Contentamiento total en Cristo
Jonathan Edwards (1703-1758)
_“_Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa” (Is. 32:2).
Hay en Cristo una provisión para la satisfacción y el total contentamiento del alma sedienta y necesitada. A eso se refieren las palabras del texto que dicen: “Como arroyos de aguas en tierra de sequedad”… Fue dicho que Cristo es un río de agua porque hay en Él plenitud de provisión para el alma necesitada y anhelante. Cuando uno tiene mucha sed, un trago de agua no lo satisface, pero cuando llega a un río, calma totalmente su sed. Cristo es como un río, en el sentido de que es suficiente, no sólo para un alma sedienta, sino que al saciarla, su caudal no disminuye. No satisface menos a los que beben de él después de haber saciado la sed de otro. El hombre sediento no disminuye el cauce del río por calmar su sed con sus aguas.
Cristo también es como un río en otro sentido: El río fluye continuamente. Sin detenerse, fluye agua de su fuente, de modo que el hombre puede vivir de él y recibir agua toda su vida. De igual manera, es Cristo una fuente que fluye sin cesar. Aprovisiona continuamente a su pueblo, sin que la fuente se seque. Los que son de Cristo, pueden recibir suministros frescos de Él por toda la eternidad. Pueden disfrutar de un aumento de bendiciones que son nuevas, siguen siendo nuevas y jamás tendrán fin.
Para ilustrar esta proposición, pregunto:
1. ¿Qué es lo que todo hombre anhela natural e inevitablemente?
Primero: El alma de todo ser humano ansía, inevitablemente, felicidad. Éste es un apetito universal de la naturaleza humana que es igual en el bueno y en el malo… No sólo es natural a toda la humanidad, sino también a los ángeles. Es universal de todos los seres racionales e inteligentes en el cielo, la tierra y el infierno, porque fluye, inevitablemente, de una naturaleza inteligente. No existe un ser racional, ni puede existir uno, sin un amor y deseo de felicidad. Es imposible que haya una criatura que ame la miseria o que no ame la felicidad, dado que eso implica una manifiesta contradicción. La sola noción de la miseria es de encontrarse en un estado que la naturaleza aborrece y la noción de felicidad es de estar en un estado sumamente agradable a su naturaleza. Por lo tanto, esta ansia de felicidad es inalterable e imposible de cambiar; nunca puede ser superada ni cesar de ninguna manera. El joven y el anciano, el bueno y el malo, el sabio y el indocto, sin excepción, aman la felicidad, aunque haya una gran variedad de ideas humanas sobre lo que ésta constituye…
Segundo: El alma de todo hombre ansía una felicidad que es igual a la capacidad de su naturaleza. El alma del hombre es como una vasija: la capacidad del alma es igual al tamaño o el contenido de la vasija. Por lo tanto, si el hombre tiene mucho placer y felicidad, pero la vasija no está llena, sigue teniendo ansiedad. Toda criatura sigue inquieta hasta que disfruta en proporción directa a la capacidad de su naturaleza… La naturaleza del hombre es tal, que tiene una capacidad inmensa de ser feliz. Fue hecho de una naturaleza extremadamente superior a los [animales] por lo que tiene una gran capacidad de felicidad para satisfacer. Los placeres de los sentidos externos que contentan a las bestias, no dan contentamiento al hombre. Tiene otras facultades que son de una naturaleza más elevada para satisfacer. ==Si los sentidos están saciados1, pero las facultades2 del alma no, el hombre permanece en un estado de ansiedad y desasosiego.==
Lo es más por la facultad de entender que el alma tiene capacidad para una felicidad tan grande y que ansía tanto. La comprensión es una facultad de la mente excesivamente extensa. Se extiende más allá de los límites de la tierra, más allá de los límites de la creación. Debido a que tenemos la capacidad de comprender inmensamente más de lo que de hecho comprendemos, ¿quién sabe hasta qué punto puede extenderse la comprensión del hombre? Y a medida que aumenta su comprensión, aumenta también su ansiedad. Por lo tanto, tiene que ser un objeto incomprensible lo que satisface el alma; nunca se contentará sólo con aquello a lo que le puede ver un fin. Nunca estará satisfecho con aquella felicidad a la que le puede encontrar fondo. Puede por un tiempo tener contentamiento con un objeto de duración limitada; pero pronto se encuentra con que necesita algo más. Esto es fácil de observar en la experiencia de este mundo descontento y ansioso…
2. Los hombres en su estado caído tienen una enorme carencia de esta felicidad.
Alguna vez la disfrutaron, pero la humanidad ha caído a un estado muy bajo. Por naturaleza, somos pobres criaturas necesitadas. Desnudos venimos al mundo y nuestras almas, al igual que nuestros cuerpos, están en una condición desdichada y miserable… La pobreza de la condición humana se manifiesta en su espíritu inconforme y ansioso… Somos naturalmente como el hijo pródigo3: Antes éramos ricos, pero dejamos la casa de nuestro padre, malgastamos nuestra fortuna y somos ahora pobres criaturas, hambrientas y miserables.
Los hombres, en su condición natural, pueden encontrar algo para gratificar sus sentidos, pero nada para alimentar su alma. Esa parte más noble y esencial, perece por falta de alimento. Pueden comer suntuosamente4 todos los días, pueden consentir su cuerpo, pero el alma no puede ser alimentada por una mesa suntuosa… Las facultades superiores requieren ser satisfechas, tanto como las inferiores. La verdadera pobreza y verdadera miseria consisten en la falta de aquellas cosas que nuestra parte espiritual necesita.
3. Aquellos pecadores, totalmente vivificados, son conscientes de su gran necesidad.
==Millones de gentes no son conscientes de su condición necesitada y miserable. Son pobres, pero se creen ricas y cada vez lo son más. De hecho, ningún ser humano en su estado natural, tiene verdadero contentamiento…== En cambio, el alma totalmente vivificada percibe que está muy lejos de la verdadera felicidad, que las cosas que posee nunca lo harán feliz, que, a pesar de todas sus posesiones materiales, es “un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Ap. 3:17). Se da cuenta de la corta duración y la incertidumbre de esas cosas y de que son insuficientes para satisfacer la conciencia atribulada. El alma vivificada quiere algo más para darle paz y tranquilidad. Si alguien le dijera que puede poseer un reino, eso no lo tranquilizaría. Anhela que sus pecados sean perdonados y estar en paz con su Juez. Es pobre y se asemeja a un mendigo que clama pidiendo ayuda. No tiene sed porque no ve aún dónde se encuentra la verdadera felicidad, pero porque ve que no la tiene y no puede encontrarla, está sin consuelo, no sabe dónde encontrarla y la ansía. ¡Oh, qué no daría por encontrar algo de paz y consuelo que lo satisfaga! Así son aquellas almas hambrientas y sedientas que, a menudo, Cristo [llama] para sí. “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura” (Is. 55:1-2). “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Jn. 7:37; Ap. 22:17).
4. Hay en Cristo Jesús, abundante provisión para la satisfacción y el contentamiento pleno de almas como estas.
**Primero:**La excelencia de Cristo es tal que descubrirla trae contentamiento y satisface plenamente el alma. Lo que el alma busca es aquello que es más excelente. El alma carnal imagina que las cosas terrenales son excelentes, unos piensan que las riquezas son lo más excelente, otros tienen en la más alta estima el honor y hay otros a quienes les parece que lo más excelente es el placer carnal. Pero el alma no puede encontrar contentamiento en ninguna de estas cosas porque muy pronto percibe en ellas la ausencia de excelencia.
Los hombres mundanos imaginan que hay una excelencia y felicidad auténticas en las cosas que buscan. Piensan que si pudieran obtenerlas, serían felices. Cuando las obtienen y no encuentran ahí la felicidad, comienzan a buscarla en otra cosa y su búsqueda nunca termina.
En cambio, Cristo Jesús tiene excelencia auténtica y es tan grande que cuando el alma llega a verla, deja de buscar. Allí descansa su mente. Ve en Él una gloria trascendental5 y una dulzura inefable6. Ve que hasta ahora, ha estado persiguiendo sombras, pero que ahora ha encontrado la sustancia. Antes buscaba felicidad en un arroyo, pero ahora la encontró en un océano. La excelencia de Cristo es lo más adecuado para satisfacer las ansias naturales del alma y suficiente para llenarla en toda su capacidad. Es una excelencia infinita —como la anhela la mente— en la cual no encuentra límites. Cuánto más se acostumbra a ella, más excelente le resulta. Cada nuevo descubrimiento hace que esta belleza sea más deslumbrante. Aquí hay suficiente espacio para que la mente vaya más y más profundamente, y nunca llegue al fondo. El alma queda sumamente embelesada cuando mira por primera vez esta belleza y nunca se cansa de ella. La mente nunca se sacia, en cambio la excelencia de Cristo es siempre fresca y nueva; deleita aún después de que ha sido vista mil o diez mil años, como cuando fue vista por primera vez. La excelencia de Cristo es un objeto adecuado para las facultades superiores del hombre; adecuado para cultivar la facultad de razonar y comprender, y nada más meritorio hay que ocupar el entendimiento como esta excelencia. ¡No existe otro objeto tan grande, noble y exaltado!
Esta excelencia de Jesucristo es el alimento adecuado para el alma racional. El alma que acude a Cristo se alimenta de ella y de ella vive. Es ese pan que bajó del cielo y del cual el que lo come no morirá… Ese ese vino y leche (Is. 55:1), dado sin dinero y sin precio. Ésta es la grosura (Is. 55:2) en que el alma creyente se deleita. Aquí el alma anhelante encuentra satisfacción y el alma hambrienta se llena de bondad. El deleite y contentamiento que se encuentran aquí, sobrepasa todo entendimiento, es indescriptible y glorioso. Es imposible para aquellos que han bebido de esta fuente y conocen su dulzura, que alguna vez la abandonen. El alma ha encontrado un río de agua viva y no quiere ninguna otra bebida. Ha encontrado el árbol de vida y no desea ningún otro fruto.
**Segundo:**La manifestación del amor de Cristo da al alma contentamiento abundante. Este amor de Cristo es sumamente dulce y satisfactorio; es mejor que la vida misma porque es el amor de una Persona de semejante dignidad y excelencia. La dulzura de su amor depende mucho de la grandeza de su excelencia; cuánto más hermosa es la persona, más deseable es su amor. ¡Cuán dulce ha de ser el amor de esa persona que es el Hijo eterno de Dios y que tiene la misma dignidad del Padre! ¡Cuán grande es la felicidad de ser el objeto del amor de Aquel que es el Creador del mundo, por quien todas las cosas subsisten, que ha sido exaltado a la diestra de Dios y hecho Cabeza de los principados y poderes en lugares celestiales, que tiene todas las cosas bajo su pie, Rey de reyes y Señor de señores, el resplandor de la gloria del Padre! No cabe duda que ser amado por Él basta para satisfacer el alma de un gusano del polvo.
Este amor de Cristo es sumamente dulce y satisfactorio por su grandeza. Es un amor hasta la muerte, nunca visto antes ni después y sin paralelos. Ha habido ejemplos de gran amor entre dos amigos terrenales: Hubo un amor incomparable entre David y Jonatán, pero nunca hubo un amor como el de Cristo por los creyentes. La naturaleza satisfactoria de este amor surge también de sus dulces frutos. Esos beneficios preciosos que Cristo da a su pueblo y esas promesas preciosas que Él les ha dado son el fruto de este amor. El gozo y la esperanza son corrientes que fluyen constantemente de esta fuente: El amor de Cristo.
Tercero:En Cristo hay provisión para la satisfacción y el contentamiento del alma sedienta y anhelante porque Él es el camino al Padre. [Esto no es] sólo por la plenitud de excelencia y gracia que Él tiene en su propia Persona, sino del hecho de que por medio de Él, podemos acudir a Dios, reconciliarnos con Él y encontrar la felicidad en su favor y amor.
La pobreza y la miseria del alma en su estado natural consisten en estar separada de Dios porque Dios es la riqueza y felicidad de la criatura. Pero estamos alejados de Dios por naturaleza y Dios está separado de nosotros: Nuestro Hacedor no está en paz con nosotros. Pero en Cristo, hay un camino hacia la comunicación libre entre Dios y nosotros para que acudamos a Dios y para que Dios se comunique con nosotros por medio de su Espíritu. “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo… porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Ef. 2:13, 18-19).
Dado que Cristo es el camino al Padre, nos conduce a la verdadera felicidad y al contentamiento. “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Jn. 10:9). ¡Por lo tanto, aprovecho la ocasión para [llamar] a las almas necesitadas y sedientas a venir a Jesús! “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn. 7:37). Tú, que no has venido todavía a Cristo, te encuentras en una condición de pobreza y necesidad. Estás en tierra de sequedad. Y si ya has sido vivificado, eres sensible al hecho de que estás desolado y a punto de desmayar por falta de algo que satisfaga plenamente tu alma. Acude a Él que es como “ríos sobre tierra árida” (Is. 44:3). En Él hay plenitud y abundancia. Es como un río que fluye constantemente; puedes vivir junto a él para siempre y nunca tener necesidad. Acude a Aquel que tiene la excelencia suficiente para dar pleno contentamiento a tu alma, una Persona de gloria trascendental y hermosura inefable, donde tu alma puede morar eternamente sin cansarse ni estar [demasiado lleno]. [Cree en el] amor de Aquel, que es el Hijo unigénito de Dios y su escogido, en quien su alma tiene contentamiento (Is. 42:1). Por medio de Cristo, ven a Dios el Padre, de quien te has apartado por el pecado. ¡Él es el Camino, la Verdad y la Vida! Él es la puerta por la cual el que entra será salvo.
Tomado de Sermón XII en Las obras de Jonathan Edwards(The Works of Jonathan Edwards), Tomo 2, The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.
Jonathan Edwards (1703-1758): Predicador norteamericano congregacionalista, usado por el Señor en el Gran Despertar; nacido en East Windsor, Condado de Connecticut.
Footnotes
-
Saciados – Satisfechos al máximo. ↩
-
Facultad – Poder de la mente. ↩
-
Pródigo – El hijo irresponsablemente derrochador de la parábola de Cristo (Lc. 15:11-32). ↩
-
Comer suntuosamente – Comer bien a un precio muy alto. ↩
-
Trascendental – Que sobrepasa los límites normales del universo material. ↩
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Inefable – Indescriptible, demasiado grande para poner en palabras. ↩