¿Cree usted que se ha convertido?

J. C. Ryle (1816-1900)

“Así que, arrepentíos y convertíos” (Hechos 3:19)

El tema contenido en el título de este artículo es uno que se aplica a toda la humanidad. Le tiene que llegar a cada rango y clase, alta o baja, rica o pobre, a ancianos o a jóvenes, a letrados o a iletrados. Uno puede llegar al cielo sin dinero, sin rango o sin escuela. Nadie, por más sabio, rico, noble o hermoso que sea, llegará al cielo sin la CONVERSIÓN.

QUIERO DEMOSTRARLE QUE LA CONVERSIÓN ES UNA COSA NECESARIA. Este es un punto de gran importancia. Algunas personas eminentes de creer están muy dispuestas a admitir que la conversión es una verdad bíblica y una realidad, pero creen no es algo con lo que se debe presionar a la mayor parte de nuestro pueblo. Aceptan que los paganos necesitan la conversión. Admiten también que los ladrones, los caídos y los presos en las cárceles requieren conversión. Pero hablar de que la conversión es necesaria para la gente que asiste a la iglesia es hablar de cosas que no comprenden para nada. “A lo mejor tales personas, en algunos casos, necesitan una pequeña sacudida o que se les corrija. Quizá no sean todo lo bueno que debieran ser, les sería mejor prestar más atención a la religión, ¡pero no tiene usted derecho a decir que necesitan convertirse!”.

Este concepto, tristemente común, es una quimera. Es pura invención humana, sin un ápice de fundamento en la Palabra de Dios. La Biblia enseña expresamente que el cambio de corazón llamado conversión es algo absolutamente necesario para todos. Es necesario debido a la corrupción total de la naturaleza humana. Es necesario por la condición del corazón natural de cada persona. Todas las personas nacidas en el mundo, de todo rango y nación, tienen que pasar por un cambio de corazón entre la cuna y la tumba antes de poder ir al cielo. Todos, todos sin excepción, tienen que convertirse.

Sin la conversión del corazón no podemos servir a Dios en la tierra. Por naturaleza, no tenemos ni fe en Dios ni en su Hijo Jesucristo, ni temor de él, ni amor a él. No nos deleitamos en su Palabra. No nos gozamos en la oración o comunión con él. No disfrutamos de sus ordenanzas, su casa, su pueblo o su día. Es posible que practiquemos una forma de cristianismo y observemos una serie de ceremonias y funciones religiosas. Pero sin la conversión no tenemos más corazón en nuestra religión que un ladrillo o una piedra. ¿Puede un cadáver servir a Dios? Sabemos que no. Pues bien, sin la conversión estamos muertos para Dios.

Mire a su alrededor, a la congregación con la que se reúne cada domingo. Note el poco interés que la gran mayoría demuestra en lo que está sucediendo. Observe la indolencia, apatía e indiferencia de la mayoría a todo lo relacionado con la iglesia. ¡Salta a la vista que sus corazones no están allí! Están pensando en otra cosa y no en la religión. Están pensando en los negocios, o el dinero, o los placeres, o los planes mundanos, o los sombreros, o la ropa, o los vestidos nuevos, o las diversiones. Sus cuerpos están presentes, pero no sus corazones. ¿Y cuál es la razón? ¿Qué es lo que todos necesitan? Necesitan la conversión. Sin ella, solo asisten a la iglesia con el fin de lucirse para luego salir de la iglesia y servir al mundo y sus pecados.

Pero esto no es todo. Sin la conversión del corazón no podríamos disfrutar del cielo, si acaso allí llegáramos. El cielo es un lugar donde la santidad reina suprema, y donde el pecado y el mundo no tienen parte. El compañerismo será todo santo; las actividades serán todas santas; será un Día del Señor eterno. Por supuesto que si vamos al cielo, tenemos que tener un corazón en armonía con él y capaz de disfrutarlo, de otra manera no seríamos felices. Tenemos que tener una naturaleza en armonía con el elemento en el cual vivimos y el lugar donde moramos. ¿Puede un pez ser feliz fuera del agua? Sabemos que no. Pues bien, sin la conversión de corazón no podríamos ser felices en el cielo.

Mire a su alrededor en el lugar donde vive y a las personas que conoce. ¡Piense en lo que muchas de ellas harían si se les privara para siempre de dinero, negocios, periódicos, cartas, deportes, carreras, cacerías y placeres mundanos! ¿Cómo serían? ¡Piense cómo se sentirían si se les encerrara para siempre con Jesucristo, los santos y los ángeles! ¿Serían felices? ¿Les sería placentera la compañía eterna de Moisés, David y San Pablo a aquellos que nunca se toman el trabajo de leer lo que estos hombres santos escribieron? ¿Serían las alabanzas eternas del cielo al gusto de aquellos que apenas pueden sacrificar unos minutos por semana para sus devociones privadas, aun para la oración? Hay solo una respuesta para todas estas preguntas. Tenemos que estar convertidos antes de poder disfrutar del cielo. El cielo no sería cielo para todo hijo de Adán sin la conversión.

No deje que nadie le engañe. Hay dos cosas que son absolutamente necesarias para la salvación de todos los hombres y mujeres sobre la tierra. Una es la obra mediadora de Cristo por nosotros; su expiación, el cumplimiento que hizo por el pecado y su intercesión. La otra es la obra de conversión del Espíritu en nosotros; su gracia guiadora, renovadora y santificadora. Tenemos que contar tanto con un título como con un corazón para el cielo. Los sacramentos son generalmente necesarios solo para los que ya son salvos; el hombre puede ser salvo sin ellos, como el ladrón arrepentido. Un interés en Cristo y en la conversión es absolutamente necesario, sin esto nadie puede ser salvo. Todos, todos por igual, personas eminentes o humildes, ricos o pobres, ancianos o jóvenes, educados o iletrados, gente de iglesia o disidentes, bautizados o no bautizados, tienen que convertirse o perecer. No hay salvación sin conversión. ES UNA COSA NECESARIA.

QUIERO DEMOSTRARLE QUE LA CONVERSIÓN ES UNA COSA POSIBLE. Creo que conozco los sentimientos que embargan la mente de muchos cuando leen las cosas que estoy escribiendo en este artículo. Se refugian en la idea de que semejante cambio como la conversión es imposible, excepto para algunos favorecidos. “Está muy bien”, argumentan, “que los pastores hablen de conversión; pero la cosa no se puede lograr; tenemos trabajo que atender, familias que mantener, negocios que cuidar. Es inútil esperar ahora milagros. No nos podemos convertir”. Los pensamientos como estos son muy comunes. Al diablo le encanta ponerlos delante de nosotros, y nuestros propios corazones perezosos están más que dispuestos a recibirlos, pero no pasan el examen. No me da temor afirmar que la conversión es algo posible. Si no lo fuera, no diría yo ni una palabra más.

Pero al decir esto, tendría temor a equivocarme. De ninguna manera quiero decir que cualquiera se puede convertir a sí mismo, cambiar su propio corazón, quitarse su propia naturaleza corrupta y darse un espíritu nuevo. No quiero decir nada que se le parezca. Antes esperaría que los huesos secos de Ezequiel volvieran a darse vida (Eze. 37:3). Lo único que quiero decir es que no hay nada en la Biblia, nada en Dios, nada en la condición del hombre que justifique que alguien diga: “Nunca podré convertirme”. No hay ningún hombre ni mujer sobre la tierra del cual se puede decir: “Su conversión es imposible”. Cualquiera, no importa lo pecador o endurecido que sea, cualquiera puede convertirse.

¿Por qué hablo con tanta seguridad? ¿Cómo es que puedo mirar alrededor del mundo y ver la desesperante impiedad que reina en él y aún así no darme por vencido de ningún alma viviente? ¿Cómo es que le puedo decir a quien sea, por más inflexible, caído y malo que esté: “Tu caso tiene remedio: tú, hasta tú puedes convertirte”. Puedo hacerlo por las cosas que contiene el evangelio de Cristo. Es la gloria de ese evangelio que, bajo él, nada es imposible.

_La conversión es algo posible por la omnipotencia del poder de nuestro Señor Jesucristo._En él hay vida. En sus manos están las llaves de la muerte y el infierno. Tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Él aviva a quien quiere (Juan 1:4; Apoc. 1:18; Mat. 28:18; Juan 5:21). Le es a él fácil crear nuevos corazones de la nada, tal como lo fue crear al mundo de la nada. Le es fácil dar aliento de vida espiritual a un corazón de piedra, muerto, tal como lo fue dar el aliento de vida al polvo del cual fue formado Adán y hacer de él un hombre viviente. No había nada que no podía hacer sobre la tierra. El viento, el mar, las enfermedades, la muerte, los demonios, todos eran obedientes a su palabra. No hay nada que no pueda hacer en el cielo a la diestra de Dios. Su mano es tan poderosa como siempre, su amor es tan grande como siempre. El Señor Jesucristo vive, y por lo tanto la conversión no es imposible.

Pero además de esto, la conversión es algo posible por la omnipotencia del poder del Espíritu Santo, a quien Cristo envía al corazón de todos que se ocupa de salvar. El mismo Espíritu divino, que colaboró con el Padre y el Hijo en la obra de creación, colabora especialmente en la obra de conversión. Es él quien transfiere vida proveniente de Cristo, la gran Fuente de Vida, al corazón de los pecadores. Él, quien se desplazaba por la faz de las aguas antes de que se dijeran las maravillosas palabras: “Sea la luz”, es el que se desplaza por el alma de los pecadores y les quita su oscuridad natural. ¡Ciertamente grande es el poder invisible del Espíritu Santo! Puede ablandar lo que es duro. Puede doblar aquello que es rígido y obstinado. Puede dar vista al espiritualmente ciego, oídos al espiritualmente sordo, lengua al que es espiritualmente mudo, pies al que es espiritualmente cojo, calor al que es espiritualmente frío, conocimiento al que es espiritualmente ignorante y vida al que está espiritualmente muerto. “¿Qué enseñador semejante a él?” (Job 36:22b). Ha enseñado a miles de pecadores ignorantes, y nunca ha fracasado en hacerles “sabios para salvación”. El Espíritu Santo vive, y por lo tanto la conversión nunca es imposible.

¿Qué puede decir usted ante todo esto? Afuera para siempre con la idea de que la conversión no es posible. Descártela; es una tentación del diablo. No se mire a sí mismo y a su propio débil corazón, porque entonces de seguro se dará por vencido. Mire hacia lo Alto, a Cristo y al Espíritu Santo y aprenda de ellos que nada es imposible. ¡Sí! ¡El tiempo de los milagros espirituales no ha pasado todavía! Las almas muertas en nuestras congregaciones todavía pueden ser levantadas; los ojos ciegos todavía pueden recobrar la vista; las lenguas mudas carentes de oración pueden todavía ser enseñadas a orar. Nadie jamás debe darse por vencido. Cuando Cristo haya dejado el cielo y renunciado a su oficio de Salvador de pecadores ––cuando el Espíritu Santo ha dejado de morar en los corazones y ya no es Dios–– entonces, y no hasta entonces, pueden los hombres y mujeres decir: “No podemos convertirnos”. Hasta entonces, digo contundentemente: la conversión es algo posible. Si los hombres no se convierten es porque no vienen a Cristo para tener vida (Juan 5:40). LA CONVERSIÓN ES UNA COSA POSIBLE.

QUIERO DEMOSTRARLE QUE LA CONVERSIÓN ES UNA COSA FELIZ. Hubiera escrito en vano si no hubiera tocado este punto. Hay miles, creo firmemente, que están listos para admitir la verdad de todo lo que he dicho hasta ahora. Están dispuestos a admitir que la conversión es bíblica, real, necesaria y posible. “Por supuesto”, dicen, “sabemos que todo esto es verdad. La gente debiera convertirse”. Pero, ¿convertirse aumentaría la felicidad del hombre? El hecho de convertirse, ¿le dará más alegrías al hombre y aliviará sus sufrimientos? Ay, aquí está un punto donde muchos se estancan. Tienen un temor secreto, latente, de que si se convierten, forzosamente serán melancólicos, infelices y deprimidos. La conversión y una cara agria, la conversión y un rostro sombrío, la conversión y una disposición negativa de despreciar a los jóvenes y toda alegría, la conversión y un semblante triste, la conversión y suspiros y quejidos: ¡todas estas son cosas que creen son parte de la conversión! ¡Con razón las personas que esto piensan rechazan la idea de convertirse!

El concepto que acabo de describir es muy común y muy malicioso. Quiero protestar contra él con todo mi corazón y alma y mente y fuerza. Aseguro sin vacilación que la conversión que la Biblia describe es una cosa feliz y no algo deprimente, y que si las personas convertidas no son felices, la culpa es de ellas. Es claro que la felicidad del verdadero cristiano no es igual a la del hombre mundano. Es una felicidad tranquila, firme, profunda y sustancial. No consta de excitación, frivolidad y una alegría ruidosa, con arranques de risa y carcajadas. Es el gozo sobrio y silencioso del que no olvida la muerte, el juicio, la eternidad y un mundo venidero, aun en sus momentos de mayor alegría. Pero de hecho, estoy seguro de que el hombre convertido es el hombre más feliz.

¿Qué dice la Biblia? ¿Cómo describe los sentimientos y la experiencia de las personas convertidas? ¿Da pie a la idea de que la conversión es algo triste y melancólico? Escuchemos lo que sintió Leví cuando había dejado su ocupación para seguir a Cristo. Leemos que “le hizo gran banquete en su casa”, como corresponde a una ocasión alegre (Luc. 5:29). Escuchemos lo que sintió Zaqueo, el publicano, cuando Jesús se ofreció a ir a su casa. Leemos que “le recibió con gozo” (Luc. 19:6). Escuchemos lo que sintieron los samaritanos cuando se convirtieron por la predicación de Felipe. Leemos que “había gran gozo en aquella ciudad” (Hch. 8:8). Escuchemos lo que sintió el eunuco etíope el día de su conversión. Leemos que “siguió gozoso su camino” (Hch. 8:39). Escuchemos lo que sintió el carcelero de Filipo en la hora de su conversión. Leemos que “se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (Hch. 16:34). De hecho, el testimonio de las Escrituras en cuanto a este tema es siempre uno solo y el mismo. La conversión siempre se describe como causa de gozo y no de tristeza, de felicidad y no de desdicha.

La verdad lisa y llana acerca de la gente que habla mal de la conversión es que en realidad no saben nada de ella_._ Tildan a los hombres y mujeres convertidos de infortunados, porque los juzgan por su apariencia de calma, circunspección y tranquilidad, y nada saben de su paz interior. Olvidan que no son los que más se jactan de sus logros los que más logran, y no son los que más hablan de su felicidad los que en realidad son más felices.

El hombre convertido es feliz porque tiene paz con Dios_._ Sus pecados son perdonados; su conciencia está libre del sentimiento de culpa: puede esperar la muerte, el juicio y la eternidad sin miedo. ¡Qué bendición inmensa es sentirse perdonado y libre! Es feliz porque encuentra orden en su corazón. Sus pasiones están controladas, sus afectos están bien encaminados. Todo en su hombre interior, por más débil y endeble que sea, está bien y sin confusión. ¡Qué bendición inmensa es el orden! Es feliz porque se siente independiente de las circunstancias. Venga lo que venga, recibe todo lo que necesita: la enfermedad y las pérdidas y la muerte nunca pueden tocar su tesoro en el cielo ni quitarle a Cristo. ¡Qué bendición sentirse independiente! Es feliz porque se siente preparado. Pase lo que le pase está preparado. Lo principal está solucionado, la gran preocupación de la vida está arreglada. ¡Qué felicidad sentirse preparado! Estas son ciertamente verdaderas fuentes de felicidad. Son fuentes totalmente cerradas y selladas para el inconverso. Sin el perdón de pecados, sin la esperanza del mundo venidero, dependiendo solo de este mundo, sin preparación para encontrarse con Dios, nadie puede ser realmente feliz. La conversión es una parte esencial de la verdadera felicidad.

Acepte hoy en su mente que el amigo que lucha por su conversión a Dios es el mejor amigo que tiene. Es un amigo no solo para la vida venidera, sino para la vida actual también. Es un amigo para su tranquilidad presente al igual que para su futura liberación del infierno. Es un amigo para el tiempo al igual que para la eternidad. LA CONVERSIÓN ES UNA COSA FELIZ.

QUIERO DEMOSTRARLE QUE LA CONVERSIÓN ES UNA COSA QUE ES EVIDENTE. Esto es parte de mi tema que nunca puedo pasar por alto. Bueno hubiera sido para la iglesia y el mundo en todas las edades, si esto hubiera recibido más atención. Miles han rechazado con disgusto la religión por la malignidad de los que la profesan. Cientos han sido causa de que la propia palabra conversión apestara por la vida que algunos viven después de declararse convertidos. Estos han creído que unas pocas sensaciones y convicciones ocasionales eran la auténtica gracia de Dios. Se han imaginado convertidos porque sus sentimientos carnales fueron estimulados. Se han llamado “conversos” sin el más mínimo derecho a ese nombre tan honroso. Todo esto ha causado un daño inmenso, y lo sigue causando en la actualidad. Estos tiempos demandan una declaración muy clara del gran principio de que una conversión verdadera es algo que siempre se puede ver.

Reconozco sin reservas que la manera como obra el Espíritu es invisible. Es como el viento. Es como el poder de atracción del imán. Es como la influencia de la luna sobre las mareas. Hay algo allí que sobrepasa el alcance de la vista o la comprensión humana. Pero aunque admito esto sin vacilación, también mantengo sin vacilación que los efectos de la obra del Espíritu en la conversión siempre serán evidentes. Estos efectos pueden ser débiles y endebles al principio, quizá al hombre natural apenas le sean visibles y le son incomprensibles. Pero efectos siempre habrá, donde ha habido una conversión auténtica siempre se verá algún fruto. Donde no se ve ningún efecto, puede estar seguro que allí no hubo gracia. Donde es imposible encontrar un fruto visible, puede estar seguro que allí no hubo conversión.

¿Pregunta alguien qué podemos esperar ver en una conversión auténtica? Respondo que siempre se verá algo en el carácter, los sentimientos, la conducta, las opiniones y el diario vivir de la persona convertida. No verá en él la perfección, pero verá en él algo peculiar, distintivo y diferente de otras personas. Lo verá aborreciendo el pecado, amando a Cristo, procurando la santidad, disfrutando de su Biblia y perseverando en oración. Lo verá arrepentido, humilde, con fe, sobrio, caritativo, veraz, de buen humor, paciente, recto, honorable y bondadoso. Esto, por lo menos, será su meta, estas son las cosas que procurará alcanzar, no importa lo lejos que esté de la perfección. En algunos convertidos, se pueden ver estas cosas más claramente; en otros, menos. Solo digo esto: dondequiera que haya conversión, habrá evidencias de este tipo.

No quiero saber nada de una conversión que no tiene señales ni evidencias para mostrar. Siempre diré: “Muéstreme algunas señales si quiere que crea que usted se ha convertido. Muéstreme su conversión sin ninguna señal, ¡si es que puede! No creo en ella. No vale nada”. Puede llamar legalista a tal doctrina, si quiere. Es mucho mejor ser llamado legalista que ser antinómico12. _Nunca, jamás aceptaré que el Espíritu bendito pueda morar en el corazón de un hombre cuando no se ven frutos del Espíritu en su vida._Una conversión que deja que un hombre viva en pecado, que mienta, que beba y diga malas palabras no es una conversión bíblica. Es una conversión falsa, que puede agradar solo al diablo y llevará al hombre que se satisface con ella, no al cielo, sino al infierno.

Deje que este último punto entre hasta el fondo de su corazón para nunca ser olvidado. La conversión no es solo una cosa bíblica, una cosa necesaria, una cosa posible y una cosa feliz. Le queda una grandiosa característica más: es UNA COSA QUE SIEMPRE SERÁ EVIDENTE.

Ahora permítame ir terminando este artículo con algunas apelaciones directas a la conciencia de todos los que lo leen…

(1)En primer lugar, insto a cada lector de este artículo que determine si se ha convertido. No le estoy preguntando acerca de otras personas. El pagano sin duda necesita convertirse. Los desdichados presos en las cárceles y los reformatorios necesitan convertirse. Puede haber gente que vive cerca de su propia casa que son pecadores e incrédulos declarados, y necesitan convertirse. Esto no es lo que estoy preguntando aquí. Pregunto: ¿Usted mismo se ha convertido?

¿Se ha convertido? Decirme que muchos son hipócritas y falsos profesos no es darme una respuesta. No entra en discusión el que me diga que hay muchas campañas falsas de evangelización y conversiones que son una burla. Todo esto puede ser muy cierto, pero el abuso de una cosa no destruye el uso de ella. La circulación de dinero falso no es razón para no usar dinero legítimo. Sean los otros lo que sean, la cuestión es: Usted ¿se ha convertido?

¿Se ha convertido? Decirme que usted va a la iglesia o a la capilla y ha sido bautizado y que participa de la Cena del Señor no es darme una respuesta. Todo esto no es prueba de nada: yo podría decir lo mismo de Judas Iscariote, Demas, Simón el Mago, Ananías y Safira. La pregunta aún queda sin contestar. ¿Ha cambiado su corazón? ¿Realmente se ha convertido a Dios?

(2) En segundo lugar, insto a cada lector de este artículo que no se ha convertido, que no descanse hasta convertirse. Apresúrese: despierte para percibir su peligro. Corra para salvar su vida, huya de la ira que vendrá. El tiempo es breve, la eternidad está cerca. La vida es incierta, el juicio es seguro. Levántese y clame a Dios. El Trono de Gracia todavía está en pie… Las promesas del evangelio son extensas, amplias, plenas y gratuitas. Hágalas suyas este día. Arrepiéntase y crea al evangelio. Arrepiéntase y conviértase. No descanse, no descanse, no descanse hasta saber y sentir que es usted un hombre convertido.

(3) En último lugar, ofrezco una palabra de exhortación a cada lector que tiene razón para creer que ha pasado por ese cambio bendito del cual he estado hablando en este artículo. Usted puede recordar el tiempo cuando era lo que no es ahora. Puede recordar un tiempo en su vida cuando las cosas viejas pasaron y todas fueron hechas nuevas. A usted también tengo algo que decirle. Acepte una palabra de cariñoso consejo, y tómela en serio.

(a) ¿Cree usted que se ha convertido? Entonces, por sobre todas las cosas, asegúrese de que su llamado y conversión sean incuestionable. No deje sin resolver ninguna cosa que tenga que ver con su alma inmortal. Esfuércese por tener un testimonio del Espíritu con su espíritu, de que es un hijo de Dios. Se puede tener seguridad en este mundo, y la seguridad es algo que vale la pena buscar. Es bueno tener esperanza, es mucho mejor tener seguridad.

(b)¿Cree usted que se ha convertido? Entonces no espere imposibilidades en esta vida. No suponga que llegará el día cuando no encuentre ningún punto débil en su corazón, ni divagaciones en sus oraciones en privado, ni distracciones de su lectura bíblica, ningún deseo insensible en la adoración pública a Dios, ninguna carne que lo mortifique, ningún demonio que lo tiente, ninguna trampa mundana para hacerlo caer. No espere nada de esto. ¡La conversión no es perfección! ¡La conversión no es el cielo!… el mundo que lo rodea está lleno de peligro; el diablo no está muerto. Recuerde que aun en el mejor de los casos un pecador convertido es todavía un pobre y débil pecador que necesita a Cristo cada día. Recuerde esto, y no se decepcionará.

(c) ¿Cree usted que se ha convertido? Entonces esfuércese y anhele crecer en la gracia cada año que vive. No mire hacia el pasado. No se contente con experiencias del pasado, gracia del pasado, logros del pasado en la religión. Ruegue al Señor que siga más y más la obra de conversión en su alma y que profundice sus convicciones espirituales. Lea su Biblia con más cuidado cada año. Ocúpese de sus oraciones con más celo cada año. Cuidado con el letargo y la pereza en su religión. Hay una gran diferencia entre las formas más bajas y las más altas en la escuela de Cristo. Esfuércese por avanzar en conocimiento, fe, amor, caridad y paciencia. Que su lema sea todos los años: “¡Avanzando, Hacia adelante, Hacia arriba!”, hasta la última hora de su vida.

(d) ¿Cree usted que se ha convertido? Entonces demuestre el valor que le da a la conversión con su diligencia en tratar de hacerle bien a otros. ¿Realmente cree usted que es terrible ser un inconverso? ¿Realmente cree usted que la conversión es una bendición indescriptible? Entonces demuéstrelo, demuéstrelo, demuéstrelo por su celo en sus esfuerzos por promover la conversión de otros. Mire alrededor del vecindario donde vive. Tenga compasión por las multitudes todavía inconversas. No se contente con lograr que asistan a la iglesia o a la capilla, sea su meta su total conversión a Dios. Hable con ellas, léales, ore por ellas, anime a otros para que las ayuden. ¡Pero nunca, nunca, si usted se ha convertido, nunca se conforme con ir al cielo solo!

Condensado de “Conversion” en Old Paths(Sendas antiguas) por J. C. Ryle. El artículo completo en forma de un pequeño folleto está disponible de Chapel Library.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana. Venerado autor de Holiness (Santidad), Knots Untied (Nudos desatados), Old Paths (Sendas antiguas), Expository Thoughts on the Gospels (Pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros. Nació en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.