Nunca te dejaré
Arthur W. Pink (1886-1952)
“Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).
Contentamiento es tranquilidad del alma, es estar satisfecho con lo que Dios ha determinado darle al hombre. Es lo opuesto al espíritu codicioso que nunca se conforma, con una ansiedad desconfiada y murmuraciones petulantes. “Es una disposición generosa de la mente que surge de la confianza y satisfacción con Dios de manera exclusiva, contrariamente a todas las otras cosas, ya sea que parezcan malas o no”1. Es nuestro deber tener las pesas de la balanza de nuestro corazón perfectamente equilibradas en los tratos de Dios con nosotros, de modo que no suban en la prosperidad ni bajen en la adversidad… Cuando te sientas tentado a quejarte de tu suerte, medita en Aquel que no tenía dónde recostar su cabeza y que era constantemente incomprendido por sus amigos y aborrecido por innumerables enemigos. Contemplar la cruz de Cristo es una maravillosa respuesta a la mente agitada y al espíritu quejumbroso.
Estad “contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). He aquí la aplicación de lo antedicho, una razón de los deberes requeridos, un motivo para su cumplimiento. El versículo citado incluye una de las promesas divinas que, si la aceptamos debidamente, seremos disuadidos de la codicia y convencidos del contentamiento. Confiar en esta promesa divina moderará nuestros deseos y aliviará nuestros temores. “No te desampararé, ni te dejaré” es una garantía de la continua provisión y protección de Dios, y esto reprende todos nuestros deseos excesivos y condena toda nuestra ansiedad y temor. Los males están conectados, íntimamente, en la mayoría de los casos. La codicia en el cristiano tiene su raíz en el temor de pasar una necesidad, mientras que el descontento surge, generalmente, de la sospecha de que nuestra porción actual resulte inadecuada para suplir nuestras necesidades. Cada una de estas inquietudes es, igualmente, irracional y deshonran a Dios.
Tanto la codicia como el descontento surgen de la incredulidad. Si confío realmente en Dios, ¿desconfiaré del futuro o temblaré ante la perspectiva de pasar hambre? Por supuesto que no; las dos cosas son incompatibles, opuestas —“me aseguraré [confiaré] y no temeré” (Is. 12:2)—. El argumento del Apóstol es claro y convincente: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”… “Él dijo”. ¿Quién dijo? Lo dijo Aquel que es omnipotente, cuya sabiduría es infinita, cuya fidelidad es segura y cuyo amor es inmutable. “Toda la eficacia, el poder y consuelo de las promesas divinas surgen y se resuelven en las excelencias de la naturaleza divina. Aquel que es la verdad lo ha dicho y no puede mentir”2. ¿Y qué fue lo que dijo, de lo cual, si la fe realmente se apropia, vence a la codicia y produce contentamiento? Esto: “No te desampararé, ni te dejaré”. La presencia de Dios, su Providencia y su protección están aquí aseguradas. Si le damos la importancia que merecen a estas bendiciones inestimables, el corazón tendrá paz. ¿Qué más podríamos tener aparte de un convencimiento consciente de su promesa? ¡Oh, qué tuviéramos un sentido de su presencia y en el alma una manifestación de su gracia en esta promesa! ¿De qué servirían las riquezas, los honores y los placeres del mundo, si en última instancia nos abandonara? El consuelo de nuestra alma no depende de las previsiones externas, tanto como de la apropiación y disfrute de lo que contienen las promesas divinas. Si confiáramos más en ellas, menos cosas anhelaríamos del mundo. ¿Qué razón o motivo posible tenemos para temer cuando Dios nos ha prometido su presencia y ayuda constantes?
“No te desampararé, ni te dejaré”. Es casi imposible reproducir en nuestro idioma, el énfasis del idioma original en que se usan, no menos de cinco veces, el negativo para dar más fuerza a lo que Dios no hará, según el vocablo en griego. Quizá lo más parecido sería algo así: “Nunca, no, nunca te desampararé, ni nunca te dejaré”. En vista de tal garantía, no temamos que algo nos falte, ni que algo nos aflija, ni ningún temor por el futuro. En ningún momento, bajo ninguna circunstancia concebible o inconcebible, por ninguna causa posible, Dios abandonaría total y definitivamente a uno de los suyos. Entonces, ¡qué seguros están! ¡Es imposible que ninguno de ellos perezca eternamente! En su gracia, Dios condescendió con el creyente, a fin de dar la máxima seguridad a su fe en medio de todas sus dificultades y pruebas. La presencia constante de Dios en nosotros nos asegura la continua satisfacción de cada necesidad.
**“**Porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Estas palabras fueron dichas por primera vez por Jehová al sucesor de Moisés (Jos. 1:5), cuya tarea era despojar a Canaán de todas las naciones paganas que en aquel tiempo la poblaban… Esta preciosa promesa de Dios me pertenece tan realmente a mí ahora, tanto como lo fue para Josué en la antigüedad. Aferrémonos tenazmente, entonces, a este principio: Las promesas divinas que fueron dadas en ocasiones especiales a individuos particulares se aplican a un uso general entre los miembros de la familia de la fe… ¿Acaso no son las necesidades de los creyentes las mismas en una época o en otra? ¿Acaso no tiene Dios el mismo afecto por todos sus hijos? ¿No les tiene el mismo amor? Si es así, si no abandonó a Josué, tampoco lo hará con ninguno de nosotros… “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Ro. 15:4)…
“De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (He. 13:6). Una vez más, el Apóstol confirma su argumento con un testimonio divino porque cita el Salmo 118:6. En esta cita de las palabras de David, los cristianos recibimos nuevamente la enseñanza de lo aplicable y actual que es el contenido del Antiguo Testamento a nuestros propios casos y lo bueno que es hacerlo nuestro. ¡“Podemos decir confiadamente” lo mismo que el salmista dijo!… El creyente es débil e inestable y necesita constantemente ayuda, por lo que el Señor está siempre listo para cumplir su parte y darle toda ayuda necesaria. “El Señor es mi ayudador” implica, como destacó Willliam Gouge (1575-1653) “una adecuada y pronta disposición para brindarnos el socorro necesario”. A aquellos que nunca desampara, Él ayuda, tanto exterior como interiormente. Notemos cuidadosamente, el cambio de “podemos decir confiadamente” a “el Señor es mi ayudador”: Nosotros, hoy en día, podemos apropiarnos de los privilegios generales. “El hombre puede hacer mucho: puede multar, encarcelar, desterrar, reducir a un bocado de pan, sí, torturar y dar muerte; no obstante, mientras Dios está con nosotros y aboga por nosotros, podemos decir confiadamente: ‘no temeré lo que me pueda hacer el hombre’. ¿Por qué? Dios no permitirá que perezcamos totalmente. Puede dar gozo en la tristeza, vida en la muerte”3. Quiera Dios, en su gracia, dar tanto al escritor como al lector [de este artículo] más fe en Él, más confianza en sus promesas, más conciencia de su presencia y más seguridad en su ayuda y entonces, disfrutaremos más liberación de la codicia, el descontento y el temor al hombre.
Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures).
A.W. Pink (1886-1952): Pastor y autor; nacido en Gran Bretaña; emigró a los Estados Unidos y luego volvió a su patria en 1934; nacido en Nottingham, Inglaterra.