La crucifixión de Jesucristo
F. W. Krummacher (1796-1868)
“Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra”(Habacuc 2:20).
Sean estas palabras del profeta Habacuc, el lenguaje de nuestro corazón al entrar en el Lugar Santísimo de la historia del evangelio.
El más solemne de todos los días en Israel era el gran Día de Expiación1 (Lv. 23:27), el único día en el año cuando el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo del templo. La Ley dictaba que antes de acercarse a ese misterioso santuario, debía quitarse su vestidura costosa y arroparse de pies a cabeza con una ropa simple de lino blanco. Luego, tomaba en su mano la vasija con la sangre sacrificial y, con sobrecogimiento santo, abría el velo a fin de, humilde y devotamente, acercarse al trono de gracia para rociar la sangre expiatoria. No permanecía en el Lugar Santísimo ni un minuto más de lo necesario para cumplir con su ritual sacerdotal. Luego salía y se presentaba al pueblo y, en nombre de Jehová, anunciaba gracia y perdón a cada alma penitente2.
Veremos ahora, éste, muy significativo, acto simbólico, totalmente cumplido en la realidad. El inmaculado Jesús −del cual, por intención divina, todo el sacerdocio del Antiguo Testamento, era una sombra o tipo− se esconde detrás del grueso velo de una creciente humillación y agonía, lleva en sus manos su propia sangre para poder mediar3 ante Dios el Padre. Realiza y cumple todo lo que Moisés incluyó en el servicio figurativo del tabernáculo. Nunca comprenderemos totalmente con nuestro limitado intelecto, la manera precisa cómo esto se cumplió, pero lo cierto es que finalmente, obtuvo Él, nuestra redención eterna.
Volvamos, una vez más, al camino de la cruz y, en espíritu, unámonos a la multitud que avanza hacia el lugar de la crucifixión. Están pasando por los sepulcros rocosos de los reyes de Israel. Los monarcas de antaño yacen en sus celdas, pero el destello del amanecer de su resurrección reluce en sus restos cuando pasa el Príncipe de Vida por allí. La procesión entra al valle de Gehena4, que en su tiempo, cundía del hedor de la sangre de los sacrificios a Moloc. Pero existe un Gehena aún más horroroso y ¿quién de nosotros se hubiera escapado de él si el Cordero de Dios no se hubiera sometido a las aflicciones que ahora lo vemos sufrir?
Arribamos al pie del horroroso monte. Pero antes de escalarlo, echemos una mirada a la multitud detrás de nosotros y veamos si, en medio de todo el odio y rencor que cruje como una flama infernal, podemos descubrir señales de condolencia y verdadera veneración por el Sufriente divino. ¡Y sí! Mis ojos se posan sobre un pequeño grupo que es como una constelación benigna en medio de la oscuridad de la noche. Primero percibimos a la piadosa Salomé, madre de los dos “hijos del trueno”. Anhela ella ser para sus hijos un ejemplo de fidelidad hasta la muerte y sabemos que, tanto Jacobo como Juan, más adelante dieron prueba de ser perfectamente merecedores de tal madre. Cerca de Salomé camina María, pariente cercana de la virgen santa. Ella también tuvo el gran privilegio de ver a sus dos hijos, Jacobo el menor y José, recibidos en la comunión inmediata del gran Maestro. ¡Ah! Por allá camina María Magdalena llorando, ella que había sentido más que ningún otro, el poder de Aquel que vino para destruir las obras del diablo.
Pero, ¿quién es aquella que con pasos vacilantes se reclina sobre el discípulo que Jesús amaba, más abatida que todos los demás, que cubre su rostro desgarrado por el dolor? Es la madre, tratando de sobrellevar su pesada carga, viviendo el cumplimiento de la profecía de Simeón: “Una espada traspasará tu misma alma” (Lc. 2:35). Jamás debe haber tenido ni el más pequeño presentimiento de que se cumpliría de esta manera. Pero ¡levanta tu vista, María! Entrégate con todo tu dolor a los brazos del Padre eterno. ¿Ves a tu Hijo a punto de ser sacrificado? Él también lo ve. El coronado de espinas es Hijo de Él, igual que tuyo. Posa tu vista sobre el discípulo amado quién, también inconsolable, procura ser un apoyo para la profundamente angustiada madre de su Señor. ¡Qué escena! ¡Y qué grato es percibir que el amor por el Varón de Dolores no se ha extinguido totalmente sobre la tierra! Ni se extinguirá jamás, no nos preocupemos por eso. En aquel grupo de afligidos, vemos apenas las primeras germinaciones del despertar divino del futuro reino del Sufriente divino. ¡Estos pocos serán seguidos por una multitud que nadie jamás podrá contar!
Después de esta rápida mirada retrospectiva a los acompañantes del Salvador, volvamos a sumarnos a la multitud. Unos pasos más y llegamos al final del horrible peregrinaje. ¿Dónde nos encontramos ahora? Nos encontramos de pie en la cima del Monte Calvario, Gólgota5; nombre horrendo, el vocablo del punto más trascendental y terrible sobre toda la tierra… El lugar, tan lleno de horrores, se transforma en “el monte de dónde viene nuestro socorro”, cuyos misterios, muchos reyes y profetas querían ver, pero no pudieron. Sí, en este terrible monte nuestros rosales florecerán y brotarán nuestros manantiales de paz y salvación. La columna de nuestro refugio se levanta en esta cumbre. La Betania de nuestro reposo y eterno descanso aparece aquí a nuestra vista. De cierto que los de antaño tenían razón en aseverar que el Monte Calvario formaba el centro de toda la tierra porque es el lugar de reunión donde los redimidos, aunque separados físicamente por tierra y mar, se reúnen en espíritu todos los días para saludar a cada uno con el ósculo santo…
En aquel fatídico monte termina la carrera terrenal del Señor de la gloria. Detengamos en Él nuestra mirada, pues es el único árbol verde, sano y fructífero sobre la tierra, el hacha está puesta a su raíz (Mt. 3:10). ¡Qué testimonio contra el mundo y qué contradicción aniquiladora a todo el que lleva el nombre de Dios y la divina Providencia, si no encontró su solución en el misterio de la expiación representativa! Detengamos en Él nuestra mirada; allí está, cubierto de heridas y vergüenza, apenas reconocible entre los malhechores que lo rodean. Pero tengamos paciencia; dentro de pocos años, la Jerusalén que rechazó glorificarlo, −al Hijo amado del Altísimo, a quien nadie puede agredir sin impunidad−, será un montón de ruinas humeantes… Pero antes de que esto suceda, tiene que ocurrir una catástrofe horrible. La vida del mundo, sólo surge de la muerte del Justo. La hora de su bautismo de sangre ha llegado.
¡Ay! ¡Ay!, ¿qué es lo que está pasando ahora en ese sangriento monte? Cuatro hombres inhumanos, endurecidos y capaces de las peores atrocidades, se acercan al Santo de Israel y primero le ofrecen lo que se acostumbra en las ejecuciones: Una poción estupefaciente de vino y mirra. El Señor rechaza la bebida porque quiere someterse a la voluntad del Padre celestial completamente consciente y beber hasta la última gota de la copa maldita. Los verdugos toman al Cordero de Dios y entre todos dan inicio a su horrible tarea de quitarle la ropa a tirones, rompiéndola con sus manos rudas. Allí está, Aquel cuyas vestiduras fueran la luz y las estrellas del cielo el borde de su manto, cubierto sólo por su sangre y desprovisto de todo lo que lo adornaba, no sólo delante de los hombres, sino también en su carácter como Garante6 ante Dios.
Después de desnudar el cuerpo del Señor y, por dirección divina, lo dejan sólo con su corona de espinas, lo acuestan sobre el madero sobre el cual sangraría. De este modo, sin saberlo, cumplen el momento predicho en el Salmo 22, donde escuchamos que el Mesías dice: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; porque no hay quien ayude” (Sal. 22:11). ¡Qué lecho de muerte para el Rey de reyes! Amigos, cada vez que descansamos sobre cojines de pluma de paz divina o, contentos, nos reunimos para cantar himnos de esperanza, no pensamos que la causa de la felicidad que disfrutamos se debe exclusivamente al hecho de que el Señor de gloria, una vez yació por nosotros sobre el fatal madero.
Observemos sus brazos santos estirados a la fuerza en esa cruz y sus pies uno encima del otro. Así, estaba una vez Isaac sobre el madero en el Monte Moriah. Pero la voz desde el cielo que se oyó y dijo: “No extiendas tu mano sobre el muchacho” (Gn. 22:12), guarda silencio en el Calvario. Los verdugos toman el martillo y los clavos. ¿Pero quién puede tolerar ver lo que posteriormente sucede? Sobre los horribles clavos de la fragua del infierno, pero previstos en el santuario de la eternidad, caen los pesados martillazos hiriendo las manos y los pies del justo Jesús. ¿Los escuchas? Retumban en tu corazón, de tus pecados en un lenguaje horrible y, a la misma vez, de la ira del Dios todopoderoso. ¡Despierta, tú que duermes en pecado, y levántate tú que descansas seguro en tu carnalidad! ¡Cuántos corazones orgullos y soberbios han sido quebrantados en un arrepentimiento beneficioso por esos martillazos! ¿Por qué no se rompe tu corazón también? ¡Comprende que tú diste algunos de esos martillazos, el acto más terrible e impío que el mundo ha cometido también es cargado a tu cuenta!
Observa cómo los clavos lo han traspasado; tanto de las manos como de los pies, borbotea la sangre del Santo. Estos clavos han partido la Roca de la salvación por nosotros para darnos el agua de vida (Éx. 17:6); han privado la zarza celestial del bálsamo para que desprenda su perfume. Sí, han traspasado el edicto contra nosotros y lo han clavado al madero (Co. 2:14) y al herir al Justo, han herido la cabeza de la serpiente antigua (Gn. 3:15).
Nadie se engañe respecto a Aquel que fue clavado en la cruz. Esas manos traspasadas bendicen con más poder que cuando se movían libremente y sin obstáculos. Son las manos de un maravilloso Arquitecto que está edificando la estructura de su Iglesia eterna; sí, son las manos de un Héroe, que le quita al hombre fuerte todo su botín después de haberlo atado (Mt. 12:29). No hay ninguna ayuda o salvación [excepto] de estas manos. Y estos pies que sangran, pisan con más poder que cuando un grillete impedía sus pasos. Nada nace ni florece en el mundo, excepto bajo las huellas de estos pies. Lo peor ha sido cumplido y las palabras proféticas del salmo que dice “horadaron mis manos y mis pies” (Sal. 22:16), se han hecho realidad. El pie de la cruz es luego arrimado al pozo excavado para ella. Hombres fuertes tiran de la soga atada a la parte superior del madero y empiezan a jalar; y la cruz con su víctima, se va levantando a todo lo alto. De esta manera, la tierra rechaza de su faz, al Príncipe de vida, y, según parece, el cielo también lo rechaza.
Pero dejaremos que caiga el telón sobre estos horrores. ¡A Dios gracias! En esa escena de sufrimiento, el Sol de gracia se levanta por sobre el mundo pecador y el León de Judá asciende a la región de los espíritus que tienen el poder del aire a fin de, en un conflicto misterioso, desarmarlos eternamente en nuestro nombre.
Mira qué espectáculo se presenta ahora: Es el momento cuando la cruz es levantada, un flujo carmesí desciende de las heridas del Jesús crucificado. Éste es su legado a su Iglesia. Le agradecemos semejante herencia. Cae sobre desiertos espirituales que entonces florecen como la rosa. La rociamos en los postes de nuestro corazón poniéndonos a salvo de los destructores y los ángeles vengadores (Éx. 12:22-23). Donde esta lluvia cae, brotan los jardines de Dios, los lirios florecen; lo que era negro se transforma en blanco en el flujo purificado, y lo que estaba contaminado se transforma en puro como la luz del sol. No hay ninguna posibilidad de florecer sin ella: nada de crecimiento ni verdor, sino que todo es desolación, aridez y muerte.
Levantada está la misteriosa cruz, una roca contra la cual rompen las propias olas de la maldición. Aquel que, misericordiosamente con su pueblo, dirigió su juicio contra Él mismo, cuelga en medio de profunda oscuridad. Aun así, sigue siendo la Estrella de la Mañana que anuncia al mundo un día de descanso eterno. Aunque rechazado por el cielo y la tierra, es el eslabón que los conecta a ambos como el Mediador de su amistad eterna y renovada. ¡Ah! Sus brazos sangrientos están extendidos. Los extiende para llamar a cada pecador. Sus manos señalan hacia el oriente y el occidente porque juntará a sus hijos de todo el mundo. La parte superior de la cruz va dirigida al cielo y, mucho más allá del mundo, se extenderán sus efectos. El pie está enterrado en la tierra; la cruz se convierte en un árbol maravilloso del cual cosechamos el fruto de una reconciliación eterna.
No hay más requisito que el que Dios nos conceda lágrimas de arrepentimiento y luego, por medio del Espíritu Santo, nos muestre al Salvador sufriendo en la cruz. Entonces, nos libramos de todo cuidado y dolor terrenal, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. Porque fuera de nuestra justificación por Cristo, no existe otro requisito; en la conciencia de nuestra total impotencia, nos tomamos de los cuernos del altar rociado con la sangre “que habla mejor que la de Abel” (He. 12:24). Y el Varón de dolores nos demuestra la plenitud de sus tesoros y nos concede, en una medida sobreabundante, la bendición del patriarca Jacob a su hijo José: “Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores; hasta el término de los collados eternos” (Gn. 49:26).
Allí se enarbola el estandarte del nuevo pacto, el cual, cuando es comprendido, esparce el terror al igual que la delicia, y produce no menos lamentaciones que gozo y regocijo. Sigue enarbolado hoy y lo seguirá estando para siempre. Y donde sea que se levanta, está rodeado de manifestaciones poderosas y efectos milagrosos. ¡Vemos que los campos misioneros se cubren de verdor, en una primavera del Espíritu que se extiende sobre los desiertos de los paganos! Escucha cómo las arpas de paz resuenan desde las islas del mar. ¿Oyes la conmoción en el valle de huesos secos (Ez. 37:4)? La cruz es llevada por toda la tierra y bajo su sombra, la tierra germina y los muertos resucitan.
“Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gá. 2:20) y con estas palabras destaca todo el fruto que la cruz carga para todos los creyentes. Lo que está significando es: “No fue por sus propios pecados que allí carga, sino lo míos, porque el que así expira en la cruz, por mí muere. Cristo paga y sufre en mi lugar”. Pero aquello de lo cual se jacta Pablo, es propiedad de todos nosotros, sí, por los lazos de la fe y el amor, somos uno con el Jesús crucificado. De igual manera, somos exaltados a la comunión con la cruz de Cristo, también en el sentido de que nuestra naturaleza corrupta está condenada a muerte; nuestro viejo hombre con sus afectos y lascivias. Vemos a la cruz del Calvario desplegar su luminosidad plena y dadora de paz. Forma un arco, como el arco iris sobre nuestras tinieblas y nos conduce por una senda de dolor como una columna de fuego. ¡Oh, que su luz serena brille siempre sobre nuestra senda al pasar por el valle de lágrimas y −como árbol de libertad y de vida− arraigue profundamente sus raíces en nuestra alma! ¡Aceptado por fe, caiga el fruto celestial en nuestro regazo, y dé calor y expanda nuestro corazón y mente debajo de su sombra!
Tomado de El Salvador sufriente (The Suffering Savior), Gould and Lincoln, 1857.
Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868): Pastor reformado alemán; nacido en Moers, Alemania.
Cristo crucificado es la suma del evangelio y contiene todas sus riquezas. Pablo estaba tan impactado por Cristo que nada más dulce que Jesús podía salir de su pluma y sus labios. Se ha observado que la palabra Jesús aparece quinientas veces en sus epístolas. —Stephen Charnock
“Dios es amor” (1 Jn. 4:8, 16) son palabras que proclama la cruz con letras de luz viviente. Es cierto que fue una manifestación terrible de justicia, una expresión solemne de santidad, una vindicación dura de la verdad y una demostración sobrecogedora de poder en la cruz de Jesús; pero el amor divino las sobrepasó y las eclipsó a todas. La cruz de Jesús es un retrato de amor, un exponente del amor, el sacrificio de amor; el lugar donde esta planta divina del cielo en el alma del creyente profundiza más su raíz, revela su más rica belleza y aspira su fragancia más dulce. —Octavius Winslow
El lugar del amor para nutrición y crecimiento es a los pies de la Cruz. ¿Dónde debe reposar nuestro corazón amante de Cristo, sino donde sangró el corazón de Cristo? Nuestro corazón no debe sentir ningún imán tan poderoso como la cruz de Jesús, ninguna atracción como la del Crucificado. —Octavius Winslow
Footnotes
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Expiación – Acción de efectuar una reconciliación por medio de pagar la deuda por una ofensa. La palabra se usa en referencia a la culpa del pecado. Expiar es quitar o cubrir la culpa del pecado. ↩
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Penitente – Sentir culpa, con el propósito serio de redimir el pecado de la mala acción. ↩
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Mediar –Ser intermediario; intervenir entre dos partes hostiles con el fin de restaurar una relación a la armonía y unión entre ambas. ↩
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Gehena – Valle cerca de Jerusalén usado para quemar continuamente la basura. Por eso, una figura del infierno. ↩
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Gólgota – Nombre de un cerro en las afueras de Jerusalén donde Jesús fue crucificado; llamado así, aparentemente, porque tenía una forma que parecía una calavera. ↩
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Garante – El que asume la responsabilidad de pagar la deuda de otro. ↩