La persona, la naturaleza y los oficios del Mediador
William Whitaker (1548-1595)
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).
La comunión con Dios es nuestra única felicidad. Es el cielo de los cielos y es el comienzo del cielo aquí en la tierra. El único fundamento de esta comunión es el pacto de gracia y la gran excelencia de este pacto de gracia es que fue establecido por el único Mediador, Jesucristo.
I. La única manera de que haya una relación de amistad entre Dios y el hombre es por la intervención de un Mediador. El texto lo expresa. Si el hombre en su estado de inocencia necesitaba un Mediador, es algo que se discute entre personas eruditas y sensatas; pero cuando se trata del hombre caído, todas reconocen que necesita un Mediador. Sin un Mediador, Dios no puede sino considerar a los hombres como rebeldes, traidores y objetos merecedores de su ira vengativa. Por otro lado, los hombres no pueden considerar a Dios sino como un Rey que ha sido provocado, un juez airado, un fuego consumidor. Por lo tanto, si no fuera por la intervención de un Mediador (es decir, una tercera persona que se coloca entre Dios y nosotros que estamos en desacuerdo con él, para procurar una reconciliación y amistad), no podríamos más que temer la presencia de este Dios y procuraríamos escondernos como procuraban hacerlo nuestros primeros padres en aquel oscuro intervalo entre su pecado y la ayuda prometida en Génesis 3:15… “se escondieron de la presencia de Jehová” (Gn. 3:8).
II. El único Mediador entre Dios y los hombres. “Un Mediador”, es decir, sólo uno… Así como en la primera parte de este versículo, Dios es identificado como un solo Dios, excluyendo a todos los demás, dice aquí que Cristo es “un solo mediador”, sólo uno. Este Mediador es descrito aquí en parte por su naturaleza: “hombre” y, en parte, por su nombre: “Jesucristo”.
A. Su naturaleza: “Jesucristo hombre” o sea, “ese hombre eminente”, afirman algunos; “él, que fue hecho hombre”, afirman otros.
objeción: “¿Pero por qué se menciona a este Mediador sólo en esta naturaleza?”.
respuesta: (1) Negativamente: No es para restarle dignidad, como si no fuera Dios al igual que hombre, como aducen los arrianos17 basándose en este versículo. Ni como si el cumplimiento de su oficio de mediador fuera sólo o principalmente en su naturaleza humana, como afirman algunos papistas, aunque otros lo niegan… (2) Positivamente: Para probar que Jesucristo era el Mesías verdadero que los profetas anunciaron y que los patriarcas esperaban. En esa naturaleza había sido muy frecuentemente prometido en el primer evangelio jamás predicado, que profetizaba que vendría como Simiente de la mujer (Gn. 3:15). Además, el Apóstol menciona a Cristo en esta naturaleza sólo para alentar el cumplimiento del deber de orar acerca del cual acababa de exhortar (1 Ti. 2:1-3); con ese mismo propósito es mencionado en esta naturaleza únicamente (He. 4:14-16).
B. Sus nombres: “Cristo Jesús”. _Cristo_era el nombre que lo describía. Jesús era su nombre propio.
Cristo denota los varios oficios que utiliza en esta obra de salvación. Cristo es la palabra griega que en hebreo significa Mesías o sea: “Ungido”. Bajo la Ley, la ordenación solemne o el apartar tanto cosas como personas para cumplir servicios especiales, se hacía por ungimiento. Es así que leemos acerca de tres tipos de personas que eran ungidas: Reyes, sacerdotes y profetas y, en relación con estos tres oficios, Jesús es llamado Cristo.
Jesús denota la obra y el porqué de su venida al mundo, tal como dijo el ángel que vino del cielo como un heraldo para proclamar su encarnación: “Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). Otros en las Escrituras tuvieron ese nombre; no obstante, fue dado a él eminentemente y no como a los otros, a quienes se referían como un tipo de ese Salvador perfecto que vendría después de ellos y salvaría a su pueblo de sus pecados.
De las palabras que acabamos de explicar brevemente, surgen estas dos doctrinas:
primera doctrina**:No existe otra manera para que haya comunión entre Dios y el hombre, sino a través de un Mediador.** Por cierto que si consideramos lo que Dios es y, a la vez, lo que es el hombre, ¡qué desproporcionada, qué incompatible es nuestra naturaleza comparada con la de él! ¿Cómo puede ser posible que haya alguna dulce comunión entre los que, no sólo son infinitamente distintos, sino también tan extremadamente opuestos? Dios es santo, en cambio nosotros somos pecadores. En él no hay más que luz, en nosotros nada más que oscuridad. En él no hay nada que sea malo; en nosotros nada que sea bueno. Él es todo belleza, nosotros nada más que imperfección. Él es justicia y nosotros culpabilidad. Él “fuego consumidor”, nosotros rastrojo seco (Is. 6:3 con Gn. 3:5; 1 Jn. 1:5 con Ef. 5:8; Ro. 7:18). En suma: Él es infinita e inefablemente glorioso; en cambio nosotros somos polvo y ceniza y pobres pecadores que nos hemos hundido y rebajado al peor nivel de las criaturas convirtiéndonos en una carga para toda la creación. ¿Puede haber alguna comunión, alguna amistad, entre seres así? “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Am. 3:3). ¿Y qué acuerdo puede haber alguna vez, sino a través de un Mediador?
Si alguna vez se reconcilia Dios con nosotros, tiene que ser a través de un Mediador debido a esa necesidad indispensable de satisfacción y nuestra imposibilidad de lograrla (Ro. 8:7). Si alguna vez hemos de reconciliarnos con Dios, tiene que ser a través de un Mediador por esa enemistad contra toda las cosas de Dios enraizada en nuestra naturaleza y por nuestra incapacidad de cambiar. Por tanto, en ambos sentidos —porque Dios está dispuesto a ser nuestro amigo y porque nosotros no estamos dispuestos a ser amigos de él— se necesitan los oficios de un Mediador (2 Co. 5:19; _cf. Jn._14:6).
segunda doctrina**:**No hay otro Mediador entre Dios y los hombres más que Jesucristo. “Y un solo mediador”, es decir, nada más que uno. La obsesión de los papistas por imponer múltiples mediadores aparte de Dios y de nuestro Mediador, no tiene otro fundamento más que su superstición… En todo el Nuevo Testamento este título de Mediador es dado sólo a Cristo (He. 8:6; 9:15; 12:24). Ciertamente que no hay ningún otro, sino él, el único apto para realizar una obra tan sublime.
primera razón**:**La singularidoneidad de su persona para esta obra insigne.Actuar como un Mediador entre Dios y el hombre es una obra fuera de la capacidad de hombres, ángeles y cualquier otra criatura, excepto Jesucristo, quien debido a lo digno de su persona era en todo sentido apto para esta obra, a saber:
A. Jesús era realmente Dios, igual con el Padre, de la misma naturaleza y sustancia. No sólo homoiousios(de una naturaleza similar), sino homoousios (de la misma naturaleza) como dijo claramente Atanasio18, aquel famoso campeón de la deidad de Cristo, en contra de los arrianos. “En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Co. 2:9). No se trata de la plenitud de la divinidad, sino de la Deidad, dando a entender una identidad de consubstancialidad con Dios el Padre y el Espíritu Santo. Aunque la esencia se manifieste de distintas maneras en las distintas personas de la bendita Trinidad —en el Padre, “sin recibirla de nadie más”, en el Hijo por una generación eterna y en el Espíritu Santo en sus acciones—; no obstante, es la misma esencia de Dios en las tres personas porque tal es la sencillez infinita de esta esencia que no puede ser dividida ni fraccionada. Siendo así, Cristo (sin decir nada de las otras dos personas) es denominado el Hijo de Dios como uno igual con el Padre. Sobre esto es que los judíos basaron sus argumentos cuando lo acusaron de blasfemia: “También decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn. 5:18). La fuerza del razonamiento de ellos radica en esto: El unigénito Hijo de Dios es verdaderamente Dios e igual a Dios, mientras que el hijo del hombre natural es una persona, igual y de la misma sustancia que su padre. Los ángeles y los hombres son hijos de Dios por adopción; en cambio Cristo es el unigénito Hijo de Dios y, por lo tanto, realmente Dios. “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30). “No estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,…” (Fil. 2:6).
Otros argumentos que lo confirman, son:
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Aquel a quien las Escrituras honran con todos esos nombres que corresponden sólo a Dios, tiene que ser [necesariamente] Dios. Los siguientes son los nombres que le atribuyen las Escrituras. No sólo es llamado Dios —“El Verbo era Dios” (Jn. 1:1)—, sino Dios con características adicionales que no tenían ningunos de los magistrados quienes, por ser sus representantes o agentes aquí en la tierra, son llamados a veces “dioses” (Sal. 82:6), ni ningún ser humano alcanza la altura necesaria para que pueda ser llamado “nuestro gran Dios” (Tit. 2:13), “el verdadero Dios” (1 Jn. 5:20), “Dios Fuerte” (Is. 9:6), “bendito por los siglos” (Ro. 9:5), “Señor de gloria” (1 Co. 2:8), “Señor, es del cielo” (1 Co. 15:47) y sí, aquel gran nombre: “Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6).
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Aquel en quien moran esas elevadas y eminentes perfecciones, esos atributos gloriosos que ninguna criatura tiene la capacidad de poseer, tiene que ser [necesariamente] más que una criatura y, en consecuencia, es Dios.
a.Aquel que es omnipotente, cuyo poder es ilimitado, tiene que ser[necesariamente]_Dios._Aun el poder más grande de las criaturas tiene su _non ultra_19, hasta allí puede llegar, “Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante” (Job 38:11). En cambio, de Cristo dice la Palabra que es “el Todopoderoso” (Ap. 1:8), “el Señor nuestro Dios Todopoderoso” (Ap. 19:6).
b.Aquel que es omnisciente, que escudriña los corazones, que tiene una ventana apuntando al corazón de cada ser humano, puede examinar todas las partes y los rincones de nuestras almas, que puede ver a través de todos los velos y máscaras, que ningún ojo humano puede traspasar, tiene que ser[necesariamente]Dios. Y estas son las excelencias adjudicadas a Cristo: “No tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Jn. 2:25). “Yo soy el que escudriña la mente y el corazón” (Ap. 2:23); “él conocía los pensamientos de ellos” (Lc. 6:8; Mr. 2:8; Jn. 13:19, 21-27, etc.).
c.Aquel que llena los cielos, la tierra y todo lugar con su presencia tiene que ser[necesariamente]Dios. Cristo lo era en el cielo mientras estaba en la tierra: “el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Jn. 3:13); “donde yo estoy” (Jn. 14:3). Cristo como Dios estaba entonces en el cielo, cuando como hombre estaba en la tierra; entonces, como Dios está todavía en la tierra, aunque como hombre está sentado a la diestra de Dios en el cielo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).
d.Aquel que es inmutable y eterno tiene que ser[necesariamente]Dios.“Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Sal. 102:25-27). Cristo también es “Padre eterno” (Is. 9:6), “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8).
e.Aquel que tiene vida en sí mismo y es fuente de vida para otros, tiene que ser[necesariamente]Dios. Así es Cristo, “Autor de la vida” para otros (Hch. 3:15) y tiene “vida en sí mismo” (Jn. 5:26).
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Aquel a quien se le adjudican esas obras infinitas, que ningún poder menor que la omnipotencia es capaz de realizar, tiene que ser [necesariamente] más que una criatura. Aquel que puso el fundamento de la tierra, que por su palabra de la nada fueron hechas todas las cosas, que las preserva para que no se conviertan en polvo y se hundan nuevamente en la nada; que podía perdonar el pecado, destruir al que tenía el poder de la muerte, someter a principados y poderes, redimir a su Iglesia y que prometió llevar a su pueblo triunfante al cielo (Mr. 2:5, 7ss; He. 2:13-15), tiene que ser [necesariamente] Dios. Además, todas las obras de la infinidad son adjudicadas a Cristo: La obra de creación: “sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1:3), de sustentación: “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3), de redención: “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).
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Aquel a quien los ángeles adoran, ante quien caen postradas las más elevadas y mejores criaturas, rindiendo el culto que sólo Dios merece, tiene que ser [necesariamente] más que una criatura. Por eso dice de Cristo la epístola a los Hebreos: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6); “lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt. 2:11)…
B. Así como es verdaderamente Dios, es también hombre completo y perfecto, teniendo, no sólo un cuerpo humano, sino un alma racional. En todas las cosas era como nosotros, con la excepción del pecado. Que tenía un cuerpo de verdad, no un cuerpo imaginario, es evidente por toda la historia del evangelio. Aquel que fue concebido [por el Espíritu Santo], que nació, fue circuncidado, que tenía hambre, sed, que sudaba gotas de sangre, que fue crucificado; aquel que iba de un lugar a otro y que no cometió pecado, tenía todos esos sentimientos que son propios del cuerpo, tenía realmente un cuerpo de verdad; tal era el cuerpo de Cristo.
La historia del evangelio muestra a las claras que tenía un alma humana. Aquel que creció en sabiduría y conocimiento, como dice de Cristo Lucas 1:80 y 2:40, dice también Marcos: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Mr. 13:32). Siendo Dios, sabía todas las cosas; siendo hombre sus conocimientos eran los de una criatura y, por lo tanto, limitados. Todo esto muestra que tenía un alma al igual que un cuerpo y que era hombre en todo sentido. Toda la naturaleza del hombre se había corrompido, estaba destruida; por lo tanto, era necesario que Cristo fuera hombre en su totalidad para que la totalidad del ser humano fuera restaurada y salvada.
C. Es Dios y hombre en una persona. Tenía dos naturalezas, pero era sólo una persona; había una sustancia doble: divina y humana, pero no una subsistencia doble20… Por tanto, ambas naturalezas forman un solo Cristo. Era Hijo de Dios e Hijo del hombre, no dos Hijos, sino uno solo. Nació de Dios y nació de una virgen, pero eso con respecto a sus dos naturalezas diferentes. Así es que Cristo era Hijo de David y Señor de David, Hijo de María y también el Salvador y Hacedor de María.
Comprender correctamente esto nos puede ayudar a reconciliar las aparentes discrepancias en cuanto a Cristo que ocurren a menudo en las Escrituras. Estas dicen que nació de mujer y también que no tuvo “principio de días”. Cristo dijo que su Padre era más grande que él, pero por otro lado, que era igual al Padre. Todo esto puede esclarecerse por medio de lo siguiente: [él] era solo una persona. Por lo tanto, como hombre, que consiste de alma y cuerpo, las acciones de cada parte se le adjudicaban a la persona total. El hombre tiene entendimiento; no es su cuerpo, sino su alma la que entiende; sin embargo, se le adjudica a la persona aunque el hecho en sí, es solo de una de las partes. Lo mismo se aplica a esta unión hipostática21 en la que las dos naturalezas en una persona y los actos de cada naturaleza son adjudicados a la persona completa. Por eso dicen las Escrituras que si los judíos hubieran tenido la sabiduría de Dios “nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co. 2:8) o sea que crucificaron a la persona que era el Señor de gloria. Dice Hechos 20:28 que Dios compró la Iglesia con su propia sangre. Como Dios no podía derramar su sangre, en cambio lo hizo aquella persona que era Dios, quien “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). Igualmente, dice la Palabra, que Cristo estaba en el cielo cuando estaba en la tierra o sea que estaba en el cielo como Dios. Por lo tanto, lo que es propio de cada naturaleza —en razón de la unión hipostática— se adjudica a la persona entera.
D. Esta unión de dos naturalezas en un persona ocurre sin confusión ni transmutación22**; las naturalezas permanecen distintas y también sus propiedades y operaciones, a pesar de esta unión.**Algunas cosas son propias de la Deidad, las cuales el humano es incapaz de tenerlas, y algunas son propias del humano, de las cuales la Deidad es incapaz. No podemos decir que la Deidad tuviera sed, que estuviera cansado ni que hubiera muerto; tampoco podemos decir que el humano fue el manantial de todo ser, el Creador y Preservador de todas las cosas ni que es eterno ni omnipresente, aunque podríamos decir todo esto de la misma persona.
Los escritores eruditos han hecho la observación de que dividir la persona que es una sola y confundir las naturalezas que son dos, ha ocasionado esos grandes errores en este artículo de fe por el que la paz de la Iglesia ha sido alterada. Y es por estos cuatro errores sobre los cuales han escrito que han surgido cuatro herejías.
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Los arrianos, que negaban la deidad de Cristo, ante lo cual el concilio de Nicea determinó que era “realmente Dios”.
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Los apolinarianos, que mutilaban y mal interpretaban su naturaleza humana, contra quienes el concilio de Constantinopla determinó que Cristo fue “completa y perfectamente hombre”.
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Los _nestorianos,_que dividían a Cristo en dos personas por sus dos naturalezas, contra quienes el concilio de Éfeso determinó que era Dios-hombre en una persona, “sin separación”.
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Los _eutiquianos_que fusionaban estas dos naturalezas en una persona, contra lo cual el concilio de Calcedonia determinó que era Dios-hombre en una persona, “sin confusión ni mutación” de las naturalezas.
Pero sobre las cuatro herejías mencionadas, ya se ha dicho lo suficiente como antídoto contra esos errores peligrosos. Y, si consideramos realmente todo, no podemos dejar de ver una gran razón por qué debiera ser llamado “Admirable” (Is. 9:6). Buena razón tuvo el Apóstol de exclamar con admiración: “indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad” (1 Ti. 3:16).
E. Lo singularmente idóneo de Cristo para esta obra de mediación surge de ser Dios-hombre en dos naturalezas unidas sin confusión ni transmutación en una persona.
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Si no hubiera sido realmente Dios, hubiera sido una persona inepta para una obra tan elevada. Fue Dios quien había sido ofendido, una Majestad que había sido despreciada; por lo tanto, la persona interpuesta debe tener alguna igualdad con Aquel con quien se interpone. Si toda la compañía de ángeles diligentes intervinieran a nombre del hombre, hubiera sido de poco efecto; Cristo fue infinitamente superior a cualquier otro y esto porque era realmente Dios.
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Si no hubiera sido completamente hombre, no habría sido capaz de cumplir esa condición indispensable que Dios exigía para reconciliarse o sea, la satisfacción de la sentencia justa que Dios había emitido: “El día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17). Era necesario que fuera hombre para poder morir (lo cual Dios no podía hacer) y que la justicia de Dios pudiera ser satisfecha por la misma naturaleza por la que había sido ofendido.
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Si no hubiera sido Dios y hombre en una persona, los sufrimientos de su naturaleza humana no hubieran podido derivar ese valor infinito de la naturaleza divina. No hubiéramos podido invocar su sangre, la sangre del Señor [como lo sugiere Hebreos 9:14: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”]. En Hechos 20:28 al dirigirse a los obispos, el apóstol Pablo dice: “Os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. De otra manera, no hubiera sido más que la sangre de una criatura y, consecuentemente, tan ineficaz como la sangre de toros, etc. (He. 9:12; 10:4).
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Si Cristo no hubiera sido Dios-hombre sin confusión de naturalezas, su deidad hubiera trascendido a su humanidad al punto de perder la capacidad de sufrir, o su humanidad hubiera disminuido su deidad por debajo de su capacitad de ser meritoria, lo cual, sólo imaginarlo es una blasfemia…
segunda razón**:**La aptitud singular de Cristo para llevar a cabo sus oficios con absoluta idoneidad. Todo ser humano sufre tres desgracias que son una barrera triple que le impide tener comunión con Dios. (1) La culpa por sus pecados que no tienen una manera de expiar ni satisfacer. (2) La ceguera de su mente, cuya cura es demasiado difícil para cualquier médico humano. (3) Su esclavitud y cautividad al pecado y Satanás, que son enemigos demasiado fuertes como para que el hombre pueda vencerlos. Sólo Cristo es idóneo para suplir estas tres grandes necesidades, él es ungido por Dios para cumplir el oficio tripartita de Sacerdote, Profeta y Rey, cumpliendo el primero de estos lo usa como argumento en nuestro nombre ante Dios y los dos últimos de Dios a nosotros.
A. El oficio sacerdotal de Cristo es el gran y único alivio que tenemos contra la culpa del pecado. Bajo la Ley, la obra del sacerdote consistía principalmente de estas dos partes: 1. Satisfacción por los pecados del pueblo(Lv. 4:15-19, etc.) y 2. Intercesión ante Dios a favor de ellos(Lv. 16:15-17). Ambos aspectos fueron cumplidos en Cristo, nuestro “gran sumo sacerdote” (He. 4:14). De allí que el Apóstol nos exhorta a acercarnos “confiadamente al trono de la gracia” (v. 16). Lo que otros habían hecho a modo de tipo, Cristo lo hizo de verdad.
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Su satisfacción, aun su pago por el pecado más pequeño de su pueblo, tuvo que pasar por la prueba de la justicia divina. De hecho, lo hizo ofreciendo aquel sacrificio único que valía infinitamente más que todos aquellos millones de sacrificios ofrecidos en la antigüedad, los cuales tuvieron su propia virtud y eficacia. Los sacerdotes de antaño ofrecían criaturas; en cambio, el Sumo Sacerdote se ofreció a sí mismo (Ef. 5:2). Aquellos ofrecían la sangre de toros, etc. (He. 9:12-13), en cambio Cristo, ofreció su propia sangre (Hch.20:28). Aquellos ofrecían muchos sacrificios, en cambio Cristo sólo uno, pero ese único excedía infinitamente a todos los anteriores. Fue tan completo que “una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:14).
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Su intercesión: Ésta es la otra parte de su oficio sacerdotal. Su satisfacción se cumplió en la tierra; su intercesión se cumple mayormente en el cielo. Por la primera, compró nuestro perdón y reconciliación (2 Co. 5:19, ver 5:21); por la segunda, aplica los beneficios que compró. Aunque sufrió mientras estaba en la tierra, obtuvo beneficios que abarcan todas las épocas de la Iglesia, tanto antes como después de su pasión. Por medio de su intercesión, aboga ante el Padre, presentándole su sacrificio como mérito para que nos otorgue bendiciones. Por ende, aquel gran Apóstol une a los dos como fundamento de toda la consolación que ofrece: “Cristo es el que murió;… el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:34). Ambos son un alivio tan completo, tan suficiente contra la culpa del pecado que, aunque no contamos con otro mediador, tampoco lo necesitamos. Así como los sacerdotes presentaban el nombre de los penitentes ante el Señor, lo hace también Jesucristo presentándole los nombres de sus escogidos. Pero el sumo sacerdote de la antigüedad sólo podía presentarse ante el Señor en ciertos momentos, entraba sólo una vez al año al Lugar Santísimo. En cambio Cristo, nuestro Sumo Sacerdote espiritual, no sólo entró, sino que también se sentó a la diestra de Dios para interceder constantemente por su Iglesia: “Entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (He. 9:12, 24-25; 10:12; 7:25; 1 Jn. 2:1). Y además de su constancia, pensemos en la eficacia de su intercesión: El Dios que tiene en cuenta el clamor de los cuervos, el que tuvo en cuenta la humillación de Acab, el Dios que es presto en contestar y honrar las oraciones de su propio pueblo, con más razón tiene en cuenta la oración de su Hijo unigénito, que presenta su sangre en la oración y no lo hace por ninguna otra cosa que lo que Cristo pagó para comprar nuestra salvación. Aquel que es un Sumo Sacerdote tan grande, es absolutamente propicio para la obra de mediación de este oficio.
B. El oficio profético de Cristo es el gran y único alivio que tenemos contra la ceguera e ignorancia de nuestra mente. Él es aquel gran Profeta de su Iglesia que Moisés predijo, lo que los judíos esperaban y todos los hombres necesitaban (Dt. 18:15; Jn. 1:24-25, 45; 6:14); el Sol de Justicia, quien con sus rayos disipa la bruma de la ignorancia y el error que oscurece la mente de los hombres. Por eso es llamado, para demostrar su eminencia, “la luz” (Jn. 1:8) y “luz verdadera” (Jn. 1:9). El cumplimiento de este oficio profético fue revelar la suficiencia de la voluntad de Dios necesaria para nuestra salvación, en parte haciendo que estas revelaciones fueran poderosas y eficaces.
- En revelar la voluntad de Dios porque “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18). La manera de revelar la mente de Dios ha sido diferente en distintas épocas.
a.A veces, haciendo uso de instrumentos, a veces ordinarios y otras veces extraordinarios. Ordinarios como los labios de los sacerdotes que debían preservar la sabiduría (Mal. 2:7; 2 Cr. 15:3) y, bajo el evangelio, deben hacerlo los pastores y maestros. O extraordinarios, como los profetas bajo la Ley, y como los apóstoles y evangelistas durante el naciente evangelio (Ef. 4:11-13).
b.Por algún tiempo, instruyendo inmediatamente a su Iglesia en cuanto a su propia Persona.“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He. 1:1-2).
- Al iluminar eficazmente las almas de su pueblo, haciendo que los ciegos vieran y haciendo que los que andaban en tinieblas fueran “luz en el Señor” (Ef. 5:8). Instruye con su Palabra y con su Espíritu (1 P. 1:12) y, por la soberanía que tiene sobre el corazón de los hombres, los ablanda para que reciban su Palabra. Aquel que puede hablar así, no sólo al oído, sino al corazón en este oficio, es totalmente idóneo para la obra de mediación.
C. El oficio real de Cristo es grande y el único alivio que tenemos contra nuestra esclavitud bajo el pecado y Satanás. Aquel a quien “toda potestad… es dada… en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). Aquel a quien Dios levantó de entre los muertos y lo sentó “a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:20-22; He. 2:8; Fil. 2:9-11; 1 Co. 15:27-28) es el que da “libertad a los cautivos” y “a los presos apertura de la cárcel” (Is. 61:1).
Cumple este gran oficio de Rey, principalmente con estos actos reales:
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Reuniendo en sí a un pueblo de entre todas las familias, naciones y lenguas (Gn. 49:10; Is. 2:2-3) y haciéndolos un pueblo que se ofrece voluntariamente en el día de su poder (Sal. 110:3).
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Gobernando a ese pueblo con leyes oficiales y censuras ordenadas por él (1 Co. 3:2-8; Is. 33:22; Ef. 4:11-12; Mt. 18:17-18).
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Llevando a todos sus escogidos a un estado de gracia salvadora y manteniendo viva esa gracia en sus almas, aunque sea como una chispa de fuego en un océano de agua, llevándolo a la perfección y coronándolo de gloria (1 P. 1:3-5; Ef. 4:12-13; 1 Ts. 4:16-17).
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Refrenando, anulando y, por último, destruyendo todos sus enemigos y los enemigos de su Iglesia (Sal. 110:1). A los que no se someten al cetro de su gracia, los gobierna con su “vara de hierro” y, al final, “como vasija de alfarero los desmenuzará” (Sal. 2:9).
Así es Cristo, no sólo con respecto a lo digno de su persona, sino a su idoneidad para cumplir sus oficios, el único Mediador entre Dios y los hombres…
APLICACIÓN 1: Esto nos hace ver lo abominablemente insensato y miserable que es todo el que desprecia a este Mediador. Hay un solo Mediador, un solo camino a la reconciliación con Dios, un solo camino para que sean perdonados nuestros pecados, limpiada nuestra naturaleza, restaurado el favor de Dios, cambiada nuestra condición y, todo esto, a través de la mediación de Cristo. ¿Se dirá de nosotros, como dijo Cristo mismo de esos judíos neciamente obstinados: “no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:40)? En Cristo, somos justificados para librarnos de la muerte eterna a la cual la Ley nos sentencia; además está la santificación para librarnos de la muerte espiritual que por naturaleza nos corresponde (Col. 3:4). En él hay suficiente alivio ante cualquier desaliento ¿y seremos tan enemigos de nosotros mismos, tan desvergonzados en cuanto a nuestras propias preocupaciones, como para rechazar la ayuda que él ofrece y que nosotros tanto necesitamos?
**A. El que rechaza a este Mediador, peca contra la mayor y más grande misericordia que puede ser concedida a las criaturas.**La Palabra menciona como un admirable acto de amor por parte de Dios que amó tanto_al mundo, que dio a su “Hijo unigénito” (Jn. 3:16), tanto que no tiene comparación, tanto_, que sobrepasa toda otra expresión. Y, oh, que maravillosa condescendencia fue la de Cristo, quien “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse” y decidió tomar “forma de siervo hecho semejante a los hombres y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6-8; Jn. 15:13; ver Ro. 5:8). ¡Y todo esto como nuestro Mediador!No disfrutamos de ninguna piedad que no sea el fruto de esta misericordia.
B. Identifique su propia condición. Puede ser como la del pagano, cuya desgracia es ésta: Está sin Cristo y, por lo tanto, sin esperanza (Ef. 2:12). Sí, la misma de los demonios, que no tienen mediador que intervenga ante Dios a su favor; sino que, así como pecaron a causa del tentador, así perecen sin un Salvador. Ésta es la desgracia de ellos, ¿sería esto lo que elegiríamos?
**C. De ser así, su condición es peor que la de ellos, porque desprecia la misericordia que a ellos nunca les fue ofrecida.**El peligro de este pecado fue claramente identificado por el Apóstol (He. 2:3; 10:28-30; 12:25).
SEGUNDA APLICACIÓN: Decídase a hacer buen uso de todos los oficios de Cristo, en quien tiene un antídoto universal contra todo desaliento.¿Está su conciencia alarmada por el estruendo de las amenazas de las Escrituras y las maldiciones de la Ley? Recurra sin demora a aquella “sangre rociada”, cuya voz es mucho más fuerte que el clamor de sus pecados (He. 12:24). ¿Ha sido _mordido_por el reptil de sus corrupciones? Eleve su mirada a Cristo como su Serpiente de Bronce para que cure sus heridas y lo libre de la muerte (Jn. 3:14). ¿Está desanimado por sus oraciones porque han sido hasta ahora pecaminosamente defectuosas? Considere la intercesión de Cristo y cobre aliento en virtud de ella (1 Jn. 2:1; He. 4:14, 16). ¿Está afligido por su propia contumacia? Ponga sus ojos en él como el gran Profeta enviado por Dios y ruéguele que le dé las enseñanzas interiores y eficaces de su Espíritu para que pueda hablar con tanto poder de su Palabra a su muerto corazón como una vez habló a Lázaro ya muerto (Jn. 11:43). ¿Se siente inquieto por dudas y temores con respecto a su propia perseverancia? Aunque las tentaciones son alborotadoras y violentas las corrupciones, confíe en Aquel que se halla sentado a la diestra del Padre hasta que todos sus enemigos se conviertan en estrado de sus pies (Sal. 110:1; Col. 1:11). ¿Está usted lleno de temores a causa de Sion, las aflicciones, los peligros, los enemigos de la Iglesia? Recuerde: El Padre “lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (Ef. 1:22).
En suma: Sean cuales fueren sus aflicciones o problemas, la mediación de Cristo es alivio suficiente.
Tomado de “The Mediator of the Covenant, described in His Person, Natures, and Offices” (El Mediador del Pacto, descrito en su persona, naturalezas y oficios) en Puritan Sermons (Sermones puritanos), Tomo 5, Richard Owen Roberts, Editores.
William Whitaker (1548-1595): Teólogo puritano; nacido en Holme, Burnley, Lancashire, Inglaterra.