Cristo, Justicia nuestra
George Whitefield (1714-1770)
“En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra” (Jeremías 23:6).
Debo considerar a quién debemos entender por la palabra Jehová: “Jehová, justicia nuestra”. Si algunos arrianos1 o socinianos2 se sienten atraídos por la curiosidad de oír lo que el charlatán dice, que se avergüencen por negar la deidad de ese Señor que ha comprado a los pobres pecadores con su preciosa sangre. Pues la persona mencionada en el texto bajo el título de Jehová es Jesucristo. “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:5-6).
Por el Renuevo justo, todos están de acuerdo en que debemos entender a Jesucristo. Es a Él a quien se llama “Jehová” en nuestro texto. Siendo así, si no hubiera ningún otro texto en la Biblia para probar la deidad de Cristo, éste sería suficiente. Porque si la palabra Jehová pertenece propiamente a Jesucristo, Él debe ser Dios… Venid, pues, arrianos, besen al Hijo de Dios, póstrense ante Él y hónrenle como honran al Padre. Aprendan de los ángeles, esas estrellas de la mañana, y adórenle como verdaderamente Dios. De lo contrario, son tan idólatras como los que adoran a la virgen María.
Y en cuanto a ustedes, socinianos, que dicen que Cristo fue un simple hombre y, sin embargo, profesan que fue vuestro Salvador, según vuestros propios principios, son malditos. Porque, si Cristo es un simple hombre, entonces es sólo un brazo de carne. Y está escrito: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo” (Jer. 17:5). Pero yo esperaría que aquí no hubiera tales monstruos. Al menos, que después de estas consideraciones, se avergonzaran de seguir planteando absurdos tan monstruosos. Porque por la palabra Jehová, debemos entender al Señor Jesucristo, Quien aquí toma para Sí mismo, el título de Jehová y, por lo tanto, debe ser Dios verdadero de Dios verdadero o como lo expresa devotamente el Apóstol, “Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9:5).
A continuación, se considerará cómo el Señor ha de ser la justicia del hombre. Y es, en una palabra, por imputación. Porque plugo3 a Dios, después de haber hecho todas las cosas por la palabra de su poder, crear al hombre a su imagen. Y tan infinita fue la condescendencia de Aquel alto y sublime, Quien habita en la eternidad, que, aunque podría haber insistido en la obediencia eterna del hombre y su posteridad, sin embargo, se complació en obligarse a Sí mismo, por un pacto o acuerdo, hecho con su propia criatura, sobre la condición de una obediencia sin pecado para darles la inmortalidad y la vida eterna. Porque cuando se dice: “El día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17), podemos inferir con justicia [que] mientras continuara siendo obediente y no comiera de él, ciertamente viviría. El tercer [capítulo] del Génesis nos da un relato completo, pero triste, de cómo nuestros primeros padres rompieron este pacto y, por lo tanto, necesitaron una justicia mejor que la suya propia para procurar su aceptación futura ante Dios. ¿Qué debían hacer? Estaban bajo un pacto de obras como siempre. Y, aunque después de su desobediencia quedaron sin poder, sin embargo, estaban obligados, no sólo a hacer, sino a continuar haciendo todas las cosas, y eso también, de la manera más perfecta que el Señor había requerido de ellos. Y no sólo eso, sino que para satisfacer a la infinitamente ofendida justicia de Dios por la rebeldía de la que ya habían sido culpables.
Aquí se abre entonces, la asombrosa escena de la filantropía divina: Quiero decir, el amor de Dios al hombre. Porque he aquí, lo que el hombre no podía hacer, Jesucristo, el Hijo del amor del Padre, se compromete a hacerlo por él. Y para que Dios fuera justo al justificar a los impíos, aunque Él era “en forma de Dios” y, por tanto, “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse”, sin embargo, tomó sobre Sí la “forma de siervo”, es decir, la naturaleza humana (Fil. 2:6-7). En esa naturaleza, Él obedeció y cumplió así, toda la ley moral en nuestro lugar, sufrió una muerte dolorosa en la cruz y se convirtió así, en maldición por o en lugar de aquellos que el Padre le había dado. Como Dios, satisfizo al mismo tiempo que obedeció y padeció como hombre; y siendo Dios y hombre en una sola persona, obró una justicia plena, perfecta y suficiente para todos aquellos a quienes había de ser imputada.
Aquí vemos entonces, el significado de la palabra justicia. Implica la obediencia activa como también la pasiva, del Señor Jesucristo. Generalmente, cuando se habla de los méritos de Cristo, sólo se menciona lo segundo, es decir, su muerte, mientras que lo primero, es decir, su vida y obediencia activa, es igualmente necesaria. Cristo no sería un Salvador como nos conviene, a menos que unamos ambas cosas. Cristo no sólo murió, sino que vivió; no sólo sufrió, sino que obedeció por o en lugar de los pobres pecadores. Y ambas cosas juntas, constituyen esa justicia completa que nos ha de ser imputada, de la misma manera que la desobediencia de nuestros primeros padres fue hecha nuestra por imputación. En este sentido y no en otro, debe entenderse el paralelismo que san Pablo establece en el capítulo quinto de Romanos, entre el primer y el segundo Adán. Es lo que, en otro pasaje, él denomina ser “hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Éste es el sentido en el que el profeta quiere que entendamos las palabras del texto; por eso Jeremías 33:16 [dice]: “… [A la iglesia] se le llamará [teniendo esta justicia imputada en ella]: Jehová, justicia nuestra” —un pasaje, creo, digno de la más profunda meditación de todos los hijos e hijas de Abraham—…
Pero ya es hora de que me acerque un poco más a sus conciencias. Hermanos, aunque algunos puedan ser ofendidos por esta doctrina y puedan considerarla una tontería, no dudo que para muchos de ustedes sea preciosa, pues es conforme a la forma de las sanas palabras que desde vuestra infancia se les ha transmitido y, viniendo de donde menos lo esperaban, puede ser recibida con más placer y satisfacción. Pero permítanme que les haga una pregunta: ¿Pueden decir: “Jehová, justicia nuestra”? Yo digo: “Jehová, justicia nuestra”. Porque abrigar esta doctrina en sus cabezas sin recibir al Señor Jesucristo salvadoramente, por una fe viva en vuestros corazones, no hará sino aumentar su condenación. Como les he dicho a menudo, se los repito: Un Cristo no aplicado, no es Cristo en absoluto. ¿Pueden entonces, exclamar como Tomás, el creyente: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20:28)? ¿Es Cristo su santificación, además de su justicia exterior? Porque la palabra justicia en el texto, no sólo implica la justicia personal de Cristo imputada a nosotros, sino también la santidad de corazón obrada en nosotros. Dios ha unido estas dos cosas. Él nunca las separó, nunca las separa, nunca las separará. Si son justificados por la sangre, también son santificados por el Espíritu de nuestro Señor.
¿Pueden entonces, decir en este sentido: “Jehová, justicia nuestra”? ¿Nunca se aborrecieron ustedes mismos por sus pecados actuales y originales, y aborrecieron su justicia propia (o como lo expresa bellamente el profeta, vuestras “justicias”) “como trapo de inmundicia” (Is. 64:6)? ¿Nunca se te hizo ver y admirar la suficiencia total de la justicia de Cristo, ni fuiste estimulado por el Espíritu de Dios a tener hambre y sed de ella? ¿Pudiste decir alguna vez: “Mi alma tiene sed de Cristo, sí, aún más, de la justicia de Cristo? Oh, ¿cuándo compareceré ante la presencia de mi Dios en la justicia de Cristo? ¡Oh, nada más que Cristo! ¡Nada más que Cristo! ¡Dame a Cristo, oh Dios, y estaré satisfecho! Mi alma te alabará por siempre”. ¿Fue éste alguna vez, digo yo, el lenguaje de sus corazones? Y después de estos conflictos interiores, ¿fueron capaces alguna vez, de extender el brazo de la fe y abrazar al bendito Jesús en sus almas, de modo que pudieron decir: “Mi amado es mío, y yo suya” (Cnt. 2:16)? Si es así, no teman, quienquiera que sean. ¡Salve, salve, almas felices! El Señor, el Señor Cristo, el Dios eterno es vuestra justicia. Cristo los ha justificado; ¿Quién es el que os condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Ro. 8:33-34). Justificados ahora por su gracia, tenemos paz para con Dios (Ro. 5:1) y dentro de poco, estarán con Jesús en la gloria, obteniendo una redención eterna e inefable, tanto en el cuerpo como en el alma. Porque “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro. 8:1). “Sea Pablo, sea Apolos… sea la vida, sea la muerte… todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Co. 3:22-23).
¡Oh, hermanos míos, mi corazón se ensancha hacia ustedes! ¡Oh, piensen en el amor de Cristo al morir por ustedes! Si el Señor es tu justicia, que la justicia de tu Señor esté continuamente en tu boca. ¡Hablen, oh, hablen y recomienden la justicia de Cristo, cuando se acuesten y cuando se levanten, cuando salgan y cuando entren! ¡Piensa en la grandeza del don, así como en el dador! ¡Muestren a todo el mundo en Quién han creído! ¡Que todos sepan, por sus frutos, que el Señor es su justicia, y que están esperando por su Señor desde el cielo! ¡Oh, esmérense para ser santos, así como es santo Aquel que los ha llamado y lavado en su propia sangre! Que no se hable mal de la justicia del Señor por causa de ustedes. No dejes que Jesús sea ofendido en la casa de los amigos de Él; “antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 P. 3:18) día tras día. ¡Oh, piensa en su amor agonizante! Deja que ese amor te constriña a la obediencia. Habiéndote perdonado mucho, ama mucho. Pregúntate siempre: “¿Qué haré para expresar mi gratitud al Señor por haberme dado su justicia?”. Que esa pregunta que abate al yo y exalta a Dios esté siempre en sus bocas. Oh, susurren siempre: “¿Por qué yo, Señor? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo soy tomado y otros son dejados? ¿Por qué el Señor es mi justicia? ¿Por qué Él vino a ser mi salvación, habiendo yo merecido, tantas veces, la condenación de sus manos?”.
¡Oh, amigos míos, confío en que siento algo del amor característico de Dios en mi corazón! Por tanto, debo dejar un poco de felicitarlos para invitar a los pobres pecadores sin Cristo a que vengan a Él y acepten su justicia para que puedan tener vida.
¡Ay, mi corazón casi sangra! ¡Qué multitud de almas preciosas están ahora ante mí! Cuán pronto deben ser conducidas todas a la eternidad y, sin embargo, ¡oh pensamiento cortante! si Dios requiriera ahora todas sus almas, cuán pocas, comparativamente hablando, podrían decir realmente: “Jehová, justicia nuestra”.
¿Y piensan ustedes, oh pecadores, que podrán permanecer en pie en el Día del juicio si Cristo no es su justicia? No, sólo ese es el vestido de bodas en el cual se deben presentar. ¡Oh pecadores sin Cristo, estoy angustiado por ustedes! ¡Los deseos de mi alma se intensifican! ¡Oh, que éste sea un tiempo aceptable! ¡Oh, que el Señor sea vuestra justicia!
Porque ¿a dónde huirían, si la muerte los encontrara desnudos? En verdad, no hay forma de ocultarse de su presencia. Las miserables hojas de higuera de su justicia propia no cubrirán su desnudez cuando Dios los llame a presentarse ante Él. Para Adán fueron ineficaces y lo mismo serán para ustedes. ¡Oh, piensen en la muerte! ¡Oh, piensen en el juicio! Falta un poco y el tiempo no será más; y entonces, ¿qué será de ustedes si el Señor no es su justicia? ¿Creen que Cristo los perdonará? No, el que los formó, no tendrá misericordia de ustedes. Si están fuera de Cristo, si Cristo no es su justicia, Cristo mismo pronunciará su condena. ¿Y pueden soportar pensar en ser condenados por Cristo? ¿Pueden soportar oír al Señor Jesús decirles: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41)? ¿Pueden vivir, piensan, en el fuego eterno? ¿Son sus carnes de bronce y sus huesos de hierro? ¿Y si lo son? ¡El fuego del infierno, ese fuego preparado para el diablo y sus ángeles, los calcinará hasta la médula! ¿Y pueden soportar apartarse de Cristo? ¡Oh, qué pensamiento tan desgarrador! Pregúntenles a esas almas santas que, en cualquier momento, se lamentan por un Dios ausente, que caminan en tinieblas y no ven la luz, aunque sólo sea por unos cuantos días u horas; pregúntenles qué es perder la vista y la presencia de Cristo. ¡Vean cómo lo buscan, afligidos, y van lamentándose en pos de Él todo el día! Y si es tan terrible perder el sentido de la presencia de Cristo sólo por un día, ¿cómo será estar desterrado de Él por toda la eternidad?
Pero así debe ser, si Cristo no es vuestra justicia. Porque la justicia de Dios debe ser satisfecha y, a menos que la justicia de Cristo les sea imputada y aplicada a ustedes aquí, deberán satisfacer la justicia divina en tormentos infernales eternamente en el más allá. Es más, como dije antes, Cristo mismo, el Dios de amor, los condenará a ese lugar de tormento. Y ¡oh, qué desgarrador es ese pensamiento! Me parece ver a pobres desdichados, temblorosos y sin Cristo, de pie ante el tribunal de Dios, gritando: “Señor, si hemos de ser condenados, que algún ángel o arcángel pronuncie la sentencia condenatoria”. Pero todo en vano. Cristo mismo pronunciará la sentencia irrevocable. Conociendo, por lo tanto, los terrores del Señor, permítanme convencerlos de que se acerquen a Cristo y nunca descansen hasta que puedan decir: “Jehová, justicia nuestra”. ¿Quién sabe, si el Señor puede tener misericordia de ustedes, es más, perdonarlos abundantemente? Rueguen a Dios que les dé fe y, si el Señor se las da, recibirán por ella a Cristo con su justicia y su todo. No deben temer la grandeza o el número de sus pecados. Porque, ¿son pecadores? Yo también. ¿Son ustedes los primeros de los pecadores? Yo también. ¿Son ustedes pecadores reincidentes? Yo también. Y, sin embargo, el Señor (¡por siempre adorada sea su rica, gratuita y soberana gracia!), el Señor es mi justicia. Venid pues, oh jóvenes, que (como yo mismo actué una vez), están haciendo el papel del hijo pródigo y vagando lejos de la casa de vuestro Padre celestial, vuelvan a casa, vuelvan a casa y dejen vuestro comedero de cerdos. No se alimenten más de los desperdicios de los deleites sensuales. Por amor a Cristo, ¡levántense y vuelvan a casa! Vuestro Padre celestial los llama ahora. Miren, más allá del mejor manto, aún mejor, les espera la justicia de su querido Hijo. Mírenla, véanla una y otra vez. Consideren a qué precio tan caro fue comprada, sí, por la sangre de Dios. Consideren qué gran necesidad tienen de ella. Sin ella, están perdidos, arruinados, condenados para siempre.
Vengan entonces, pobres pródigos culpables, vuelvan a casa. En verdad, no me enojaré como el hermano mayor. No, me regocijaré con los ángeles en el cielo. Y ¡oh, que Dios incline ahora los cielos y descienda! Desciende, oh, Hijo de Dios, desciende y, así como has mostrado en mí tanta misericordia, ¡oh, permite que el bendito Espíritu aplique tu justicia a algunos pródigos que ahora están ante Ti y viste sus almas desnudas con tu mejor manto!
Tomado de un sermón predicado el viernes, 11 de septiembre de 1741 (el calendario juliano); disponible en Chapel Library.
George Whitefield (1714-1770): Ministro anglicano, evangelista en el Gran Despertar y uno de los fundadores del metodismo; nacido en Gloucester, Inglaterra.
Footnotes
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Arrianos – Seguidores de Arrio, un obispo de Alejandría (250/56-336 d.C.) que enseñaba que Dios Hijo fue creado en un momento dado por Dios Padre y que antes de ese momento el Hijo no existía, y que, aunque el Hijo es un ser celestial que existió antes que el resto de la creación y que es mucho más grande que todo el resto de la creación, aún no es igual al Padre en todos sus atributos: Era divino, pero no la deidad. Los Testigos de Jehová son arrianos modernos. ↩
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Socinianos – Seguidores de la secta fundada por Fausto Socino (1539-1604), teólogo italiano del siglo XVI, que negaba la deidad de Cristo y negaba que la cruz trajera el perdón de los pecados. ↩
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Plugo – Agradó. ↩