La gloria de la cruz

Solomon Duytsch (1734-1794)

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14).

En su carta a los gálatas, el apóstol Pablo había defendido la doctrina de la gracia que él predicaba. En esa carta, enfatiza que el pecador escogido tiene que ser justificado por la fe en Jesucristo sin las obras de la Ley. Refuta firmemente las enseñanzas de los predicadores hipócritas que afirmaban que la Ley era la base de la justificación. Procede ahora a instar a los gálatas a que permanezcan firmes en su libertad cristiana. Les habla de su gran amor por ellos que lo llevó a escribirles con su propio puño y letra esta carta tan importante.

Principalmente, expone el propósito verdadero de los predicadores de la Ley que buscaban su propia gloria. Ahora, en las palabras de nuestro texto, les declara la base de lo que él se gloría: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”.

¡Oh! ¡Cristo crucificado y ahora glorificado, derrama sobre nosotros ese Espíritu de Vida del que te hiciste merecedor por tu muerte en el madero, para que podamos nosotros elevar este canto de alabanza en tu honor!: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Amén”.

Al considerar esta porción de las Escrituras, me propongo dos cosas: I. Explicar las palabras y II. Demostrar cómo estas palabras cumplen el propósito que el Apóstol tenía en mente.

I. EXPLICACIÓN DE LAS PALABRAS: Al explicar las palabras del texto, notemos que: A. Pablo honra a Dios gloriándose en la cruz de Cristo y B. Pablo da testimonio con respecto [al fruto que había dado en su vida] a través de la cruz de Cristo.

A. El Apóstol afirma que la base de su gloriarse es doble: 1. Negativo, aquello en lo que no debe gloriarse y 2. Positivo, aquello en lo que sí debe gloriarse.

  1. Negativamente. Se expresa con firmeza diciendo: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Gloriarnos es la expresión de nuestra actitud respecto de algo que poseemos y valoramos mucho y que, con gusto, contamos a otros con la esperanza de ganarnos su estima y opinión favorable. Pablo sugiere que tiene en qué gloriarse, pero antecede esa afirmación con palabras que expresan un fuerte deseo de no gloriarse nunca en ninguna otra cosa. “Dios no permita que me gloríe en esas cosas”.

¿Qué otras cosas tenía Pablo en las que hubiera podido gloriarse? ¿Acaso no era, desde su conversión, objeto de aborrecimiento, desprecio, calumnia y persecución? Vivía como alguien que se consideraba indigno de vivir. El peligro de morir como mártir era constante. Entonces, ¿qué tendría este despreciable Apóstol para gloriarse? Podía gloriarse en a. su cuna noble, su educación, sus beneficios como judío; b. su conversión maravillosa y sus beneficios como cristiano; c. su llamado a ser apóstol y los beneficios de tal distinción.

a. ¿Cómo podía gloriarse por ser judío? No era un judío común. Era hebreo de hebreos, hijo de padres hebreos de nacimiento, hebreo de raza pura. Era de la simiente de Abraham, a quien Dios había hecho grandes promesas. Esas promesas tenían que ver, no sólo con cosas de valor temporal en la tierra de Canaán, sino que incluía valores espirituales, especialmente la promesa de que, cumplido el tiempo, de su simiente serían benditas todas las naciones de la tierra (Gn. 22:18). Era israelita de la simiente de Jacob a quien Dios había dado el nombre Israel porque había prevalecido como un príncipe (Gn. 32:28). Era ciudadano de ese pueblo a quien el Señor había escogido por sobre todos los pueblos de la tierra; de ese pueblo en medio del cual Dios escogió morar de una manera específica, a quien le pertenecía la adopción, la gloria, los pactos, la promulgación de la Ley, el culto a Dios y las promesas (Ro. 9:4), [Era de] aquel pueblo del cual dijo Moisés: “Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú…?” (Dt. 33:29). Era de la tribu de Benjamín, a la cual, por así decir, bendijo con sus últimas palabras por sobre todas las demás tribus como la tribu favorita del Señor (Dt. 33:12). Era discípulo de Gamaliel, cabeza del Sanedrín y líder de la casa de estudio en Jerusalén. Había sido enseñado en la interpretación perfecta de la Ley de sus mayores. Vivía [como] un fariseo, la secta más recta de su religión. Sacaba más provecho que muchos otros de la religión de los judíos. Demostraba tanto celo que cuando el concilio judío tenía una obra especial para realizar, invariablemente se la encargaban a él.

A la luz de todo esto, ¿coincidimos en que Pablo tenía mucho de qué gloriarse como judío?

No obstante, ya no consideraba ninguno de estos beneficios como razón valedera para gloriarse. En cuanto a ellos dijo: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Por gracia, había aprendido que ninguna de estas cosas era de algún valor como base para gloriarse. Había aprendido que la única base para gloriarse era el conocimiento y la comunión con Dios y Cristo. Por gracia, había aprendido a estimar “todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús [su] Señor” (Fil. 3:8).

b. Podía gloriarse en su conversión maravillosa y sus beneficios como cristiano. Él, que había sido blasfemo, perseguidor y opresor de los que creían en Cristo, había recibido misericordia. Se había convertido de una manera extraordinaria: Camino a Damasco, respirando amenazas contra la Iglesia, viajando con toda rapidez y lleno de furia para llevar a cabo su plan de apresar a más discípulos de Dios, cuando de pronto, ese Cristo a quien perseguía, lo detuvo en su loca persecución al aparecer gloriosamente ante él (Hechos 9). No encontramos ningún otro ejemplo de una conversión como esa. Podía testificar de cómo fue arrebatado al tercer cielo y de haber escuchado palabras inefables que no le es dado al hombre expresar (2 Co. 12:2-4).

De estas cosas se podía gloriar, pero en lugar de minimizar el estado de gracia de hermanos cristianos por hablar de esta experiencia excepcional, dijo: “Lejos esté de mí gloriarme en estas cosas”. De hecho, ocasionalmente, relata estas cosas que le sucedieron en los tratos de Dios con él; pero era para alentar y confortar a pecadores convencidos de pecado desalentados, al punto de la desesperación. A esas almas que eran lanzadas de acá para allá y que pasaban por terribles batallas interiores, para que no se desanimaran, les dijo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15).

c. Podía gloriarse en su llamado como apóstol y los beneficios de tal distinción. Realmente era vaso escogido para proclamar a Cristo el Salvador a los paganos, a los reyes de la tierra y a Israel. Dios lo había apartado para esta obra y preparado por gracia para proclamar el evangelio del Hijo de Dios a los gentiles. ¿No es éste el honor más grande que puede recibir un hombre? ¿Hay algún honor en el mundo que puede compararse con éste? ¿[Puede haber] un privilegio más grande que ser escogido por Dios para salvación y luego ser llamado, preparado y capacitado para presentar a Jesucristo como el único y suficiente Salvador al judío y al gentil?

A pesar de estos grandes privilegios que tenía, el Apóstol no se exaltaba a sí mismo por ellos por sobre sus hermanos apóstoles, sino que lo adjudicaba todo a Dios. También sobre esto dijo: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

Con profunda humildad, se considera el menor de los apóstoles, efectivamente, se confiesa indigno de ser un apóstol…

**2.**Positivamente, el Apóstol declara en qué se basará para gloriarse: “La cruz de nuestro Señor Jesucristo”. No le está adjudicando aquí ningún valor a esa cruz de madera en la que murió el Salvador. La madera de esa cruz no tiene valor alguno para sanar enfermedades físicas ni espirituales. ¿A qué se refiere aquí el Apóstol? ¿De qué se trata esta cruz de Cristo de la que desea gloriarse?

El gran reformador Martín Lutero1 dijo que Pablo, como discípulo fiel, tomó la cruz de Cristo y lo siguió en el camino sufriendo vergüenza, reproches y persecución, y que en esto consistía su gloria. Si alguien tenía razón para gloriarse en la tribulación, era indudablemente el apóstol Pablo, quien según Gálatas 6:17, dijo: “Yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. En Colosenses 1:24 pudo decir: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia”. En 2 Corintios 11:24-27, cataloga sus sufrimientos en nombre de Cristo: “De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos;en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez”.

Antes de mencionar todas estas cosas que le sucedieron, dice en 2 Corintios 11:16-17: “Que nadie me tenga por loco; o de otra manera, recibidme como a loco, para que yo también me gloríe un poquito. Lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como en locura, con esta confianza de gloriarme”. Sentía que era necesario mencionar sus muchas dificultades y sus sufrimientos para silenciar a los predicadores falsos que se gloriaban en la Ley y quienes lo habían acusado.

Otros teólogos opinan que “la cruz de Cristo” en nuestro texto se trata, en realidad, del evangelio de Cristo. Basan esta opinión en las palabras mismas de Pablo en 1 Corintios 1:17-18: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo.Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”. Esta opinión es digna de ser respetada, especialmente por las palabras de Pablo en el versículo 12 del capítulo del que tomamos nuestro texto, donde dice: “Todos los que quieren agradar en la carne, éstos os obligan a que os circuncidéis, solamente para no padecer persecución a causa de la cruz de Cristo”. Éste es el evangelio de Cristo. Notemos el contraste: Los predicadores hipócritas de la Ley anhelaban paz y descanso; no les gustaba la persecución que sufrían los que predicaban el evangelio de Cristo. Pero por otro lado, Pablo identifica como el fundamento, la base de su presunción, de su gloriarse, precisamente en esa cruz de Cristo, es decir, en el evangelio de Cristo que él predicaba…

Sin embargo, mientras que todo lo antedicho no debe ser excluido, coincido con el gran Calvino2 en que Pablo, quien había determinado no interesarse en conocer nada más que Cristo y a Él en la cruz. Me inclino a creer esto porque Pablo, en la mayoría de sus epístolas, al hablar de la cruz, lo hace refiriéndose especialmente, al sufrimiento de Cristo en la cruz (Ef. 2:16; Col. 1:20; He. 12:2). [Me inclino a creer esto] también porque, en contraste, no dice en nuestro texto simplemente “en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, como lo hace en el versículo 12, sino que en nuestro texto enfatiza que desea gloriarse en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Con este énfasis, declara que él y sus hermanos creyentes comparten el sufrimiento y la bendición del fruto del sufrimiento de Cristo en la cruz; que por la gracia de Dios eran tan privilegiados, y querían ahora poner toda la esperanza de salvación y la base de gloriarse sólo en esa cruz.

Quiere significar (me parece a mí): Anhelo gloriarme, no como lo hacen tantos cristianos, sólo en la cruz de Cristo, en un Salvador completo, en el ungido de Dios, en el Gran Profeta, en un Sumo Sacerdote misericordioso, en el Rey de Reyes3; sino en la cruz de Jesucristo nuestro Señor −nuestro Señor, quien los libró a ustedes y me libró a mí, oh creyentes de Galacia, de la maldición de la Ley, del dominio del pecado, del poder de Satanás, de la ira de Dios y nos compró para ser suyos por su sangre preciosa que derramó en Getsemaní y en el Gólgota. Esto hizo por ustedes y por mí que por naturaleza éramos pecadores merecedores del infierno. Nuestro Señor, quien reconcilió con Dios a judíos, igual que a los gentiles en un solo cuerpo por medio de la Cruz, dando así muerte a la enemistad. Sí, nuestro Señor, a quien por la gracia de Dios nos hemos entregado y dedicado, tanto en cuerpo como alma, para el tiempo y la eternidad, para servirle y honrarle como nuestro único Rey−.

Es, entonces, en el sufrimiento de Cristo sobre la cruz en lo que desea gloriarse el Apóstol. Y no nos extrañe, porque cuando piensa en el Gólgota y contempla allí la cruz de Cristo; todas las cosas que pudieran ser motivo de jactancia desaparecen, y la cruz sola llena su corazón y su boca de alabanzas. Allí, con la mente iluminada, ve por un lado la santidad sin mancha de Dios, su justicia intachable, su verdad eterna y, por otro lado, el amor infinito de Dios, su gracia y su misericordia sin límite que se complementan. ¡Oh, qué maravilla para contemplar, más hermosa aun que la que contempló Adán en su estado de rectitud! Ve allí ese gran misterio que los ángeles desean ver, cómo Dios puede, y es su voluntad, ser el Dios del pecador perdido, pobre, miserable y merecedor del infierno. Allí ve maravillado el cumplimiento del consejo eterno de Dios que fue anunciado por todos los profetas: Que Cristo sufriría, que Jesús de Nazaret moriría en la cruz. Allí ve la evaporación de todas las sombras de la adoración del Antiguo Testamento y las promesas en la luz del Sol de Justicia, Jesucristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios. Allí ve con gloriosa adoración la satisfacción completa de la justicia divina, la realización de la reconciliación por el pecado, una justicia eterna manifestada, el pecado del mundo echado fuera en un día, la cabeza aplastada de la serpiente, sorbida la muerte en victoria y la venida de la vida y la inmortalidad para el pueblo de Dios.

Al ascender aún más, ve allí, con los ojos de la fe, a Cristo en la cruz, sufriendo y muriendo como Garante, luego con santo asombro, recibe la revelación del gran misterio de la cruz. Ve allí al Santo de Israel colgado entre dos malhechores, despojado de sus vestidos, coronado de espinas y clavado en la ignominiosa cruz. ¿Para qué? Para que su pueblo, que perdió su corona por su pecado, pueda recibir una corona de gloria y el vestido de justicia para cubrir su desnudez.

Ve allí al Hijo de Dios, la luminosidad de la gloria de su Padre y la imagen expresa de su persona, rodeado de impíos que se burlan de Él y lo maltratan. ¿Para qué? Para que su pueblo, el cual por el pecado se convirtió en un pueblo de hombres impíos merecedores de escarnio y desprecio, pudiera, por el sufrimiento y muerte de Cristo, recibir gloria eterna y el derecho de ser hijos de Dios. Allí ve, totalmente maravillados, a Dios y al hombre, el bendito Emanuel como el Cordero de Dios llevando en su cuerpo en la cruz la pesada carga de todo el pecado de los escogidos. ¿Para qué? Para reconciliar a su pueblo con Dios y restaurarlo a una comunión total con Él.

Ve allícómo le dan de beber vinagre mezclado con hiel a la Roca de Israel, la Fuente de Vida. ¿Para qué? Para que su pueblo, el cual por el pecado se hizo merecedor de esa amarga bebida, pudiera beber del vino nuevo que les será dado en el Reino de Dios. Ve allía la Luz del mundo, el Sol de Justicia en medio de la oscuridad. ¿Para qué? Para que su pueblo, el cual por el pecado cayó de la luz a la oscuridad, pudiera hacer que la Luz brillara en la oscuridad y hacerlos aptos para recibir la herencia de los santos en luz. ¡Sí, ve allí el espectáculo increíble del Príncipe de Paz siendo objeto de la ira de Dios, y el Rey de Vida bajando la cabeza y exhalando su último aliento!

Pero [Pablo] considera, especialmente, lo que ese sufrimiento de Cristo significa para él personalmente; para él, quien antes aborrecía [a Jesús] y perseguía a su pueblo. Cristo estuvo dispuesto a sufrir y morir una muerte tan vergonzosa y, por su agonía y muerte, darle el mérito de todos los tesoros de la salvación. Por fe, ve que por gracia eternal, soberana y misericordiosa, le fueron dados esos tesoros. Por fe, considera el consuelo y fortaleza que recibe del sufrimiento de Cristo. Allí, en total asombro, ve que no puede gloriarse más que en la cruz de Cristo su Señor.

En esa cruz de Cristo, encuentra el mayor consuelo para su alma. Ni sus múltiples pecados ni la maldición de la Ley tienen nada de qué acusarle. Entonces, puede decir: ¡“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió… él herido fue por nuestras rebeliones… por nosotros lo hizo pecado… Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros… por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él… Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Ro. 8:34; Is. 53:5-6; 2 Co. 5:21; Gá. 3:13)!

En esa cruz de Cristo, encuentra la fuente más grande de fortaleza para luchar con el poder de Cristo contra los embates del príncipe de las tinieblas. Fue en esa cruz que Cristo aplastó la cabeza de la serpiente y salió victorioso en la batalla contra ese viejo dragón.

En esa cruz de Cristo, el Apóstol encuentra la confirmación de que, no sólo la Ley, que es la fuerza del pecado, se volvió impotente; sino que también él, por el cuerpo de Cristo, murió a la Ley.

En esa cruz de Cristo, encuentra su único consuelo, no sólo para la vida, sino también para la muerte. De esta manera, en la hora de su muerte, podrá enfrentar a aquel rey de los terrores y exclamar jubilosamente, sin temor: “Para mí… el morir es ganancia. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (Fil. 1:21; 1 Co. 15:55).

En la cruz de Cristo, ve el mayor bien y tanta bendición, que su corazón, por así decir, se enciende por el amor de Cristo; ya no desea vivir para sí, sino para Cristo, quien murió por él. Le da el deseo de caminar con amor hacia Cristo, quien lo ama y se entregó por él como sacrificio agradable a Dios. Su oración es ser conformado, cada vez más, a la muerte de Cristo y poder ofrecerse con gozo como un sacrificio de gratitud.

En la cruz de Cristo, ve un ejemplo glorioso de paciencia, humildad y voluntad en el sufrimiento. Esto lo insta a orar por sus enemigos y a correr con paciencia la carrera que tiene por delante, con los ojos puestos en Jesús, el Autor y Consumador de su fe, quien por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz menospreciando el oprobio (He. 12:1-2).

En suma: En la cruz de Cristo encuentra su única gloria porque en aquella cruz y por la fuerza de Cristo, quien sufrió en ella, el mundo fue crucificado para él y para el mundo. Ese es su testimonio.

B. Pablo lo considera un fruto de la muerte de Cristo en la cruz cuando dice: “Por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Permítanme ahora dirigir brevemente su atención a 1. Lo que testifica acerca de su lugar en el mundo y 2. La razón por la cual está en ese lugar.

**1.**En las palabras de nuestro texto, habla del “mundo”_._No se trata del mundo que comprendemos, fue constituido por la Palabra de Dios (He. 11:3); no ese mundo grandioso que constituyen la tierra, el cielo y los planetas. El Apóstol se refiere, en cambio, al mundo de deseos pecaminosos, al mundo que yace en iniquidad, a las personas mundanas que son del mundo y encuentran todo su placer, fortuna, satisfacción y felicidad en las cosas del mundo. Ese mundo, dice el Apóstol, le es crucificado a él y él a ese mundo.

a. _Primero dice “el_mundo me es crucificado a mí”. Es fácil comprender que ésta es una figura retórica que no debe ser interpretada literalmente. Quiere decir que el mundo con sus deseos pecaminosos y placeres, que tiene tanto atractivo para los de mente mundana, le ha sido, por así decir, crucificado a él; de hecho, muerto en lo que respecta a serle atractivo. Que toda sabiduría mundana es sin valor para él, que todo bajo el sol es aflicción de espíritu y vanidad (Ec. 1:14). Que el honor y la estima de los que antes disfrutaba y los placeres y goces en que antes se deleitaba, le eran ahora desagradables, les tenía aversión, como se tiene aversión a algo muerto.

b. Segundo, el mundo que yace en iniquidad ha sido crucificado para él. Consideraba detestables a las personas mundanas que se deleitaban en las cosas del mundo. Mostraba su aversión por ellas y sus obras, apartándose de ellas como lo haría de un cuerpo que ha sido crucificado.

c. Tercero, el mundo religioso que antes conocía y en el que había ocupado un lugar de honor tan prominente, el mundo de la religión legalista en la que creía haber logrado su salvación. También ese mundo ha sido crucificado para él, había muerto para él, y ahora consideraba todo como pérdida y estiércol con tal de ganar la excelencia del conocimiento de Cristo crucificado.

**2.**Además, Pablo dice que él está crucificado para el mundo. Dice, no sólo que ese mundo para él está crucificado, sino también que él está crucificado para ese mundo. Con esto quiere decir que esas personas mundanas que servían al mundo y buscaban en él sus placeres, junto con los que enseñaban que la salvación era por las obras de la Ley, a él lo consideraban como alguien con quien no se podían asociar, como alguien a quienes ellos, en su corazón, habían condenado a muerte en la cruz, como alguien muerto para ellos…

3. Por último, encuentra en la cruz de Cristo su única gloria.Presenta esa cruz a los pecadores culpables y merecedores del infierno como el único camino de salvación. Con razón Pablo, viendo tanto valor en la cruz, dice que todo lo demás ha muerto para él. Y con razón, los siervos del mundo y de religiones falsas, lo consideraban muerto para ellos. Protestaba en su predicación contra todo lo que ellos consideraban de gran valor y proclamaba como de valor todo lo que ellos aborrecían.

II. CÓMO ESTAS PALABRAS COINCIDEN CON EL PROPÓSITO DE PABLO: Habiendo explicado el significado de las palabras del texto, muy brevemente… mostremos cómo estas palabras coinciden con el propósito que Pablo tiene en mente. Podemos, por así decir, oír a Pablo decir:

Sean ustedes los jueces, oh gálatas creyentes, entre _mi_gloriarme y el de los predicadores hipócritas de la Ley. Ellos, bajo un manto de aparente santidad, les insisten en guardar la Ley para justicia, no se preocupan por el bienestar y la salvación eterna de ustedes. ¿Cómo pueden hacerlo? Ellos mismos, aunque circuncidados de acuerdo con la Ley, no pueden guardar la Ley y, mucho menos, las obras de la Ley no los pueden justificar a ellos. Sin embargo, ponen cargas sobre ustedes que ellos mismos no pueden cargar. ¿Qué beneficio les puede dar esto a ustedes? ¿Cómo les benefician sus enseñanzas? Nadie es justificado por las obras de la Ley. Es evidente que buscan tranquilidad y descanso para sí mismos, buscan su propia gloria.

Buscan su propia tranquilidad y descanso, evitando así ser perseguidos por la cruz de Cristo, para no ser molestados en su vida de tranquilidad y silencioso contentamiento en medio del mundo.

Buscan su propia gloria en su predicación de la Ley. Esperan convencerlos y convertirlos a ustedes a su doctrina y luego, señalarles como la corona de gloria de sus esfuerzos. Tendrían entonces, la gloria de convertirlos a ustedes, que son gentiles, a su religión judía. Esto es prueba de que son maestros falsos porque, aunque enseñan que Jesús de Nazaret es ciertamente el Mesías prometido, enseñan también que si se circuncidan y guardan la Ley, los hombres pueden tener parte y porción en Él. Esto es negar la cruz de Cristo y su satisfacción completa de las demandas de la justicia de Dios. Resulta claro que no buscaban honrar a Dios ni a su Hijo, sino que buscaban su propia gloria.

Pero en cuanto a mí, no permita Dios que me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo. En esa cruz, todas las virtudes y perfecciones de Dios son restauradas en toda su plenitud. En esa cruz, veo cómo ese Dios justo y santo puede mostrar misericordia a un vil y miserable pecador. En esa cruz, veo el cumplimiento de todas las profecías y la realidad a la que todo el Antiguo Testamento apunta. En esa cruz, veo que lo escrito en mi contra ha sido borrado por el cumplimiento de una justicia eterna para mí y todos los escogidos, y a los escogidos de Dios reconciliados con Él. En esa cruz, encuentro mi consuelo, mi fortaleza y mi salvación. En esto anhelo gloriarme con todo mi ser y junto con ustedes, oh gálatas creyentes, por haber recibido los frutos benditos de la cruz de Cristo que son de tanto valor para los pecadores indignos y merecedores del infierno.

De esta posición, no me moverán ni calumnias ni persecución. Dejemos que los enemigos de la cruz calumnien todo lo que quieran; dejemos que me traten como polvo bajo sus pies, como alguien indigno de vivir; dejemos que hagan lo que quieran; no podrán por esos medios taparme la boca ni impedir que me gloríe en la cruz de mi Señor Jesucristo. Y ésta es mi oración a Dios: Que en el momento de mi muerte, pueda yo recibir gracia y tener la habilidad de exclamar, aun con mis labios moribundos: ‘lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo’.

III. APLICACIÓN:

A. Para quienes la cruz no es su gloria. Qué privilegiados serían todos los que se denominan cristianos, si pudieran decir con sinceridad: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Pero, ¡ay, cuán pocos son aquellos cuya única gloria es la cruz de Cristo!

Ciertamente, no es la gloria de ustedes para quienes la cruz es piedra de tropiezo y locura. Por cierto, no lo es para ustedes los que se burlan, desprecian y maltratan a los que se glorían en ella. Por cierto, no para ustedes que se glorían en su abolengo, su sabiduría, su poder, sus riquezas, su honra, su gloria y en otras cosas del mundo. Por cierto, no de ustedes, cuya gloria es cometer pecados, servir a sus lascivias y vivir en conformidad con el mundo. Por cierto, no de ustedes los que se glorían en su vida buena y decente, y en la práctica fiel a su religión externa. Por cierto, no de ustedes que entienden algo de la cruz de Cristo, ustedes que con entusiasmo y palabras apropiadas hablan de la cruz más y mejor que muchos otros, pero que no tienen conocimiento de ella como el único medio de salvación [y] que nunca la han abrazado como creencia.

**1)**Algunas preguntas. Sé muy bien que estas palabras harán que se alarmen. Pero esperen un momento, sean sinceros, dejen que su conciencia conteste las preguntas. A cada uno le pregunto:

¿Alguna vez has aprendido a reconocer, por iluminación divina, lo miserable de tu estado y condición por naturaleza? ¿Has sido alguna vez consciente de que caíste en Adán, de que eres una criatura perdida que, como todo el mundo, eres culpable delante de Dios?

De hecho, ¿has sentido, realmente alguna vez, lo grande que son tus pecados y tu desgracia? ¿Has sentido alguna vez, la terrible carga de tu pecado? ¿Alguna vez te has golpeado el pecho diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13)?

¿Alguna vez has aborrecido, verdaderamente, tu propia justicia y, como pecador digno de la muerte, recurrido a Cristo y buscado refugio en su muerte expiatoria? ¿Has, como un pecador según tu propia estimación, buscado ser justificado por la gracia de Dios? ¿Has abrazado la cruz de Cristo con los brazos de la fe?

¿Has tenido la experiencia de la reconciliación con Dios por medio de la cruz? ¿Has recibido el espíritu de adopción por lo que puedes decir: ¡Abba, Padre! (Ro. 8:15)?

Si no has vivido ninguna de estas experiencias, ¿qué valor tiene la cruz de Cristo para ti? ¿Qué puedes ver en ella que te cause glorificarte en ella?

**2)**Si no pueden gloriarse en la cruz de Cristo_,_entonces están sin Cristo, quien es la única gloria del pobre y miserable pecador, entonces no tienen participación en ninguno de los dones de salvación que Él mereció en la cruz. Entonces, se encuentran todavía bajo la ira de Dios, bajo el poder de Satanás y temiendo la muerte.

Si permanecen en este estado inconverso, entonces para su desgracia, se encontrarán que a la hora de la muerte, al acercarse el rey del terror, toda la gloria de ustedes se desvanece como humo. Morirán sin consuelo, apartados de Cristo, cuya cruz despreciaron y cuya salvación descuidaron.

¡Oh, si hicieran caso a esta advertencia! ¡Todavía están a tiempo! ¡La puerta de gracia sigue abierta! ¡La cruz de Cristo como único medio de salvación sigue siendo proclamada en el evangelio! ¿Seguirán despreciándola? ¿Seguirán gloriándose y confiando en esas cosas en que su alma inmortal no se puede gloriar, en las que nunca encontrarán descanso? Por lo tanto, sea su oración que Dios les haga conocer su verdadera condición. En la respuesta a esa oración verán más razón para entristecerse que para gloriarse. Será entonces cuando la cruz de Cristo será más preciosa y necesaria para ustedes.

B. En cuanto a ustedes, pueblo de Dios, aunque son despreciados por el mundo, tienen abundantes razones para gloriarse mucho más que ellos. ¿Se jactan de su abolengo? El de ustedes es más noble porque ¡son nacidos de Dios! ¿Se jactan de su posición honorable en el mundo? La de ustedes es mayor: ¡La de ustedes es de sacerdocio real y reinarán eternamente como reyes! ¿Se jacta el mundo de grandes riquezas? Ustedes son más ricos; el tesoro de ustedes está en el cielo, todo es de ustedes; ¡Dios es eternamente su porción! ¿Se jacta el mundo de gran gloria, paz y prosperidad? Ustedes pueden gloriarse en la esperanza de gloria eterna, paz eterna y prosperidad perpetua.

1) Los que se lamentan más que gloriarse**:** Por todo eso, no se avergüencen cuando el mundo los desprecia, en cambio, avergüéncense de que tan pocas veces dejan oír su gloria, que se lamentan más de lo que se glorían. Quizá estén pensando: “Si al menos supiera que tengo una razón auténtica para gloriarme en Cristo y su cruz, por cierto que testificaría sin importarme todas las calumnias que el mundo me lanzara. Pero me encuentro tan cargado bajo el peso de mi pecado, que ni me atrevo a levantar mi vista al cielo. ¿Puedo gloriarme en la cruz de Cristo, yo que no me atrevo a creer que sufrió y murió por mí?”.

Cierto es que no pueden gloriarse en nada aparte de Cristo y su justicia. Aparte de Cristo, no pueden tener paz, ni descanso ni ninguna razón para gloriarse. Aparte de Cristo, Dios es un fuego que consume. Sin embargo, ¿qué los excluye a ustedes? ¡Sólo su corazón incrédulo! ¡Se centran más en lo grande de su pecado que en la justicia perfecta de Cristo! Sus pecados debieran impulsarlos a acercarse a Cristo “a quien Dios puso como propiciación4 por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3:25). ¡No permitan que su pecado, su incredulidad los mantengan apartados de Cristo! Él llama que vengan a él los cansados y cargados, y les promete paz y descanso. Corran, pues, con todos sus pecados, a la cruz de Cristo. Allí verán borrado lo escrito contra ustedes y a Dios satisfecho, y allí, el amor de Cristo causará que su corazón arda tanto de amor que no podrán dejar de gloriarse en la cruz de Cristo.

  1. Y ustedes, quienes por la gracia de Dios han aprendido a gloriarse en la cruz, no se queden en silencio. No se limiten a gloriarse, si no que sea visto en sus acciones y su conversación que, de verdad, todo lo del mundo ha sido crucificado para ustedes y ustedes para el mundo. Oren pidiendo que no sean tentados por nada en el mundo a volver a conformarse a él, sino que sea crucificado cada día más para ustedes en su corazón. No se sorprendan de que el mundo los aborrezca y desprecie. Ésta es la marca que caracteriza a todos los que luchan bajo el estandarte de Cristo, a todos los que están en el camino al cielo. Las Escrituras les dice: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn 16:33). Es un honor y un privilegio ser maltratados en el nombre de Cristo.

Gloríense pues, a pesar del mundo, ¡en la cruz de Cristo! Y el deseo de mi corazón es que cuando estén dando su último aliento, el Señor les conceda fe y capacidad para proclamar la gloria de la gracia inmerecida: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Amén.


Solomon Duytsch (1734-1794): Pastor húngaro; nacido en una familia judía, se convirtió a Cristo y luego fue pastor de una iglesia en Mijdrecht, Holanda; nacido en Temiswar, Hungría.

Footnotes

  1. Martín Lutero (1483-1546) – Monje católico-romano alemán, teólogo, profesor universitario y reformador de la Iglesia, cuyas ideas inspiraron la Reforma Protestante y cambiaron el curso de la civilización de occidental.

  2. Juan Calvino (1509-1564) – Padre de la teología reformada. Durante su ministerio de casi veinticinco años en Génova, Calvino enseñaba teología y predicó un promedio de cinco sermones por semana, además de escribir un comentario sobre casi todos los libros de la Biblia. Nacido en Noyon, Picardía, Francia.

  3. Ver Portavoz de la Gracia N° 15: La obra de Cristo. Disponible en Chapel Library.

  4. Propiciación – La palabra se usa en referencia a la ira o el descontento de Dios. Propiciar es satisfacer la justicia divina y así aplacar su ira. En el uso bíblico del vocablo, la justicia de Dios es satisfecha por el sacrificio propiciatorio (Morton H. Smith, Teología sistemática [Systematic Theology], Tomo 1, 282).