¿Qué es contentamiento?

William S. Plumer (1802-1880)

En nuestras bibliotecas abundan libros sobre contentamiento. Algunos han sido escritos con gran destreza. Tampoco ha habido nunca entre los escritores, mucha discrepancia formal en cuanto a las bondades de lograr esta virtud. Produce resultados tan felices y su aplicación beneficia por tantas razones de peso, que tiene que ser ciego el que considera al descontento como algo casi normal. Por lo tanto, la dificultad no radica tanto en la falta de buenas reglas y fuertes razones para guiarnos hacia un estado de contentamiento como en la profundamente arraigada aversión de nuestro corazón a un deber que requiere nuestro sometimiento a la voluntad de Dios. Sabemos,pero no hacemos. Sabemos lo que es bueno, pero vamos detrás de lo que es malo. Sonreímos ante la locura o fruncimos el ceño ante la maldad del descontento en otros, no obstante, luego seguimos su ejemplo.

Pero, ¿qué es contentamiento? y ¿cómo puede distinguirse de estados mentales malignos que se le parecen en algo? El contentamiento no es descuido o prodigalidad1. Tampoco es falta de sensibilidad. Es una disposición de la mente por la cual descansamos satisfechos con la voluntad de Dios en lo que respecta a cuestiones temporales; sin ásperos pensamientos ni palabras respecto de nuestros asuntos cotidianos y sin ningún deseo pecaminoso de cambiar las cosas. Recibimos, sumisamente, lo que se nos da. Gozamos con agradecimiento sus misericordias del presente. Dejamos el futuro en las manos de la sabiduría infalible. Tampoco hay nada en el verdadero contentamiento que lleve al hombre a estar satisfecho con el mundo como su porción o su morada permanente. La persona que vive en contentamiento, puede añorar con tranquilidad el día cuando Cristo lo lleve a su hogar celestial. Puede, como Pablo, vacilar entre ambos, sin saber qué escoger, si permanecer en la carne por el bien de otros, o partir y estar con Cristo, lo cual, decía el Apóstol, es muchísimo mejor (Fil. 1:23)…

Podemos formarnos una idea correcta del contentamiento al considerar sus opuestos; de estos, uno de los más prominentes es la envidia. No existe otra pasión tan vil y violenta. Está llena de malicia mortal. Cuando el corazón de una persona no aguanta más el éxito mundano superior de otros y por ello los aborrece, no está lejos de la ruina… Si nuestra actitud hacia nuestro prójimo es pecaminosa porque Dios es bueno con él, nuestra querella es realmente con la Providencia. Esto es más imperdonable porque Dios nos ha informado, expresamente, que cada ser humano del mundo tiene su porción en esta vida. Dios ha provisto, de manera especial para los suyos, una mejor porción que jamás ha disfrutado ni disfrutará hombre alguno en esta tierra, ni siquiera el mismo Adán antes de su caída. No obstante, si Dios da a otro de sus hijos más de lo que nos ha dado a nosotros, ¿no tiene el derecho de hacer lo que quiera con los suyos?

El contentamiento es también lo opuestoa la preocupación corrosiva de nuestra condición mundana. El mandato del Nuevo Testamento es: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Fil. 4:6). Algo similar dice esta exhortación: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:6-7). Con el mismo propósito, dijo nuestro Señor: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (Mt. 6:25). Es de suma importancia para nuestra paz y nuestro beneficio que comprendamos que toda preocupación inquietante2 por las cosas de esta vida, es tanto pecado como necedad. Es a estas preocupaciones excesivas a las que se refiere nuestro Señor cuando dice: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” (Lc. 21:34)…

El contentamiento es lo opuesto acodicia. En el Nuevo Testamento en griego, hay dos palabras que pueden ser consideradas codicia. Una significa literalmente amor al dinero; la otra [es] el deseo de tener más que, en Efesios 4:19, se traduce como_avidez3_. Estos dos sentidos coinciden porque nadie desea más de algo que no ama. El que ama el dinero no puede estar satisfecho con el que ya posee, quiere más. En ambos casos, el contentamiento es lo opuesto. No ama desmedidamente lo que posee ni codicia más. Dicen las Escrituras: “Sean vuestras costumbres —tu vida, tu conducta— sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). “Teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Ti. 6:8)… Es imposible librarse de una mente codiciosa añadiéndole más riqueza como [lo es] apagar un fuego echándole combustible. Es una gran cosa aprender que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12:15). Por lo tanto, “Si el hombre no está contento con el estado en que se encuentra, no lo estará en ninguno que estuviera”3… “Mirad, y guardaos de toda avaricia” (Lc. 12:15).

El contentamiento es también lo opuesto al orgullo. “La humildad es la madre del contentamiento… Los que nada merecen, debieran contentarse con cualquier cosa [que reciben]”4. Cuando nos domina el orgullo y pensamos que merecemos recibir algo bueno de las manos de Dios, es imposible satisfacernos. En cambio, en los humildes radica la sabiduría, la quietud, la gentileza, el contentamiento. El que nada espera porque nada merece, estará satisfecho con lo que reciba de las manos de Dios. De modo que “mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores” (Sal. 37:16) porque “el malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios” (Sal. 10:4). El orgulloso es como un buey no acostumbrado al yugo. Es alborotador y fiero. Aleja a sus amigos; se hace enemigos. Sufre muchas dificultades y tristezas donde el humilde, tranquilamente, sigue adelante. El orgullo y el contentamiento no pueden ir de la mano.

Tampoco coinciden para nada el contentamiento y la ambición. “¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques” (Jer. 45:5). Nuestras necesidades reales no son muchas; pero el ambicioso crea miles de demandas [que son] difíciles, si no imposibles, de cumplir. Si el hombre se empeña en gratificar los deseos de una ambición perversa, requerirá más recursos de los que puede poseer cualquier mortal para satisfacer la mitad de ellos. Si el sabio no puede llegar a la condición que su mente desea, procurará sinceramente acomodar su mente a su condición5. En cambio, el ambicioso no hará esto. No se contentará con nada que adquiera porque cada logro expande su horizonte y le ofrece un panorama de otra cosa para codiciar, de modo que va de vanidad en vanidad, y por ello desconoce la verdadera paz. ¿Eres ambicioso? Entonces, eres tu propio verdugo.

El contentamiento es lo opuesto a lasmurmuraciones yquejascontra la providencia de Dios,y acompaña a sus hermanas gratitud, sumisión y entrega a Dios. Al igual que Ezequías, exclama acerca de los mandatos de Dios: “La palabra de Jehová… es buena” (Is. 39:8). ¡Ésta es una gran afirmación! Si no puedes decir nada claro para la gloria de Dios, es mejor quedarte callado y no abrir la boca (Sal. 38:13; 39:2).

El contentamiento es también lo opuesto a ladesconfianza en Diosy desencanto con los designios de su Providencia. En lugar de confiar en el Señor y depender de Él para ser fuerte de corazón; cuántos presagian6 lo malo por lo que les ocurre o lo que creen que les ocurrirá. Tienen poca alegría, si es que algo tienen. Sus almas nunca son como el Monte Sion, “que no se mueve, sino que permanece para siempre” (Sal. 125:1)… El contentamiento verdadero… da firmeza, confirma y arraiga el alma…

El contentamiento es un deber absolutamente razonable. Es mejor que tu voluntad no sea la que controla tus asuntos. Tu salud, serenidad, éxito, riqueza, reputación y alegría te preocupan profundamente; pero ¿estás en condiciones para dirigirlos razonablemente? Si Dios te diera lo que anhelas, ¿cuánto te satisfaría? ¿No sucedería que tus anhelos se cubrirían de preocupaciones, crímenes y sufrimientos? ¿Sería mejor para ti gozar de buena salud sin interrupciones? ¡Sin algo de dolor físico, podrías olvidarte que eres mortal! Sería más penoso para el hombre verdaderamente piadoso decir cuándo, por cuánto tiempo y qué grave debiera estar enfermo que estar enfermo toda su vida. Un nombre más importante que el que ahora tienes puede ser tu perdición. Más comodidad puede hacerte objeto de terribles enfermedades. No empeores tu situación con tus quejas pecaminosas.

No has mostrado sabiduría suficiente como para dirigir ninguno de tus propios asuntos. Es una misericordia para todos el que “el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jer. 10:23). El conocimiento humano es ignorancia, la prudencia humana insensatez, la fuerza humana debilidad, la virtud humana una caña delgada y frágil. Dios puede causarte enojo sin haberte hecho ninguna injusticia. Tu voluntad es la voluntad de un pecador. A veces, Dios te ha probado satisfaciendo tus deseos de algo nuevo, algo diferente y, por lo general, el resultado no ha sido favorable: “Te di rey en mi furor, y te lo quité en mi ira” (Os. 13:11). A menudo, te ha ido peor cuando estabas lleno que cuando estabas con hambre: “Pero engordó Jesurún, y tiró coces” (Dt. 32:15). El bueno de Ezequías anhelaba vivir y Dios le dio quince años más, pero durante ese lapso erró en gran manera y dejó una triste mancha en su nombre. Uno puede vivir demasiado tiempo para su propia paz, honra o provecho. Tus anhelos no siempre son sabios. Cierto niño cayó enfermo, su madre estaba desesperada; ayunaba, se desmayaba, lloraba, gritaba. Dios le devolvió la salud al muchacho y cuando fue adulto, cometió un crimen, fue arrestado, encarcelado, convicto, ejecutado y le destrozó a su madre el corazón. ¡Cuánto menos hubiera sufrido si el hijo hubiera muerto en su niñez! Tus razonamientos pueden ser muy equivocados.

En cambio, Dios es apto para gobernarte a ti y a todas las cosas. Él sabe lo que es mejor para ti, cuánto puedes soportar y cuándo lo que te hará más bien es una sonrisa o un golpe. Su gracia es inmensa y también lo son su verdad, poder y sabiduría. Si Él dirige tu vida, todo irá bien. Nunca es engañado ni burlado. Es benévolo y gentil: “Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo” (Sal. 103:14). Su voluntad es santa, justa y buena. “Guarda misericordia a millares” (Éx. 34:7). Su fidelidad es para siempre. Debes sentirte feliz porque Jehová gobierna el universo y te gobierna a ti. Si eres sabio, “confía en Jehová… y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad” (Sal. 37:3) porque ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5). ¡Qué promesa! ¡Qué promesa!

Aprende a contentarte, sea cual fuere tu situación (Fil. 4:11). “Tú eres el que recibe prestado, no el dueño” de las comodidades creadas7. Reprime las primeras señales de ambición, codicia, egoísmo, desasosiego y espíritu de murmuración. Descansa silenciosamente en Dios. El futuro traerá una explicación completa del presente. Atesora en tu corazón las promesas benditas de Dios.

Pídele sin cesar al Señor que aumente tu fe. Cumple con diligencia todas tus obligaciones, especialmente las que incluyen una de sus promesas. “Aguarda a Jehová;… y aliéntese tu corazón” (Sal. 27:14). No digas: “Dios se ha olvidado de mí, o es como un extraño que está una noche y se va”. Resiste todos los pensamientos indignos acerca de nuestro Salvador y Padre celestial. Permanece firme y deja los resultados a Aquel que ejerce su soberanía sobre todas las cosas “según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Si así lo hacemos, viviremos seguros, será liviana nuestra carga y pronto, el Todopoderoso nos llamará a su presencia “y los días de luto serán acabados” (Is. 60:20). Pero hasta que llegue ese día de gozo, descansa en el Señor y espéralo pacientemente, recordando que “nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar” (1 Ti. 6:7).

Tomado de Devoción vital (Vital Godliness). Sprinkle Publications, www.sprinklepublications.net.


William Swan Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano, prolífico autor, nacido en Greensburg, Pensilvania.

Footnotes

  1. Prodigalidad – Extravagancia imprudente en el gasto; despilfarro.

  2. Preocupación inquietante – Estados mentales de preocupación o agobio que surgen del miedo o la duda.

  3. Selecciones del rev. John Mason (Select Remains of the Rev. John Mason) (Londres: The Religious Tract Society, 1830), 38.

  4. Ibíd., 38.

  5. Ibíd., 38.

  6. Presagiar – Predecir la desgracia o la destrucción.

  7. Referencia a Samuel Rutherford (c. 1600-1661): “De todas las comodidades creadas, Dios es el que presta, tú eres el que recibe prestado, no el dueño”.