La pasión de Cristo

Thomas Adams (1583-1653)

“Se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2).

Esta última parte del versículo es un crucifijo hermoso y refulgente, tallado por un escultor de gusto muy exquisito; no para deleitar nuestros sentidos con un trozo de madera, bronce o piedra, curiosamente grabado para aumentar una devoción carnal, sino para presentar a nuestra conciencia la dolorosa pasión y la generosa compasión de Jesucristo, nuestro Salvador quien “se entregó a sí mismo por nosotros,…”. Este crucifijo nos presenta siete puntos importantes. Cada uno está tan listo para nuestro diálogo como lo estaba el camino desde Betania hasta Jerusalén: Quién da, qué da, quién es dado, a quién, por quién, la manera de darlo [y] el efecto de lo que da.

I. QUIÉN DA: La persona que da es Cristo. La calidad de su persona demuestra claramente su gran amor por nosotros.

A. Ascenso: Al considerar nuestro tema, ascenderemos por cuatro escalones o niveles, y descenderemos por otros cuatro. Tanto en el ascenso como en el descenso, percibiremos el amor admirable del Dador.

1. Lo consideraremos como unhombre**:**“¡He aquí el hombre!” (Jn. 19:5), dice Pilato. Podríamos detenernos y pensar en el grado más bajo en que alguien daría su vida por otro. “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo” (Ro. 5:7). Pero este Hombre se dio a sí mismo por los pecadores para morir, no una muerte común, sino una muerte dolorosa, exponiéndose a la ira de Dios [y] a la tiranía de los hombres y los demonios. Nos destruiría el corazón ver a una pobre bestia muda tan aterrorizada ante una muerte así, ¡cuánto más al Hombre, la imagen de Dios!

2. El segundo nivel lo presenta como unhombre inocente**.**Pilato pudo decir: “No he hallado en este hombre delito alguno” (Lc. 23:14); no, ni tampoco Herodes. No, tampoco el diablo, quien hubiera estado muy contento con tal ventaja. Igualmente, la esposa de Pilato, quien le mandó decir a su marido: “No tengas nada que ver con ese justo” (Mt. 27:19). Vemos que la Persona no es sólo un hombre, sino también un hombre justo quien se dio a sí mismo para sufrir semejantes dolores por nosotros. Si nos da lástima la muerte de malhechores, ¡cuánta compasión deberíamos sentir por un inocente!

  1. El tercer nivel indica que, no sólo es un hombre y uno bueno, sino también un gran hombre, descendiente real de los antiguos patriarcas y reyes de Judá. Eso fue lo que escribió Pilato en su título y respondió cuando lo increparon: “Lo que he escrito, he escrito”. ¿Y qué era eso? “Jesús nazareno, Rey de los judíos” (Jn. 19:19-22). Tal como es la persona es la pasión: cuánto más noble es el dador, más excelente es el regalo. Que un Rey tan excelso sufra tales desprecios y abusos, cuando la parte más pequeña de sus ignominias hubiera sido excesiva para un hombre infame; que un hombre, un buen hombre, un gran hombre soportara tales calumnias, tales calamidades en nuestro lugar, demuestra un amor inigualable e indescriptible.

  2. Esto podría ser suficiente, pero no es todo. Hay todavía un nivel más alto en este ascenso. Es éste: Él era más que un hombre, no sólo el más grande de los hombres, sí, más grande que nadie. Era más que el Hijo del hombre; [era] el Hijo de Dios. Como lo reconociera el centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mr. 15:39).

Estos son los cuatro escalones ascendientes: Un hombre, un hombre inocente, un hombre magnífico, pero más que un hombre; más bien Dios mismo. Salomón era un gran rey, pero aquí tenemos [Uno] más grande que Salomón. Salomón era Christus Domini, pero éste es Christus Dominus1. Aquel fue el ungido por el Señor, pero éste ungido es el Señor mismo. Y aquí todas lasd bocas enmudecen, y la admiración sella todo labio. Ésta es una profundidad sin fondo. Quizá usted oiga esto aletargado y no le afecte; pero déjeme decir que principados y poderosos, ángeles y serafines2 se maravillaban ante esta realidad.

B. Descenso: Vimos el ascenso. ¿Podemos tocar el tema considerando el descenso del mismo número de escalones?

1. Consideremos a Dios todopoderoso, tomando la naturaleza del hombre. Éste es el primer nivel en el descenso: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). Y “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gá. 4:4). Hizo esto tomando nuestra naturaleza, no despojándose de la suya. La humanidad está unida a la Deidad, pero la Deidad no se disocia de sí mismo. Es tanto Dios como hombre, no obstante, un solo Cristo. Primero, no por algún proceso con ciertas sustancias, sino por la unidad de la persona. Ahora bien, en el hecho de que este Dios eterno se hizo hombre, sufrió más de lo que puede sufrir el hombre, ya sea vivo o muerto. El que el hombre se convierta en bestia, en gusano, en polvo o en la nada, no es una humillación tan grande como el hecho de que nuestro Dios glorioso se haga hombre. Aquel que “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo,… [fue] hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7). Aquel que tenía “más excelente nombre que” los ángeles, se hizo menor que ellos (He. 1:4). Hasta la luminosidad de la gloria de Dios asumió la bajeza de nuestra naturaleza; y Él, quien puso el fundamento de la tierra e hizo al mundo, está ahora en el mundo que Él mismo hizo3. Éste el primer nivel en el descenso.

2. El segundo escalón lo lleva aún más abajo. Se hizo hombre, pero ¿qué tipo de hombre? ¿Un monarca universal que recibe fidelidad y honra de parte de reyes, emperadores y virreyes? Una majestad digna del Hijo de Dios sería que Él domine sobre coronas y cetros teniendo a los príncipes como parte de su corte; pero es lo contrario, vino “tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:7). Nos enseña humildad por medio de su propio ejemplo. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mt. 20:28). “Pusiste sobre mí la carga de tus pecados” (Is. 43:24). Se dio para ser un siervo, no un amo. Él, que es el Hijo de Dios, se hizo siervo del hombre. Lo hizo para que el hombre, orgullosamente ciego y ciegamente pobre, pudiera tener un siervo como el Hijo del Creador. Éste es el segundo paso hacia abajo.

3. No es todavía suficientemente bajo.Yo soy gusano, y no hombre” (Sal. 22:6), dice el salmista en la persona de Cristo; sí,vergüenza del hombre y desprecio del pueblo. Es llamado Rey de gloria: “Alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria” (Sal. 24:7). Pero Isaías dice: “Despreciado y desechado entre los hombres… fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:3). Cuánta fue la misericordia de Dios que esos dos se acercaran tan íntimamente el uno al otro: El Rey de gloria y la vergüenza del hombre; cuanto más elevada es la majestad, más hermosa es la humildad. Dice el Apóstol: “Se despojó a sí mismo…” (Fil. 2:7). Aquel que merece todo el honor que le corresponde, no se hace a sí mismo de poca importancia, sino sin ninguna reputación.

Aquí estaba el abatimiento, sí, aquí estaba el rechazo. Ya desde su pobre cuna, los pobladores de Belén lo rechazan; el pesebre tiene que bastarle, no hay lugar para Él en el mesón. Sí, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:11). Todo Israel es demasiado peligroso para Él; está contento de poder huir a Egipto para tener protección. Luego viene a Jerusalén, a la tierra que había honrado con su presencia, enseñado con sus sermones, sorprendido con sus milagros y empapado con sus lágrimas y ¿qué le pasa? ¡Lo rechazan! “Cuántas veces quise juntar a tus hijos… y no quisiste” (Mt. 23:37). ¿Viene a sus familiares? Lo insultan y calumnian, avergonzados de su parentesco. ¿Viene a sus discípulos? “Volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Jn. 6:66). ¿Permanecerán los apóstoles con él? Así dicen: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6:68). No obstante, ¡uno lo traiciona, otro lo niega, todos lo abandonan! Y dejan a Jesús solo, en medio de sus enemigos. ¿Puede haber aún más maldad para agregar a tanto desprecio? Sí, lo crucifican entre malhechores, la calidad de sus acompañantes agrega a su deshonra. En medio de ladrones, como si fuera el príncipe de los ladrones. Dice Lutero: Él, que “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”, es hecho igual a ladrones y homicidas; sí, como si fuera su capitán. Éste es el tercer escalón.

**4. Pero tenemos que descender todavía más.**He aquí el escalón más bajo y el peor rechazo. “Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor” (Lm. 1:12). “Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Is. 53:10). Ninguna carga parece pesada cuando el bálsamo de Dios ayuda a soportarla. Cuando Dios da consuelo, las aflicciones arremeten inútilmente contra nosotros, pues no nos vencen. Pero ahora, al rechazo de todos los que hemos nombrado, agregamos el del [Padre] que le da la espalda como si fuera un extraño, el [Padre] lo hiere como a un enemigo. [Jesús] clama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal. 22:1). ¡Cómo pueden el sol y las estrellas, cielo y tierra mantenerse mientras escuchan la queja de su Hacedor! La disposición en su contra era profunda. No encontramos burlas, ni insultos, ni mofas, ni imprecaciones en contra de ellos. No tenían más que dolor. En cambio, [Él] era objeto, tanto de vilipendios como de tormentos. Las burlas y los desprecios, como descargas de un arma letal indignan su alma buena. Todos sus enemigos disparan sus descargas mortales: judíos, soldados, perseguidores y, aun los agonizantes malhechores, lo atacan. Su sangre los condena, pero nos les importa. Los discípulos no son más que hombres débiles, los judíos perseguidores crueles, los demonios enemigos maliciosos. Todos estos no hacen más que maldades. Pero lo peor de todo es [que] Dios lo olvida y lo abandona en medio de su sufrimiento. Consideremos profundamente todas las circunstancias y podremos contemplar, realmente, a la Persona que se dio a sí misma por nosotros.

II. QUÉ DA: Llegamos a la acción. El hecho de que se dio, es la prueba más contundente de que fue por su propia voluntad, y lo confirma Jesús mismo cuando declara: “Yo pongo mi vida… Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Jn. 10:17-18). El que nos dio vida a nosotros, dio su propia vida por nosotros. No la vendió, alquiló ni prestó, sino que la dio. Él fue ofrecido porque Él se ofrecería… llega por su propia voluntad y lo hace con celeridad, ninguna resistencia humana pudo impedirle que lo hiciera. Ni los montes de nuestras debilidades imperceptibles, ni las montañas de nuestras peores iniquidades pudieron detener su paso lleno de misericordia hacia nosotros.

Dio su vida; ¿quién lo habría de lamentar? A todas las fuerzas armadas del sumo sacerdote las enfrentó sólo con palabras: “Yo soy” (Jn. 18:5-6) y con esto se retiraron y volvieron atrás; su simple aliento los dispersó a todos. Le hubiera sido igual de fácil mandar que fuego del cielo los consumiera o vapores de la tierra los asfixiara; Él, quien controla los demonios fácilmente, los hubiera vencido. Más de doce legiones de ángeles estaban a sus órdenes y todos capaces de vencer a los hombres. Permite [a sus enemigos] que lo lleven, sí, con el poder de darle muerte; y sin que ellos sean conscientes de la verdad, Él tiene poder sobre sus detractores, pero no lo usa. Aun ante Pilato, en medio de sus burlas, le dice: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Jn. 19:11). Lo que lo impulsa es su propia fuerza, no sus adversarios. Podría haber sido puesto en libertad, pero no quiso… Era necesario que perdiera la vida y la perdió voluntariamente. A pesar de todo el mundo, podría haber mantenido a su alma dentro de su cuerpo, pero no quiso… El hombre no podía despojarlo de su espíritu; por lo tanto, lo entregó… sufrió la muerte voluntariamente; aunque no fue un mártir más. Oró tres veces “aparta de mí esta copa”… Pero,… voluntariamente se somete a beber la copa: “Mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Mr. 14:36)… Entonces Cristo, a causa de su voluntad natural, temía a la muerte, pero razonando, percibiendo que las heridas, que la crucifixión de la Cabeza resultaría en la salud de todo el cuerpo (su Iglesia), que Él tenía que sangrar en la cruz o nosotros tendríamos que arder en el infierno, se entrega, voluntaria y gustosamente, como ofrenda y sacrificio a Dios por nosotros.

¿Pero era sólo una muerte temporal a lo que nuestro Salvador temía? No. Veía la ira feroz de su Padre y, por lo tanto, temía. Muchos hombres resueltos, no se han acobardado ante la muerte; diversos mártires han soportado con valentía tormentos extraños. Pero ahora, cuando el que les dio valentía, tiembla ante la muerte, ¿diremos que era un cobarde? Ay, aquello que comúnmente vence al hombre, no le hacía mella a Él; lo que Él temía era algo que ningún mortal, fuera de Él, había sentido. Lo que ha atemorizado a muchos miles de hombres, no era tanto para Él como para sentir temor.

Él vio lo que ninguno vio: _¡La ira de un Dios infinito!_Comprendía perfectamente lo que le causaba temor: Nuestro pecado y tormento. Vio el fondo de la copa. ¡Qué amarga era cada gota en ella! Comprendía perfectamente la carga que tomamos a la ligera; los hombres no temen el infierno porque no lo conocen. Si pudieran ver a través de esa puerta abierta los horrores insoportables de ese hoyo, sentirían escalofríos hasta los huesos. Veía esta carga insoportable: Que la esponja de la venganza era exprimida sobre Él y tenía que beberla hasta la última y más pequeña gota. Tenía que cargar con cada una de nuestras iniquidades hasta estar como “carro lleno de [apretadas] gavillas” (Am. 2:13). Y con toda esta presión, tiene que montar el carro de la muerte −la cruz− y sufrir allí hasta haber consumado su obra, por eso, al final de su sacrificio en la cruz, dijo: “Consumado es” (Jn. 19:30).

El filósofo dice que el sabio en desgracia es más miserable que el necio en desgracia porque comprende su desgracia. [De la misma manera] los dolores de nuestro Salvador se agravaron por la magnitud de su conocimiento. Bien podía haber dicho como el salmista: “He llevado tus terrores, he estado medroso” (Sal. 88:15). Este pensamiento sustrajo de Él esas [gotas] de sangre (Lc. 22:44). Había derramado lágrimas por nuestras faltas; ahora, todo su cuerpo las derrama, no como las del rocío; sino que sus lágrimas son gotas sólidas de sangre. Sangró por las espinas, los azotes y los clavos, pero no con tanto dolor como este sudor. La violencia externa causó aquello; este llanto lo causó lo extremo de la realidad en la que centra sus pensamientos. Aquí pues, tenemos la causa de su temor: Vio nuestra destrucción eterna, si acaso no hubiera habido otra causa para su dolor. Vio los horrores que tenía que sufrir para rescatarnos; de allí sus lamentos, lágrimas, gritos y sudor; no obstante, su amor venció a todo. Por naturaleza, podía haber optado por no beber esta copa. Por amor a nosotros, la tomó voluntariamente. Lo que se había propuesto, eso cumplió. Y ahora para testimonio de su amor, dice mi texto, Él se dio libremente.

III. ¿QUIÉN ES DADO?

A. Quién no es. Ésta es la tercera circunstancia, la dádiva: Él mismo. No un ángel porque un ángel no puede mediar debidamente entre una naturaleza inmortal ofendida y una naturaleza mortal corrupta. Los ángeles gloriosos son benditos, pero finitos y limitados y, por lo tanto, incapaces para realizar esta expiación. No pueden “compadecerse de nuestras debilidades” (He. 4:15) como puede compadecerse el que fue de nuestra propia naturaleza, habiendo sido tentado igual que nosotros, pero sin pecar.

Tampoco los _santos_porque ellos no tienen más aceite que para sus propias lámparas. Tienen suficiente para ellos mismos, mas no de sí mismos −[éste procede] todo de Cristo, pero [no] hay nada que sobre−. Los necios claman: “Danos de tu aceite”. [Los santos] responden: “Para que no nos falte a nosotr[o]s y a vosotr[o]s, id más bien a los que venden, y comprad para vosotr[o]s mism[o]s” (Mt. 25:9). No pueden hacer nada para solucionar el problema del pecado, puesto que son ellos mismos culpables de pecado y, por naturaleza, dignos de condenación. Idólatras miserables que les imponen este honor contra su voluntad, ¡cómo quisieran que no les dieran tan sacrílega gloria!

No las riquezas del mundo: “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir… no con cosas corruptibles, como oro o plata” (1 P. 1:18). Si se juntaran las riquezas del viejo mundo con las del nuevo mundo, si se vaciaran las vetas de la tierra de sus metales más puros, no sería suficiente para Dios, cuesta mucho más redimir a las almas. “Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate” (Sal. 49:6-7)…

Ni la sangre de machos cabríos ni de becerros (He. 9:12). ¡Ay! esos sacrificios legales no eran más que muestras mudas de esta tragedia, sólo figuras de esta oblación4, presentando místicamente a su fe ese “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Este Cordero ya era representado en los sacrificios de la Ley y es presentado ahora en las [ordenanzas] del evangelio, sacrificado, de hecho, desde el principio del mundo. ¿Quién tenía poder para beneficiarnos antes que Él, Él mismo como ser humano? Ninguno de estos serviría.

¿A quién dio entonces? Se dio a sí mismo, quien era Dios y hombre, a fin de que participando de ambas naturalezas, pudiera ser un mediador perfecto entre nuestra mortalidad y la inmortalidad de Dios. Tomó su lugar entre el hombre mortal y el Dios inmortal, mortal con los hombres y justo con Dios. Como hombre sufrió, como Dios satisfizo; como Dios y hombre salvó. Se dio a sí mismo enteramente y a sí mismo solamente.

B. A sí mismo enteramente: Él mismo, toda su persona, alma y cuerpo, divinidad y humanidad. Aunque la Deidad no podía sufrir, en cuanto a la unión personal de estas dos naturalezas en un Cristo, la pasión misma es atribuida, de alguna manera, a la divinidad. Es así que, refiriéndose al Señor, dice que dio “su propia sangre” (Hch. 20:28) y que fue “crucificado” el “Señor de gloria” (1 Co. 2:8). La distinción aquí es clara. Dio enteramente a Cristo, aunque no todo de Cristo; como solo Dios, no lo haría, y como solo hombre, no podía hacer esta satisfacción por nosotros. La Deidad no está sujeta al sufrimiento ni al dolor, no obstante, era imposible que sin esta Deidad se cumpliera la obra de nuestra salvación. Si alguien se pregunta cómo su humanidad podía sufrir sin violentar a la Divinidad, siendo que están unidos en una persona, podrá comprenderlo por medio de la siguiente comparación. Los rayos del sol brillan en un árbol, el hacha corta y echa a tierra al árbol, pero no puede dañar a los rayos de sol. De la misma manera, la Divinidad todavía permanece sin sufrir daño, aunque el hacha de la muerte mató al humano. Su cuerpo sufrió el dolor y la espada; su alma [sufrió] el dolor, no la espada; su Deidad no [sufrió] ni el dolor ni la espada. La divinidad estaba en la persona que sufrió, pero no sufrió ella misma.

C. A sí mismo solamente: Se dio a sí mismo solamente, sin compañero ni consolador alguno.

  1. Sin un compañero con quien compartir su gloria o nuestra gratitud, de la cual es, con razón, celoso. Los sufrimientos de nuestro Salvador no necesitan ayuda… No, “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7) −la sangre de Él y sólo la de Él−. Oh bendito Salvador, cada gota de tu sangre puede redimir a un mundo que en ti cree.

Entonces, ¿qué? ¿Acaso necesitamos la ayuda de los hombres? ¿Cómo sería Cristo un Salvador perfecto, si algún acto de nuestra redención quedara para que algún santo o ángel la realizara? No, nuestras almas deben morir si la sangre de Jesús no las puede salvar. Y sea como sea, al error que aboga por los méritos de los santos, la conciencia abrumada clama: “Cristo ¡y nada más que Cristo; Jesús y sólo Jesús, misericordia, misericordia, perdón, consuelo en nombre de nuestro Salvador!”. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12).

  1. Sin un consolador. Tanto distaba Cristo de contar con alguien que compartiera su pasión que nadie había que (al menos) pudiera aliviar sus sufrimientos. La compasión es poco consuelo en una calamidad y, aun esto, le faltó. “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?” (Lm. 1:12). ¿Para Cristo es tanto dolor y no es nada para ti? ¿[Es tu compasión] algo que no merece tu atención? Por naturaleza, el hombre desea y espera el bienestar y, si no lo logra, [desea] que lo compadezcan. “¡Oh, vosotros mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí porque la mano de Dios me ha tocado!” (Job 19:21). Cristo podría hacer el mismo pedido de Job, pero hubiera sido en vano: No hubo nadie para consolarlo, nadie que lo compadeciera. Sin embargo, es una mezcla un poco reconfortante, si otros se conmueven algo en su corazón por nuestra desgracia; nos desean bien y nos dieran alivio, si pudieran. Pero Cristo, en sus peores momentos, ni siquiera un consolador tenía.

Los mártires han luchado con valentía bajo el estandarte de Cristo porque Él estaba con ellos para consolarlos. Pero cuando Él sufre, ningún alivio es permitido. Los peores tormentos encuentran algo de paliativo en los amigos y los consoladores. Cristo, después de su combate con el diablo en el desierto, contó con ángeles para atenderlo. En su agonía en el jardín, fue enviado un ángel para consolarlo. Pero cuando se trató del acto principal de nuestra redención, no apareció ningún ángel. Ninguno de esos gloriosos espíritus pudo mirar por las ventanas del cielo para darle ningún alivio. Y si [querían darle alivio], no podían; ¿Quién puede levantar lo que el Señor ha tirado abajo? ¿Qué cirujano puede curar los huesos que el Señor ha roto? A pesar de todo, su madre y algunos amigos allí estuvieron, observando, suspirando, llorando. ¡Ay! ¿Qué más hacen esas lágrimas que aumentar su dolor?

¿De quién puede esperar consuelo? ¿De sus apóstoles? ¡Ay! Ellos huyen. El temor por el peligro que ellos mismos corrían, anula la compasión por su desgracia. Entonces, ¿de quién? Los judíos eran sus enemigos y competían con los demonios en lo despiadados que eran. No tiene más refugio que su Padre. No, hasta su Padre está airado, y el que una vez dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17), está ahora muy airado. Esconde de [Cristo] su rostro, descarga su pesada mano sobre Él y lo abofetea con angustia. Así fue como [Cristo] se dio a sí mismo y a sí mismo solamente, por nuestra redención.

IV. A QUIÉN: _A Dios._Ésta es la cuarta circunstancia. ¿A quién ofrecer este sacrificio de expiación, sino al que fue ofendido? Sin duda alguna es a Dios Padre; por eso decía el salmista: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos (Sal. 51:4). “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc. 15:21). Todo pecado es cometido contra Él. Su justicia ha sido ofendida y tiene que ser satisfecha. ¿Con qué y [contra] quién está Dios airado? Con el pecado y nosotros y [con] nosotros por el pecado. Su ira es justa, se tiene que pagar un precio pero, ¿quién puede pagar ese precio? En Cristo no había pecado. ¿Actuará ahora Dios como Anás o Ananías? “Si he hablado mal”, dijo Jesús, “testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?” (Jn. 18:23). Y esto dijo Pablo a Ananías: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?” (Hch. 23:3). [De la misma manera,] Abraham implora a Dios: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25), especialmente, a su Hijo, a ese Hijo que lo glorificó en la tierra y a quien ha glorificado ahora en el cielo. Debemos buscar la respuesta en la profecía de Daniel: “… Se quitará la vida al Mesías, más no por sí;…” (Dn. 9:26). ¿No para Él mismo? Entonces, ¿para quién? Para solucionar esto, debemos pasar al quinto punto y encontraremos…

V. POR QUIÉN:Por nosotros. Asumió nuestra deuda. Se hizo nuestro Garante. Y ahora ¡el curso de la justicia puede proceder en su contra! Cualquiera que se compromete como garante y asume una deuda, tiene que estar de acuerdo con pagarla. Por tanto, ese Cordero inocente ha de ser sacrificado. “Por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). En tres versículos, el profeta Isaías recalca nueve veces que se trata de: nosotros, nuestros, nuestras (Is. 53:4-6). Todos nosotros estábamos enfermos, gravemente enfermos, cada pecado era una enfermedad mortal. Pero “llevó él nuestras enfermedades”, dice le profeta. Fue nuestro médico; un _gran_médico. Todo el mundo estaba enfermo hasta la muerte y, por lo tanto, necesitaba un médico poderoso. Él lo era y recurrió a algo extraño para curarnos, pues no fue dándonos medicina, sino tomando Él la medicina por nosotros. Otros pacientes toman la medicina recetada, pero nuestro Médico la tomó Él mismo y haciéndolo, nos dio sanidad.

Él, que no tenía ninguna razón para sufrir ningún castigo, sufrió por mí. Oh, Señor Jesús, no sufriste por tus heridas, sino por las mías. Tan monstruosos son nuestros pecados que la mano de la Justicia sempiterna estaba presta para asestarnos un golpe fatal y final. No obstante, Cristo se interpuso entre el golpe y nosotros, y soportó durante horas aquello que nos hubiera hundido para siempre. Nosotros abusamos de la inmortalidad para muerte, en cambio, Cristo usó la mortalidad que tenía para nuestra vida. Nos amó [aunque nosotros] éramos sus enemigos. Aquí se manifestó el amor sin limitaciones ni imitaciones. “Misericordia inefable”, dice Bernard5, “que el Rey de gloria eterna se ofreciera para ser crucificado por alguien tan miserable y despreciable, sí, un gusano; y no un gusano amante, no un gusano vivo; pues ambos lo aborrecíamos a Él y a lo suyo, y estábamos muertos en nuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1)… El sacrificio de Cristo fue a gusto y ofrecido sin reservas. Fue tan profuso, que su sangre fue derramada en igual medida por el obrero en el campo, como por el príncipe en su palacio. El [llamado] de la salvación es general: A “los que entre vosotros teméis a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salvación” (Hch. 13:26). Así como no hay excepciones para los grandes, no la hay en lo que respecta a la desgracia del que no cree. El que no cree ni cambia será condenado, aunque sea rico; el que sí cree, aunque sea el más pobre de los pobres, será salvo.

Este punto particular del crucifijo, “por nosotros”, requiere una meditación más intencional. Sea lo que fuere que omitamos, no podemos excluir esto porque, ciertamente, la expresión “a nosotros”, nos recuerda a nuestra conciencia y nos habla eficazmente a todos nosotros todos los días: Es a mí y también a mis [lectores], a quien se refiere el profeta cuando dice: “Tú eres aquel hombre” (2 S. 12:7). Nosotros somos aquellos por cuya causa fue crucificado nuestro bendito Salvador. Por nosotros soportó esos duros azotes; por nosotros, para que nunca los suframos nosotros. Por lo tanto, nos hacemos eco de lo que dijo aquel padre [de la Iglesia]6: “Esté Él fijado en todo tu corazón, el que por ti fue fijado en la cruz”7.

A. Los fines por los que Cristo murió en la cruz. Consideraremos los usos que hemos de hacer de esto, dado los fines por los cuales Cristo murió. Sirve para salvarnos, para conmovernos y para mortificarnos.

1. Para salvarnos: Éste fue su propósito y su acción: Todo lo que hizo, todo lo que sufrió, fue para redimirnos. “Por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5). Por su sudor, somos nosotros refrescados; por su tristeza, podemos regocijamos, por su muerte, somos salvos. Porque aquel día, que fue para Él el peor que jamás hombre alguno tuvo que vivir, fue para nosotros “el tiempo aceptable;… el día de salvación” (2 Co. 6:2). El día era malo en lo que toca a nuestros pecados y a los sufrimientos de Él, pero definitivamente, en lo que respecta a lo que Él pagó y lo que Él compró, [fue] un día bueno, el mejor de los días, un día de gozo y júbilo.

Pero si la salvación fue forjada para nosotros, tiene que ser eficazmente _aplicada_a nosotros, a cada uno de nosotros porque, el hecho de que algunos reciben más beneficios de su pasión que otros, no es culpa de quien la sufrió, sino de los que no la aplican a su propia conciencia. Pero, no sólo tenemos que creer este texto en general, sino que cada uno tome un puñado de esta gavilla y póngalo en su propio pecho, convirtiendo este “por nosotros” en “por mí”. Como dijo Pablo: “Vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por ” (Gá. 2:20). Bendita fe, que pone el plural nosotros, en el alma individual, en . Todos somos rebeldes, culpables y condenados por la Ley suprema; la muerte nos espera para arrestarnos y la condenación para recibirnos. ¿Qué hemos de hacer sino orar, rogar, clamar, llorar hasta poder conseguir que nuestro perdón sea sellado en la sangre de Cristo y que cada uno encontremos en nuestra propia alma el testimonio seguro de que Cristo se entregó por mí?

**2.**Esto debiera conmovernos. Todo esto fue hecho por nosotros y ¿no hemos de emocionarnos? “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido” (Lm. 1:12). ¿Acaso toda su agonía, sus gemidos, lágrimas, quejidos y golpes no le fueron infligidos por nosotros? ¿No sufrió todo esto por nosotros y no hemos de sufrir por nosotros mismos? Por nosotros mismos, digo; no tanto por Él. Dejemos que su pasión_nos mueva a la compasión_, no sus sufrimientos (¡ay! condolernos por Él no hace nada por Él), sino por nuestros pecados que los causaron. “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos” (Lc. 23:28). Por nosotros mismos, no por los dolores de Él que ya pasaron, sino por los que debieran haber sido nuestros (a menos que nuestra fe lo ponga [a Cristo] en nuestro lugar) y lo serán.

¿Llorará Él por nosotros y nosotros no hemos de gemir? ¿Beberá Él esa copa de dolor tan profundamente por nosotros y no hemos de comprometernos nosotros con Él? La ira de Dios, ¿no lo hace gritar de dolor y los siervos por quienes sufrió, no temblarán? Cada criatura parece sufrir con Cristo −sol, tierra, rocas, sepulcros− sólo el hombre por quien Cristo todo lo sufrió, no sufre nada. Su pasión, ¿no rompió el velo, partió las rocas, hizo temblar la tierra, abrió los sepulcros y, a pesar de eso, seguirán nuestros corazones más duros que esas criaturas insensibles que no pueden ser penetrados? ¿No sufrieron con Él, el cielo y la tierra, el sol y los elementos naturales, y nosotros permanecemos impasibles? Nosotros, hombres miserables que somos, fuimos los principales culpables de este homicidio de Cristo, mientras que Judas, Caifás, Pilato, los soldados y los judíos fueron los que sirvieron como verdugos para llevarlo a la cruz, convirtiéndose así en cómplices de su muerte. Es posible que queramos deslindarnos de nuestra culpabilidad y echarla sobre los judíos por este acto atroz, pero el verdugo no es el que tiene la culpa de la ejecución. Los pecados, _nuestros_pecados, ¡fueron los homicidas! De nosotros sufrió y por nosotros sufrió. Juntemos esos dos pensamientos y digamos si no hay razón para que su pasión nos conmueva.

Aun así, nuestros corazones son tan duros que, ni siquiera, podemos aguantar una hora de sermón sobre este tremendo asunto. ¡Cristo pasó horas muriendo por nosotros, y nosotros no podemos sentarnos una hora para escucharlo! Ay de nosotros que nos molestamos por el calor o el frío mientras escuchamos acerca de estos misterios celestiales, mientras que Él soportó por nosotros tanto calor, tanto sudor convertido en sangre, tanta agonía que, a través de su carne y su piel, suda gotas de sangre. Desde la cruz derrama lágrimas de sangre y nosotros, ¿no podemos derramar lágrimas de agua por nosotros mismos? ¡Ay! ¿Cómo moriríamos nosotros por Él, como murió Él por nosotros, cuando nos cansamos de escuchar lo que hizo por nosotros?

3. Esto debiera mortificarnos. Cristo se entregó a sí mismo para morir por nuestros pecados y, por ese sacrificio, librarnos de la muerte que es la paga del pecado. Vino, no sólo para destruir al diablo, sino “para deshacer las obras del diablo” (1 Jn. 3:8). Tampoco, quitó sólo el poder del pecado para condenarnos, sino también su poder para regir y reinar en nosotros (Ro. 6:6, 12). Así como la muerte de Cristo satisface la justicia de Dios por nuestras faltas, mata en nosotros la voluntad de hacer lo malo. Cristo sufrió en todo sentido para que en todo sentido seamos mortificados. Sus sufrimientos fueron tantos que los hombres no los pueden contar, ni los ángeles saber su naturaleza, ni hombres ni ángeles conocer su medida. Su pasión tuvo un final, nuestros pensamientos no lo tienen.

B. Sufrió en todos los sentidos por nosotros: En todo momento, en todas partes, en todos sus sentidos, en todos sus miembros y también, en cuerpo y alma. Y todo por nosotros.

  1. En todo momento. En su infancia por la pobreza y por Herodes; en el apogeo de sus días por los poderes de la tierra, por los poderes del infierno −sí, aun por los poderes del cielo−. De día, le falta alimento; de noche, una almohada. Aun aquel gran tiempo santo de la Pascua, está destinado para su muerte. Cuando debieran sacrificar el cordero pascual8 por agradecimiento, dan muerte al Cordero de Dios por maldad. Admiran la sombra, pero condenan la sustancia. Todo por nosotros, para que en todo tiempo nos reconforte. Por eso, el Apóstol dulcemente [dice]: “Murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él” (1 Ts. 5:10).

  2. En todas partes. En la cuna por esa Zorra9 (Lc. 13:32), en las calles por los ladrones, en la montaña por los que lo hubieran arrojado de allí de cabeza, en el templo por los que “tomaron… piedras para arrojárselas” (Jn. 8:59). En la casa del sumo sacerdote por los custodios, en el patio por los traicioneros, en el camino agobiado con su cruz. Por último, en el Calvario, un lugar vil y maloliente, entre huesos de malhechores crucificados. Y todo esto, por nosotros, para que la misericordia nos proteja en todas partes.

  3. En todos los sentidos. Porque su sentido del gusto es afectado por la hiel y el vinagre; ¡un trago amargo para un moribundo! Con su sentido del tacto fue peor: los clavos clavados en sus manos y sus pies, partes muy susceptibles al dolor por ser las partes con nervios más sensibles del cuerpo. Sus oídos están llenos de insultos blasfemos de la multitud salvaje. No a Él, sino a Barrabás, le gritan a Pilato, prefiriendo la libertad de un asesino, antes que la de un Salvador. ¿Leerás los discursos objetivamente a su audiencia10? (Ver Mt. 27:29, 39, 42, 44, 49). En todo, consideremos la blasfemia de ellos y la paciencia de Él. En cuanto a su vista, ¿hacia dónde se puede mirar y no ver motivos de aflicción? Por un lado, el escarnio de sus enemigos llenos de malicia y, por el otro, el llanto y los lamentos de su madre, cuyas lágrimas hieren su corazón. Si hubo uno de los sentidos menos afectados, sería el del olfato, aunque los huesos putrefactos alrededor del Calvario no pueden haber tenido un olor nada agradable.

Fue así que todos sus sentidos estuvieron involucrados en su sufrimiento. Ese gusto que debiera deleitarse con el vino de la viña “que se entra suavemente”, recibe vinagre. Busca buenas uvas, pero he aquí “uvas silvestres”11 (Is. 5:4). Espera vino, recibe vinagre. El olfato que debiera ser refrescado con el olor fragante de las especias, la piedad de sus santos está llena de la fetidez de las iniquidades. Esas manos destinadas a llevar el cetro de los cielos, llevan en cambio la vara de reproche y sufren los clavos de la muerte. Esos ojos que eran “como llama de fuego” (Ap. 1:14) que, en comparación, el sol mismo era oscuridad, tienen que contemplar objetos de vergüenza y tiranía. Esos oídos, que se deleitan cuando los cantores celestiales entonan sus notas más dulces, tienen que oír las burlas y los insultos blasfemos.

¡Todo esto por nosotros! No sólo para pagar el precio por esos pecados que nuestros sentidos han cometido, sino para mortificar esos sentidos y preservarlos de sus pecados; para que nuestros ojos ya no se llenen de adulterios ni lancen miradas envidiosas a los bienes de nuestros prójimos, para que nuestros oídos no permitan ni se deleiten en escuchar obscenidades, conjuraciones de Satanás12. Para que el pecado que cometemos con todos nuestros sentidos, muera, para que se agote el veneno y nuestros sentidos sean purificados.

  1. En todos sus miembros. Observemos ese cuerpo bendito, concebido por el Espíritu Santo y nacido de una virgen pura: está cubierto de azotes, ha sido martirizado, torturado, mutilado. ¿Qué partes se podrían encontrar libres [de torturas]? Empezando por su cabeza: esa cabeza, que los ángeles reverencian, está coronada de espinas. Ese rostro, “el más hermoso de los hijos de los hombres” (Sal. 45:2) tiene que aguantar los repugnantes escupitajos de los inmundos judíos. Sus manos, que hicieron los cielos, están extendidas y clavadas a la cruz. Los pies, que pisaron el cuello de sus enemigos y de los nuestros, sienten el mismo [dolor]. Y la boca es abofeteada, esa boca que habló como “jamás hombre alguno ha hablado” (Jn. 7:46).

Efectivamente, todo esto por nosotros. Su cabeza sangró por los perversos pensamientos de la nuestra. Su rostro se cubrió de secreciones por las blasfemias impúdicas que escupimos contra el cielo. Sus labios sufrieron aflicción para que, en adelante, de los nuestros brotaran palabras con sabor agradable. Sus pies sangraron para que los nuestros no se apresuraran a derramar sangre. Todos sus miembros sufrieron por los pecados de todos nuestros miembros, para que ya no fueran esclavos del pecado, sino para que presentemos nuestros “miembros para servir a la justicia” (Ro. 6:19). Se contaminó con nuestra saliva para poder lavarnos. Estuvo con los ojos vendados para quitar el velo de ignorancia de nuestros ojos. Permitió que le hirieran la cabeza para poder renovar la salud de todo el cuerpo.

Seis veces leemos que Cristo derramó su sangre: 1. Cuando a los ocho días fue circuncidado, se derramó su sangre. 2. En su agonía en el jardín, sudó gotas de sangre. 3. Cuando fue azotado, cuando sus atormentadores sin misericordia hicieron brotar sangre de su costado sagrado. 4. Cuando fue coronado de espinas, esos cortantes aguijones que rastrillaron y destrozaron su frente bendita haciéndola sangrar. 5. Cuando sus manos y sus pies fueron traspasados al ser crucificado, brotó sangre como de un manantial. 6. Por último, después de su muerte: “Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn. 19:34). Todos sus miembros13 sangraron para evidenciar que ofreció su preciosa sangre por todos sus miembros14. No derramó ni una gota por Él mismo, toda [fue] por nosotros: por sus enemigos, perseguidores, verdugos, nosotros mismos.

Pero, ¿qué sucederá con nosotros si todo esto no logra mortificarnos? ¿Cómo viviremos con Cristo, si no hemos muerto con Cristo? (Ro. 6:8) −muertos al pecado, pero viviendo para la justicia−. Así como Eliseo revivió al hijo de la sunamita: “Se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y el cuerpo del niño entró en calor” (2 R. 4:34). De igual manera, el Señor Jesús se tiende sobre nosotros y nos aplica toda su pasión, pone su boca de bendición sobre nuestra boca de blasfemias; sus ojos de santidad sobre nuestros ojos de lascivia; sus manos misericordiosas sobre nuestras manos crueles; se tiende con su gracia sobre nosotros, seres miserables, hasta que empezamos a entrar en calor, a tener vida y dentro de nosotros [entra] el Espíritu Santo. Y todo esto para darnos vida a nosotros que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados.

  1. En su alma. Todo esto no fue más que la manifestación externa de su pasión. “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora” (Jn. 12:27). El dolor del cuerpo no es más que el cuerpo del dolor; más el alma misma del dolor es el dolor del alma. Todas las aflicciones exteriores eran apenas rasguños en comparación con lo que sufrió su alma. “El ánimo del hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?” (Pr. 18:14). Tenía en su interior un corazón que sufrió una angustia invisible, desconocida. Este dolor fue el que motivó su gran clamor y sus amargas lágrimas (He. 5:7). Con frecuencia, había lanzado clamores de compasión [pero] no hasta ahora los de pasión y lamento. Había derramado lágrimas de compasión, lágrimas de amor, pero nunca, lágrimas de angustia. Cuando el Hijo de Dios así clama, así gime, es más que por el sufrimiento de su cuerpo: su alma agoniza.

Y todo esto [fue] por nosotros. ¡Su alma tomó el lugar de nuestra alma! ¿Qué hubiéramos sentido nosotros si hubiéramos estado en su lugar? Todo [fue] por nosotros para pagar el precio de nuestro pecado, para satisfacer la demanda del Dios justo y perfecto. Por tu embriaguez y porque engulles bebidas fuertes, bebió Él aquel vinagre. Por tu glotonería incontrolada, Él ayunó. Por tu indolencia, se ejercitó Él con dolores continuos. Tú duermes seguro, tu Salvador anda, vigila, ora. Tus brazos están acostumbrados a abrazos lascivos; Él abraza la cruenta cruz. Tú te vistes con ropa lujosa, Él con humildad y modestia. Tú andas en carruaje pomposo, Él anda a pie. Tú te revuelcas sobre tu colchón de pluma, tu Salvador ni siquiera tiene una almohada. Tú, de tanto comer, te llenas y te hinchas de maldad. Sufres una leve herida en la cabeza y te angustias, el Salvador sangra hasta morir. Juzguemos si acaso este punto (por lo que nos toca), no ha derivado una íntima aplicación de este texto a nuestras propias conciencias. Porque Cristo hizo todo esto por ti y por mí, oremos con Agustín: “Señor Dios mío, haz que mi corazón te desee y te busque deseándote, te encuentre buscándote, te ame encontrándote y, amándote, sea redimido de mis males y no recaiga en los pecados perdonados”.

Hay dos partes principales de este crucifijo que todavía nos falta comentar.

VI. LAMANERA**:**Lo siguiente es la manera: Una ofrenda y sacrificio. Su vida entera fue una ofrenda. Su muerte un sacrificio. Se dio con frecuencia por nosotros como una oblación eucarística[^26], [pero sólo] una vez como un sacrificio expiatorio. En lo primero, hizo por nosotros todo lo que debía hacer, en lo último sufrió por nosotros para que no sufriéramos nosotros. “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P. 2:24)… Por lo tanto, “se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (He. 9:26).

VII. EL EFECTO: El último punto es el _efecto_de un olor fragante. Aquí está el fruto y la eficacia de todo. Nunca estuvo complacido el Señor con el hombre pecador hasta ese momento. Nunca estuvo tan airado, aquí está la pacificación, un olor fragante… Nosotros debimos morir y Tú lo pagaste; nosotros ofendimos y Tú fuiste castigado. Una misericordia sin paralelo, un favor sin mérito, un amor sin medida. Por lo tanto, concluyo mi sermón, mientras todos nos unimos en oración concluyendo con esta cláusula: Por medio de nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh Padre de misericordia, acepta nuestro sacrificio de oración y alabanza en gratitud por su sacrificio de dolor y mérito; en nombre de nuestro Señor Jesucristo! Amén.


Thomas Adams (1583-1653): Pastor y predicador anglicano

Footnotes

  1. Christus Domini…Christus Dominus – el ungido por el Señor…el Señor ungido.

  2. Serafines – Criaturas vivientes con cinco alas, manos y pies, y una voz (presumiblemente) humana, vistos en la visión de Isaías sobrevolando el trono de Dios.

  3. Él mismo hizo – Esto es, “hizo” por el poder del Espíritu Santo en el vientre de María.

  4. Oblación – Ofrenda o sacrificio que se ejecuta a Dios.

  5. Bernard de Clairvaux (1090-1153) – Más reconocido teólogo de su época, escribió obras místicas, teológicas e himnos como Oh sagrada cabeza, ahora herida (O Sacred Head Now Wounded).

  6. Padre [de la Iglesia] – Uno de los alrededor de 70 teólogos en el periodo desde el segundo al séptimo siglo, cuyos escritos influyeron sobre la doctrina de la Iglesia primitiva.

  7. Agustín de Hipona –De la santa virginidad (Of Holy Virginity) en Una biblioteca selecta de los padres nicenos y post-nicenos de la Iglesia cristiana (A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church), Primera serie: San Agustín: De la Santa Trinidad, tratados doctrinales, tratados morales (St. Augustin: On the Holy Trinity, Doctrinal Treatises, Moral Treatises), ed. Philip Schaff, tomo 3, 437.

  8. Cordero pascual – Cordero sacrificado en la celebración judía de la Pascua.

  9. Zorra – Se refiere a Herodes.

  10. Discursos… audiencia – Los discursos que fueron el objeto de su juicio.

  11. Uvas silvestres – Es decir, uvas agrias.

  12. Obscenidades… Satanás – Cuentos y bromas obscenas y sensuales, que tienen un efecto poderoso y satánico sobre los escuchas; es decir, la naturaleza humana caída es atraída por la conversación sensual como si tuviera un poder mágico.

  13. Miembros – Es decir, miembros del cuerpo físico de Cristo.

  14. Miembros – Es decir, todos los miembros de su Cuerpo, la Iglesia.