Cristo en los Salmos
William S. Plumer (1802-1880)
El asunto de mayor peso en la controversia respecto a la interpretación de los Salmos, se refiere a su aplicación a Cristo. ¿Hasta qué punto son mesiánicos? ¿Tiene alguna parte de ellos, una aplicación primaria a David o a Salomón y una referencia secundaria a Cristo? ¿Eran estos reyes tipos del Salvador? Si es así, ¿hasta qué punto podemos considerarlos como tipos? En este asunto, puede haber habido temeridad e insensatez por ambas partes. Una fantasía desenfrenada puede encontrar supuestas analogías donde no se pretendía sugerir ninguna. Y una mente fría y crítica puede rechazar los tipos más sorprendentes. Decir que nada en el Antiguo Testamento es un tipo de Cristo, a menos que en el Nuevo Testamento se declare expresamente que lo es, es tan contrario a la razón como decir que ninguna profecía del Antiguo Testamento se refiere a Cristo, a menos que se cite como tal en el Nuevo. Toda la antigua dispensación estaba llena de figuras. Así lo enseña Pablo en Hebreos 10:1. Por otra parte, los hombres fantasiosos pervierten cualquier cosa. Al explicar la Palabra de Dios, debemos actuar con sobriedad. La Escritura pide a los hombres que usen el sentido común. Si carecen de él, errarán cualesquiera que sean las reglas de interpretación que adopten. Deben probar todas las cosas.
Se ha dicho a menudo que Cocceius1 llevó al extremo la interpretación tipológica, encontrando a Cristo en todas partes. Tanto Cristo como sus Apóstoles, enseñaron que el Antiguo Testamento estaba repleto del Mesías y su Reino. Véase Lucas 24:44 y Hechos 3:24. Estos pasajes son apoyados por Lucas 24:27, 2 Timoteo 3:15 y muchos otros. Por lo tanto, si Cocceius encontró a Cristo “en todos los profetas”, hombres inspirados hicieron lo mismo hace miles de años. Puede haber errado en algunos de sus puntos de vista, pero un examen de su obra sobre los Salmos me demuestra que es una guía mucho más segura y sólida que cualquiera de sus traductores. Este gran hombre escribió en una época en que el mundo estaba muy extraviado y, su intento de recordar a la humanidad las verdades sencillas de la Escritura, provocó una violenta oposición que cubrió su nombre con un inmerecido reproche. No estableció ninguna regla de interpretación de los Salmos más exhaustiva que la de Horsley: “No hay una página de este Libro de los Salmos en la que el lector piadoso no encuentre a su Salvador, si lee con la intención de encontrarlo”2. Henry: En el Libro de los Salmos, “hay tanto en él de Cristo y su Evangelio, así como de Dios y su Ley, que ha sido llamado el resumen o sumario de ambos Testamentos… David era un tipo de Cristo, Quien descendió de él, no de Moisés porque [Cristo] vino a remover el sacrificio (la familia de Moisés se perdió y extinguió pronto), y a establecer y perpetuar el gozo y la alabanza porque de la familia de David en Cristo no habría fin”3.
La gran clave para la interpretación de los Salmos con respecto a David y Salomón, se encuentra en 2 Samuel 7, donde Dios da una clara promesa de que la simiente de David reinaría para siempre. En ningún sentido puede cumplirse esa promesa, excepto en Cristo Jesús. El obispo Chandler observa, muy justamente, que “los judíos deben haber entendido que David, su príncipe, era una figura del Mesías… De otro modo, no habrían hecho de sus salmos, una parte de su adoración diaria, ni David los hubiera entregado a la Iglesia para que se emplearan de ese modo, si no fuera para instruirlos y apoyarlos en la creencia de este artículo fundamental. [Si] el Mesías [no estuviera] implicado en los Salmos, [sería] absurdo celebrar dos veces al día, en sus devociones públicas, los acontecimientos de la vida de un hombre, fallecido hace tanto tiempo, que no tiene relación ahora con los judíos y las circunstancias de sus asuntos; o transcribir pasajes enteros de ellos en sus oraciones por la venida del Mesías”4.
Gill dice que “el tema de este libro es sumamente importante y excelente; muchos de los Salmos se refieren a la persona, los oficios y la gracia de Cristo; sus sufrimientos y muerte, resurrección, ascensión y asiento a la diestra de Dios y, por ello, son sumamente adecuados para la dispensación evangélica”5. Dr. J. A. Alexander: “La cadena de promesas mesiánicas que durante siglos se había roto u ocultado bajo el ritual profético, fue ahora renovada por la adición de un nuevo eslabón en la gran promesa mesiánica hecha a David (2 S. 7) de sucesión perpetua en su familia”6.
Al discutir la cuestión de “si todos los Salmos deben aplicarse a Cristo o no”, Scott dice: “Sin duda, toda mente piadosa admitirá que cada uno de ellos apunta inmediatamente a Él en su persona, carácter y oficios; o puede aplicarse de tal manera que conduzca los pensamientos del creyente a Aquel que es el centro de toda religión aceptable”. Leighton: “Hay muchas cosas en los Salmos y otras partes del Antiguo Testamento aplicadas por los Apóstoles a Cristo, que, de no ser por su autoridad, quizá nadie habría considerado que se referían a Él”7.
Por lo tanto, podríamos estar de acuerdo con Morison en que “no percibimos ninguna guía infalible, sino en los comentarios y apropiaciones de Cristo y sus Apóstoles”8 y, sin embargo, con coherencia podríamos decir con él: “No se puede discutir con justicia que muchos de los Salmos tienen un doble sentido”. Y hay mucha verdad en la observación del dr. Allix, de que, “aunque el sentido de cerca de cincuenta salmos esté fijado y establecido por autores divinos… Sin embargo, Cristo y sus Apóstoles no se comprometieron a citar todos los salmos que podían citar, sino sólo a dar una clave a sus oyentes, por la cual pudieran aplicar a los mismos temas, los salmos de la misma composición y expresión”9.
Nada de lo dicho hasta aquí, tenía por objeto oponerse a la regla de interpretación establecida por Melanchthon10 de que siempre debemos buscar el sentido gramatical de la Escritura; ni a la establecida por Hooker11: “Sostengo como una regla más infalible en las exposiciones de la Sagrada Escritura que, cuando una construcción literal se sostiene, la [interpretación] más alejada de la literalidad es, comúnmente, la peor”. Admitamos, pues, en todos los casos, el sentido literal o primario de la Escritura.
Pero esto no debe impedirnos admitir también, en muchos casos, el sentido espiritual o secundario. Una cosa que se dice de David, puede ser, literalmente, verdad en él. Así, tenemos el sentido primario. Pero David era un tipo de Cristo y lo que dice principalmente de sí mismo, puede tener un cumplimiento secundario en Cristo y, así, tenemos el sentido espiritual. Sin admitir esto, ¿cómo es posible aplicar la doctrina de los tipos en las personas al antitipo? Cuando tenemos una figura, lo primero es descubrir el fundamento y el sentido de la figura; lo siguiente es aplicarla al asunto en cuestión.
Esto no es dar una licencia desenfrenada a los caprichos de hombres sin juicio. Vitringa tenía razón cuando condenó lo que, a menudo, ha pasado bajo el calificativo de espiritualizar: “No niego que muchos hombres de facultades no instruidas y de juicio superficial, en casi todas las épocas de la Iglesia, han encomendado a personas como ellos, bajo el nombre de interpretaciones alegóricas de la Escritura, ciertas fantasías débiles y estúpidas en las que no hay unción, juicio ni discernimiento espiritual; [ellos] han buscado esos misterios suyos que brotan de una frígida invención, ya sea en lugares impropios o promiscuamente en todos los lugares, sin ninguna discriminación de circunstancias, sin ningún fundamento en la alegoría o en la verosimilitud12 del lenguaje. Por eso, no me extraña que, a muchas personas sensatas, se les haya ocurrido pensar si no sería mejor abandonar por completo este estudio al uso de los hábiles —sobre el cual, la experiencia nos enseña que las capacidades de muy pocos son adecuadas— que exponer la Sagrada Escritura a los experimentos insensatos de los inhábiles, causándose un gran perjuicio a sí mismo y suscitando el aplauso de los profanos”13. La verdad es que nada es más importante para el intérprete de la Escritura que el buen sentido común. Un hombre necio o fantasioso, aplicará mal las mejores reglas de exposición. En vano esperamos sabiduría de quienes carecen de sobriedad.
Martín Bucero: “Tendría mucho valor para la Iglesia que —renunciando a alegorías y otros artificios frívolos, los cuales no sólo son vacíos, sino que desvirtúan mucho la majestad de la doctrina de Cristo— todos prosiguiéramos, sencilla y sobriamente, lo que nuestro Señor quiere decirnos”14. Tampoco podemos aplicar correctamente a Cristo, los salmos penitenciales15 o representarlo como pidiendo perdón. En Sí mismo, Él era santo, puro, sin mancha, separado de los pecadores, perfectamente inocente, sin nada de qué arrepentirse. Y si el pecado imputado a Él le fue perdonado, entonces, no fue expiado por Él. De hecho, el perdón no es imputación. Tampoco podemos aplicar a Cristo aquellas partes del Salterio que abogan por el sometimiento de las corrupciones. Él no tenía corrupciones que subyugar. Sin embargo, la observación de Hilario es de gran peso: “La clave de los Salmos es la fe de Cristo”16.
Tomado de Estudios en el libro de los Salmos (Studies in the Book of Psalms) (Philadelphia; Edinburgh: 1872), 16-18; de dominio público.
William S. Plumer (1802-1880): Ministro presbiteriano y escritor estadounidense; nacido en Greensburg, Pensilvania, Estados Unidos.
Footnotes
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Johann Cocceius (1603-1669) – Teólogo reformado holandés. ↩
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Samuel Horsley (1733-1806) – Clérigo británico, obispo de Rochester desde 1793. El Libro de los Salmos (The Book of Psalms) (London: F.C. & J. Rivington, 1815), x-xi. ↩
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Matthew Henry (1662-1714) – Una exposición del Antiguo y del Nuevo Testamento (An Exposition of the Old and New Testament), Vol. 3 (Philadelphia, PA: Barrington & Haswell, 1828), 195. ↩
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Edward Chandler (1666-1750) – Una defensa del cristianismo desde las profecías del Antiguo Testamento (A Defence of Christianity from the Prophecies of the Old Testament) (London: James & John Knapton, 1728), 198. ↩
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John Gill (1697-1771) – Una exposición del Antiguo Testamento (An Exposition of the Old Testament), Vol. 3, Serie de comentarios bautistas (The Baptist Commentary Series) (London: Mathews and Leigh, 1810), 524. ↩
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Joseph Addison Alexander (1809-1860) – Los Salmos traducidos y explicados (The Psalms Translated and Explained) (Edinburgh: Andrew Elliot; James Thin, 1864), 7. ↩
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Robert Leighton (1611-1684) – Ministro y erudito escocés. ↩
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John Morison – Una exposición del libro de los Salmos (An Exposition of the Book of Psalms) (London: Ebenezer Palmer, 1829), ix. ↩
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Pierre Allix (1641-1717) – El libro de los Salmos (The Book of Psalms) (London: J. Taylor, 1701), ix. ↩
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Philip Melanchthon (1497-1560) – Teólogo alemán y sucesor de Lutero. ↩
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Richard Hooker (1554-1600) – De la política eclesiástica y otras obras (Of Ecclesiastical Polity and Other Works), Vol. 2 (London: Holdsworth and Ball, 1830), sec. 59, 211. ↩
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Verosimilitud – Apariencia de ser verdadero o real. ↩
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Campegius Vitringa (1659-1722) – Biblista reformado holandés. ↩
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Martín Bucero (1491-1551) – Reformador protestante en Estrasburgo, Alsacia, Francia. ↩
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Salmos penitenciales – Siete salmos (6, 32, 38, 51, 102, 130, 143) que expresan arrepentimiento. ↩
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Hilario de Poitiers (h. 315-368) – Obispo francés; quien defendió la deidad de Cristo. ↩