La plenitud del Mediador
John Gill (1697-1771)
“Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Colosenses 1:19).
El Apóstol, después de su habitual saludo a la iglesia de Colosas, con mucho placer, toma nota de su fe en Cristo y de su amor por todos los santos; y pide que sean llenos del conocimiento de la voluntad de Dios en toda sabiduría e inteligencia espiritual. Incluye en su oración que los creyentes anden como es digno del Señor de manera que puedan dar fruto y aumentar su conocimiento de Dios. También da gracias por algunas bendiciones especiales de gracia, de las cuales él y ellos eran partícipes, tales como la herencia del cielo, la liberación del poder de las tinieblas, su traslado al reino de Cristo, la redención a través de su sangre y el perdón de los pecados. Luego, aprovecha la ocasión para exponer las glorias y excelencias de la persona de Cristo, diciendo en el versículo 15 que él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Menciona, entre otras virtudes, la imagen natural esencial, eterna, increada y perfecta de la persona de su Padre, a quien nadie ha visto jamás. [Él es] el primogénito de toda criatura; no que fuera la primera criatura que Dios hizo. [Pues esto] no coincide con el razonamiento del Apóstol en los versículos que siguen: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (1:16-17). Enseguida, el Apóstol procede a considerar a Cristo en su oficio de Mediador. Él es la cabeza del cuerpo, la Iglesia, incluso de la asamblea general y la Iglesia del primogénito, cuyos nombres están escritos en el cielo; incluye a todos los escogidos de Dios, sobre los cuales él es cabeza de dominio y poder, también de autoridad y de provisión. Abundando en las excelencias de Cristo, dice que él es el principio, tanto de la primera como de la nueva creación, el primogénito de entre los muertos, el que venció a la muerte por su propio poder resucitando a una vida inmortal y, estando ahora sentado a la diestra de Dios, ejerce el juicio que le fuera encomendado sobre todas las cosas para que tuviera la preeminencia sobre todas ellas. Cristo es altamente calificado por y para todo esto, ya que agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.
I. Consideremos de qué plenitud de Cristo se trata, ya que las Escrituras hablan de más de una.
A. Está la plenitud personal de Cristo o la plenitud de la deidad, como dijo el Apóstol en esta misma epístola: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2: 9). No hay perfección esencial a la deidad, que él no tenga; ni hay ninguna que el Padre tenga, que él no tenga en plenitud. La eternidad es singular a la Deidad: Cristo no fue solo antes de Abraham, sino antes de Adán, sí, antes de que existiera ninguna criatura. Él es “el Alfa y la Omega, principio y fin… el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Ap. 1: 8). Él es “desde el siglo y hasta el siglo” (Sal. 90:2).
La omnipotencia o el poder de hacer todas las cosas, sólo puede ser un atributo de Dios. Las obras de la creación, la providencia, la redención, la resurrección de los muertos, entre otras cosas, en las que Cristo ha obrado, proclaman a viva voz que él es el Todopoderoso.
La omnisciencia, otra perfección de la Deidad, es muy fácil de ver en Jesucristo. No necesitaba que alguien le diera testimonio de algo sobre el hombre porque sabía lo que había en el hombre (Jn. 2:25). Él es esa palabra viva de Dios, quien discierne los pensamientos e intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (He. 4:12-13). Pronto, hará que toda iglesia, sí, que todo el mundo sepa que él es “el que escudriña la mente y el corazón” (Ap. 2:23).
La omnipresencia y la inmensidad son atributos propios de Dios y, por ende, se encuentran en Cristo Jesús, quien estaba en el cielo al mismo tiempo que en la tierra (Jn. 3:13); lo cual hubiera sido imposible si no fuera el Dios omnipresente, como tampoco podría cumplir las promesas que hizo de que él estaría con su pueblo toda vez que se reuniera en su nombre y con sus pastores hasta el fin del mundo. Tampoco podía estar presente con las iglesias en todas partes, como ciertamente lo está, ni llenar todas las cosas, como ciertamente lo hace, si no fuera omnipresente.
La inmutabilidad es algo solo de Dios: Cristo es “el mismo ayer, hoy y por los siglos” (He. 13: 8). En suma, la independencia y la existencia necesaria, que son esenciales a la deidad, deben atribuirse sólo a él porque él es Dios de sí mismo. Aunque como hombre y Mediador, tiene una vida transferida a él por el Padre, como Dios, no le debe su ser a nadie. No se deriva de otro, él “es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Ro. 9: 5). [Cristo] es, por lo tanto, “el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Jn. 5:20). Si en él faltara alguna perfección de la deidad, no podría decirse que en él mora la plenitud, toda la plenitud de la deidad, ni se podría decir que es, “igual a Dios” (Fil. 2:6). Algunos piensan que ésta es una plenitud que nosotros hemos insertado en nuestro texto y leen: “La plenitud de la Deidad”, que parece ser transcrita de otro pasaje de la epístola ya mencionada. Suponen que esto conviene al Apóstol para poder demostrar la primacía y preeminencia de Cristo sobre todas las cosas. Pero es digno de observar que la plenitud de la deidad que radica en el Hijo de Dios no depende de la voluntad ni de las órdenes del Padre; en cambio, es lo que, como tal, natural y necesariamente cumple. Él participa de la misma naturaleza indivisible y esencia del Padre y del Espíritu y, por lo tanto, no puede ser una virtud que nosotros pretendamos asignarle…
B. Hay una plenitud relativa que le pertenece a Cristo. No es otra cosa que su cuerpo, la Iglesia, de la cual es cabeza, a quien la Palabra llama por esta razón “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef. 1:23) porque ella, la Iglesia, está llena de él. Cuando todos los escogidos se reúnen, incluyendo la plenitud de los gentiles y de todo Israel salvo; cuando estos están llenos de todos los dones y la gracia de Dios diseñados para ellos y han crecido hasta su justa proporción en el cuerpo y, además, han alcanzado “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13); entonces son de hecho el cuerpo de Cristo y pueden por eso ser llamados así. Algunos exégetas opinan que ésta es la plenitud a la que el versículo se refiere. Aunque la Iglesia mora en Cristo y él en ella, y por la buena voluntad del Padre y porque a él le ha placido; y aunque ella está completa en Cristo y dice la Palabra que es su plenitud, propiamente hablando, ella no lo es todavía, al menos en el sentido como lo será al final de los tiempos. Tampoco dice el texto que ella sea toda plenitud y, por lo tanto, ésta no puede ser la intención del texto.
C. Hay una plenitud de capacidad y habilidades en Cristo para cumplir su oficio como Mediador en su ser, como Dios tanto como hombre, o en la unión de las dos naturalezas —la divina y la humana— en una sola persona. Por eso está ampliamente calificado para ser el “árbitro que ponga su mano sobre nosotros” (Job 9:33) o, en otras palabras, ser el Mediador entre Dios y el hombre (1 Ti. 2:5). [Cristo es] ambas cosas: “misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (He. 2:17). Siendo hombre, tenía que ofrecer algún sacrificio a Dios para poder satisfacer lo que la Ley y la justicia de Dios requerían. [Cristo también tuvo la capacidad] de trasmitir las bendiciones de gracia que él había obtenido para escoger a los hombres, razón por la cual “no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham” (He. 2:16). La santidad de la naturaleza humana de Cristo lo calificó ampliamente para ser sumo sacerdote, abogado e intercesor. Muy a menudo, los escritos sagrados enfatizan esto, como cuando dicen que “él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él” (1 Jn. 3:5), que se ofreció “sin mancha para con Dios” (He. 9:14) y nos afirma que somos redimidos por la sangre de Cristo, “como [la] de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pe. 1:19). De hecho, tal redentor es apropiado para nosotros, dicho abogado nos conviene, porque es “Jesucristo el justo” (1 Jn. 2:1). Tal Sumo Sacerdote es “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (He. 7:26). Siendo tanto Dios como hombre, hay virtud suficiente en todas sus acciones y sufrimientos para cumplir cabalmente el plan para el cual el Padre lo envió al mundo: Purificar con su sangre todo pecado, justificar con su justicia al hombre pecador y, por medio de su sacrificio, expiar23 el pecado. Siendo el Dios todopoderoso, tuvo la capacidad de acercarse a Dios para interceder por nosotros, ofrecernos a Dios, cargar nuestros pecados y cumplir el castigo que correspondía a esos pecados, sin fallar ni desanimarse. Sólo su brazo fuerte fue capaz de darnos salvación. No carece de nada que pueda impedir que sea un Salvador completo y Cabeza de la Iglesia. Ahora bien, esto puede ser parte del sentido de nuestro texto, pero no todo.
D. Hay plenitud para ser dispensada y comunicada, que el Padre por su buena voluntad y porque le plugo hacerlo, puso en las manos de Cristo para ser repartida a otros. Y a esto se refiere, principalmente, lo esbozado aquí, y es:
1. Una plenitud de naturaleza: “Cristo es la cabeza de todo varón” (1 Co. 11:3) y “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:22). Dios lo ha nombrado “heredero de todo” (He. 1:2), incluso de la naturaleza. La luz de la naturaleza está en él y él mismo es “luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Jn. 1:9). Las cosas de la naturaleza están todas con él y están a su disposición: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1) y lo da a su pueblo escogido y especial de una manera única. Las bendiciones de la naturaleza son como la mano izquierda de la sabiduría, así como las de la gracia son su mano derecha: “el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1) son suyos, incluso los seres humanos en el mundo. La parte perversa del mundo es, en cierto sentido, dada a él para ser subordinada a los fines de su reino y gloria como Mediador. “Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra” (Sal. 2:8-9). Es obvio que esas declaraciones no se refieren a los escogidos.
2. Una plenitud de gracia: Cristo está “lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Es de esta plenitud que el creyente recibe “gracia sobre gracia” (Jn. 1:16), una especie de plenitud de ella, toda clase, medida y provisión de gracia.
a._Hay en Cristo una plenitud del Espíritu de gracia y de los dones del Espíritu._Porque él es el Cordero en medio del trono, con “siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios” (Ap. 5:6). No siete subsistencias personales distintas; sino que la frase describe al único Espíritu de Dios y la perfección de sus dones y su gracia. Menciona el número siete que, en su sentido más amplio habita en Cristo; “espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (Is. 11:2). Es poseedor [de estos dones]. Es ungido “con óleo de alegría”, con el Espíritu Santo “más que a tus compañeros”, que a cualquiera de los hijos de los hombres, que son hechos partícipes de su gracia y gloria (Sal. 45:7; He. 1:9); porque “Dios no da el Espíritu por medida” (Jn. 3:34). Todos los dones extraordinarios del Espíritu Santo, con los cuales se llenaron los apóstoles en el día de Pentecostés, fueron dados por Cristo como Cabeza de la Iglesia, quien, al ascender al cielo para cumplir todas las cosas, tomó “dones para los hombres” (Sal. 68:18) y se los dio a fin de calificarlos para realizar una obra y un servicio portentoso. Y ha estado dando esos dones en todas las épocas de la Iglesia, a fin de que los miembros del cuerpo de Cristo hagan “la obra del ministerio” (Ef. 4:12), para la edificación de su cuerpo, la Iglesia, porque hay en él “abundancia de espíritu” (Mal. 2:15).
b. Hay una plenitud de las bendiciones de la gracia en Cristo. El pacto de gracia es tanto ordenado como seguro en todas las cosas; está lleno de todas las bendiciones espirituales. Ahora bien, este pacto se hace con Cristo; está en sus manos, sí, él mismo es el pacto. Todas las bendiciones de este pacto están sobre la cabeza y en las manos de Aquel que es un tipo de José, incluso “serán sobre la cabeza de José” (Gn. 49:26). Por lo tanto, si alguno es bendecido con estas bendiciones, lo es “en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3)… particularmente, hay en Cristo una plenitud de justificación, perdón, adopción y gracia santificadora.
_(1) En él hay plenitud de gracia justificadora_24. Una parte de su obra y oficio como Mediador era “traer la justicia perdurable” (Dn. 9:24), una justicia que responde a todas las demandas de la Ley y la justicia, las cuales deben responder por su pueblo en un momento en el futuro para luego durar para siempre. Tal rectitud ha logrado que se satisfaga la justicia, que la ley sea magnificada y honrada, lo cual complace a Dios. De allí que sea llamado: “jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6) y “el Sol de justicia” y fuerza (Mal. 4:2), el único de quien podemos obtener nuestra justicia. Ahora bien, esta justicia cumplida por el Hijo de Dios está en él y con él como su autor y sujeto. Las almas sensibles se dirigen a él, en él confían y a él se la piden; y cada uno [dice], a medida que crece su fe: “Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza” (Is. 45:24). De él reciben este “don de justicia” y con él “la abundancia de gracia”; una verdadera sobreabundancia de ella (Ro. 5:17). Como este don fue libremente forjado para ellos, es libremente imputado a ellos y otorgado a ellos, sin ninguna consideración de sus obras. Es tan grande y pleno que es suficiente para justificación de todos los escogidos de las obras de las cuales estos no pueden de otra manera “ser justificados” (Hch. 13:39).
(2)Hay también una plenitud de gracia perdonadora en Cristo. El pacto de gracia ha proporcionado ampliamente y en su totalidad el perdón de los pecados de todo el pueblo del Señor. Una gran parte de ella es lo que dice el Señor: “Seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (He. 8:12). En consecuencia de este pacto y de los compromisos de Cristo en él, su sangre “por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mt. 26:28). El punto central de esto es que en él “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Ef. 1:7). Tal redención es totalmente gratuita; en ella se destacan eminentemente las riquezas, la gloria de la gracia y la misericordia; por lo tanto, es grande y abundante, completa y plena. Dios, conforme al pacto de su gracia y en razón de la preciosa sangre de su Hijo, perdona todas las ofensas de su pueblo cometidas en el pasado, las que cometen en el presente y las que cometerán en el futuro. Por medio del hombre Cristo Jesús recibimos la predicación y el perdón ilimitado y completo de nuestras transgresiones. Ésta es la declaración del evangelio y lo que constituye las buenas nuevas a los pecadores sensibles de su condición y necesidad: “Todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hch. 10:43).
(3) Hay también una plenitud al ser adoptados por la gracia en Cristo. La bendición de la adopción de los hijos proviene originalmente del amor del Padre. El apóstol Juan dice: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1). La predestinación es por y a través de Jesucristo. Gozar de ella se debe esencialmente, a la redención que encontramos en él porque vino a redimir “a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá. 4:5). El derecho, el privilegio y la libertad de llegar a ser hijos de Dios, viene realmente de Cristo a los que lo reciben y creen en él, de modo que aquellos que son hijos de Dios, lo son definitivamente por la fe en Cristo Jesús.
(4) Agreguemos a todo lo anterior que hay una plenitud de gracia santificadora en Cristo. Toda la santidad de los escogidos está en las manos de Cristo. Él es su santificación, así como su justicia. Es de su plenitud que reciben cada gracia. Toda la santidad se deriva de Cristo, de la cual los suyos son hechos partícipes durante la vida y que se perfecciona en la hora de la muerte; porque sin santidad, una santidad total, “nadie verá al Señor” (He. 12:14).
En la primera obra de conversión25, una gran medida de gracia santificadora proviene de Cristo, cuando “…la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús” (1Ti. 1:14). Él es “el autor y consumador de la fe” (He. 12:2), es el autor y consumador de toda otra gracia; cada medida y cada porción de cada una de ellas es debida a él. Hay una plenitud de toda gracia en Cristo para satisfacer todas nuestras necesidades, para sostenernos como personas y para llevarnos seguros y tranquilos a través de este desierto. En él hay plenitud de luz y vida, de sabiduría y conocimiento, de fuerza y habilidad, gozo, paz y consuelo. En él hay plenitud de luz espiritual y de él proviene. Como la luz que se esparció por toda la creación en el cuarto día fue tomada de esa gran luminaria que es el sol, así toda plenitud de luz espiritual habita en Cristo, el Sol de justicia, de quien recibimos todo lo que tenemos. “Es como la luz de la aurora”, que va aumentando poco a poco en intensidad, “hasta que el día es perfecto” (Pr. 4:18).
En él mora toda vida espiritual, con él está la fuente de ella (Sal. 36:9); de él tenemos el principio viviente de la gracia y por él se mantiene en nosotros para vida eterna. En Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3) y de él los recibimos. Dado que en él está la justicia con la que nos justifica, de él recibimos la fuerza para oponernos a toda corrupción, soportar a todo enemigo, ejercitarnos en toda gracia y cumplir con todas nuestras responsabilidades. Aunque no podemos hacer nada por nosotros mismos y sin él nada podemos hacer, sí podemos hacer todas las cosas con la fortaleza que recibimos de él. O sea que en Cristo hay una fuente llena y un sólido fundamento de toda paz espiritual, todo gozo y consuelo. “Si hay alguna consolación”, es en Cristo (Fil. 2:1). Fluye de su persona, de su sangre, de su integridad y de su sacrificio en la cruz; es una fuente inagotable de la cual el creyente puede llenarse “con gozo inefable y glorioso” (1 P. 1:8). “Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo” —las que padecemos por Cristo—, de la misma manera, “abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación” (2 Co. 1:5). Hay gracia suficiente en Cristo para llevarnos a través de todas las pruebas, experiencias y aflicciones de la vida; para hacernos fructíferos en toda buena obra y para ayudarnos a perseverar hasta el fin. Hay en Cristo una plenitud de gracia fructífera y persistente.
c.Hay una plenitud de promesas de gracia en Jesús. Hay muchas “preciosas y grandísimas promesas” (2 P. 1:4) que responden a las diversas cuestiones y circunstancias de los hijos de Dios. Nunca ha habido un creyente desde la creación del mundo, y me atrevería a decir que nunca habrá uno hasta su final, que no haya recibido una promesa que responda justo a su necesidad. El pacto de gracia está lleno de estas promesas; de esa fuente son transcritas al evangelio y se extienden a través de toda la Biblia. Lo mejor de todo es que: “todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2 Co. 1:20), todas fueron puestas en sus manos para nuestro uso y todas son dignas de confianza y seguras en él. [Él] velará para que se cumplan plenamente, no sólo la gran promesa de vida, sino “la esperanza de la vida eterna” la cual “Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos” (Tit. 1: 2). Esa promesa de vida eterna está en Cristo Jesús, como lo están también todas las demás, de modo que quienes son partícipes de ellas, lo son en él por el evangelio.
Además de la plenitud de la naturaleza y la gracia que está en Cristo,
3. También está la plenitud de la gloria de la vida eterna y la felicidad: Dios no sólo ha puesto la gracia de su pueblo, sino también su gloria en manos de Cristo. Su porción, su herencia, está reservada para ellos con él, donde se mantiene fiel y segura. Ellos son “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro. 8:17), de modo que su herencia está segura. Como su vida de gracia, así también su vida de gloria “está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3) y llegará el día “cuando Cristo… se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:4). ¿En qué consiste esa manifestación? “Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2). Los santos serán como Cristo, tanto en cuerpo como en alma. Los cuerpos que han sido redimidos por su sangre y son miembros de él serán transformados “para que sea[n] semejante[s] al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:21) en espiritualidad, inmortalidad, incorrupción, poder y gloria; y “resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt. 13:43). Sus almas serán hechas semejantes a Cristo en conocimiento y santidad, tanto como las criaturas sean capaces de serlo. Entonces lo verán como él es, contemplarán su gloria mediadora, lo verán cara a cara y no a través de otro. Los santos se deleitarán inexpresablemente con las excelencias de Cristo y siempre estarán con él en su presencia porque allí hay “plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Sal. 16:11). Ahora todo esto está protegido en Cristo para los santos; todo lo que pudieran esperar, pueden confiar que se cumplirá porque “este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn. 5:11). Así pues, toda la plenitud de la naturaleza, la gracia y la gloria está en Cristo Jesús Señor nuestro.
II. Ahora procedo a dar cuenta de la naturaleza y las propiedades de esta plenitud, en particular, la plenitud de la gracia:
A. Es muy antigua. No debemos suponer que esta plenitud fue puesta por primera vez en las manos de Cristo cuando ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Porque aunque dicen las Escrituras que recibió dones para los hombres y se los repartió y porque hubo entonces un reparto extraordinario de los dones y la gracia del Espíritu a los apóstoles, Dios había dado el Espíritu sin medida a Cristo mucho antes. Los discípulos en los días de Cristo en la carne, en su estado de humillación, cuando la Palabra que se hizo carne y habitó entre ellos, contemplaron su gloria, “gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad” (Jn. 1:14). Y mucho antes de los discípulos, Isaías vio este vástago de su gloria cuyas vestiduras “llenaban el templo” (Is. 6:1). Todos los santos del Antiguo Testamento ponían su fe en él, creían en él y dependían de él como su redentor viviente. Cada uno y todos dijeron: “Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza” (Is. 45:24). De su plenitud recibieron ambas, sacaron agua de alegría “de las fuentes de la salvación” en Cristo (Is. 12:3). Fueron salvos por la gracia del Señor Jesús, tal como somos nosotros. Sí, esta verdad viene de mucho antes, no sólo desde los tiempos del Antiguo Testamento o de la fundación del mundo, sino desde la eternidad misma. Porque tan pronto como los elegidos le fueron dados a Cristo, fueron cubiertos bajo esa gracia plena, la cual ya obraba antes de la fundación del mundo. Desde la elección de ellos en él, que fue antes de la fundación del mundo, fueron bendecidos con todas las bendiciones espirituales en él (Ef. 1:3). Desde que Cristo fue el Mediador del pacto —que sucedió en el mismo momento en que se hizo el pacto, lo cual fue desde la eternidad— tenía en él esta plenitud de gracia. “Jehová me poseía en el principio”, dice la Sabiduría, es decir Cristo, con toda plenitud de gracia. “Ya de antiguo, antes de sus obras” de gracia. Comenzó con esto antes de sus obras de creación y providencia: “Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra” (Pr. 8:22-23) como Mediador del pacto, contaba con todas sus bendiciones y promesas. Todo esto es muy útil para establecer la eternidad de la persona de Cristo, la antigüedad de su oficio y el amor de Jehová desde siempre por su pueblo escogido, lo cual expresa decididamente su maravilloso amor y su gracia particular hacia ellos.
B. Esta plenitud es muy rica, a la vez que enriquecedora. Es una plenitud de verdad así como de gracia; Cristo está lleno de gracia y verdad, que el evangelio nos revela en gran medida. Cada verdad, que es una perla de gran precio, junto con todas las demás, es un tesoro inestimable, más valioso que todas las riquezas de las Indias. Ahora en Cristo están guardados y escondidos “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). ¡Qué rica y enriquecedora abundancia y plenitud de verdad hay en Jesucristo!
Las promesas de la gracia son preciosas para todos los que han visto la gracia manifiesta en quienes les han sido reveladas y aplicadas por el Espíritu Santo de la promesa de manera adecuada y puntual. Para ellos, son muy valiosas; son como “manzana de oro con figuras de plata” (Pr. 25:11), se regocijan con ellas más que con un gran botín y las prefieren a las riquezas del mundo. Estas, como hemos dicho, están todas en Cristo. No sólo hay riquezas de gracia, sino riquezas de gloria en Cristo, incluso “inescrutables riquezas” (Ef. 3:8), que nunca se pueden medir ni contar; que son sólidas y sustanciales, satisfactorias, duraderas e inmortales. Por medio de la pobreza de Cristo, fuimos enriquecidos con esas riquezas aquí y en el más allá. Esto es muy provechoso para exaltar la gloria, la excelencia, la libertad y la plenitud de su gracia: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9).
C. Esta plenitud es totalmente gratuita con respecto a su origen y fuente, su distribución, las personas que se interesan en ella y la manera en que la reciben. La fuente de esa plenitud es la buena voluntad soberana y el deseo, la gracia y el amor de Dios. Le agradó al Padre darle esa plenitud a Cristo. Nada lo obligó a hacerlo, nada en su pueblo ni que éste _haya_hecho porque fue dada a Cristo antes de que [su pueblo] hubiera hecho algo bueno o malo. No pudo haber sido influenciado por su fe y santidad para dársela, ya que estas son recibidas “de su plenitud”, de ella “tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Jn. 1:16), toda clase de gracia, la de salvación, fe y santidad entre otras. Tampoco podrían usarse las buenas obras para motivar la plenitud, puesto que las obras son precisamente fruto de la gracia. Dice la Palabra que la plenitud de Cristo es para los que le temen y confían en él; pero estas frases son descriptivas sólo de las personas que la han recibido y por haberla recibido gozan de plenitud. No es que su temor y fe fueran las causas o las condiciones de ella, pues entonces la bondad de Dios no se mostraría tan ampliamente como el salmista sugiere cuando dice: “¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!” (Sal. 31:19). Y así como la plenitud fue gratuitamente establecida, también así se distribuye. Nuestro Señor la da “a todos abundantemente y sin reproche” (Stg. 1:5). Da esta agua viva a todos los que la piden y también a los que no la piden. Da más gracia en gran medida y nueva cantidad de ella con prontitud y alegría a sus humildes santos cuando la necesitan. No les niega nada bueno a los que andan rectamente. Aquellos a quienes el Señor da [el agua viva] son indignos de recibirla y, sin embargo, la reciben con enorme complacencia. “Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Ap. 22:17). Aquellos que no tienen dinero ni nada valioso, que no tienen valor ni dignidad propia, pueden venir y recibir “sin dinero y sin precio, vino y leche” (Is. 55:1). Y aunque esta plenitud de Cristo, este pozo de gracia es profundo, y no tenemos con qué sacarla, de él recibimos gratuitamente la fe, el balde de la fe [con qué sacarla]. Esa gracia, por la cual la recibimos, no es por nada en nosotros mismos, sino que “es don de Dios” (Ef. 2:8) y, con esta convicción, sacamos agua con alegría de la fuente repleta de salvación (Is. 12:3), la salvación en Cristo Jesús.
D. Esta plenitud es inagotable. Como “toda familia en los cielos y en la tierra” le pertenece a Cristo (Ef. 3:15), él la sostiene. Si por la “familia en los cielos” entendemos que son los ángeles —era habitual a los judíos llamarlos una familia y la familia de lo alto— ¡qué grandes porciones de confirmación de gracia han recibido los ángeles elegidos de Cristo! Porque él es la cabeza de la gracia para ellos, así como lo es para nosotros. Somos completos en él que es “la cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2:10). O, si por la “familia en los cielos” entendemos que son los santos que han ascendido a la gloria, ¡cuánta gracia utilizó el Señor de esta plenitud para llevárselos! La gracia de nuestro Señor ha sido superabundante en ellos, ha fluido y hasta desbordado. Aun en el caso de un solo creyente, la gracia es más de la que necesita, es hasta excesiva. ¡Oh, qué maravillosa gracia debe haber sido para todos los santos en todas las épocas, los tiempos y lugares desde la fundación del mundo! Y todavía hay bastante para la “familia en la tierra” que falta llevarse. Cristo sigue siendo la fuente para todos sus jardines, o sea las iglesias, un pozo de “agua viva” (Jn. 4:10-14) que surte a todos… Su gracia todavía es suficiente para ellos: “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9), es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8).
III. Continuemos para mostrar en qué sentido podemos decir que esta plenitud mora en Cristo y la importancia de esta afirmación:
A. Expresa queestáen él. No es sólo una simple intención, un designio y propósito; sino que realmente mora en él. Dios se la da en las manos y [esta plenitud] permanece en él. De allí es comunicada a los santos porque está en él, de él reciben “gracia sobre gracia” (Jn. 1:16). Él es la Cabeza en quien habita la plenitud; los miembros son de él y se originan en él. Él es de ellos, ellos son suyos; todo lo que él tiene les pertenece. Su persona es de ellos, en quien son aceptados por Dios. Su sangre es de ellos para limpiarlos de todo pecado. Su justicia les pertenece para justificarlos. Su sacrificio es de ellos para expiar su pecado. Y su plenitud es suya para suplir todas sus necesidades. Como resultado, dice el Señor que su llenura es tal, que están llenos del Espíritu Santo, llenos de fe y llenos de bondad (Hch. 6:3, 8; Ro. 15:14). No tienen esa plenitud en el sentido que Cristo la tiene porque él la tiene _sin_medida, en cambio ellos con medida. Está en él como un desbordante manantial, pero en ellos como arroyos que tienen su nacimiento en él. Esta plenitud está en Cristo y en ninguna otra persona. La fuente de la salvación está solamente en él; no hay salvación en ninguna otra. Es en vano esperar de cualquier otra fuente ningún grado de luz y vida espiritual, gracia y santidad; es en vano también esperar o buscar la paz, la alegría y el consuelo en otra parte… Por lo tanto, hacen bien en recurrir a él todos los que se conocen a sí mismos, que tienen algún sentido de sus [necesidades] y [alguna comprensión] de la plenitud de Cristo. Porque ¿adónde podemos recurrir, sino a Aquel que tiene “palabras de vida eterna” (Jn. 6:68)?
B. Se refiere a la continuidad de la plenitud en él. Es una plenitud permanente y produce una provisión diaria y continua. Los creyentes pueden acudir todos los días a ella y recibirla. La gracia que está en ella siempre les será suficiente, aun hasta el final de sus días. Su naturaleza perdurable, su morada perpetua en Cristo es [la razón de] la perseverancia de los santos. Porque él vive lleno de gracia y verdad, viven y vivirán ellos también. Tienen mucha razón los creyentes en esforzarse “en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 2:1). Esta plenitud habitará en Cristo hasta el fin de los tiempos, hasta que todos los elegidos estén reunidos, y estén llenos de gracia y sean aptos para gloria. Habrá tanta gracia y tan grande suficiencia para el último creyente que nazca en el mundo como para el primero. Además, hay una plenitud de gloria en Cristo que habitará en él por toda la eternidad, de la cual los santos recibirán continuamente gloria sobre gloria, como [reciben] aquí y ahora gracia sobre gracia. Tendrán en aquel entonces toda su gloria de Cristo y por medio de él, así como tienen ahora de él y por él toda su gracia.
C. Denota la seguridad y firmeza de la misma. Todo lo que está en Cristo es seguro. Los escogidos de Dios que están en él gozan de la máxima seguridad: nadie puede arrancarlos de las manos del Hijo (Jn. 10:28-29). Estando en sus manos, nunca pueden perder su gracia; ni pueden ser privados de su gloria. Su vida, tanto de gracia como de gloria, “está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3) y fuera del alcance de los hombres y de los demonios. Cristo es el depósito y arsenal de toda gracia y gloria; siempre está bien fortificado. Es una roca, una torre fuerte, un refugio; es tal que las puertas del infierno no pueden prevalecer contra ella (Sal. 18:2; 71: 3, 61:3, Is. 33:16, Mt. 16:18).
IV. Me apresuro a declarar que la existencia y la morada de esta plenitud en Cristo se debe a la buena voluntad y la complacencia del Padre. La expresión, el Padre, no está en el texto original, sino que nuestros traductores la agregaron correctamente, ya que él es mencionado tácitamente en el contexto y se habla de él como el que hace que los santos se reúnan para participar de la gloria celestial. [Él] los libera del poder y dominio del pecado y de Satanás, y los traslada al reino de su amado Hijo (Col. 1:12-13); asimismo reconcilia todas las cosas con sí mismo por Cristo, ya sea lo que está en el cielo o en la tierra, incluso aquellos que fueron extraños y enemigos de él (Col. 1:20-21).
A. Ahora bien, es debido a la buena voluntad del Padre para con su Hijo que en éste mora esta plenitud. Cristo fue siempre Mediador: “Con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Pr. 8:30) y así siguió siendo siempre. Como prueba y demostración de ello, atesoró toda plenitud en él. Ésta parece ser la importancia de las palabras de nuestro Señor, cuando dice: “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Jn. 3:35), es decir, el Padre le mostró su amor y le dio una prueba contundente de ello al someter todas las cosas a su dominio para estar bajo su voluntad y a su disposición. Este sentido de las palabras coinciden con el contexto, que presenta a Cristo en su capacidad de Mediador como exaltado por el Padre con este fin: “Para que en todo tenga la preeminencia” (Col. 1:18).
B. Debido a la buena voluntad del Padre para con los elegidos, es que esta plenitud mora en Cristo. Porque es por ellos que la plenitud está en las manos de Cristo. Dios siempre los ha amado con un amor eterno y, por lo tanto, los cuida eternamente y hace provisión eterna para ellos. Han sido el objeto de su amor y deleite desde la eternidad; por lo tanto, estableció a Cristo como Mediador desde la eternidad y le proveyó esta plenitud para ellos…
C. Agradó al Padre que esta plenitud habitara en Cristo porque lo consideraba la persona más apropiada en quien confiar. No convenía que contáramos con la plenitud al mismo tiempo que Cristo, pero sí de a poco, cuando la necesitamos. No habría estado segura bajo nuestro cuidado. Es bueno para nosotros que no fuera puesta en las manos de Adán, nuestro primer padre, nuestra cabeza natural, donde podría haberse perdido. Es bueno para nosotros que no fuera puesto en manos de ángeles que —dado que son criaturas, son inapropiadas para depositar en ellos tal confianza— en la etapa de su creación eran criaturas mutantes, como la apostasía de muchos de ellos declara fehacientemente. El Padre vio que nadie, sino su Hijo, era digno de esta confianza y, por lo tanto, le agradó confiarle esta riqueza inconmensurable solamente a él.
D. Es la voluntad de Dios y le place que recibamos toda gracia a través de Cristo. Si Dios se comunica con nosotros, tiene que ser desde Cristo Jesús, el propiciatorio. Si tenemos alguna comunión con el Padre, tiene que ser a través del Mediador. Si tenemos alguna gracia del Dios de toda gracia, la recibimos por ese camino, porque sólo Cristo es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6). [Él es], no sólo el camino de acceso a Dios y para ser aceptado por él, sino el portador de toda gracia, de todas las bendiciones de la gracia a nosotros. Todo esto porque le agradó al Padre que toda la plenitud de la naturaleza, la gracia y la gloria moren en Cristo el Mediador.
**1. Lo que antecede, revela la gloria de Cristo.**Una parte considerable de la gloria de Cristo, como Mediador, radica en que está “lleno de gracia y verdad” (Jn. 1:14), lo cual, las almas sensibles a sus propias necesidades, ven con agrado. Esto lo hace “el más hermoso de los hijos de los hombres” porque la gracia —la plenitud de ella— se derramó en sus labios (Sal. 45:2). Esto lo hace… muy codiciable, de hecho “todo él codiciable” (Cnt. 5:16) para todos los que lo conocen. Esto lo hace de inmenso valor y estima para todos los que creen (1 P. 2: 7).
2. Esto nos indica a dónde ir para aprovisionarnos. Durante los siete años de hambre, cuando los egipcios clamaron a Faraón pidiendo pan y habiendo éste puesto a José como administrador de sus graneros, les ordenó: “Id a José, y haced lo que él os dijere” (Gn. 41:55). El Padre puso al Hijo como cabeza sobre todas las cosas de la Iglesia. José es un tipo de Cristo, quien tiene nuestra reserva de plenitud de gracia en su mano y esto, asignado por el Padre. En él “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). Él dispone de toda gracia, por lo tanto, debemos acudir a él ante cualquier necesidad que tengamos. Cuando recurrimos a él podemos estar seguros de que no hay nada que nos haga falta que no podamos encontrar en él y no hay nada que sea lo mejor para nosotros que él no nos lo dé gratuita y gozosamente.
3. Esto nos impulsa a dar toda la gloria a Dios por lo que tenemos por medio de Cristo. Porque él es el vehículo de toda gracia de Dios para que nosotros “ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15). Es por la gracia de Dios en Cristo, a través de él y sólo de él que somos lo que somos. Es lo que nos “distingue” de otros (1 Co. 4:7). No tenemos nada que no hayamos recibido y esto de la plenitud de Cristo; por lo tanto, no debemos gloriarnos como si no lo hubiéramos recibido. Pero si alguno de nosotros se gloría, gloríese en esto: Cristo fue hecho por Dios para nosotros “sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30).
Tomado de un sermón predicado el 15 de junio de 1736, Sermons and Tracts, (Sermones y tratados), Tomo 1, Primitive Baptist Library, Streamwood, Illinois, EE.UU.
John Gill (1697-1771): Pastor, teólogo y erudito bíblico bautista; nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.