Cristo y su Evangelio

James Durham (1622-1658)

“¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” (Isaías 53:1).

Esperamos que no sea necesario insistir en explicar el alcance de este capítulo ni en aclarar a quién se refiere y de quién está hablando el profeta. El eunuco lo preguntó una vez cuando estaba leyendo este capítulo: “¿De quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?” (Hch. 8:34). Y es tan claramente contestado por Felipe que, a partir de estas palabras, comenzó y le predicó de Jesucristo, por lo cual, no tiene por qué haber duda de ello ahora. Para los cristianos, estos dos pueden poner fuera de duda que Jesucristo y la sustancia del Evangelio se compendian1 y resumen aquí.

  1. Si comparamos el texto de este capítulo con lo que está en los cuatro evangelistas2, lo veremos tan completo y, a menudo, tan literalmente hecho de Cristo que, si alguien leyera este capítulo y lo comparara con ellos, encontraría que los evangelistas hacen comentarios de él y lo exponen más plenamente.

  2. Que no hay ninguna Escritura en el Antiguo Testamento que con tanta frecuencia y tan convincentemente, sea aplicada a Cristo como ésta, habiendo apenas un versículo o al menos no muchos, que los evangelistas o los apóstoles utilicen para [presentar] a Cristo.

Si nos fijamos pues, la totalidad de las palabras de este capítulo recogen la suma y la sustancia del Evangelio. Incluyen estas dos cosas: 1. La correcta descripción y manifestación de Jesucristo; y 2. El despliegue y la apertura del Pacto de Redención3. Donde están estos dos, allí está la suma del Evangelio; estos dos están aquí, por lo tanto, la suma del Evangelio está aquí.

En primer lugar, se describe a Jesucristo. 1. En su persona y naturalezas como Dios, siendo eterno; como hombre, estando bajo sufrimiento. 2. En todos sus oficios como sacerdote, ofreciéndose a Sí mismo como sacrificio para satisfacer la justicia; como profeta, revelando su conocimiento para la justificación de muchos; y como rey, dividiendo el botín con los fuertes. 3. En su humillación, en la causa de ella, en el fin de ella, en el sujeto de ella, en la naturaleza y origen de todo: El beneplácito de Dios. 4. Y en su exaltación y el resultado4 prometido a Él en retribución por todos sus sufrimientos y humillación.

En segundo lugar, aquí se describe y establece el Pacto de Redención. 1. En las partes del mismo: Dios [el Padre] y el Mediador. 2. En cuanto al asunto sobre el que trataba: La simiente que fue entregada a Cristo y todos aquellos cuyas iniquidades recayeron sobre Él. 3. En cuanto a los compromisos mutuos de ambas partes: El Hijo se compromete a hacer de su alma una ofrenda por el pecado; el Padre promete que la eficacia5 de su satisfacción será imputada y aplicada para la justificación de los pecadores; y los términos sobre los cuales o la forma en que se produce esta imputación y aplicación, se lleva a cabo, a saber, “por su conocimiento”6 (Is. 53:11). Todo esto se expone aquí, claramente.

Esto es sólo un toque de la excelencia de esta Escritura y de los materiales (por decirlo así) en ella, como abarcando la sustancia y médula del Evangelio. No seremos minuciosos al dividir el capítulo, considerando que estas cosas que hemos sugerido, están entretejidas en él.

El primer versículo es una breve introducción que nos conduce a lo que sigue. El profeta ha estado hablando en el capítulo anterior de Cristo como Siervo de Dios, [Quien] debía ser ensalzado y puesto muy en alto; y antes de proceder, más particularmente, a develar este misterio del Evangelio, exclama a modo de lamento: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?”. “¡Ay!”, dirá, “estas buenas nuevas que llevamos, pocos las tomarán de nuestra mano7, tal es la despreocupación del hombre, sí, la malicia y la obstinación8, que las rechazan”. “¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” señala la necesidad de que el poder de Dios acompañe a la predicación e, incluso, a las ordenanzas más vivas para hacerlas eficaces. ¡Cuán pocos son aquellos a quienes el poder de Dios cautiva a la obediencia de esta verdad!

Para la primera parte de este versículo: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio?”. A fin de ampliarlo un poco, tomemos estas cuatro o cinco consideraciones, antes de llegar a las doctrinas.

  1. Considera primero, el tema de este anuncio en referencia a su alcance: No es cualquier anuncio, sino un anuncio de Cristo y del Pacto de Redención y de gracia. En el original es: “Quien ha creído a nuestro escuchar”, activamente; es decir, “lo que hemos propuesto que se escuche”. Y la palabra se convierte en noticias [en] Daniel 11:44, y en rumor [en] Jeremías 51:46. Es la noticia y el rumor de un Mediador sufriente, interponiéndose Él mismo entre Dios y los pecadores. Es posible que se mencione el escuchar para señalar la confianza que tenía el profeta al comunicar esta noticia. Primero la escuchó de Dios y en eso fue pasivo; y luego, activamente, la propuso al pueblo para que la escuchara.

  2. Considera que el profeta habla de este anuncio, no como en su propia persona solamente, sino como en la persona de todos los que, alguna vez, predicaron o predicarían este Evangelio. Por lo tanto, este anuncio no es particular de Isaías, sino que es nuestro anuncio, el anuncio de los profetas anteriores y de los siguientes después de él, y de los apóstoles y ministros del Evangelio.

  3. Considera que Isaías habla de este anuncio, no sólo con respecto a lo que él se encontró en su propio tiempo, sino como previendo lo que sería el comportamiento de la gente en referencia a ello, en los tiempos posteriores. Por lo tanto, se argumenta que este mismo pasaje, da una razón de la incredulidad de los judíos (Jn. 12:38; Ro. 10:16) porque Isaías lo predijo mucho antes.

  4. Considera que cuando se queja de la falta de fe en el anuncio y las noticias del Evangelio, no se refiere a la falta de fe histórica como si el pueblo no quisiera escuchar a Cristo para nada, sino a la falta de fe salvadora. Por eso se dice: “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él” (Jn. 12:37); y se adjunta esta Escritura profética como razón de ello: “Para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?” (Jn. 12:38), aplicando el creer del que aquí se habla, a esa fe salvadora por la que la gente cree y descansa en Jesucristo.

Considera que, aunque no se nombra expresamente a quién se queja el profeta, no hay duda de que es a Dios. Por eso, [en] Juan 12:38 y Romanos 10:16, cuando se cita esta Escritura, se dice: “Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio?”. Por lo tanto, es la queja del profeta por el poco fruto que [él] tenía y que los ministros del Evangelio tenían en la predicación del Evangelio —lamentándose y quejándose de ello a Dios como un asunto doloroso— que, llegando a tantos, y que tan pocos obtengan provecho de él, que tan pocos sean llevados a creer y a ser salvos por él.

Aunque estas palabras son pocas, contienen cuatro grandes cosas, las cuales reduciremos para hablar, más claramente, sobre ellas: (1) Que el gran tema de la predicación y la gran misión del predicador, es anunciar acerca de Jesucristo para traer noticias acerca de Él. (2) Que el gran deber (implícito) de los oyentes, es creer este anuncio y, en virtud de él, ser traídos a descansar y confiar en Jesucristo. (3) Que la incredulidad es el gran pecado, aunque habitual, de la mayoría de los oyentes del Evangelio. “¿Quién ha creído?”. Es decir, son pocos los que han creído; es cosa rara ver a alguien que crea a este anuncio. (4) Que la gran queja, el peso y el dolor de un ministro honesto del Evangelio es ésta: Que su mensaje no es tomado de su mano, que Cristo no es recibido, creído y no se descansa en Él. Éste es el gran desafío que los ministros tienen contra la mayoría de la gente y el motivo de su queja a Dios: Cualquier cosa que anuncien acerca de Cristo, Él no es bien recibido, su Reino no prospera.

Para hablar de lo primero, considerando las palabras con respecto al alcance, extraeremos de ellas cinco o seis doctrinas.

Doctrina uno: La primera de las cuales es más general: Que revelar a Cristo Jesús y darlo a conocer es la noticia más grandiosa, la nueva más alegre y el más excelente anuncio que jamás haya llegado o pueda llegar a un pueblo. No hay nada semejante que se les pueda decir, no hay noticias semejantes que puedan oír; éste es el anuncio del que habla el profeta a modo de eminencia, un anuncio por encima y más allá de todos los demás anuncios. ¡Es noticia digna de que la lleven los ángeles! “He aquí”, dice uno de ellos: “Os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo” (Lc. 2:10). ¿Y a qué se refieren estas noticias precedidas de un he aquí? ¡“…que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc. 2:11)! Estas son las buenas noticias de que Jesucristo ha venido y de que Él es el Salvador por excelencia. No insistiremos en esto; sólo (1) encontraremos una pequeña visión de este tema en las siguientes palabras que, claramente, presentan a Cristo —Dios y hombre en una persona— tan completamente calificado y excelentemente [equipado] para sus oficios. (2) También está claro, si consideramos los excelentes efectos que vienen por estar tan [equipado], tales como satisfacer la justicia, liberar a los cautivos, triunfar sobre principados y potestades, destruir las obras del diablo, etc. No se puede hablar de obras o efectos más excelentes. (3) Es claro que si miramos a Aquel de quien proviene este anuncio y en cuyo seno se gestó esta noticia (si se nos permite hablar así), son el resultado del consejo de la Divinidad. Por lo tanto, así como el anuncio aquí se hace en nombre del Señor, así también se eleva la queja a Él cuando no es tomado de la mano del profeta9. (4) Y es claro, si nos fijamos en lo misterioso de estas noticias, que los ángeles nunca podrían haberlas concebido, si no hubiera llegado este anuncio. Estas cosas dicen que son grandes, gloriosas y buenas noticias —alegres nuevas como se dice al final del capítulo anterior—. Verán lo que nunca les fue contado y entenderán lo que jamás habían oído.

Aplicación 1: La primera aplicación es hacer que nuestros corazones amen el Evangelio y aumentar nuestra estimación por él. La gente tiene “comezón de oír” las novedades… Pero ¿hay alguna noticia con tantos beneficios como [el Evangelio]? Cuando Dios envía noticias a los hombres, ¡deben ser grandes noticias! Y así es, en efecto.

Aplicación 2: Por lo tanto, teme tener aversión a las verdades claras y sustanciales del Evangelio. Si nunca las hubiera escuchado antes, probablemente, algún ateniense estaría ansioso por escucharlas y hablar de ellas (Hch. 17:21); pero no por escucharlas y hablar de ellas con frecuencia, se debe pensar menos en ellas.

Aplicación 3: Por tanto, piensa más en el Evangelio, puesto que contiene la sustancia de estas buenas nuevas y alegres noticias; y piensa más en las ordenanzas del Evangelio, por medio de las cuales, estas buenas nuevas se publican y se te hacen plenas con frecuencia.

Doctrina dos: Observa, más particularmente, que Jesucristo y lo que le concierne (las buenas y gozosas nuevas de un Salvador y su anuncio de ellas) es la obra muy propia de un ministro y el gran tema de la predicación de un ministro. Su obra propia es dar a conocer a Cristo. O tomémoslo así: Cristo es el tema original sobre el que debe desarrollarse toda predicación. Éste es el anuncio del que habla aquí el profeta y, en efecto, así fue para Juan y los otros Apóstoles, y así debe ser para todos los ministros. Cristo Jesús y lo que concierne a su Persona, naturalezas y oficios; conocerle y darle a conocer en sus oficios de Sacerdote, Profeta y Rey: Sacerdote en su sufrimiento y satisfacción de la justicia; Profeta en la revelación de la voluntad de Dios; Rey para subyugar las concupiscencias y corrupciones de la gente; y conocerle y darle a conocer de la manera por la cual los pecadores —tanto predicadores como oyentes— pueden llegar a tenerle para sí mismos.

Éste, éste es el tema de toda predicación y toda predicación debe ser nivelada en esta marca. Pablo es perentorio10 en esto. “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1 Co. 2:2), como si hubiera dicho: “No me ocuparé de otra cosa, sino que me dedicaré a esto”. No sólo se abstendrá de inmiscuirse en ocupaciones civiles, sino que dejará a un lado su erudición, elocuencia y sabiduría humana, y hará de la predicación de Cristo crucificado su gran obra y estudio.

La razón de esto es que Cristo está en una cuádruple relación con la predicación. (1) Toda predicación consiste en explicarlo a Él: “De este dan testimonio todos los profetas” (Hch. 10:43). Y lo mismo hacen los cuatro evangelios y las epístolas apostólicas, que son como otras tantas predicaciones de Él; y aquella predicación que no está en relación con Él, está fuera del texto y de la marca11.

(2) Él es presentado como el fundamento y la base de la predicación, de modo que la predicación sin Él [carece] de fundamento y es como construir, por así decirlo, un castillo en el aire. “Yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Co. 3:10-11) —dando a entender que toda predicación debe estar enmarcada y en consonancia con este fundamento—.

(3) Él se levanta como el gran fin de la predicación, no sólo para que los oyentes lo conozcan en sus juicios, sino para que lo tengan en alto en sus corazones y afectos. “No nos predicamos a nosotros mismos” (2 Co. 4:5), es decir, no sólo no nos predicamos a nosotros mismos como el tema, sino que no nos predicamos a nosotros mismos como el fin de nuestra predicación; nuestro objetivo no es ser grandes ni muy respetados, sino que nuestro fin en la predicación es engrandecer a Cristo.

(4) Él está en relación con la predicación, dado que Él es el poder y la vida de la predicación, sin Quien ninguna predicación puede ser eficaz, ni ningún alma puede ser cautivada y llevada a Él. Por eso dice Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero [no pueden soportar oírle], y para los gentiles locura; mas para los llamados… Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co. 1:23-24).

Tomado de Colección de sermones de James Durham: Cristo Crucificado: La médula del Evangelio en 72 sermones sobre Isaías 53 (Collected Sermons of James Durham: Christ Crucified: The Marrow of the Gospel in 72 Sermons on Isaiah 53), Vol. 2, ed. Coldwell (Dallas, TX; Grand Rapids, MI: Naphtali Press; Reformation Heritage Books, 2017), 83-87; usado con permiso.


James Durham (1622-1658): Influyente pactante escocés y ministro presbiteriano; nació y murió en Escocia, Reino Unido.

Footnotes

  1. Compendio – Breve narración.

  2. Cuatro evangelistas – Mateo, Marcos, Lucas y Juan y sus Evangelios.

  3. Pacto de Redención – Acuerdo entre los miembros de la Divinidad, especialmente, entre el Padre y el Hijo, sobre el plan de redención: Dios Padre propuso 1) El cumplimiento de la salvación a través de la Persona y obra de Dios Hijo y 2) la aplicación de la salvación a través del poder regenerador del Espíritu.

  4. Resultado – Retribución, en este contexto, la herencia prometida a Cristo por su obediencia (Ef. 1:22; He. 2:7-8; Fil. 2:5-11).

  5. Eficacia – Poder para producir un efecto deseado.

  6. Por su conocimiento – Por el conocimiento de Cristo y de su obra en el Evangelio, los pecadores creen para vida eterna.

  7. Pocos… nuestra mano – Pocos las tomarán con confianza como de nuestra autoridad y creerán en las buenas nuevas de Cristo.

  8. Obstinación – Estado de negarse tercamente a cambiar la opinión o el curso de acción.

  9. No es tomado… de la mano – No creído, aunque entregado con autoridad por el profeta.

  10. Perentorio – Determinado, asertivo, concluyente, categórico.

  11. Fuera del texto y de la marca – En desacuerdo con el texto y la autenticidad.