Cristo, el Predicador ungido
Charles Simeon (1759-1836)
“El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya” (Isaías 61:1-3).
Evidentemente, estas palabras son importantes a causa de las benditas verdades que contienen. Se nos recomiendan con doble fuerza por haber sido el tema del primer discurso de nuestro Señor, después de su entrada en su oficio profético. La interpretación de las mismas que Él ha sugerido, no nos deja ninguna duda respecto a la conveniencia de aplicárselas a Él (Lc. 4:17-22). Por lo tanto, mientras comenzamos con esta Escritura y les predicamos a Jesús, podemos decir con verdad: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lc. 4:21). Que la lectura de la misma suscite entre nosotros, no meramente una admiración pasajera, sino un deseo profundo y permanente de gozar de las bendiciones que en ella se revelan. El profeta, hablando del Mesías, declara, …
I. Su llamado a su oficio: Nuestro Señor fue consagrado a su oficio profético por una unción visible del Espíritu Santo. Así como los sacerdotes y los reyes eran separados para sus respectivos oficios al derramar aceite sobre sus cabezas, así, en algunas ocasiones, lo eran también los profetas (1 R. 19:16). Nuestro Señor, Quien en todos sus oficios superó infinitamente a todos los que le habían precedido, fue consagrado por una unción de la cual, el aceite de la unción, no era más que un tipo y una sombra. El “Espíritu de Jehová el Señor” fue derramado sobre Él en el momento de su bautismo y el descenso del Espíritu en forma visible sobre Él, como una paloma, lo señaló como divinamente comisionado para ejecutar la obra y el oficio del Mesías (Jn. 1:32-34). De hecho, fue llamado Mesías y Cristo por la misma razón de haber sido “ungido con óleo de alegría” más que todos los que habían participado de ese don celestial (He. 1:9 cf. Sal. 45:7). También por esa unción, estaba cualificado para desempeñar el cargo que se le había encomendado.
Aunque como Dios, nuestro Salvador no podía ser más perfecto, sin embargo, como hombre, “Jesús crecía en sabiduría y en estatura” (Lc. 2:52) y necesitaba que se le concediesen aquellos dones y gracias que eran apropiados para el desempeño de su oficio de mediador. En consecuencia, leemos que “Dios no [le] da el Espíritu por medida” (Jn. 3:34) como a otros profetas, sino en toda su plenitud; y que reposaba sobre Él como “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Is. 11:2). Así, fue tanto llamado y cualificado al mismo tiempo porque, aunque estaba destinado para su obra desde la eternidad y preparado para ella desde su primera concepción en el vientre de la virgen, no obstante, no se completaron sus cualificaciones hasta que el gran sello del cielo fue puesto en su comisión y fue consagrado públicamente al servicio de Dios. El profeta (Isaías) procede a mostrar ampliamente, …
II. La comisión que le fue dada: Los términos en los que se expresa su comisión, tienen especial referencia a los jubileos1 que se proclamaban cada cincuenta años. Él fue enviado, …
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Para [proclamar] la salvación a todos los que la necesitaban: En el tiempo del jubileo, todos los que por cualquier motivo se habían visto obligados a vender sus propiedades y a entregarse a sí mismos y a sus familias como esclavos a sus acreedores, eran liberados de su esclavitud y restaurados a la plena posesión de su herencia, en el mismo instante en que sonaba la trompeta (Lv. 25:10, 41). El Evangelio es esa trompeta y proclama “libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel” (Is. 61:1). El oficio de nuestro Señor era tocar esta trompeta, anunciar estas buenas nuevas, declarar que este año aceptable había llegado y que había llegado el “día” en el que Dios tomaría “venganza” de todos sus enemigos y opresores (Is. 61:2). ¡Estas son, ciertamente, buenas nuevas para aquellos que son conscientes de su esclavitud al pecado y a Satanás, y que saben que han vendido la herencia del cielo por los placeres del pecado! Pero para aquellos que no son conscientes de su culpa y miseria, el sonido de la trompeta parece un ruido vacío —o, en vez de eso, un insulto que implica un estado de degradación2 que no sienten ni quieren reconocer—. De ahí que la comisión de nuestro Señor, aunque extendida a todos, se dirigía, más particularmente, a “los mansos”; pues sólo para ellos, los humillados bajo su miserable condición, la [proclamación] de una salvación gratuita contiene alguna noticia grata.
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Para impartir la salvación a todos los que la desearan: A los quebrantados de corazón y a los enlutados en Sión, Él vino a “señalar” y a “dar” las bendiciones que deseaban. Se le esperaba como “la consolación de Israel” (Lc. 2:25) y en ese sentido, apareció particularmente. Si algunos estaban abatidos con “espíritu de tristeza” y lamentándose en “polvo y ceniza” (Job 30:19; 42:6), Él vino “a vendar los quebrantados de corazón” y a reanimar sus almas para que pudieran ser consolados y llegaran a ser como personas ungidas con aceite y vestidas con ropas más alegres que para alguna gran fiesta3 (Is. 61:2-3). Podemos concebir los sentimientos de un hombre que, en un instante, ha sido restaurado desde el grado más bajo de servidumbre y miseria, a la plenitud y el honor; pero debemos experimentar la bendición de la salvación, antes de que podamos formarnos una idea adecuada del gozo y la alegría que Cristo infunde en el alma contrita4 y creyente. Hasta aquí, nuestro Señor mismo, aplicó el pasaje; pero el profeta añade, …
III. Los fines por los cuales Él ejecuta esta comisión: En cada parte de su obra, nuestro Señor conectó dos grandes fines:
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El beneficio del hombre: Aunque una vez fuimos plantados como una noble vid, nos hemos convertido en plantas degeneradas de una vid extraña y, en lugar de producir buenos frutos, no producimos más que uvas de Sodoma y racimos de Gomorra (Jer. 2:21; Dt. 32:32). Pero Cristo desea rectificar nuestra naturaleza caída y hacer de nosotros “árboles de justicia” (Is. 61:3) que, “en lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán” (Is. 55:13), para que seamos como árboles plantados y regados por la mano de Dios. Éste es el fin de su misión y es, invariablemente, el efecto de su ministerio. Miremos, solamente, a los convertidos en el día de Pentecostés y en ellos contemplaremos una muestra justa de los efectos producidos por el Evangelio predicado —y las mismas bendiciones le son dadas a todo aquel a quien la palabra de Cristo llega con poder—. Son trasplantados del desierto al huerto del Señor y tienen como su “fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Ro. 6:22).
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La gloria de Dios: Éste no podía ser sino el gran fin que Jesús tuvo siempre en la mira: Él habría pecado si hubiera habido alguna consideración superior o, incluso, comparable a ésta en su mente. Y, ¡cuán bien estaba calculada su comisión para promoverla! Mírenlo como asume nuestra causa y viene del cielo para redimirnos; ¿podemos dejar de admirar el amor y la condescendencia de ese Dios que lo envió? Escuchen las noticias que proclama: ¡Una salvación plena, gratuita y eterna para los pecadores que perecen! ¿No nos llena de asombro tan estupenda misericordia? Miren las multitudes, cuyos corazones quebrantados ha sanado Él; ¡míralos regocijándose en la tierra o proclamando sus aleluyas en el cielo! ¿No estamos dispuestos a aplaudir de alegría y a prorrumpir en aclamaciones y hosannas? ¡No hay ninguna parte de la obra de Cristo, ya sea realizada por Él o disfrutada por nosotros, excepto la que nos llama a glorificar a Dios con todo nuestro corazón! Y por toda la eternidad resonarán las alabanzas a Dios de miríadas de redimidos, que con voces unidas exclamarán: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13).
Este tema se puede MEJORAR,
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Por convicción: Todos profesan esperar la salvación por medio de Cristo, aunque sean insensibles a su estado perdido y desvalido. Pero, si Cristo vino a los mansos, a los afligidos y a los quebrantados de corazón, ¿qué tienen que ver con aquellos cuyos corazones están enteros y que no se humillan ante Él? “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mr. 2:17); tampoco vino a “llamar a justos” —a los que se creen justos— “sino a pecadores al arrepentimiento”. Que nadie pues, espere tomar parte [en] su salvación, a menos que sienta la necesidad de ella y consienta en recibirla como su don gratuito e inmerecido.
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Para consolación: Los que se dan cuenta de que han vendido el cielo y sus propias almas por “vanidad5” (Is. 29:21), están dispuestos a decir: “¿Será rescatado el cautivo de un tirano?” (Is. 49:24). Nosotros respondemos: “Podrá liberarse, instantáneamente, de sus ataduras y asegurar su libertad, si tan sólo acepta la misericordia proclamada. Sólo cree en Cristo y la herencia perdida del cielo será tuya”… ¡No tienes nada que pagar por tu liberación, sino recibirla gratuitamente! No tienes nada que temer de tus enemigos porque ha llegado el día de la venganza de Dios. Y Él aplastará a todos tus enemigos debajo de tus pies. Sólo permitan que estas noticias penetren en vuestros corazones y Dios se glorificará en vuestra felicidad eterna.
Tomado de Horas homiléticas: Isaías (Horae Homileticae: Isaiah), Vol. 8 (London: Holdsworth & Ball, 1832), 559-563; de dominio público.
Charles Simeon (1759-1836): Ministro anglicano que ejerció una influencia duradera en el pensamiento evangélico inglés; nació en Reading, Berkshire, Inglaterra.
“…era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. —Lucas 24:44b
Footnotes
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Jubileos – Dios ordenó años de emancipación y restauración en la historia judía. ↩
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Degradación – Deterioro de una moralidad honorable y empeoramiento de la decadencia moral. ↩
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Nota de editor – Hay en el original, una paronomasia [juego de palabras con semejanza fonética que se diferencian por el orden de las letras] que no puede expresarse en una traducción; él dará Phear por Ephar, es decir, “gloria en lugar de cenizas”. ↩
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Contrita – Aplastada o quebrantada en espíritu por un sentimiento de pecado. ↩
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Por vanidad – Por nada. ↩