El Evangelio de la perdición de la serpiente
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).
Les ruego que nunca consideren la historia de la serpiente como una fábula… Hubo una serpiente real, como hubo un paraíso real. Hubo un Adán y una Eva reales, quienes estaban a la cabeza de nuestra raza. Y ellos pecaron, realmente, y nuestra raza está, realmente, caída. Créanlo.
Cuando Satanás —“la serpiente antigua… el diablo y Satanás” (Ap. 20:2), como lo llama el Apocalipsis— decidió tentar a Eva para poder destruir la raza que tanto agradaba a Dios, no podía aparecerse a la mujer como un espíritu. Los espíritus no pueden ser discernidos por el ojo, dado que un espíritu puro es algo que ninguno de los sentidos externos de los seres humanos puede aprehender. Un espíritu inmaterial debe ser invisible; por lo tanto, debe encarnarse de una manera u otra, antes de que pueda ser visto. Que Satanás tiene poder para entrar en los cuerpos vivos es evidente, pues lo hizo en gran escala con respecto a los hombres en los días de Cristo. Él y sus legiones fueron, incluso, obligados a entrar en los cuerpos de los cerdos antes que ser arrojados a las profundidades. Al verse obligado a tener una personificación, el principal espíritu maligno percibió que la serpiente era, en ese momento, la más astuta de todas las criaturas; por lo tanto, entró en la serpiente, sintiendo que estaría más a gusto en ese animal. Desde la serpiente, habló a Eva como si la serpiente misma hubiera hablado. Había una serpiente real y material, pero el espíritu maligno que se conoce como la “serpiente antigua”, estaba allí, poseyendo la serpiente natural con toda su magistral astucia. Cruelmente determinado a llevar a la raza humana al pecado para poder así, arruinarla y triunfar sobre Dios, el ángel caído no dudó en asumir la forma de un reptil.
Observen cuidadosamente que cuando el Señor viene a tratar con la serpiente, no le pregunta acerca de su culpa y la razón de esto. La razón es, tal vez, que la culpa del archienemigo era evidente en sí o, mejor aún, porque el Señor no tenía ningún designio de misericordia para con él. No quiso hacer ningún pacto de gracia para el diablo o sus ángeles… Pronunció una sentencia contra la serpiente, la cual, aunque fue terrible para ella, es muy alentadora para nosotros. Y en la medida en que nuestros primeros padres la comprendieron, debió haber sido un sol de luz para sus almas oscuras y abatidas. Durante muchos años, ésta fue la estrella solitaria de los corazones creyentes: Este evangelio de la perdición de la serpiente. Satanás era su enemigo; les había hecho mal. También era enemigo de Dios, y Dios lucharía contra él y los llamaría a su batalla. Él levantaría a Uno que sufriría, pero que ganaría la victoria —Uno a quien llama la simiente de la mujer—. Por Él, la cabeza de Satanás sería herida y, en ese mismo hecho, la raza humana sería, indeciblemente, bendecida…
Pensemos [pues,] en la guerra incesante con que Dios amenaza a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya”. Contaba con una conquista fácil y, aparentemente, la había obtenido; pero descubriría que su víctima se había convertido en su adversario y, finalmente, en su vencedor. Satanás nunca puede conocer la paz: busca reposo y no lo halla (Mt. 12:43). Cuando habló a aquella mujer con sus astutas palabras de lisonja, pensó que había hecho de ella una amiga. La encantadora criatura en quien Dios había encarnado la perfección de la belleza —¿no la había seducido para que dejara de obedecer al gran Rey? ¿No la había utilizado como instrumento para convertir a su marido en un traidor a su Dios?—. Aquellas dos fueron grandes amigas.
Ella sintió, en el momento en que tomó el fruto, que le debía mucho a la serpiente por haberle dado la gentil insinuación por la cual fue llevada a encontrar la apertura de sus ojos y la elevación de su naturaleza para ser como Dios. ¡Cuán gravemente fue engañada! Tampoco la serpiente se vio favorecida. La alianza se rompió, y el engañador y su víctima quedaron enemistados. Dios declara muy solemnemente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer”. Dios se encargará de que no haya paz. ¡Habrá guerra entre Satanás y la simiente de la mujer, mientras el mundo exista!
A veces, parece que va a haber paz porque el mundo lisonjea a la Iglesia, y la Iglesia trata de conformarse al mundo. Así como antes del diluvio de Noé, los hijos de Dios y las hijas de los hombres se unieron en una alianza impía, una y otra vez, ha habido intentos de tregua. Pero no puede haber paz. Hoy, Satanás tienta a los ministros de Cristo para que suavicen el Evangelio, lo adapten a la época y lo hagan popular; y también se esfuerza por derribar la división entre la Iglesia y el mundo. “Llenen la brecha”, dice. “¡Tápenlo como una vieja cloaca y olviden que alguna vez existió!”. Habla así, como el pecador en Proverbios: “Echa tu suerte entre nosotros; tengamos todos una bolsa” (Pr. 1:14). Pero fíjense en esto, todos vosotros los que me escuchan: Aunque todos los púlpitos fueran capturados y aunque pareciera que los mismos elegidos fueran engañados, Dios no se quedará sin testigo. [Él] encontrará, en algún lugar u otro, algunos elegidos de la simiente de la mujer para continuar la guerra santa hasta el final. Jehová ha puesto su mano sobre su trono y ha jurado tener guerra contra el mal de generación en generación. Vean cómo fue en Israel cuando el sumo sacerdote de Dios, el mismo Elí, fingió no darse cuenta del pecado cuando sus propios hijos, como sacerdotes, cometieron iniquidad a la puerta del tabernáculo y todo Israel fue llevado así, a hacer el mal. ¿Se apagaría la lámpara de la verdad? ¿Sería totalmente aborrecida la adoración del Señor? ¡Oh, no! Un niño pequeño fue llevado por su madre al tabernáculo para ser el siervo del Señor y en él, el Señor encontró un campeón. De noche, llamó Dios a Samuel “y él respondió: Heme aquí” (1 S. 3:4). Este Samuel se presentó ante el Señor y profetizó cosas que hicieron estremecer los oídos de quienes las oían, y el Señor fue grande, de nuevo, en Israel. ¡No tiembles por el arca del Señor! Dios no permitirá que la vieja serpiente extienda su baba sobre todas las cosas. El trono de Satanás siempre tendrá oposición.
Esta enemistad debe ser mantenida por Dios mismo. Él dijo: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya”. ¡Vean aquí la iglesia de Dios anunciada en este versículo! Aquí, no sólo está el Evangelio, sino también la Iglesia. Cristo, la simiente de la mujer, es la Cabeza; y todos los que están en Cristo son su cuerpo. Él y ellos son una simiente. En estas palabras, el Señor estableció la Iglesia que continúa hasta el día de hoy: Una simiente que se opone a Satanás y al mal; una simiente que permanecerá por el poder del Espíritu de Dios, librando una constante guerra contra los poderes del mal. ¿Pertenecemos a esa simiente? En esta simiente, hay un odio profundamente arraigado a todo lo que es falso y malo. Dios se encargará de que esta simiente nunca ceda ante el poder del mal, pues más aún, se mantendrá firme: “Pondré enemistad entre ti y la mujer”. Si hay falsa doctrina, habrá un reformador que proteste. Si existe alguna forma de maldad, habrá un testigo nacido de lo alto para combatirla. Esta simiente es nacida, no de la sangre, ni de la voluntad de la carne, sino del Espíritu de Dios que mora en la verdadera simiente de la mujer; y esta simiente será valerosa para el Señor de los ejércitos hasta que el último enemigo sea destruido (1 Co. 15:26).
¿De qué lado estás esta mañana, amigo mío? Hago la pregunta muy claramente a todos los presentes: ¿Has nacido de lo alto? “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6). Sólo esto último, es la verdadera simiente de la mujer.
Observen que vemos en el texto, el limitado logro de la vieja serpiente. ¿Qué logrará con todos sus ardides? “Le herirás en el calcañar1”. Eso es todo. Ésta es, después de todo, la forma de actuar de la serpiente. Satanás es una “serpiente junto al camino, víbora junto a la senda, que muerde los talones del caballo, y hace caer hacia atrás al jinete” (Gn. 49:17). Si no se atreve a atacarte abiertamente, te atacará por la espalda. Es como una serpiente en la hierba que muerde el talón del viajero. El resultado de los seis mil años de astucia y enemistad de Satanás es que ha herido el talón de su víctima.
Ese talón herido es bastante doloroso. He aquí a nuestro Señor en su naturaleza humana, dolorosamente herido: Fue traicionado, atado, acusado, abofeteado, azotado, escupido. Fue clavado en la cruz. Estuvo colgado allí con sed y fiebre, en la oscuridad y el abandono. Le traspasaron las manos y los pies y, por último, le atravesaron el corazón y, al instante, manó de Él, sangre y agua. Satanás hirió de muerte, el calcañar de la simiente de la mujer. Es un asunto triste; pero cuando nuestro Señor pensó en la resurrección, en la salvación de sus elegidos y en la conquista del mundo, esto le pareció cosa leve porque “sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (He. 12:2).
¡He aquí que la simiente de la mujer incluye, además, a todo el pueblo creyente del Señor! Satanás ha herido su calcañar hasta el límite de su poder. A través de las largas persecuciones, ha estado atacando el calcañar de la Iglesia. El diablo echó a la cárcel a muchos de los santos y, a otros, los hizo torturar por causa de Cristo; pero sus almas no fueron vencidas. Sólo pudo herir su calcañar; su espíritu se elevó fuera de su alcance. Y tú, hoy, cuando seas tentado, probado y abatido, puedes ser consolado porque tu Cabeza no está herida: Jesús reina en el cielo. Las aguas son turbias y cubren el cuerpo; pero nuestra Cabeza está por encima de las olas y el cuerpo está a salvo. Las heridas de la serpiente se quedan en el talón y no se extienden más allá. El sufrimiento de la Iglesia, por grande que sea, no es más que una “leve tribulación momentánea”, indigna de ser comparada con el “cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17). Gracias a Dios, el enemigo sólo puede herir tu talón.
La causa de Dios y de la verdad en el mundo puede, por el poder sutil de Satanás, ser por un tiempo tristemente herida en cuanto al talón de su progreso; ¡pero no puede ser lastimada en el corazón de su verdad! El reino avanza penosamente, a causa del talón herido, pero no fracasa. Incluso cuando cojea, atrapa la presa. Alguna doctrina que, posiblemente, haya sido expuesta de manera dudosa, es estudiada más a fondo, es dada a conocer con más cuidado; así que aun el talón herido, obra para bien. Aunque la iglesia de Dios pueda estar bajo una nube por un tiempo, pronto resplandecerá con mayor esplendor.
“Le herirás en el calcañar”. ¡Haz lo mejor que puedas de esto, Satanás, eso no es mucho! Todo lo que eres en tu mayor esplendor, no es sino ser un mordedor de calcañares y nada más. No se te permite envenenar el calcañar, sino sólo herirlo. Aunque el hombre de Dios cojee por un tiempo y sufra donde han estado los colmillos, sin embargo, apoyándose en su Amado, sale del desierto sin falla. Olvidando las heridas de su calcañar, se regocija en los triunfos de su gloriosa Cabeza…
Hemos señalado el limitado triunfo de Satanás y, ahora, observamos su perdición final. “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza”. He aquí, el fin del gran conflicto. Satanás, quien encabeza los poderes del mal en el mundo, ha de luchar con toda su astucia y fuerza, y ha de tener éxito hasta el punto de herir el calcañar del Campeón contra quien lucha; pero al final, la simiente de la mujer ha de herir su cabeza.
Esto se cumplió cuando el Señor Jesús murió: ¡Al morir, honró la Ley, eliminó el pecado, mató a la muerte y derrotó al infierno! Cuando el gran Sustituto bebió la copa de la ira hasta sus últimas heces2 por cada alma creyente; cuando arrancó la puerta del sepulcro y se la llevó como Sansón se llevó las puertas de Gaza, con sus pilares, su cerrojo y todo (Jue. 16:3); cuando abrió las puertas del cielo y llevó cautiva a la cautividad; entonces, en verdad, la cabeza del dragón fue aplastada. ¿Qué puede hacer ahora Satanás? ¿No está abatido el acusador de los hermanos? Sigue haciendo de las suyas con amargura y malicia; pero Cristo lo ha aplastado. Sí, el mismo Cristo que fue “despreciado y desechado entre los hombres” (Is. 53:3) —el Hombre de la corona de espinas y el semblante desfigurado, el Hombre de los hombros sangrantes, y las manos y los pies traspasados, el Hombre que nació de una virgen, la simiente de la mujer— ha quebrado el poder del enemigo. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Él ha derribado al príncipe de las tinieblas de sus lugares altos! ¿No dijo Él mismo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10:18)? ¡Él ha herido la cabeza de la serpiente!
Esto es hecho también en todos los creyentes y se hará aún más eficazmente. Hermanos, en aquel día en que el Espíritu Santo nos llevó a confiar en el Señor Jesús, nosotros herimos la cabeza de la serpiente. Él había estado acostumbrado a mandar y nosotros a obedecer; así, el pecado tenía dominio sobre nosotros. Pero tan pronto como creímos en Cristo, ese dominio terminó, y Dagón cayó ante el arca del Señor (1 S. 5:2-7). Veo que la serpiente se eleva sobre mí. Esta gran pitón, con las fauces abiertas, se abalanza sobre mí como si fuera a tragarme rápidamente. Pero no tengo miedo. ¡Oh serpiente, en Cristo Jesús, mi Señor, te he herido en la cabeza porque también, yo soy de la simiente de la mujer! La serpiente no puede levantarse contra la simiente elegida. ¿Qué puede hacer con la cabeza aplastada? Sabe que Dios ha decretado que todo creyente triunfe sobre ella. Está escrito: “El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (Ro. 16:20). ¡Aleluya una vez más!
Este golpe en la cabeza del maligno es un golpe mortal. Si hubiera sido herido en la cola o en el cuello, podría haber sobrevivido; pero el Señor matará por completo el reino del mal y aplastará su poder. ¡Cesará el reino del mal y reinará la gracia por medio de la justicia hasta la vida eterna! Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que morará la justicia. Cristo mismo, la simiente de la mujer, vendrá por segunda vez y reinará, gloriosamente, sobre la tierra entre sus antepasados. Entonces, cabalgará prósperamente a causa de la verdad y la justicia, y su diestra exaltará a su pueblo. Su pie hollará al enemigo. ¡Que tú y yo estemos entre la feliz multitud que salude a la simiente de la mujer en su segundo advenimiento! ¡Que podamos reinar con Él en ese día! Por la simiente de la mujer, nos es restaurado el Paraíso y todo el mal de la Caída es deshecho; Él restaura lo que no se llevó…
¿Está esto bien para ti? ¿Tienes los ojos puestos en Jesús, la simiente de la mujer? ¿Confías en Él para quebrantar el poder del enemigo? ¿Deseas que el poder del pecado sea quebrantado en ti? ¿Ansías que la cabeza misma del pecado sea hecha polvo? ¿Anhelas ser libre del pecado y ser santo como Dios es santo? ¿Estás confiando en Jesús para que esto mismo ocurra en ti? ¡Oh! entonces estás del lado de los vencedores. La victoria será tuya a través de la sangre del Cordero.
De esta manera, hemos hallado mucho Evangelio ⦋es decir, a Cristo⦌ en la maravillosa sentencia pronunciada sobre esa vieja serpiente, el diablo; pero sólo hemos rozado la superficie. Al Dios eterno sea la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
Tomado de un sermón predicado en la mañana del Día del Señor, 21 de septiembre de 1890, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.