Los sufrimientos de Cristo profetizados
Jonathan Edwards (1703-1758)
Según las antiguas profecías, los sufrimientos del Mesías iban a ser extremadamente grandes. “Porque mis días se han consumido como humo, y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido, y seco como la hierba, por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelícano del desierto; soy como el búho de las soledades… Por lo cual yo como ceniza a manera de pan, y mi bebida mezclo con lágrimas, a causa de tu enojo y de tu ira; pues me alzaste, y me has arrojado” (Sal. 102:3-6, 9-10). “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto1, se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar… Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan” (Sal. 22:14-15, 17). “Las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta ha enronquecido… El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado” (Sal. 69:1-3, 20). “Le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido… herido fue… molido… Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él y afligido… Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento” (Is. 53:4-7, 10).
Según las antiguas profecías, la mezquindad manifiesta, la humillación, la desgracia y el desprecio de que sería objeto el Mesías, serían sumamente grandes, hasta el extremo, y sus enemigos se burlarían y lo escarnecerían en gran manera. “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza” (Sal. 22:6-7). “Porque por amor de ti he sufrido afrenta; confusión ha cubierto mi rostro… Y vine a serles por proverbio. Hablaban contra mí los que se sentaban a la puerta, y me zaherían en sus canciones los bebedores… Tú sabes mi afrenta, mi confusión y mi oprobio… el escarnio ha quebrantado mi corazón” (Sal. 69:7, 11-12, 19-20). “Soy semejante al pelícano del desierto; soy como el búho de las soledades… cada día me afrentan mis enemigos” (Sal. 102:6, 8). “Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Is. 52:14). “No escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Is. 50:6). El hecho de que Jesús fuera vendido por treinta monedas de plata y el dinero entregado al alfarero, concuerda notablemente con Zacarías 11:12-13.
Se predijo que el Mesías sufriría mucho por la crueldad de los hombres. “Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca como león rapaz y rugiente… Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies” (Sal. 22:12-13, 16). “Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa; se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué… Sácame del lodo, y no sea yo sumergido; sea yo libertado de los que me aborrecen… delante de ti están todos mis adversarios… Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre. Sea su convite delante de ellos por lazo… Porque persiguen al que tú heriste” (Sal. 69:4, 14, 19, 21-22, 26). “Despreciado y desechado de los hombres… [fue] angustiado él y afligido” (Is. 53:3, 7), con el contexto. “Con vara herirán la mejilla al juez de Israel” (Mi. 5:1).
El hecho de que Jesús fuera dejado solo en su sufrimiento, abandonado por todos sus discípulos y por aquellos que poco antes lo admiraban, gritando: “Hosanna”, etc., concuerda con Salmos 22:11: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; porque no hay quien ayude”. “Extraño he sido para mis hermanos… Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé” (Sal. 69:8, 20). “Velo, y soy como el pájaro solitario sobre el tejado” (Sal. 102:7). Estos dos últimos pasajes verificaron, notablemente, el momento de su agonía, cuando velaba y velaba solo, y sus discípulos rehusaron velar con Él para consolarlo una hora y cuando en su gran angustia, acudió a ellos, una y otra vez, buscando ser consolado por su compañía. Mas, cuando buscó a sus discípulos para que se apiadaran de Él, cuando les dijo que su alma estaba “muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:38), no encontró a nadie que se apiadara de Él y buscó consoladores, pero no los encontró.
El hecho de que Jesús fuera rodeado por sus enemigos en sus últimos sufrimientos —[quienes] se ocuparon de vituperarlo, burlarse de Él y afligirlo— concuerda con Salmos 22:12-13, 16: “Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca como león rapaz y rugiente… Porque perros me han rodeado; me han cercado cuadrilla de malignos”. Y el hecho de que lo rodearan personas de diversas naciones —judíos y prosélitos2 de todas partes del mundo, de todas las naciones bajo el cielo, y Herodes y sus ayudantes, paganos, romanos, soldados y sirvientes, probablemente de muchas naciones paganas— concuerda con Salmos 118:10-12: “Todas las naciones me rodearon… Me rodearon; y me asediaron… Me rodearon como abejas”.
Que los sufrimientos de Jesús fueron tales que, de una manera notable, desfiguraron y deformaron su rostro —su semblante fue desfigurado primero con un sudor sangriento, por la saliva de sus enemigos y por las heridas que le infligieron, golpeándole con una vara en la cabeza y derramando su sangre sobre su rostro por la corona de espinas— yo digo que estas cosas concuerdan con Isaías 52:14: “De tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres”. “Confusión ha cubierto mi rostro” (Sal. 69:7). Que Jesús fuera abundantemente escupido por sus enemigos, concuerda con Isaías 50:6: “No escondí mi rostro de injurias y de esputos”. Que los enemigos de Jesús le golpearan y le hirieran en la cabeza y en la cara con un palo y con las manos, concuerda con Isaías 50:6: “Di… mis mejillas a los que me mesaban la barba”. “Con vara herirán en la mejilla al juez de Israel” (Mi. 5:1). Que Jesús fuera azotado, concuerda con Isaías 50:6: “Di mi cuerpo a los heridores”.
Estaba predicho que el Mesías moriría, que moriría de muerte violenta, moriría a manos de sus crueles enemigos y moriría mucho antes de llegar a la edad [promedio] del hombre o en medio de sus días. “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío… Hiere al pastor” (Zac. 13:7)… “Después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías” (Dn. 9:26). “Me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado” (Sal. 22:15-16). “Mis días se han consumido como humo… mis días son como sombra que se va… Él debilitó mi fuerza en el camino; acortó mis días. Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días” (Sal. 102:3, 11, 23-24). Estos pasajes de Salmos 102, muestran que Él iba a morir mucho antes de llegar a la edad del hombre y que iba a morir en la mitad de sus días. Esto se cumplió, exactamente, en Jesús. Y el versículo 8, muestra que su muerte fue por la maldad y crueldad de sus enemigos: “Cada día me afrentan mis enemigos; los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí”.
“Como cordero fue llevado al matadero… Fue cortado de la tierra de los vivientes… Se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte… [puso] su vida en expiación por el pecado… Derramó su vida hasta la muerte” (Is. 53:7-10, 12). “Oh Dios, los soberbios se levantaron contra mí, y conspiración de los violentos ha buscado mi vida” (Sal. 86:14). “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn. 3:15). Las profecías de la resurrección de Cristo de entre los muertos, de las que me ocuparé más adelante, implican que Él debía morir…
Jesús murió por la crueldad de sus hermanos, los judíos. Al ser odiado y perseguido hasta la muerte por la maldad de ellos contra Él, excitada por su celo por Dios —particularmente por su vejación3 [de ellos] por su celo por el honor del templo— y el desprecio de ellos hacia Dios, concuerda con Salmos 69:7-9: “Porque por amor de ti he sufrido afrenta; confusión ha cubierto mi rostro. Extraño he sido para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre. Porque me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí”. Esta profecía tuvo un notable cumplimiento en Jesucristo. Los gobernantes y maestros de… la casa de Dios fueron, prodigiosamente, provocados por las severas reprensiones de Jesús por sus perversos malos manejos en esa… casa de Dios, de la cual, tenían el cuidado y el cargo. Su falsa enseñanza, anulando el mandamiento de Dios por medio de su tradición, corrompiendo la adoración de la casa de Dios; su comportamiento orgulloso en la casa de Dios ocupando los primeros asientos en las sinagogas y colocándose ellos mismos en el lugar de Dios; su deseo de ser llamados “Rabí, Rabí”, injuriando así a Dios, Quien era su único maestro; por cerrar la casa de Dios contra los hombres, sin entrar ellos mismos y estorbando a los que estaban entrando; por unir las largas oraciones en la casa de Dios con las prácticas codiciosas y la extorsión inicua, devorando las casas de las viudas y enseñando a los hombres que si juran por el templo o por el altar, no es nada (Mt. 23); y entrando [Jesús] en el templo poco antes de su crucifixión y echando fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, derribando las mesas de los cambistas y los asientos de los que vendían palomas, acusándolos de hacer del templo una cueva de ladrones. Por estas cosas, se enfurecieron y no se fueron hasta haber impregnado sus manos en su sangre.
La muerte de Cristo [fue] una muerte muy reprochable e ignominiosa. “Porque me consumió el celo de tu casa [o me devoró, acabó conmigo]… y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí… El escarnio ha quebrantado mi corazón” (Sal. 69:9, 20). Esto también puede inferirse de las profecías de la muerte de Cristo que están tan conectadas con las profecías de su extrema ignominia y oprobio (Sal. 22, 102; Is. 53).
Se predijo que el Mesías sería condenado a muerte en un proceso judicial. “Por cárcel y por juicio fue quitado… fue cortado de la tierra de los vivientes” (Is. 53:8). “Hablaban contra mí los que se sentaban a la puerta” (Sal. 69:12). Se predijo que el Mesías sufriría como un malvado, sería condenado a muerte como un vil malhechor y sufriría con los tales. “Por cárcel y por juicio… fue cortado de la tierra de los vivientes… y se dispuso con los impíos su sepultura… fue contado con los pecadores” (Is. 53:8-9, 12). Se predijo que sus enemigos le darían muerte traspasándole sus manos y sus pies. “Y me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies” (Sal. 22:15-16).
El hecho de que los enemigos de Cristo se burlaran de Él mientras estaba bajo sus últimos sufrimientos, insultándole por su pretendido alto favor con Dios, meneando sus cabezas, es el cumplimiento más exacto y maravilloso de Salmos 22:7-8: “Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía”. El hecho de que dieran a Jesús hiel y vinagre cuando estaba sediento concuerda con Salmos 69:21: “Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre”. El hecho de que partieran entre ellos los vestidos de Jesús y echaran suertes sobre su vestidura es un cumplimiento notable de Salmos 22:18: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”. Y lo que hace más notable el cumplimiento de esto es que hubiera una circunstancia tan especial en el vestido de Jesús que propició la ocasión de que se cumplieran ambas cosas: La túnica, el vestido principal, al no tener costuras, de modo que los verdugos no pudieran tener partes iguales, les obligó a echarlo a suertes.
Podemos concluir que, en la muerte de Jesús, hubo un notable cumplimiento de… Salmos 22:14: “Todos mis huesos se descoyuntaron”. Porque Él, teniendo su fuerza sumamente consumida y los tendones excesivamente relajados antes de su crucifixión, debido a su agonía de la noche anterior; su velar toda la noche y ayunar hasta ese momento bajo constantes y crueles sufrimientos; llevando su cruz hasta desplomarse bajo ella y, luego, permanecer colgando por sus manos heridas, soportando todo su peso sobre ellas durante tres horas continuas, consumiendo todo el resto de su fuerza y vida y, poco a poco, relajando y estirando, más y más, los tendones y ligamentos por los cuales los huesos se mantenían unidos, las coyunturas debían, necesariamente, descoyuntarse y los huesos separarse. Se predijo que el Mesías moriría bajo gran dolor y aflicción en su mente, así como dolor físico. “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte” (Sal. 22:14-15). “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado” (Sal. 69:20). “Mi corazón está herido y seco como la hierba” (Sal. 102:4). “Derramó su vida hasta la muerte” (Is. 53:12). Y, en efecto, el tenor general de los Salmos 22 y 69, y de Isaías 53, así lo demuestra.
Es conforme a las profecías que Dios se alejara, notablemente, del Mesías y lo dejara desprovisto de los consuelos de su presencia bajo sus últimos sufrimientos. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo” (Sal. 22:1-2).
Se predijo que habría una mano especial de Dios en los sufrimientos y la muerte del Mesías, y que esos sufrimientos serían fruto de su indignación e ira. “Porque persiguieron al que tú heriste, y cuentan del dolor de los que tú llagaste” (Sal. 69:26). “Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado” (Is. 53:10). “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío… Hiere al pastor” (Zac. 13:7). “Del principal de sus renuevos cortaré un tallo” (Ez. 17:22). “Me has puesto en el polvo de la muerte” (Sal. 22:15). “A causa de tu enojo y de tu ira; pues me alzaste, y me has arrojado. Mis días son como sombra que se va, y me he secado como la hierba” (Sal. 102:10-11).
Era conforme a las profecías que Cristo se mostraría notablemente manso durante sus últimos sufrimientos, y que callaría y hablaría poco en medio de todas las injuriosas acusaciones, vejámenes y crueles oprobios de sus enemigos. “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Is. 53:7). “Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado” (Sal. 22:15-16). Tan irrazonables y crueles eran los que le rodeaban que en vano era que hablara.
Se predijo que el Mesías participaría, activamente, en sus propios sufrimientos y muerte, y que se sometería a ellos voluntariamente. “Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte” (Is. 53:12). “Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Is. 50:6).
Que Jesús, en el tiempo de sus últimos sufrimientos, intercediera ante su Padre por aquellos hombres horriblemente perversos, sus crucificadores —incluso en el mismo momento en que, en el ardor de su crueldad, su maldad sanguinaria y el colmo del desprecio, lo estaban clavando en la cruz y Él suplicaba por ellos, diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34)— fue una maravillosa expresión de la plena y perfecta sumisión, paciencia y obediencia de su alma bajo los sufrimientos puestos ante Él. La gloriosa santidad, gracia y excelencia infinitamente meritoria de ese acto de su alma, al ofrecerse a Sí mismo para morir por los pecadores, fue hecho con perfecto amor, humildad, mansedumbre y amor a Dios y a los pecadores bajo toda la prueba que luego [pasó], tanto por los sufrimientos que soportó como por el pecado de los hombres que, entonces, estaba en su color más negro y en las circunstancias más difíciles. Y fue un maravilloso cumplimiento de lo que dice Isaías 53:12: “Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”. La intercesión de la que allí se habla, parece ser la intercesión que Él hizo en sus últimos sufrimientos porque de eso es de lo que se habla en el contexto y en este versículo. Y se habla de la intercesión aquí mencionada como una circunstancia meritoria y concomitante4 de sus últimos sufrimientos, y una manifestación de su grande y meritoria virtud en el sufrimiento, a causa de la cual, Dios lo recompensaría tan gloriosamente. Todo el versículo dice así: “Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.
Se predijo que, aunque el Mesías muriera bajo circunstancias de gran desprecio como hombre inicuo y malhechor, sin embargo, Dios, en algunas circunstancias de su muerte, se cuidaría de honrarlo como recompensa de su inocencia y méritos, estando, en cierto sentido, con los ricos en su muerte. “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (Is. 53:9). Esto se cumplió, notablemente, cuando José de Arimatea, un hombre rico, se sintió extraordinariamente conmovido para venir con audacia y pedir el cuerpo de Jesús para darle una sepultura muy honorable en su propia tumba nueva. Este hombre rico fue animado así para honrar el cuerpo muerto de Jesús porque, en su propia mente, era consciente de que Él sufrió injustamente y que “nunca hizo maldad” (Is. 53:9). [Jesús no era] culpable de ningún fraude o engaño que le hiciera merecedor de ser castigado así por el magistrado.
Se predijo que el sacrificio del Mesías haría plena satisfacción a la justicia de Dios, de tal manera que haría innecesario cualquier otro sacrificio posterior. “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable… A la mitad de la semana [o en la mitad de la semana] hará cesar el sacrificio y la ofrenda” (Dn. 9:24, 27). Es evidente que en el versículo 24: “Para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable”, son varias expresiones que significan la misma obra gloriosa y maravillosa que se hará… La palabra en el original, traducida “expiar la iniquidad”, es la misma que se usa en la Ley para hacer expiación mediante sacrificio, de modo que las palabras implican que el Mesías ofrecería tal expiación por el pecado que pondría fin o consumaría la transgresión y sellaría el pecado, es decir, que [Él] completaría, totalmente, el asunto de la reconciliación, de manera que no habría más ocasión para ir a hacer la reconciliación u ofrecer ninguna otra expiación por [el pecado]. Así que, por estas expresiones, parece como si los sacrificios por el pecado, desde ese momento en adelante, debieran cesar, al ser hechos cesar por el Mesías. [En] el versículo 27, se dice, expresamente, que deberían [cesar] en ese mismo tiempo del que se habla en este versículo, es decir, en la última mitad de [la] semana de las setenta semanas. Uniendo estas cosas, no podemos entender esas profecías de otro modo que no sea que el Mesías ofrecería un sacrificio tal para expiar el pecado que haría innecesarios todos los demás sacrificios y oblaciones por el pecado y pondría fin a ellos.
Tomado de El cumplimiento de las profecías del Mesías (Fulfillment of the Prophecies of the Messiah), en Documentos de Jonathan Edwards (Jonathan Edwards Documents) (New Haven, CT: The Jonathan Edwards Center at Yale University, 2016).
Jonathan Edwards (1703-1758): Predicador y teólogo congregacional estadounidense; nacido en East Windsor, Colonia de Connecticut, Estados Unidos.
Los tipos del Antiguo Testamento proporcionan pruebas incontrovertibles de que el Evangelio no fue una invención de los tiempos del Nuevo Testamento. Cuando el Salvador resucitado quiso dar a conocer a sus discípulos el significado de su muerte, leemos: “Comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lc. 24:27). Lejos de que el Evangelio de los apóstoles fuera algo (absolutamente) nuevo, cada elemento del mismo fue revelado muchos siglos antes de su nacimiento, no sólo en palabras, sino en representaciones visibles: Hubo tanto una maravillosa anticipación como una preparación para el Evangelio. Así, una contemplación reverente de los tipos, proporciona una bendita confirmación de la fe, pues atestiguan la autoría divina de ambos Testamentos. Además, estimulan la adoración: Incluso cuando conocemos a una persona, disfrutamos contemplando su imagen; así sucede aquí. Es Cristo quien está ante nosotros en ellos. —A. W. Pink
Es bueno ver que la verdadera doctrina en cuanto al Salvador del hombre, no es sólo del Nuevo Testamento, sino de toda la Biblia. De este modo, aparece la unidad de la revelación divina. El testimonio de la profecía se sumará al de los milagros que acompañaron la vida de Jesús y el ministerio de sus seguidores. Se verá que la autoridad de la revelación posterior descansa, no sólo sobre estos milagros, sino también sobre la concordancia de sus enseñanzas con la verdad inspirada ya aceptada por los judíos. —James Petigru Boyce