Cristo, el Hijo de Dios
Juan Calvino (1509-1564)
“Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy” (Salmos 2:7); “… la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy” (Hechos 13:33).
Esto es lo principal: Que sepamos cuán apropiada y cuán bien Pablo aplica el testimonio tomado del salmo a la presente situación. No negamos que David, cuando vio que era asaltado por todos lados por sus enemigos, y que eran de mayor poder y fuerza de lo que él era capaz de resistir, puso contra ellos la ayuda de Dios, Quien él sabía, era el autor de su reino y reinado. Pero viendo que David era una figura del verdadero Mesías, sabemos que aquellas cosas, sólo eran sombras en su persona, las cuales sólo se aplican, completa y perfectamente, al Mesías…
El texto mismo prueba, suficientemente, que no se trata sólo de una simple y sencilla acción de gracias, acorde con el reino de David, sino de una profecía más elevada. Porque es bien sabido que David apenas probó en su vida, la centésima parte de la gloria de que se habla en este pasaje (Sal. 2:1-12)…
Examinemos más detenidamente las palabras: Los reyes son llamados, ciertamente, hijos de Dios (Sal. 82:6). Pero dado que Dios tiene la intención de preferir a David sobre todos los demás reyes y de excluirlo del número de ellos, este título de honor le es dado a él, principalmente, por encima de todos los demás; no porque en su persona recaiga tan grande honra, sino porque por este medio, él pasaría por encima de los ángeles, como se dice en la Epístola a los Hebreos, capítulo 1. Por lo tanto, es así, magníficamente presentado con respecto a Cristo, a Quien Dios no toma por uno de la clase común o por alguien de una gran multitud, sino que Él, por así decirlo, lo reconoce como su hijo unigénito. La prueba es que Dios lo engendró [a David] cuando estableció el reino en su mano. Porque eso no fue hecho por la destreza del hombre, sino que Dios mostró desde el cielo, el invencible poder de su mano, por lo que, claramente, podría parecer que él reinaba según el consejo de Dios. Por lo tanto, el haber sido engendrado, como él lo menciona, debe referirse al entendimiento del conocimiento de los hombres, es decir, a causa de que, entonces, fue abiertamente conocido que él fue engendrado de Dios cuando, maravillosamente, él fue puesto en el trono del reino, contrario a la expectativa de todos los hombres; y, por el poder celestial del Espíritu, rompió infinitas conspiraciones porque él no podía reinar hasta que él hubiera traído a todas las naciones alrededor de él, en sujeción, como si un cierto mundo fuera sometido.
Pasemos ahora a Cristo. Él no vino al mundo sin las evidencias que demostraran que Él era el Hijo de Dios. Porque su gloria se manifestó como correspondía al unigénito Hijo de Dios, como está escrito en Juan 1:14. Y Él dice, en todas partes, que tiene a Dios por testigo y sustentador de este honor (Jn. 5:36). Por lo tanto, Dios “engendró” a Cristo cuando grabó en Él ciertas marcas por medio de las cuales podía conocerse que era su imagen e Hijo verdadero y viviente. Y, sin embargo, esto no impide que Cristo sea la Sabiduría engendrada por el Padre Eterno antes de los tiempos (Pr. 8:22-36). Pero esa es la generación secreta1. David declara ahora que fue revelada a los hombres —de modo que la relación es, como hemos dicho, con los hombres y no con Dios porque lo que estaba oculto en el corazón de Dios, fue dado a conocer a los hombres—. Y es una figura bien elegida porque la deidad de Cristo no fue menos declarada y establecida que si Él hubiera sido engendrado por Dios ante los ojos de los hombres… Cuando el Espíritu de Dios mismo es su propio intérprete y, considerando que explica por boca de Pablo lo que había dicho por medio de David, no debemos inventar ningún otro significado. Y puesto que (como el mismo Pablo atestigua) Cristo fue declarado Hijo de Dios con poder cuando resucitó de entre los muertos (Ro. 1:4), deducimos que ésta fue la principal prueba de su excelencia celestial y que el Padre lo puso entonces, verdaderamente a la vista, para que el mundo pudiera saber que fue engendrado de Él. Por lo tanto, aunque Dios comenzó a levantar a Cristo cuando vino al mundo, sin embargo, su resurrección fue, por así decirlo, perfecta y plena; porque mientras que antes Él fue humillado habiendo tomado, por así decirlo, la forma de un siervo (Fil. 2:7), luego, apareció como vencedor de la muerte y Señor de la vida; de modo que no le faltó nada de esa majestad propia del Hijo de Dios y, ciertamente, del Hijo unigénito.
Tomado del Comentario sobre los Hechos de los Apóstoles (Commentary upon the Acts of the Apostles), traducido al inglés por Christopher Fetherstone y editado por Henry Beveridge.
Juan Calvino (1509-1564): Reformador francés; nacido en Noyon, Picardía, Francia.
Footnotes
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Generación secreta – Se refiere a la doctrina de la generación eterna del Hijo por el Padre. ↩