Mis tiempos en la mano de Dios
Octavius Winslow (1808-1878)
“En tu mano están mis tiempos” (Salmos 31:15).
Amados, Dios nos ha colocado en una escuela donde nos enseña que pongamos a sus pies nuestro ciego razonamiento, que dejemos nuestra propia sabiduría y prudencia, y que nos apoyemos y confiemos en Él como lo hacen los hijos con sus padres. La bondad de Dios hacia nosotros, en combinación con su celo por su propia gloria, lo constriñe a no revelar la senda por la que nos conduce. Su promesa es: “Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé” (Is. 42:16)… Amado hijo de Dios: Tus aflicciones, tus pruebas, tus cruces, tus pérdidas y tus tristezas —todas— sí todas, están en las manos de tu Padre celestial. No puedes tenerlas, a menos que Él las envíe. Somete ese corazón herido, entrega esa alma abatida por la tempestad a su disposición soberana, a su dominio sereno y justo en el espíritu y lenguaje sumiso de nuestro Salvador sufriente: ¡“No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42)! En tu mano están mis tiempos de tristeza y de dolor”.
En su mano están mis tiempos de angustia del alma, oscuridad espiritual y conflictos. Hay mucho de esto en la experiencia de los santos auténticos de Dios. Muchas de las batallas duramente libradas, la saeta flameante, la herida desesperante, la derrota momentánea en la vida del cristiano… Pero esos santos, en la mano del Señor están. Ninguna tiniebla espiritual cubre con su sombra, ninguna angustia mental abate, ninguna saeta flameante ha sido lanzada sin su consentimiento y para la cual no haya Él provisto. Nada existe que el Señor haya tomado bajo su cuidado tan entera y exclusivamente como el alma redimida y santificada de su pueblo. Todos sus intereses para la eternidad están exclusivamente en su mano. En la plenitud infinita de Jesús, la riqueza sin medida del pacto1, en las grandes y preciosas promesas de su Palabra, Él ha anticipado cada necesidad espiritual del creyente. Cuán preciosa es tu alma para Aquel que cargó con todos tus pecados, sufrió por ella toda su maldición, Quien soportó por ella indecibles ignominias y sufrimientos y Quien la redimió con su sangre preciosa. Guardado también, por su Espíritu, está su reino de justicia, gozo y paz dentro de ti. Te insto a comprender que, cualesquiera que sean tus luchas mentales, conflictos espirituales, dudas y temores, tus “tiempos” de abatimiento del alma, están en manos del Señor.
Allí guardados, seguros, están tus intereses espirituales. “Todos los consagrados estaban en su mano” (_ver_Dt. 33:3). Y Aquel en quien has depositado tu alma redimida, se ha comprometido a Sí mismo por tu seguridad espiritual eterna. De sus ovejas dice: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Jn. 10:28-29). Con una fe igualmente preciosa y humilde seguridad, tienes el privilegio de exclamar como Pablo: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Ti. 1:12).
¡Ah! Así como Cristo no puede perecer, tampoco puede hacerlo el que ha sido comprado con su sangre. Ningún miembro de su cuerpo, por más insignificante que sea, será cortado de Él. Ningún templo del Espíritu Santo, por débil e imperfecto que sea, será destruido. Ningún alma a quien la imagen divina le ha sido restaurada y a quien la naturaleza divina le ha sido impartida, en cuyo corazón el nombre de Jesús ha sido grabado, se verá envuelta en la destrucción final y eterna del impío. Nada perecerá fuera de lo terrenal y lo sensual. ¡Ni una débil chispita de luz divina será extinguida, ni un latido de vida espiritual morirá!
Piensa en esto, tú, todo pecador y tembloroso, que has huido a Jesús, tú que te aferras a Él… como la hiedra al roble: Nunca te desprenderás de la fe que tienes en Cristo, nunca se desprenderá Cristo de ese amor que por ti tiene. Tú y Jesús son uno, indivisible y eternamente uno. Nada te separará de su amor, de su cuidado, ni te excluirá de su comunión, ni tampoco te expulsará de su cielo ni de su bendición eterna. _Tú_estás en Cristo, eres objeto de su gracia; y Cristo está en ti, la esperanza de gloria (Col. 1:27). Todas tus preocupaciones están bajo el cuidado de Cristo, todas tus tristezas son tristezas de Cristo, todo lo que necesitas es todo lo que Cristo da, todas tus enfermedades son sanidad de Cristo, todas tus cruces son cargas de Cristo. Tu vida —temporal, espiritual, eterna— “está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3). ¡Oh, las bendiciones indecibles que surgen de una unión vital con el Señor Jesús! El creyente puede decir con regocijo: ¡Cristo y yo somos uno! Uno en naturaleza, uno en afecto, uno en cariño, ¡uno en comunión y uno por toda la eternidad! La vida que vivo es una vida de fe en Él (ver Gá. 2:20). Recurro enseguida a Él con la confianza de un amigo amoroso, con la sencillez de un niño, le revelo mi dolor secreto y le confieso a Él mi pecado oculto. Admito que mi corazón no siempre es fiel. Le doy a conocer mis necesidades, mis sufrimientos, mis temores. Le cuento qué frío es mi afecto, qué reservada es mi obediencia, qué imperfecto mi servicio; y aun así, cómo ansío amarle con más ardor, seguirle más de cerca, servirle con más devoción, ser más entera y santamente suyo. ¿Y cómo me responde? Con un oído atento, con una mirada radiante, con una palabra llena de gracia, con una mano extendida con benignidad y gentileza, todo como Él es. Confía, entonces, querido lector, tus intereses espirituales y eternos a la mano del Señor…
A aquellos que, abatidos por un doloroso presentimiento de su propia muerte, están sujetos a servidumbre toda su vida, cuan consolador es reflexionar en el hecho de que la muerte del creyente está en la mano del Señor de manera particular. Es una verdad indubitable que hay un “tiempo de morir’ (Ec. 3:2). ¡Ah! Pensamiento conmovedor y que perturba —“¡tiempo de morir!”—. Vendrá el tiempo cuando este conflicto mortal habrá acabado; cuando este corazón dejará de sentir, insensible tanto al gozo como a la tristeza, ¡cuando esta cabeza ya no dolerá y estos ojos no volverán a derramar lágrimas! [Será el] mejor y más santo de todos; un tiempo “cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1 Co. 15:54) y “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2)… Siendo esto así, oh cristiano, ¿por qué te asalta este temor ansioso y tembloroso? En la mano del Señor tu tiempo de morir está, con todas las circunstancias que la rodeen. Todo es determinado y organizado por Aquel que te ama y te redimió —la bondad infinita, sabiduría y fidelidad darán la más excelsa felicidad a cada circunstancia de tu partida—. La enfermedad final no puede venir, el “último enemigo” no puede atacar hasta que Él diga. En su mano todo está. Entonces, deja tranquila y confiadamente a Él esta escena final de tu vida. No puedes morir apartado de Jesús. ¡Sea que tu espíritu emprenda su vuelo en tu casa u otro lugar, entre extraños o amigos, por un proceso largo o un ataque repentino, en luz o en oscuridad, Jesús estará contigo! Sostenido por su gracia y animado por su presencia, exclamarás triunfante: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4), teniendo en alto tu testimonio de la fidelidad de Dios y lo preciado de sus promesas al morir. “En tu mano está oh, Señor mi tiempo de morir y allí con tranquilidad lo dejo”… ¿En las manos de quién están los tiempos del creyente? En las manos de su amante Padre. Sean cuales sean los tiempos, tiempos de pruebas, tiempos de tentación, tiempos de sufrimiento, tiempos de peligro, tiempos de sol o de sombras, de vida o muerte: todo ello está en la mano de un Padre. ¿Es tu senda actual solitaria y triste? ¿Ha tenido el Señor a bien quitarte una bendición que amabas, te ha negado algún pedido sincero o ha disciplinado dolorosamente tu corazón? Todo esto surge del amor de un Padre tan plenamente como si hubiera abierto su caja de tesoros y derramado los más valiosos a tus pies…
Nuestros tiempos están en las manos de un Redentor; ese mismo Redentor que cargó en su corazón nuestros sufrimientos, en su alma nuestra maldición y transgresiones, en sus hombros nuestra cruz, Quien murió, Quien resucitó, Quien vive e intercede por nosotros, Quien reunirá a todos sus redimidos a su alrededor en gloria como su guarda y su guía. ¿No puedes confiar con alegría a su cuidado y control todas tus preocupaciones terrenales, todos tus intereses espirituales “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:7)? “¡Oh sí!”, la fe responde, “en esa mano que aún lleva en su palma las marcas de los clavos están todos mis tiempos. ‘Me aseguraré [confiaré] y no temeré’ (Is. 12:2)”.
Lector incrédulo, te preguntas: “¿En la mano de quién están mis tiempos? Respondo: “En las del Soberano Infinito, ‘Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos” (Dn. 5:23). Te confronto con esta verdad ineludible: En la mano de Dios están tus tiempos. En Él vives, te mueves y eres (ver Hch. 17:28). No puedes actuar independiente de Dios ni siquiera durante un solo aliento, un solo pensamiento o un solo paso. No puedes escaparte de su gobierno, no puedes esconderte de su vista ni huir de su poder. Te hace responsable de todas tus posesiones, adquisiciones y acciones, y pronto te dirá: “Da cuenta de tu mayordomía” (Lc. 16:2)… Oh, que este año, tu terca voluntad, después de tanta resistencia, tu corazón rebelde, después de sus años de cerrarse y endurecerse contra un Salvador que [llama], se sienta dulcemente constreñido a someterse al evangelio de Cristo que antes despreciaba, a nacer del Espíritu, un hijo de Dios y heredero de la felicidad que no tendrá fin, a pesar del paso del tiempo y los siglos de eternidad.
¡Ah! ¡Para cuantos que leen estas páginas es probable que ya se habrá emitido el decreto: “Así ha dicho Jehová: …morirás en este año” (Jer. 28:16)! ¡Sentencia sombría para los que no están unidos al Señor Jesús! Querido lector, ¿estás preparando y decidiendo pasar este año como todos los años anteriores de tu vida? ¡Qué! ¿En aborrecer a Dios, abusando de sus misericordias, despreciando a su Hijo, ignorando su salvación y endureciendo tu corazón en pecado, en vivir para el mundo y para ti mismo atesorando ira para el día de la ira? Una vida así, ¿merece ser vivida? ¿Puedes doblar tu rodilla… y orar: “¡Gran Autor de mi ser! ¡Padre de toda misericordia! ¡Justo Juez del mundo! Concédeme otro año de rebelión e impiedad, más tiempo para desperdiciar, más misericordias para abusar, más medios de gracia para ignorar, más bienes para malgastar, más influencia para oponerme y luchar contra ti”?
¡Tiemblas de solo pensarlo! Seguramente, por nada del mundo podrías elevar semejante oración. No obstante,… en un estado de incredulidad, ¿no sucede que tus pensamientos, temperamento y decisiones son más expresivas que las palabras [que insultan] a Dios con el espíritu de una petición, cuyo lenguaje no te atreves a usar? Oh, ruego que gentil y convencidamente seas atraído por el Espíritu Santo, te acerques al Señor Jesús como un pecador que se ha destruido a sí mismo, pero que llega ante Él, humilde y arrepentido. ¡Oh, que sea esta la hora feliz de tu… entrega total al Señor para ser su hijo, su siervo para siempre!
Tu corazón no conocerá la verdadera felicidad, gozo y paz, mientras no sienta el amor del Salvador. Ni podrás entregarte a los deberes trascendentes y nobles de la vida verdadera, o contemplar la muerte con calma y la eternidad con esperanza, hasta no haberte reconciliado con Dios a través de “un solo mediador2 entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5)… la obra expiatoria ha terminado, la gran salvación ha sido comprada, la tremenda deuda ha sido cancelada; todo perfeccionado y asegurado por la sangre del Hijo encarnado de Dios. Y ahora se complace en otorgar esta inestimable y preciosa gracia a todo el que se acerque a Él, “quebrantado y humilde de espíritu” (Is. 57:15) como un favor gratuito, no importa lo vil, indigno y pobre que sea. “Por gracia sois salvos” (Ef. 2:5). “Por tanto, es por fe, para que sea por gracia” (Ro. 4:16). Ante la majestad y el esplendor de esta preciada verdad, toda gloria humana tiene que desvanecerse, todo orgullo humano tiene que caer… El corazón orgulloso, rebelde y moralista tiene que humillarse hasta el polvo. Ponte a salvo creyendo en la justicia del Señor Jesucristo y serás aceptado… ”Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 5:1). Escrito está: “Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Ro. 3:20). Bajo la misma inspiración también escrito está: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Ro. 4:5). Luego, a este acto de justificación[^51] gratuita, le sigue este santo y precioso resultado: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 5:1). Después, por todos los intereses eternos que están en juego, por el anhelo de una vida santa, una muerte feliz y una inmortalidad gloriosa, ¡considera tu camino! Renuncia a toda confianza en los sacramentos, deberes religiosos y obras de caridad. Bajo una convicción espiritual profunda de lo desesperadamente pecaminoso de tu naturaleza caída y corrupta —la plaga de tu propio corazón (1 R. 8:38)—, tu condenación por la Ley, tu absoluta incapacidad de salvarte a ti mismo y de tu falta total de preparación para presentarte delante del Dios y Señor santo— ¡Huye a Cristo! Haz tuya la gran salvación que Él ha conseguido eficazmente, la cual libremente otorga.
¿Cómo te recibirá el Salvador? ¿Hay alguna duda? ¡Oh no! Ninguna. Vino al mundo para salvar a los pecadores y te salvará a ti. Su compasión lo inclina a salvar a los pecadores, su poder lo capacita para hacerlo y su promesa lo obliga a ello. “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Ti. 1:15)… No es una gran fe, ni una experiencia profunda, ni un conocimiento extenso lo que se requiere. La vista más borrosa que haya puesto sus ojos en Cristo, la mano más débil que se haya tomado de Cristo, el paso más tembloroso que jamás se haya dado para acercarse a Cristo, tiene en sí una salvación en el presente y tiene en sí un futuro de vida eterna. La más pequeña medida de fe verdadera llevará el alma al cielo… Jesús sufrió a lo sumo, “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (He. 7:25).
En conclusión, enfoquemos la influencia práctica que esta verdad debiera tener sobre nuestras mentes… Deja que esta verdad preciosa: “En tu mano están mis tiempos”, te quite de la mente toda la preocupación ansiosa e inútil sobre el presente o el futuro. Teniendo una fe sencilla en Dios… “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). Aprende a contentarte con lo que te toca en el presente, con los tratos de Dios contigo y con lo que Él dispone para ti. Estás justo donde te ha colocado su Providencia —en su [misteriosa], pero omnisciente y justa decisión—. Puede ser una posición dolorosa, irritante y difícil, pero es la correcta. ¡Oh sí! ¡Es la correcta! Busca sólo glorificarlo en ella. Dondequiera que estés, Dios tiene una obra para que realices, un propósito para lograr a través de ti, en el cual combina tu felicidad y su gloria. Y cuando hayas aprendido las lecciones de su amor, te transferirá a una esfera superior…
Procura pues [por fe], vivir una vida de dependencia cotidiana en Dios. ¡Oh, es una vida dulce y santa! Te libera de muchos sentimientos desalentadores, de muchas preocupaciones corrosivas, de muchos pensamientos ansiosos, de muchas noches de insomnio, de muchas lágrimas derramadas, de muchas intrigas imprudentes y pecaminosas… ¡Oh sí! Amado lector, agradece a Dios que tus tiempos, tus intereses, tu salvación están fuera de tus manos y fuera de las manos de todas las criaturas y, en cambio, absolutamente seguros en su mano están. ¡Adelante en la senda del deber, del trabajo y del sufrimiento! Que tu meta sea parecerte más a Cristo en tu carácter, tu espíritu y tu vida entera. Pronto será dicho: “El Maestro está aquí y te llama” (Jn. 11:28)… Paciente en perseverar, sumiso en el sufrimiento, satisfecho en el lugar que Dios te dio, celoso, devoto, ponte en guardia y espera “tu heredad al fin de los días” (Dn. 12:13). Implícitamente, confía tu futuro en Dios. No tendrás ningún dolor para el que Él no brinde un dulce manantial de consolación, ninguna aflicción que no sea atendida con la compasión más tierna del Salvador… Sea tu oración constante: “Sostenme, y seré salvo” (Sal. 119:117). Sea tu precepto diario: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:7). Y luego, deja que Dios cumpla —como fielmente lo hará— su propia generosa y preciosa promesa: “Como tus días serán tus fuerzas” (Dt. 33:25). De esta manera, camina con Dios por este valle de lágrimas hasta cambiar la tristeza por alegría, el sufrimiento por tranquilidad, el pecado por pureza, el trabajo por descanso, el conflicto por victoria y todas las escenas fluctuantes y sombrías de la tierra por la gloriosa felicidad permanente y luminosa del cielo.
Tomado de Mis tiempos en la mano de Dios(My Times in God’s Hand) New York: A.D.F. Randolph, 1868.
Octavius Winslow (1808-1878): Pastor no conformista, ordenado en 1833 en Nueva York, pero más adelante radicado en Inglaterra; nacido en Londres, Inglaterra.
Footnotes
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Pacto – Una referencia al Pacto de Gracia, el propósito de Dios de redención eterna por gracia, concebido antes de la creación del mundo, anunciado primeramente en Génesis 3:15, progresivamente revelado a través de la historia; cumplido en la Persona y obra de Jesucristo y obtenida por fe en Él. ↩
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Mediador – El que media entre dos partes. Agradó a Dios, en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre; Profeta; Sacerdote y Rey; Cabeza y Salvador de la Iglesia, el heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que a su tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara (Confesión de fe bautista de 1689. 8.1). ↩