Un Mediador

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno” (Gálatas 3:20).

El texto no parece difícil, pero para el exégeta serio es muy desconcertante. Al consultar a un comentarista antiguo, gran favorito mío, decía que había doscientos cincuenta significados diferentes dados por expositores a este versículo. En 1587, John Prime lo llamó “un laberinto sin fin”. Pensé: “Oh, ¡aquí tengo un gran bosque donde perderme! ¡Doscientos cincuenta significados!”. Cuando investigué lo que decía un autor más moderno, pero gran erudito, encontré que afirmaba que existían más de cuatrocientas interpretaciones. Esto era pasar de un bosque a una selva, una selva oscura, donde podía perderme y nunca encontrar la salida. ¿Debiera predicar sobre un texto así? Sí. Pero no sin antes preocuparme por estas múltiples interpretaciones. Sin duda, algunas de ellas son incorrectas; otras deben ser bastante acertadas. Entonces, ¿qué significa el pasaje? No me aventuro a decir que lo sé, pero sí me atrevo a decir que sé cómo usarlo con un propósito práctico. Si el Espíritu de Dios nos ayuda, encontraremos nuestro camino siguiendo una pista muy sencilla para arribar a un significado práctico y valernos de su contenido para provecho de nuestra alma.

¡Un mediador! ¿Qué es un mediador? Es un intermediario, una tercera persona que se interpone entre dos partes que de otra manera no podrían comunicarse. Recordemos el caso de Moisés: La voz de Dios era muy terrible y el pueblo no la podía soportar. Entonces, Moisés intervino y habló en nombre de Dios. La presencia de Jehová en la montaña era tan gloriosa que si los hombres la hubieran escalado, no podrían haber soportadosu luz extraordinaria; entonces la escaló Moisés y comenzó a hablar a Dios en nombre de su pueblo. Asumió el oficio de mediador para hablar en nombre del Señor y también para interceder por el pueblo. A esto es lo que se refiere Pablo cuando dice que la Ley “fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador” (Gá. 3:19). Y aquí el Apóstol inserta una especie de afirmación general, una verdad que no parece tener relación con algo dicho antes ni después. Declara esto como una regla general: “Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno”. Pablo posee polvo de oro; cada uno de sus pensamientos es de inmenso valor. Mira un objeto y habla de él, y mientras tanto golpea una piedra con el pie y descubre una veta de oro, pero no se detiene, sigue adelante, como si no hubiera notado el tesoro y deja esa veta de oro para nuestra consideración. Le gusta divagar. Es el estilo de Pablo y el de todos aquellos cuya copa está rebosando. Se centra en un argumento, pero ve muchos más. Mientras corre hacia la meta, deja caer manzanas de oro en la forma de principios generales que le vienen a la mente en el momento. Visualizo a Pablo dejando caer este principio general. Yo lo encuentro y lo levanto, no para usar como un argumento, sino como un tesoro que quiero usar para nuestro provecho. Un mediador, un intermediario, un intercesor no lo es de uno solo, eso es claro; pero Dios es uno. ¿Qué aprendemos de esto?

I. Primero, el mediador no es para Dios únicamente. El mediador tiene que ver con dos personas, con Dios y con el hombre. No media por alguna carencia de Dios mismo, porque le haga falta la intervención de algún tipo de mediador. Dios es uno eternamente y si lo vemos como la santa Trinidad, aun así, es una Trinidad en una unidad. Dios es uno. Algunos se autodenominan Unitarios, pero no tienen derecho exclusivo al nombre. Todos los Trinitarios son Unitarios, aunque creemos que el Padre es Dios, que el Hijo es Dios y que el Espíritu Santo es Dios, no creemos que haya tres dioses, sino uno solo. Ahora bien, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no hay desacuerdos, ninguna razón para disentir y, por lo tanto, no necesita un mediador para sí mismo. Entonces, ¿para quién es necesario un mediador? Pues, para alguien más. Ese alguien más está aquí en esta ocasión y quiero exponerlo. ¡Un mediador! Bendito sea Dios, hay un mediador, pero Dios no lo quiere para sus propios propósitos_. Hay otra persona para quien se requiere un mediador_. ¿Dónde está esa otra persona? Está en el propio Cristo, que nos es dado como mediador al ser enviado en su naturaleza divina y humana. En la vida de Cristo, en la muerte de Cristo, Dios pensaba en otra persona. Al extender su mirada más allá de él mismo a otra persona, proveyó un mediador. Esto debe hacernos pensar seriamente porque, si Dios no estaba considerando su propia necesidad, ¿no estaría considerando la nuestra? Si Dios pensaba tanto en otros como para proveer un mediador, debe significar que pensaba en alguien que sí lo necesita. Oh, alma mía, ¿no estará pensando en mí, que me he apartado de él y vivido muchos años sin él? Puesto que hay un mediador y Dios no lo necesita, ¿no será que tiene el propósito de satisfacer mi necesidad y llevarme de regreso a él?

Ahora bien, según el sentido del texto y el contexto general de las Escrituras, esa otra persona para quien fue enviado un mediador, es el hombre. El hombre se apartó de Dios. Se enemistó con Dios, por lo que Dios está airado con él porque aborrece el pecado y tiene que castigar el mal. Por lo tanto, Dios posa su mirada en el hombre y, aquí estoy en esta ocasión, sentado en la casa de oración. ¿Me está mirando a mí? Dios anhela tener comunión con los hombres (Ap. 3:20). Su voluntad es que los hombres sean llevados a él; ¿por qué, entonces, no he de ser yo llevado a él? ¿Por qué tendría yo que vivir distanciado? Aquí hay un mediador; ese mediador no puede ser sólo para Dios porque Dios es uno; tiene que ser para una segunda persona, ¿no seré yo esa persona? Levanto mis ojos al cielo y ruego: “¡Oh Señor de gracia, concédeme ser esa otra persona para quien existe el mediador!”. Porque un mediador no es para uno y, siendo Dios uno, yo puedo ser la segunda persona que es objeto de la obra de un mediador.

II. Demos un paso más. En segundo lugar, un mediador no es para personas que coinciden entre sí. No se necesita un mediador para personas de un mismo sentir. No necesito un mediador entre mi hermano y yo, entre mi hijo y yo ni entre mi esposa y yo. Ya estamos perfectamente de acuerdo en todo y no necesitamos de ningún mediador. Entonces, queda claro que, si se requiere un mediador, es para dos personas que _tienen razones para estar en desacuerdo._Preste mucha atención a esta verdad y hágala suya. No voy a decir cosas lindas, ni a usar palabras elegantes; sin embargo, le insto a usted que anhela ser salvo: Asegúrese de entender bien lo que estoy diciendo, pues le será de ayuda. ¡Un mediador! Eso es lo que requieren las personas que tienen razones para discrepar con Dios. ¡Pecador, pecador, estas son buenas noticias para usted! El hombre que está en armonía con Dios no necesita un mediador**.**Lo necesita el que ha provocado a Dios con sus muchos pecados y está lejos de él por lo pecaminoso de su naturaleza. Si éste es su caso, necesita un mediador entre usted y el tres veces santo y es por aquellos como usted que ha aparecido un mediador. ¿Comprende esta verdad? Un mediador no lo es entre los que coinciden totalmente. Es un mediador entre personas que difieren y éste es el caso entre usted y su Dios.

III. El mediador también interviene cuando hay diferencias que no pueden resolverse con facilidad. Sabemos que si las diferencias son triviales y las dos partes en conflicto están dispuestas a resolverlas, lo hacen lo más pronto posible. En cambio, se recurre al mediador, al árbitro, cuando el caso es difícil. Como lo es por naturaleza su caso y el mío. Hemos pecado. Dios es justo. Él es muy compasivo y está dispuesto a perdonar las faltas contra su Persona, pero también es Rey y Juez de toda la tierra, y debe castigar el pecado. Si no lo hiciera, sería injusto, y la injusticia que no castiga el pecado es una crueldad hacia todos los justos. Si nuestros jueces dictaminaran mañana que cada ladrón, cada asaltante, cada asesino quedara en libertad y fuera perdonado, sería un favor para ellos, pero una crueldad para nosotros. No sería una misericordia auténtica de parte de Dios pasar por alto el pecado sin castigarlo. No podría ocupar su trono como guardián de lo justo y protector de la virtud, si no emitiera juicio contra el pecado. Es aquí, entonces, que percibimos una barrera entre Dios y el culpable; Dios tiene que castigar al transgresor, y el hombre ha transgredido. ¿Cómo reconciliar a los dos? Aquí interviene el mediador, uno entre mil, que puede poner sus manos sobre ambos, resolver su enemistad mortal y establecer paz eterna entre ambos. El mediador no es para aquellos que están unidos, sino para los que tienen diferencias que no pueden subsanar fácilmente.

IV. En este caso, si el que ha transgredido quiere reconciliarse, le es posible hacerlo, porque el Dios, contra quien transgredió, está dispuesto a hacer las paces. No hay necesidad de un mediador a menos que ambas partes estén dispuestas a reconciliarse. El mediador que interviene entre dos personas que se aborrecen, pero que no están dispuestas a reconciliarse, cuyo caso no tiene remedio, simplemente pierde su tiempo. Pero, en nuestro caso, Dios está dispuesto a reconciliarse. “No hay enojo en mí” (Is. 27:4). En cambio, el hombre no está dispuesto a reconciliarse con Dios hasta que su gracia le cambia el corazón. Si usted desea terminar su enemistad con Dios y ser su amigo, le alegrará saber que hay un mediador. Jesús está en espera de quitar la barrera que lo separa de Dios y reconciliarlo con él. De hecho, él ya proveyó para esa reconciliación por medio de su propia muerte.

No obstante, para que pueda intervenir un mediador, un árbitro, _ambas partes tienen que estar dispuestas a dejar el asunto en sus manos._La diferencia que los separa tiene que ser una que ninguna de las dos partes puede eliminar independientemente, que quieren solucionar, y que estándispuestos a poner en manos del árbitro. Dios está listo para confiarnuestro caso a Cristo. Así lo ha hecho. Él se ha valido de la ayuda deuno que es poderoso. Lo ha capacitado y comisionado para que venga como un embajador y establezca la paz entre él y el hombre culpable. Por su parte, ¿está usted dispuesto a poner todo su casoen manos de Cristo para hacer lo que le pida, para reconocerlo que él quiere que confiese, para arrepentirse de aquello que él le convence que ha hecho mal, para corregir aquello por lo que él le dice “Has fallado”? ¿Confiará su caso a un mediador y hará que Jesucristo, el Hijo de Dios, represente su caso?Dios confía plenamente en la capacidad mediadora de su Hijo Jesús y pone todo en sus manos. No temedejar todo lo concerniente a su gobierno moral y su carácter real en lasmanos de su Hijo amado. ¿Confiará usted los intereses eternos de su alma aesas mismas manos amadas y traspasadas [en la cruz del calvario]? Si es así, alégrese de quehaya un mediador entre dos partes enemistadas durante tanto tiempo: Un mediador entre Dios y usted. Recíbalo ahora en su corazón.

V. Ahora vamos un paso más allá. Un mediador no lo es de uno solo, sino que analiza los intereses de ambas partes. Así es nuestroSeñor Jesucristo. Al venir a la tierra, ¿vino para salvar a loshombres? Sí. ¿Vino para glorificar el nombre de Su Padre? Sí. ¿Por cuálde estos dos propósitos vino principalmente? No sé decirlo. Vino por ambosy combina los dos. Cuida de los intereses del hombre y defiende el caso de su alma; cuida de los intereses de Dios y vindica el honor de Dios, aun hasta la muerte. ¿Es él obediente para poder magnificar laley de Dios y engrandecerla (Is. 42:21)? Sí, pero es mediador para redimirnosde la maldición de la Ley (Gá. 3:13).Amados, nuestro bendito mediador no lo es de uno solo. Un árbitro nodebe tomar partido y un mediador que no entiende más que una de las partes y no se preocupa más que por una de las partes, es indigno de su nombre. Nuestro mediador, el Señor Jesucristo, tiene ambas naturalezas. ¿Es Dios? Sin lugar a dudas es el Dios verdadero. ¿Es hombre? Ciertamente es de la sustancia de su madre, tan verdaderamente hombre como cualquiera de nosotros. ¿Es mayormente Dios o es mayormente hombre? Ésta es una pregunta que ni siquiera debiera formularse y, por lo tanto, no merece respuesta. Él es mi hermano. Es Hijo de Dios. Sí, él mismo es Dios. ¿Qué mejor árbitro podríamos tener que este ser humano divino, que puede poner sus manos sobre ambos, quien, siendo en forma de Dios, aun así llama al hombre su hermano? (Fil. 2:6-8). El mediador no lo es de uno solo, puesto que tiene las dos naturalezas y defiende las causas de ambas. ¡Oh, qué importante es la gloria de Dios para el corazón de Cristo! Él vive, muere y resucita para glorificar al Padre. ¡Oh, qué importante es para Cristo la salvación de los hombres! Él vive, muere y resucita para la salvación del pecador. Tiene el entusiasmo de la humanidad, pero también el de la divinidad. Dios ha de ser glorificado; él muere para que lo sea. El hombre necesita ser salvo; él muere para que lo sea. ¡Qué magnífico mediador, porque no lo es de uno solo, sino que se hace responsable de la causa de ambas partes!

VI. En este oficio, nuestro bendito mediador defiende a ambas partes, presentado la causa de una a la otra, porque no es mediador de uno solo. Un mediador, cuando quiere negociar la paz, acude a una de las partes, explica el caso, le exhorta y presenta su defensa. Una vez que lo ha hecho, se dirige a la otra parte y explica la perspectiva de la primera parte. Defiende a una parte ante la otra. Así es como Cristo intercede entre Dios y el hombre. ¡Oh, qué maravilloso! Defiende la causa del pecador ante Dios: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Y luego da media vuelta y presenta la causa de Dios a los pecadores, les pide que acudan a él y que se reconcilien con él ¡porque él es el Padre y Amigo de ellos! Aquel que pretenda intervenir y ser un mediador, y luego le adjudica toda la culpa a una de las partes y sólo cuida los intereses de la otra parte, no es un mediador, sino que está de parte de solo una de las facciones. Pero, en el caso que nos ocupa, tenemos uno que tiene algo que decir, no para vindicar o excusar el pecado, sino para pedir misericordia por el pecador. Él tiene algo que decir para engrandecer la justicia de Dios y, sin embargo, clama pidiendo misericordia. Ruega: “¡Ten misericordia, oh Dios! ¡Ten misericordia del culpable!”. Creo que he comprendido el sentido de este texto, aunque por alguna razón, me es imposible explicar el significado exacto de las palabras. Este significado permanece oculto dentro de las palabras: Un mediador no es para uno, sino que analiza los intereses de ambos.

VII. Resulta claro, entonces, que un mediador debe tratar con dos partes, de lo contrario, su oficio solo lo es de nombre. El oficio de un árbitro está diseñado para que quien lo ejerza trate de mantener el orden entre dos grupos de personas; pero si uno solo se hace presente, el árbitro no tiene nada que hacer allí. “El mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno”.

Ahora bien, mi Señor está aquí hoy para actuar como mediador. Dios está dispuesto a reconciliarse con sus criaturas. Pero si no hay nadie que necesite reconciliarse con él, si esta predicación no tiene ninguna relación con ningún oyente, entonces es muy claro que Cristo no podrá cumplir su oficio. Él no puede ser un mediador, a menos que haya aquí algún pecador que necesita reconciliarse con el Señor. ¿Dónde está ese pecador? Mi Señor, el mediador, está reuniendo en este momento su juzgado y toma su lugar entre nosotros como embajador; pero, ¿qué puede hacer, a menos que encontremos la otra parte de la mediación, a menos que podamos encontrar al transgresor, al culpable y, a menos que, una vez que lo encontremos, el Espíritu de Dios le mueva a decir: “Anhelo reconciliarme con Dios y pongo mi caso en manos del gran mediador”? Si no hay ningún pecador en el mundo, entonces no hay un Salvador en el mundo. ¿Cómo podría salvar a alguien si los hombres no son culpables y no necesitan ser salvados? ¡Le afirmo, pecador, que usted es indispensable para que Cristo lleve a cabo su obra! Digamos que un médico coloca en el frente de su casa una placa de bronce que anuncia su consultorio. Voy y le digo que no hay ningún enfermo en todo el distrito. Le demuestro que en diez kilómetros a la redonda, no hay nadie que sufra ni siquiera de una gripe o de un dolor de muelas. De seguro que el buen doctor descolgará su placa de bronce y se irá un mes al campo a descansar. Si todo el mundo gozara siempre de buena salud, no necesitaría los servicios de un médico. Ahora bien, si en esta ocasión, cada uno de los presentes ha guardado la Ley de Dios y es inocente, está libre de culpa y en plena armonía con Dios, mi Señor no tiene ninguna misión aquí, ni yo tampoco. No tengo ninguna necesidad de hablar de él porque “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mt. 9:12). Por tanto, me presento en el nombre del mediador para preguntar si no habrá algún pecador que quiera confesar su culpa; algún enemigo de Dios que quiera pedir paz; algún joven insensato que habiendo vivido sin Dios hasta ahora, quiera reconciliarse con él. De ser así, permita que el Señor haga su obra en usted. Deje que cumpla ese divino oficio de mediador que tanto le complace.

Y tome nota de esto: En el caso de un mediador o árbitro, entre más difícil es el caso, mayor es la honra que recibe si lo resuelve. Si la enemistad entre usted y Dios es muy grave, le recomiendo a mi Señor como mediador, pues nunca ha fallado en resolver ni una sola enemistad y, en este instante, dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37). Salomón se distinguió por su sabiduría para resolver problemas difíciles, pero hay ahora en este lugar uno más grande que Salomón. Si su vida es un caos y está plagada de problemas, Jesús puede enderezarla. Si sus diferencias con Dios son demasiado graves y serias como para expresarlas con palabras; si le están oprimiendo, si le quitan el sueño, si lo están llevando al borde del infierno, mi Señor, el mediador, puede todavía resolver lo que sea y hacer las paces entre su alma y Dios. ¿Está dispuesto a que él cumpla su oficio en usted? Si así es, entre peor sea su caso, mayor será el mérito que le corresponderá a mi Señor como mediador cuando haya resuelto su relación con Dios.

No tema porque haya tantos pecadores aquí presentes, ni porque tantos sean enemigos de Dios. Mi invitación no la dirijo sólo a uno de ustedes para que venga, sino: “Vengan todos, cuantos más vengan mejor”. Mi Señor recibirá mayor honra si resuelve esta enemistad en cientos de casos, todos distintos, pero todos graves. Venga uno, vengan todos, él no le cerrará la puerta a nadie. Cuando uno va ver a ciertos doctores reconocidos de esta ciudad, tiene que presentarse muy temprano en la mañana y esperar casi hasta la noche antes de que lo atienda; en cambio, no hay que esperar nada para ser atendido por mi Maestro y Señor. Si anhela ser amigo de Dios, el mediador está listo para atenderlo, resolver las diferencias [entre ustedes] y despedirlo feliz en el amor del Altísimo.

“¿Pero puedo venir?”, preguntará alguno. ¿Que si puede venir? ¡Claro que puede! Cuando Cristo se ofrece como mediador, ¿por qué no aprovechar esa oportunidad? Yo no me disculpo por ir al médico cuando estoy enfermo. Él se ha anunciado como médico, por lo tanto, está dispuesto a tratar con los enfermos y por eso voy a verlo cuando lo necesito. No me estoy tomando ninguna libertad al ir a verlo. Si él ha asumido ese oficio, sin duda alguna lo cumplirá. ¡Pobre desventurado culpable, temeroso de venir a Dios! ¡Puede estar seguro de que Cristo hace pública su designación de mediador con la intención de cumplir su cometido! Él es el camino al Padre. Venga, acuda a él para que cumpla su obra en usted. Crea que él puede hacer lo que, por su nombre y título oficial, profesa hacer. Venga y reconcíliese con Dios por medio de Jesucristo su Hijo, el mediador.

Desde hace casi cuarenta años me esfuerzo por predicar. No he podido hacerlo como yo quisiera. ¡Oh, que supiera cómo expresar esto para conmover a cada alma a fin de que acuda a Dios yclame pidiendo paz con Dios! ¡Cuánto anhela Dios estar en paz con los hombres, tanto que provee un mediador entre él mismo y ellos! ¡Con cuánta rapidez debería acudir usted sabiendo que la honra y la gloria de Cristo dependen de que cada uno deje su caso en sus manos! Vuelvo a preguntar: ¿De qué vale un mediador si nadie le confía su caso? La condición de un rey sin corona, un pastor sin rebaño, un agricultor sin tierras, un médico sin enfermos, es lastimosa. ¿Y cuál sería la condición de Cristo, si no hubiera pecadores? Su nombre sería insignificante y sin gloria. ¡Venga, pues, usted, aunque sea el peor de los pecadores, venga a Cristo y entréguele su caso!

VIII. Concluyo haciendo notar que, aunque es necesario que cuando el mediador inicia su labor de arbitraje debe haber dos partes en conflicto, pues el mediador no lo es de uno solo, pero Dios es uno. Cuando concluye su tarea, el mediador tiene que haber hecho de los dos, uno; de lo contrario no ha tenido éxito. Nuestro Señor ha derribado la pared intermedia de separación. A través de los siglos, ha logrado la reconciliación verdadera de Dios con los que estaban separados de él. Cristo ha hecho esto por tantos, que le ruego que se pregunte usted: “¿Acaso no lo hará por mí?”. ¿Por qué no? En la morada privada de Cristo hay un registro de diez mil disputas entre los hombres y Dios, que él ha resuelto. ¿Por qué no tendría también mi nombre entre esos? ¿Por qué no pondría fin a mi enemistad con Dios? ¿Por qué no me reconciliaría con el Padre para que me dé el ósculo de la paz? Él nunca ha fallado en ningún caso. Algunos de los peores casos han sido sometidos a su arbitraje y siempre ha salido airoso. No se sabe en el cielo de ninguna derrota de nuestro Señor; ni las sombras tenebrosas del infierno pueden mostrar ni una sola falla de Cristo en el caso de alguna pobre alma, condenada y culpable, que haya acudido a él, rogando: “Dame paz con Dios”. El mediador nunca tuvo que responder: “No puedo hacerlo”. No existe ningún caso así. ¡Venga, mi amigo, aunque haya vivido hasta los ochenta años siendo enemigo de Dios, todavía puede convertirse en su amigo por los oficios de este mediador! ¡Venga, usted que me escucha, si es joven y fuerte, y si sus pasiones lo han llevado muy lejos de la pureza, al punto de estar enemistado con Dios; venga ahora mismo, tal como es, y Cristo resolverá la enemistad entre usted y Dios! Su sangre que perdona puede quitar la culpa que enciende la ira de a Dios; y el agua que fluyó con sangre del costado traspasado de su amado, puede quitar de su pecho el deseo de rebelarse. Mi anhelo es que estas palabras sean de consuelo para el alma que las necesite para conducirla a Jesús.

La reconciliación obrada por Cristo es totalmente perfecta. Significa vida eterna. Oh, querido oyente, si Jesús lo reconcilia con Dios ahora, nunca volverá a enemistarse con él, ni Dios se enemistará con usted. Si el mediador elimina el motivo de la disensión —su pecado y lo pecaminoso de su naturaleza— lo elimina para siempre. Él arrojará sus iniquidades a lo más profundo del mar: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Is. 44:22). Una vez establecida la paz entre usted y Dios, él lo amará para siempre y usted lo amará para siempre a él; y nada podrá separarlo del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro. 8:39). Hay adhesivos que unen de tal manera las piezas de los platos rotos, que estos quedan más fuertes de lo que eran antes de romperse. No sé cómo puede ser eso. Pero esto sí sé: que la unión entre Dios y el pecador, reconciliados por la sangre de Jesús, es más cercana y más fuerte que la unión entre Dios y Adán antes de la Caída. Aquella unión se rompió de un simple golpe. En cambio, si Cristo nos une al Padre por su sangre preciosa, nos mantendrá unidos para siempre por el influjo de su gracia en nuestra alma. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro. 8:35).

Hay una cosa más. Recuerde que si rechaza al mediador designado por Dios, está rechazando definitivamente la posibilidad de tener paz con Dios. En el pasado nunca hubiera podido encontrar otro mediador, ni podrá encontrar otro ahora: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). No puede haber otro mediador más propicio en todo sentido para interponerse entre nosotros y Dios, como el Dios-hombre, Cristo Jesús, aquel que se desangró en la cruz para quitar nuestro pecado y resucitó para proclamar que somos justificados. Si Dios arranca de su propio regazo a su propio Hijo y lo entrega para morir con el fin de establecer la paz con nosotros y nosotros lo rechazamos, significa que queremos una guerra sin cuartel contra Dios. A eso se reduce todo. El que no acepta la mediación de Cristo, estará librando una batalla eterna con el Todopoderoso. Se coloca el yelmo y ciñe su espada para combatir inútilmente con su Hacedor. El que rechaza a Cristo, rechaza la paz. Estoy seguro de esto. Está eligiendo la guerra con el Señor de los ejércitos.

Pues bien, señores, el que quiere guerra, guerra tendrá; pero le ruego al que eso quiere, que se arrepienta este mismo instante de su insensata elección. ¿Cómo puede contender contra Dios? ¿Qué sentido tendría? Luchar contra Dios es obrar contra sus propios intereses y llevar su alma a la ruina. El cielo, el único cielo que una criatura puede tener, es estar en paz con su Creador. No hay paz para el impío. ¿Cómo podría haberla? La única esperanza que podemos tener es estar de acuerdo con Dios. Si él nos hizo, nos hizo con un propósito. Cumplir ese propósito, será cumplir el propósito de nuestra vida y seremos felices. Si no lo cumplimos, nunca seremos felices. Y si optamos por ser enemigos de Dios, lo hacemos para nuestra condenación eterna. Dios ayude al que ha hecho tal elección para que se arrepienta. Aferrémonos ahora a Cristo, el mediador, y pongamos toda nuestra confianza en él para hacer las paces entre nosotros y Dios. ¡Y sea a su nombre gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Tomado de un sermón predicado la noche del Día del Señor, 23 de febrero de 1890, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés, cuyos escritos son los más leídos (aparte de los encontrados en las Escrituras). Existen en la actualidad, más materiales escritos por Spurgeon que cualquier otro autor cristiano, vivo o muerto. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.