Encarnado, pudo haber cargado la tremenda carga. Ninguna mano, más que la que estableció los mundos, podría haber sacudido las montañas de nuestra culpa y quitar los pecados de en medio. Tenemos que contar con un Sacrificio divino y ¡qué gozo saber que lo tenemos en la Persona del Señor Jesucristo!
En cuanto a los que no creen en la deidad de Jesucristo, dejemos que sigan su camino y prediquen lo que quieran… Nos ocupamos del evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y en que un alma pueda descansar por la eternidad. En cambio, ellos presentan otro evangelio, que no es otro (Gá. 1:6-7) con el cual puedan traer paz a la tierra o bendición en el mundo venidero… Jamás podemos renunciar a nuestra creencia en la divinidad y deidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, ni podemos tener comunión con aquellos que rechazan esa bendita verdad (Ef. 5:11).
Pongámonos al pie de la cruz del Calvario, contemplemos a nuestro Señor Jesús allí colgado, y recordemos que su cuerpo sangraba por el acuerdo hecho con la inquebrantable Deidad. Esas heridas suyas, la sangre que fluye, su costado traspasado, sucedieron en unión con la naturaleza del Dios viviente y eterno. El mérito infinito de la Deidad fue impartido a los sufrimientos de su humanidad. Ni los pecados de ustedes ni los míos, pueden jamás exceder el mérito de la sangre preciosa de Cristo. Si nuestros pecados son tan altos como montañas, el océano de su expiación, como el diluvio de Noé, cubre aun las cimas más altas. Aquel alcanzó 20 codos de alto, por encima de las montañas más altas. Aunque nuestros pecados sean rojos como el carmesí, la sangre de Jesucristo lo es mucho más; y la una lava lo otro. Aunque nuestras iniquidades son tenebrosas y amargas, su muerte fue más amarga y tenebrosa, y la negra amargura de su muerte, ha quitado lo negro y amargo de nuestros pecados. Por tanto, “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (He. 7:25).
Pecador, ¡pon tus ojos en Jesucristo! Hay poder en su sangre expiatoria para lavar todos tus pecados. Nadie puede limitar la eficacia de la preciosa sangre de Cristo. Ningún pecado puede ser tan negro o abundante que su preciosa sangre no lo pueda limpiar. La sangre de Jesucristo es suficiente para lograr todo lo que Dios se ha propuesto con su sacrificio. Cristo nunca fallará en eso. Nada puede resistir la cruz. Ante la cruz de Cristo, las murallas de nuestra condenación caerán y no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada. Necesitamos más confianza en la cruz de Jesucristo, un descanso más seguro sobre la Roca de nuestra salvación.
LOS SUFRIMIENTOS DEL SUSTITUTO: Contempla el sufrimiento del sustituto: “Cristo padeció una sola vez por los pecados” (1 P. 3:18). Él sufrió para redimir a todos los que creen por la fe en Él. Contémplalo en Getsemaní… Allí, transpiró Jesús por nosotros, hasta el grado en que su alma se llenó de una agonía tal, que su sangre que corría velozmente por sus venas, finalmente las saturó e hizo que se derramara. “Su cabeza, su cabello y sus ropas lucían ensangrentadas”. Vestía una túnica carmesí como el color de su propia sangre y así continuó luchando, con su alma agobiada y “triste hasta la muerte” (Mt. 26:38) para vencer por su pueblo y sufrir la ira de Dios por sus pecados.
Se levantó con renovadas fuerzas del lugar donde había estado clamando al Padre y marchó decidido a cumplir su misión. Fue traicionado por Judas, uno de los doce. Su amigo, en quien había confiado y con quien había compartido el pan, lo traicionó. Tú que has sido abandonado por tu mejor amigo cuando más los necesitabas, tú que has conocido el incumplimiento de una promesa, al amor fingido convertido en odio mortal, puedes palpar, aunque solo sea levemente, la tremenda tristeza que sintió nuestro Redentor cuando Judas Iscariote lo traicionó.
Se apresuraron a llevarlo ante Anás, Caifás, Pilato, Herodes e, inmediatamente, de nuevo ante Pilato. Fue acusado de sedición. ¡El Rey de Reyes un sedicioso! ¡Lo acusaron de blasfemo, como si Dios pudiera blasfemar! No pudieron encontrar testigos en su contra, excepto la escoria más baja, dispuesta a mentir, pero ni siquiera coincidiendo entre sí. Allí estaba el hombre perfecto, el Hijo de Dios, acusado de calumnia por hombres que ni eran dignos de que se les escupiera.
Condenaron al inocente; se burlaron de Él, se rieron de Él, remedaron su majestad y hostigaron su santidad. Fue entregado a la misericordia de los soldados romanos. Lo colocaron en una silla vieja remedando su trono. Acababan de darle latigazos en la espalda hasta que sus huesos expuestos semejaban acantilados en un mar de sangre. Lo coronaron con espinas. Lo vistieron con una vieja túnica purpura, se burlaron y lo ridiculizaron, como si fuera un rey impostor. Como cetro, le dieron un junco; para homenajearlo le escupieron; su beso de saludo, fue el escarnio que proferían los labios burlones de sus detractores. En lugar de postrarse delante de Él como su Rey, le vendaron los ojos y le golpearon el rostro. ¿Hubo alguna vez algún sufrimiento como el tuyo, Rey de dolores, despreciado por tus propios súbditos? Tú, que les diste el aliento, has recibido en retorno, profanidades y violencia. ¡Tú les diste vida y se gastaron esa vida burlándose de ti!
Jesús es llevado al Calvario. Es clavado en la cruz por manos crueles y malvadas. La chusma grosera se burla de sus sufrimientos. Su alma sufre una agonía imposible de imaginar. Desde lo Alto, llegan las olas crecientes de la ira del Todopoderoso contra nuestros pecados, que cubren su alma. Escucha con atención, ese grito espantoso y desgarrador. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Parece ser la suma de todo su dolor, tristeza y sufrimiento en una sola expresión. Como un lago enorme que recibe el torrente de muchos ríos y lo guarda en su lecho, de manera semejante, aquella frase parece expresar todas sus aflicciones: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
¡Finalmente, inclina su cabeza y entrega su espíritu! En un tremendo trago de amor, el Señor ha cancelado la destrucción para todo su pueblo. Ha “sufrido” todo lo que ellos debieron haber sufrido. Ha entregado el pago completo por sus pecados a la justicia de Dios. Ha realizado por ellos una expiación total…
Creyente, ¡qué gozo es pensar que tan perfecta expiación fue lograda para ti! Si hubo un pecado por el cual Cristo no sufriera en la cruz o un solo pensamiento de uno de los suyos que no llevara, no podríamos ser salvos, pero Él ha pagado por todas las transgresiones de su pueblo; ha puesto fin a todos sus pecados. Él ha obedecido cada pequeño detalle de la Ley de Dios, al igual que las grandes exigencias de la misma; la ha magnificado y la ha hecho honorable. Ha llegado “el fin de la ley [que] es Cristo” (Ro. 10:4), no a medias, sino cabalmente; no cerca de su límite, sino hasta el final. No simplemente probó la copa de ira, ni probó una porción del trago amargo, sino que la bebió hasta la última gota. Antes de morir, puso la copa de la ira boca bajo porque ya había bebido todo su contenido. Y cuando vio que no quedaba ni una sola gota, exclamó con un gran grito de victoria: “¡Consumado es!” (Jn. 19:30). Había bebido todo el contenido de la copa amarga. ¡Gloriémonos en esto, pueblo viviente del Cristo viviente! Él ha ofrecido por ti, un sacrificio completo aceptable a su Padre. Gloriémonos en esto, pueblo escogido del Dios viviente, que “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”.
EL RESULTADO DE LA SUSTITUCIÓN: Regocijémonos por el resultado de la sustitución: Los sufrimientos han acabado, la deuda ha sido pagada. La justicia ha sido satisfecha; la Ley fue magnificada; la justicia es establecida. Por todos los pecados de todo su pueblo, Cristo ha hecho expiación completa; y para su justificación, ha resucitado de los muertos (Ro. 4:25).
Ahora, pobre buscador tembloroso, ¿qué respondes a esto? ¿Descansas ahora en Cristo? Dios está satisfecho con el sacrificio expiatorio de su Hijo; ¿puedes tú no estarlo también? Dios cree que Jesús es suficiente; ¿puedes tú pensar que Él es demasiado poco? ¿Si el Señor, el Rey, contra quien has cometido la ofensa, aceptó la reconciliación; dirás tú con incredulidad y desconfianza “me temo que no es suficiente”? Te ruego que dejes a un lado tu sentido de culpa.
Debes ser salvo por fe en Cristo, quien “padeció una sola vez por los pecados” (1 P. 3:18) y sólo en Cristo. No procures crear un salvador conforme a tus propios sentimientos. No pienses que debes experimentar esto o aquello antes de acudir a Jesús. Cristo no requiere de ti ninguna preparación. La salvación consiste, simplemente, en entregarte a Cristo. Entrégate de rodillas ante Él y, de una vez por todas, acaba con tu viejo y miserable ser. No dependas de nada que puedas hacer, pensar, decir o conocer por ti mismo; descansa en Cristo, únicamente, y ¡serás salvo! Sé quién puedes ser y lo que puedes ser. Aunque seas el peor pecador salido del infierno y tu alma la más negra, si confías en Cristo quien “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos”, serás salvo.
Pecador tembloroso, mira a Jesús y serás salvo. ¿Acaso dices, “mis pecados son muchos”? Su expiación es extraordinaria. ¿Acaso clamas, “mi corazón es duro”?, Jesús lo puede ablandar. ¿Acaso exclamas, “soy indigno”? Jesús ama al indigno. ¿Acaso sientes, “soy muy vil”? Es al vil a quien Jesús vino a salvar. Niégate a ti mismo, quebranta tu ser y que florezca Cristo, quien ha sufrido por tus pecados sobre la cruz del Calvario. Levanta tu vista y mira únicamente a Jesús. Él sufre. Él sangra. Él muere. Él es sepultado. Él resucita de los muertos. Él asciende a lo Alto. Confía en Él y serás salvo. Entrega todas las cosas en las que confías y depende solamente de Cristo, y pasarás de muerte a vida. La señal segura, la evidencia certera de que el Espíritu habita en ti, de la elección del Padre, de la redención del Hijo, es cuando, humilde y totalmente, descansas y confías en Jesucristo, quien “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”.
Quiera el Espíritu Santo bendecir estas palabras para que consuelen a muchos corazones, para la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Tomado de Sermones tempranos olvidados de C. H. Spurgeon: Veintiocho sermones compilados de La espada y la llana (C.H. Spurgeon’s Forgotten Early Sermons: Twenty-Eight Sermons Compiled from The Sword and the Trowel), ed. por Terence Peter Crosby. (Leominster: Day One, 2010), 77-81.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés. Nacido en Kelvedon, Essex.