La quietud9 del corazón

Jeremiah Burroughs (1599-1647)

“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11).

El contentamiento en toda circunstancia es un arte maravilloso, un misterio espiritual. Es para ser aprendido y esto como un misterio. Por eso [Pablo] dice en el versículo 12: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado”.

La palabra traducida enseñado, se deriva de la que significa “misterio”. Es como si hubiera dicho: “He aprendido el misterio de esta cuestión”. El contentamiento debe ser aprendido como un gran misterio y aquellos enseñados plenamente en este arte, que es como la adivinanza de Sansón para el hombre natural, han aprendido un misterio profundo… Ofrezco la siguiente descripción: El contentamiento cristiano es aquel estado del espíritu lleno de gracia, aquietado, interior y dulce que se somete libremente a Dios y se deleita en lo que Él dispone, paternal y sabiamente, en cada circunstancia. Desglosaré esta descripción porque es como frasco de precioso ungüento, y muy reconfortante y útil para los corazones atribulados en tiempos y condiciones de sufrimiento.

El contentamiento es algo dulce en el interior del corazón. Es una obra del Espíritu en el interior. No se trata sólo de que no procuremos ayudarnos a nosotros mismos con medidas externas violentas, ni que nos abstengamos de expresiones de descontento y murmuraciones con palabras perversas contra Dios y otros; es el sometimiento interior del corazón. “En Dios solamente está acallada mi alma” (Sal. 62:1) y “alma mía, en Dios solamente reposa” (62:5). Eso dicen nuestras Biblias, pero las palabras podrían traducirse igualmente: “Alma mía, permanece quieta ante Dios. Guarda silencio, oh alma mía”.

No sólo debe la lengua guardar silencio; tiene que hacerlo también el alma. Muchos pueden guardar silencio conteniéndose de exteriorizar el descontento que bulle por dentro. Esto indica un desorden complicado y gran perversidad en sus corazones. A pesar de su silencio exterior, Dios oye el quejoso e irritado lenguaje de alma. Un zapato puede verse suave y elegante por fuera, mientras adentro pellizca y oprime el pie. Afuera puede haber mucha calma y quietud, mientras que, por dentro, se mueven sorprendente confusión, amargura, perturbación y aflicción.

Algunas personas son tan débiles que no pueden refrenar la inquietud de sus espíritus, sino que con sus palabras y conductas revelan las lamentables perturbaciones interiores. Sus espíritus son como un mar enfurecido que no arroja más que suciedad y lodo, y son molestos, no sólo para ellos mismos, sino también para los que los rodean. Otros, en cambio, pueden disimular esos desórdenes del corazón, tal como lo hizo Judas cuando traicionó a Cristo con un beso; hierven por dentro y se consumen como un cáncer. A ellos se refiere David cuando dice que sus palabras son más dulces que la miel, sin embargo, tienen guerra en su corazón. En otro lugar dice: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos” (Sal. 32:3). De manera similar, mientras estas personas exteriorizan una calma llena de serenidad, sus espíritus tienen furiosas tormentas. Y mientras guardan silencio, su corazón se turba y hasta se desgasta por la angustia y la aflicción. Tienen paz y tranquilidad externa, pero adentro [hay] guerra por el comportamiento rebelde y turbulento1 de sus corazones.

Si el logro del verdadero contentamiento fuera tan fácil como permanecer quieto exteriormente, no necesitaría ser aprendido. Requeriría aún menos fuerza y habilidad que la de un apóstol, efectivamente, hasta menos que la que un cristiano común tiene o puede tener. Por lo tanto, se requiere más para lograrlo que lo que demandan los dones comunes y el poder ordinario del razonamiento, que la naturaleza controla. Es una cuestión del corazón.

ES LA QUIETUD DEL CORAZÓN. En él, todo es sosegado y tranquilo… ¿A qué pues, se opone esta quietud del espíritu?…

A la irritación y la angustia2, que van un grado más allá del murmurar3. Recuerdo el dicho de un pagano: “El sabio puede preocuparse por_sus aflicciones,_pero no estar enojado _con_ellas”. Hay una gran diferencia entre una preocupación sosegada y un enojo desordenado.

A la turbulencia del espíritu, cuando los pensamientos se amontonan pesadamente y obran de una manera confusa, de modo que los afectos son como el gentío desordenado descrito en Hechos. No sabían con qué propósito se habían juntado (Hch. 19:32). El Señor espera que guardemos silencio bajo sus reprensiones y como dice Hechos 19:36: “Puesto que esto no puede contradecirse, es necesario que os apacigüéis, y que nada hagáis precipitadamente”4.

Al espíritu inquieto e inestable, por el cual el corazón se distrae del deber del momento que Dios requiere en nuestras diferentes relaciones con Dios, nuestros prójimos y nosotros mismos.Tenemos que valorar el deber al punto que no demos lugar a que trivialidad alguna nos desvíe de él. De hecho, un cristiano valora en gran manera, cada servicio a Dios que, aunque algunos pueden ser a los ojos del mundo y de la razón natural una empresa sin importancia y vacía, elementos miserables o tonterías, sin embargo, dado que Dios lo requiere, la autoridad del mandato domina su corazón, de tal manera que está dispuesto a gastarse y ser gastado para cumplirlo. En cuanto a esto, Lutero5 se expresó diciendo que las obras comunes, realizadas _con_fe y nacidas de la fe, son más preciadas que el cielo y la tierra6. Si de hecho es así y el cristiano lo sabe, no se distraerá con pequeñeces. Responderá a cada distracción y resistirá toda tentación como lo hizo Nehemías cuando Sanbalat, Tobías y Gesem intentaron distraerlo de la reconstrucción del muro. Mandó decirles: “Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros” (Neh. 6:3).

A las preocupaciones que llevan al descuido y consumen el corazón. El corazón lleno de gracia estima tanto su unión con Cristo y la obra que Dios le encarga que no puede permitir que nada dentro de su poder se interponga y lo ahogue o anule. El cristiano anhela que la Palabra de Dios lo posea plenamente hasta partirle el alma y el espíritu (He. 4:12), pero no deja que el temor y el rumor de malas noticias se apodere tanto de su alma que cause allíuna división y una lucha semejante a la que libraban los mellizos que luchaban en la matriz de Rebeca (Gn. 25:22). Un gran hombre puede permitir que gente común se pare fuera de sus puertas, pero no que entren y hagan ruido en su cámara o dormitorio cuando se ha retirado de todos sus menesteres cotidianos. De la misma manera, un espíritu en paz puede inquirir acerca de las cosas afuera en el mundo, y tolerar que algunos cuidados y temores comunes irrumpan en los alrededores de su alma, de modo que piensa un poco en ellos, pero de ninguna manera, permitirá su intrusión en la cámara privada que reserva totalmente para Jesucristo como su templo interior.

**A desalientos que hunden.**Cuando las cosas no marchan de la manera como uno espera, cuando la marea de causas secundarias es tan baja que casi no vemos los medios externos que mantengan nuestras esperanzas y nuestro corazón, comenzamos a razonar como lo hizo [el príncipe] en 2 Reyes 7:2: “Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto así?”. Nunca consideramos que Dios puede dar vista a los ciegos con lodo y saliva, y que puede obrar por encima, más allá e incluso, en contra de los medios. A menudo, hace que las flores más hermosas, producto de los esfuerzos del hombre, se marchiten y que sucedan cosas improbables a fin de que la gloria de los esfuerzos sea dada a Él. De hecho, si su pueblo necesita milagros para lograr su liberación, los milagros son tan fáciles para Dios como darle a su pueblo el pan de cada día. Muchas veces, una bendición de Dios es secreta para sus siervos, por lo que no saben de dónde viene. “No veréis viento, ni veréis lluvia; pero este valle será lleno de agua” (2 R. 3:17). Dios quiere que dependamos de Él, aunque no veamos cómo suceden las cosas. Si fuera de otra manera, no demostraríamos un espíritu aquietado. Aunque en aflicción, no dejes que tu corazón desmaye. Si tu corazón desmaya y está desalentado por alguna aflicción, con más razón necesitas esta lección sobre el contentamiento.

A cambios y evasiones7pecaminosas para conseguir alivio y ayuda. Un ejemplo de esto es el de Saúl corriendo hacia la adivina de Endor y ofreciendo un sacrificio antes de que llegara Samuel. Y cuando el buen rey Josafat trabó amistad con Ocozías (2 Cr. 20:35). Asa recurre a la ayuda de Ben-adad, rey de Siria, en lugar de recurrir al Señor (2 Cr. 16:7-8), aunque el Señor le había entregado al numeroso ejército etíope en sus manos (2 Cr. 14:12). El bueno de Jacob acordó con su madre mentirle a Isaac, no quiso esperar los tiempos de Dios y usar los medios de Dios; se apuró demasiado y se salió de su camino para conseguir la bendición que Dios quería para él. Esto es lo que hacen muchos —por la corrupción de su corazón y la debilidad de su fe— porque no pueden confiar en Dios y seguirle totalmente en todas las cosas y de manera permanente. Ésta es la razón por la que, muchas veces, el Señor tiene que poner sobre los santos cruces temporales y dolorosas, como en el caso de Jacob, aunque finalmente obtuvo misericordia. Es posible que tu corazón carnal esté pensando: “No me importa cómo me libre de este mal, sólo pido ser librado”. ¿No piensas así muchas veces cuando estás sufriendo una cruz o aflicción? ¿No experimentas tales obras del espíritu como ésta? “Ay, si pudiera librarme de esta aflicción sea como sea, no me importa cómo” —_tu corazón dista mucho de estar aquietado—._Estas soluciones pecaminosas son las cosas opuestas a la quietud que Dios requiere en un espíritu que tiene contentamiento.

**Lo último que se opone a la quietud del espíritu es la rebelión desesperada contra Dios.**Éste es el más abominable. Espero que muchos de los lectores hayan aprendido hasta aquí que para tener contentamiento han de evitar tales desórdenes, pero la verdad es que, no sólo los impíos, sino a veces, los propios santos de Dios, muestran estos indicios cuando una aflicción permanece por mucho tiempo, es muy severa y verdaderamente pesada sobre ellos, que les hiere, por así decirlo, hasta los tuétanos. Sienten que su corazón comienza a protestar contra Dios, sus pensamientos empiezan a crisparse y sus afectos se van convirtiendo en una rebelión contra Dios mismo. Éste es, especialmente, el caso de los que, además de tener sus corrupciones, son muy melancólicos. El diablo obra tanto en las corrupciones de su corazón como en la enfermiza melancolía8 de su cuerpo. Aunque en el fondo exista la gracia, bajo la aflicción puede levantarse contra Dios mismo.

Ahora bien, la quietud cristiana es lo opuesto a todas estas cosas. Cuando llega la aflicción, sea cual fuere, no murmura. Aunque la siente, aunque le hace clamar a Dios, aunque anhela ser librado de su dolor, procura hacerlo por todos los medios piadosos, no murmura, ni se queja, ni tampoco se desespera. No hay en su espíritu nada tumultuoso, ni inestabilidad. No tiene en su corazón temores que lo distraen, no hay desánimo que hunde, no hay cambios ni evasiones pecaminosas, ni ninguna rebelión contra Dios. Ésta es la quietud de espíritu en la aflicción.

Tomado de La rara joya del contentamiento cristiano (The Rare Jewel of Christian Contentment), disponible en CHAPEL LIBRARY como un folleto abreviado y solamente en inglés.


Jeremiah Burroughs (1599-1647): Predicador inglés puritano congregacionalista, uno de los miembros independientes de la Asamblea de Westminster, nacido en Anglia Oriental, región oriental de Inglaterra.

La avaricia, el descontento y la murmuración son tan naturales para el hombre como lo son las espinas para el suelo. —Juan Calvino

Footnotes

  1. Turbulento – Caracterizado por conflicto, desorden, confusión; conmoción violenta.

  2. Irritación y angustia – Ansiedad mental y preocupación.

  3. Murmurar – Decir algo en voz baja o apenas audible, especialmente, en caso de insatisfacción o irritación.

  4. Precipitadamente – Imprudentemente; irreflexivamente.

  5. Martín Lutero (1483-1546) –Teólogo alemán, figura central de la Reforma Protestante.

  6. ¿Quién puede proclamar adecuadamente, el provecho y el efecto de siquiera una obra que, con fe y con base en ella, realiza el cristiano? Es más valioso que el cielo y la tierra (Martín Lutero en Obras de Lutero (Luther’s Works), Tomo 26; Lecciones sobre Gálatas (Lectures on Galatians), 1535, Capítulos 1-4, 334).

  7. Cambios y evasiones – Métodos utilizados para lograr un objetivo de manera rápida, independientemente de si son justos, correctos o sabios a largo plazo, con los cuales se evaden las responsabilidades.

  8. Enfermedad de la melancolía – En la época de Burroughs, la melancolía se consideraba una enfermedad mental funcional caracterizada por una reflexión lúgubre, miedos infundados y aflicción general; ahora se le conoce simplemente como melancolía.