Cristo e Isaac

George Whitefield (1714-1770)

“Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Génesis 22:12).

Creo que el patriarca Abraham es el que más brilla [entre los santos del Antiguo Testamento] y se distingue de los demás como una estrella se distingue de otra en gloria. Pues brilló con tan distinguido lustre que fue llamado “amigo de Dios” (Stg. 2:23), “padre de los fieles”; se dice de los que creen en Cristo que son sus hijos e hijas y que son “bendecidos con el creyente Abraham” (Gá. 3:9). Muchas pruebas de su fe, envió Dios a este gran y buen hombre después de haberle mandado salir de su patria y de su parentela a una tierra que le mostraría; pero la última fue la más dura de todas —la de ofrecer a su hijo único—. Con la ayuda divina, me propongo hacer de esto el tema de vuestra presente meditación. Y, a modo de conclusión, [me propongo] extraer algunas inferencias prácticas de esta instructiva historia, en la medida en que Dios me lo permita…

¿Qué le dice Dios a Abraham? “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto1 sobre uno de los montes que yo te diré” (Gn. 22:2).

Cada palabra merece nuestra particular observación. Cualquier cosa que tuviera que hacer, debía hacerlo ahora, inmediatamente, sin consultar con carne y sangre. Pero, ¿qué debía hacer? “Toma ahora a tu hijo”. Si Dios hubiera dicho: “Toma ahora un primogénito, o un cordero o un animal escogido de tu rebaño, y ofrécelo en holocausto”, no habría parecido tan espantoso; pero que Dios dijera: “Toma ahora a tu hijo y ofrécelo en holocausto”, uno podría imaginar que era suficiente para hacer tambalear la fe más fuerte. Pero esto no es todo: No sólo debe ser un hijo, sino “tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas” (Gn. 22:2). Si debe ser un hijo y no una bestia lo que debe ofrecerse, ¿por qué no ofrecer a Ismael, el hijo de la esclava? No, debe ser su único hijo, el heredero de todo, su Isaac (por interpretación, “risa”). [Debe ser] el hijo de su vejez, en quien su alma se deleitaba —“a quien amas”— dice Dios, en cuya vida estaba envuelta la suya. Este hijo, este único hijo, este Isaac, el hijo de su amor, debe ser tomado ahora, ahora mismo, sin demora, y ser ofrecido por su propio padre en holocausto sobre uno de los montes que Dios le diría…

Finalmente, “cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña” (Gn. 22:9).

Y aquí, detengámonos un momento, y por fe, echemos una mirada al lugar donde el padre lo ha puesto. No tengo ninguna duda de que los ángeles benditos revoloteaban alrededor del altar y cantaban: “Gloria a Dios en las alturas”, por haber dado tal fe al hombre. Vengan, todos ustedes, padres de corazón tierno, que saben lo que es velar a un hijo moribundo. Imaginen que ven el altar erigido ante ustedes, la leña colocada en orden y al amado Isaac atado sobre él; imaginen que ven al anciano padre de pie llorando. (¿Por qué no suponer que Abraham lloró, si el mismo Jesús lloró ante la tumba de Lázaro?) …Me parece ver las lágrimas resbalando por las mejillas del patriarca Abraham y desde la abundancia del corazón, gritando: “Adiós, adiós, hijo mío; tú me fuiste dado por el Señor y el Señor te llama; bendito sea el nombre del Señor. Adiós, Isaac mío, mi hijo único, a quien amo como a mi propia alma; adiós, adiós”. Veo al mismo tiempo a Isaac, sometiéndose, mansamente, en las manos de su Padre celestial y rogando al Altísimo que fortalezca a su progenitor terrenal para asestar el golpe. Pero, ¿por qué intento describir lo que sintió el hijo o el padre? Es imposible. Podemos formarnos una ligera idea de ello, pero nunca lo comprenderemos plenamente hasta que nos sentemos con ellos en el reino de los cielos y les oigamos contar de nuevo esta agradable historia. ¡Apresura, oh Señor, ese tiempo bendito! ¡Oh, que venga tu reino!

Y ahora, se va a asestar el golpe fatal. “Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” (Gn. 22:10). Pero, ¿no crees que tuvo la intención de volver la cabeza hacia otro lado cuando iba a asestar el golpe? Es más, ¿por qué no podemos suponer que, a veces, retiró su mano después de haberla extendido, deseoso de dar otro último adiós a su amado Isaac, deseando aplazarlo un poco, aunque resuelto al fin, a dar el golpe? Sea como fuere, ahora tiene el brazo extendido, el cuchillo en la mano y está a punto de clavarlo en la garganta de su querido hijo.

¡Pero cantad, oh cielos! ¡Y regocíjate, oh tierra! El límite2 del hombre es la oportunidad de Dios porque he aquí: Justo cuando el cuchillo, con toda seguridad, estaba cerca de su garganta, “el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham” (Se le llama dos veces para captar su atención y, tal vez, lo repentino de esa voz, le hizo retirar la mano, justo cuando iba a asestar el golpe a su hijo). Y Abraham dijo: “Heme aquí” (Gn. 22:11).

“Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Gn. 22:12)… ¡Con qué consuelo podemos suponer que el buen anciano y su hijo descendieron del monte y regresaron con los jóvenes! ¡Con qué gozo podemos imaginar que regresó a casa y contó a Sara todo lo que había pasado! Y, sobre todo, con qué triunfo se regocija ahora en el paraíso de Dios y adora el rico, libre, distintivo, electivo y eterno amor, el cuál fue el único que le hizo diferente del resto de la humanidad. [Eso] le hizo merecedor del título que tendrá mientras duren el sol y la luna: “El padre de los fieles”…

Pero he aquí, les muestro un misterio oculto bajo el sacrificio del único hijo de Abraham, que, a menos que vuestros corazones estén endurecidos, debe hacerles llorar, abundantemente, lágrimas de amor. De buena gana, espero que me detengan aquí y estén listos para decir: “Es el amor de Dios al dar a Jesucristo para que muriera por nuestros pecados”. ¡Sí! Así es. Y, sin embargo, al mencionar esto, tal vez encuentren que sus corazones no están tan conmovidos. Dejen que esto los convenza de que todos somos criaturas caídas y que no amamos a Dios ni a Cristo como deberíamos. Porque si admiran a Abraham ofreciendo a su Isaac, ¿cuánto más deberían alabar, magnificar y adorar el amor de Dios, que tanto amó al mundo como para dar a su Hijo unigénito, Cristo Jesús, nuestro Señor, “para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16)? ¿No debemos exclamar: “Ahora sabemos, Señor, que nos has amado, pues no nos has negado a tu Hijo —tu único Hijo—”? Abraham era una criatura de Dios… y, por lo tanto, estaba bajo la más alta obligación de entregar a su Isaac. Pero, ¡oh, estupendo amor! Siendo nosotros sus enemigos, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gá. 4:4) para que se hiciera maldición por nosotros. ¡Oh, la gracia, así como la infinitud del amor de Dios, nuestro Padre! ¡Es inescrutable! Me pierdo en su contemplación; es imposible comprenderlo.

Piensen, oh creyentes, piensen en el amor de Dios al dar a Jesucristo como propiciación por nuestros pecados. Y cuando oigan cómo Abraham construyó un altar, puso la leña en orden, ató a Isaac su hijo y lo puso en el altar sobre la leña, ¡piensen cómo vuestro Padre celestial ató a Jesucristo, su único Hijo, y lo ofreció sobre el altar de su justicia! [Él] puso sobre [Jesús] las iniquidades de todos nosotros. Cuando leas que Abraham extendió su mano para matar a su hijo, piensa, ¡oh, piensa cómo Dios, realmente, permitió que su Hijo fuera inmolado para que nosotros pudiéramos vivir para siempre! ¿Lees que Isaac llevaba sobre sus hombros, la leña sobre la cual iba a ser ofrecido? Deja que esto te lleve al monte Calvario… y contempla a Jesucristo, el Hijo de Dios, cargando esa cruz y listo para hundirse bajo el peso de ella, en la que iba a ser colgado por nosotros. ¿Admiras a Isaac porque consintió tan libremente en morir, aunque era una criatura, y, por lo tanto, estaba obligado a ir cuando Dios lo llamó? ¡Oh, no olvides admirar, infinitamente más, al amado Señor Jesús, aquella simiente prometida que, voluntariamente, dijo: “He aquí, que vengo” —aunque sin obligación de hacerlo— “oh Dios, para hacer tu voluntad”, para obedecer y morir por los hombres (He. 10:9)!

¿Lloraste hace un momento cuando te pedí que imaginaras que has visto el altar, la leña colocada en orden e Isaac atado sobre el altar? ¡Mira por fe, contempla al bendito Jesús, nuestro todo glorioso Emanuel, no atado, sino clavado en un madero maldito! ¡Mira cómo cuelga coronado de espinas… mira cómo las espinas le traspasan y cómo la sangre en torrentes purpúreos gotea por sus sienes sagradas! ¡Escucha cómo gime el Dios de la naturaleza! ¡Mira cómo inclina su cabeza y, finalmente, la humanidad abandona el espíritu!

¡Isaac es salvado, pero Jesús, el Dios de Isaac, muere! Se ofrece un carnero en lugar de Isaac, pero Jesús no tiene sustituto: ¡Jesús debe sangrar, Jesús debe morir! Dios Padre se proveyó de este Cordero desde toda la eternidad. Él debe ser ofrecido a su debido tiempo o el hombre debe ser condenado para siempre.

Y ahora, ¿dónde están tus lágrimas? ¿Debo decirte que refrenes tus voces de llanto? No, más bien, permíteme exhortarte a que mires a Aquel a quien has traspasado y te lamentes como una mujer llora a su primogénito porque nosotros hemos sido los traidores. Nosotros hemos sido los asesinos de este Señor de gloria y ¿no hemos de lamentar esos pecados que llevaron al bendito Jesús al madero maldito? Habiendo hecho tanto, habiendo sufrido tanto por nosotros, habiendo perdonado tanto, ¿no amaremos mucho? ¡Oh! Amémoslo con todo el corazón, con toda la mente y con todas nuestras fuerzas, y glorifiquémosle en el alma y en el cuerpo porque son suyos.

Tomado de Sermones selectos de George Whitefield (Selected Sermons of George Whitefield); de dominio público.


George Whitefield (1714-1770): Ministro anglicano y un gran evangelista durante el Gran Despertar; nacido en Gloucester, Gloucestershire, Inglaterra.

Footnotes

  1. Holocausto – Sacrificio en el cual se quemaba la víctima completamente.

  2. Límite – Angustia o dificultad extrema.