Probados por fuego
A. W. Pink (1886-1952)
“Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro” (Job 23:10).
Job, en este versículo, se corrige a sí mismo. Al principio del capítulo lo encontramos diciendo: “Hoy también hablaré con amargura; porque es más grave mi llaga que mi gemido” (23:2). El pobre Job sentía que su situación era inaguantable, pero se recupera. Controla su arrebato y su impetuosa desesperación. ¡Cuántas veces nos tenemos que retractar! Sólo ha caminado sobre esta tierra Uno que nunca tuvo que hacerlo.
Job también se consuela a sí mismo. No podía comprender los misterios de la Providencia1, en cambio Dios conocía el camino que tomaba. Job había buscado con diligencia la tranquilizante presencia de Dios pero, desde hacía un tiempo, había sido en vano. “He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré; si muestra su poder al norte, yo no lo veré; al sur se esconderá, y no lo veré” (23:8-9). Pero se consoló con esta realidad bendita: que aunque él no podía ver a Dios, éste podía verlo a él, lo cual era mil veces mejor. “Él conoce”: el Altísimo no es insensible ni indiferente a nuestro destino. Si nota la caída de un pajarillo, si cuenta los cabellos de nuestra cabeza, por supuesto que “conoce” el camino por el que andamos.
Job, además, enuncia un concepto noble de la vida. ¡Qué espléndidamente optimista era! No dejó que sus aflicciones lo convirtieran en un escéptico. No permitió que las terribles pruebas y los problemas que estaba sufriendo lo vencieran. Miraba el lado radiante del tenebroso nubarrón: el lado de Dios, velado del sentido y la razón. Pensó en la vida en su totalidad. Miró más allá de “las pruebas de fuego” y dijo que después de pasarlas sería como oro refinado.
“Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro”. Encontramos aquí tres grandes verdades. Consideremos brevemente a cada una.
- Conocimiento divino de mi vida: “Él conoce mi camino”. La Omnisciencia2 es uno de los atributos maravillosos de Dios. “Porque sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos” (Job 34:21). “Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos” (Pr. 15:3). Spurgeon3 dijo: “Una de las pruebas más grandes de la fe cristiana práctica o empírica es: ¿Cuál es mi relación con el Dios omnisciente?”. ¿Cuál es su relación con él, querido lector? ¿Cómo le afecta? ¿Lo aflige o lo reconforta? ¿Rehúye del pensamiento que Dios conoce todo su camino; quizá un camino de mentiras, egoísmo e hipocresía? Para el pecador, éste es un pensamiento terrible. Si lo niega no, lo cierto es que procura olvidarlo. Pero para el cristiano, hay en esto un auténtico consuelo. ¡Qué reconfortante es recordar que mi Padre conoce todo acerca de mis pruebas, mis dificultades, mis sufrimientos y mis esfuerzos por glorificarle! Verdad preciosa para los que están en Cristo, pensamiento horroroso para los que no lo están, es saber que el camino que estoy transitando es totalmente conocido y observado por Dios.
“Él conoce mi camino”. Los hombres no conocían el camino de Job. Era crasamente incomprendido y, para alguien con un temperamento sensible, ser incomprendido es una prueba dolorosa. Sus propios amigos pensaban que era un hipócrita. Se defendió contra ese veredicto indigno declarando: “Él conoce mis caminos; me probará, y saldré como oro”. Aquí tenemos una enseñanza para cuando atravesamos por circunstancias similares. Hermanos creyentes, sus amigos y, aun también sus hermanos cristianos, pueden no comprenderlo o interpretar mal los tratos de Dios con usted, pero consuélese con la realidad bendita de que el Omnisciente lo conoce.
“Él conoce mi camino”. En el sentido más amplio de la palabra, Job mismo no conocía su camino, como tampoco conocemos el nuestro ninguno de nosotros. La vida es profundamente misteriosa y el paso de los años no ofrece una solución. Tampoco filosofar nos ayuda. La voluntad humana es un enigma extraño. El hecho de que somos conscientes es prueba de que somos más que autómatas. Usamos el poder de elegir en cada movimiento que hacemos. No obstante, resulta claro que nuestra libertad no es absoluta. Hay fuerzas que entran en juego para bien o para mal y que sobrepasan nuestro poder de resistirlas. Tanto la herencia como el ambiente ejercen poderosas influencias sobre nosotros. Nuestro entorno y circunstancias son factores que no pueden ser ignorados. ¿Y qué de la Providencia que “determina nuestros destinos”? ¡Ah, qué poco sabemos del camino en que andamos! Dijo el profeta: “Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jer. 10:23). Aquí entramos en la esfera de los misterios y no vale la pena negarlo. Mucho mejor es reconocer con el sabio: “De Jehová son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?” (Pr. 20:24).
En el sentido más específico de la expresión, Job sí conocía su camino o sea, el camino que transitaba. Cuál era ese “camino”, nos lo dice en estos dos versículos: “Mis pies han seguido sus pisadas; guardé su camino, y no me aparté. Del mandamiento de sus labios nunca me separé; guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:11-12). El camino que Job escogió era el mejor camino, el camino bíblico, el camino de Dios: “Su camino”.
¿Qué opina de ese camino, querido lector? ¿No fue una elección maravillosa? ¡Ah, Job no era sólo “paciente”, sino también sabio! ¿Ha hecho usted una elección similar? ¿Puede decir: “Mis pies han seguido sus pisadas; guardé su camino, y no me aparté” (23:11)? Si puede, alabe al Señor por su gracia que lo hizo posible. Si no puede, confiese con vergüenza que no se ha apropiado de su gracia que es todo suficiente. Póngase ahora mismo de rodillas y sincérese con Dios. No esconda ni retenga nada. Recuerde que está escrito: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9). ¿Acaso no explica el versículo 12 su fracaso y mi fracaso, querido lector? ¿No será porque no hemos temblado ante los mandamientos de Dios o porque hemos estimado tan poco su Palabra que nos hemos desviado de su camino? Entonces ahora y todos los días, busquemos gracia de lo Alto para obedecer sus mandamientos y guardar su Palabra en nuestro corazón.
“Él conoce mi camino”. ¿Cuál es su camino? ¿El camino angosto que lleva a la vida o el camino ancho que lleva a la destrucción? Asegúrese en cuanto a esto, querido amigo. Las Escrituras declaran: “Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Ro. 14:12). No tiene por qué caer en el engaño o la incertidumbre. El Señor declaró: “Yo soy el camino” (Jn. 14:6).
- Prueba divina: “Me probará”. “El crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero Jehová prueba los corazones” (Pr. 17:3). Ésta era la manera como Dios probaba a Israel en la antigüedad y su manera de probar al cristiano en la actualidad. Justo antes de que Israel entrara a Canaán, Moisés hizo un recuento de la historia del pueblo desde que habían salido de Egipto. Dijo: “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Dt. 8:2). De la misma manera, Dios nos prueba, examina y humilla.
“Me probará”. Si fuéramos más conscientes de esto, resistiríamos mejor la hora de aflicción y seríamos más pacientes cuando sufrimos. Las irritaciones cotidianas de la vida, las cosas que molestan tanto, ¿qué significan? ¿Por qué son permitidas? La respuesta es ésta: ¡Dios lo está “probando”! Esa es la explicación (por lo menos, en parte) de aquel desencanto, la pérdida de sus esperanzas terrenales, en medio de esa gran pérdida: Dios estaba, está probándolo. Dios está probando su humor, su valentía, su fe, su paciencia, su amor y su fidelidad.
“Me probará”. Con cuánta frecuencia los santos de Dios ven a Satanás como la única causa de sus problemas. Consideran que ese gran enemigo es responsable por muchos de sus sufrimientos. Pero esta manera de pensar no trae verdadero consuelo al corazón. ¡No negamos que el diablo produce mucho de lo que nos hostiga!, pero por encima de Satanás ¡está el Señor todopoderoso! El diablo no puede tocar un cabello de nuestra cabeza sin el permiso de Dios y cuando le es permitido molestarnos y distraernos, aun entonces ¡es sólo Dios quien lo usa para “probarnos”! Aprendamos, entonces, a mirar más allá de las causas y los instrumentos secundarios de Aquel que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad (Ef. 1:11). Esto fue lo que hizo Job.
En el primer capítulo del libro de Job, encontramos a Satanás que le pide permiso a Dios para hacer sufrir a su siervo Job. Usó a los sabeos para destruir los animales de Job (1:15), envió a los caldeos para dar muerte a sus siervos (1:17) y causó que un viento fuerte matara a sus hijos (1:19). ¿Y cuál fue la reacción de Job? Exclamó: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (1:21). Job miró más allá de los ejecutores humanos, más allá de Satanás que los había empleado, puso sus ojos en el Señor que tiene control de todo. Comprendió que el Señor lo estaba probando. Vemos lo mismo en el Nuevo Testamento. Juan escribió a los santos que sufrían en Esmirna: “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados” (Ap. 2:10). El que fueran echados en la cárcel era simplemente que Dios los “probaba”.
¡Cuánto perdemos por olvidar esto! Qué consuelo es para el corazón zarandeado por los problemas, saber que no importa de qué forma se presente la prueba, no importa cuál sea el ejecutor que indigna, es Dios quien está “probando” a sus hijos. ¡Qué ejemplo perfecto nos da el Salvador! Cuando sus captores se acercaron en el jardín y Pedro desenvainó su espada y le cortó la oreja a Malco, el Salvador le dijo: “Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Jn. 18:11). Los hombres estaban por descargar su terrible ira sobre él, la serpiente heriría su calcañar, pero él miró más allá. Querido lector, no importa lo amargo de su contenido (infinitamente menos que lo que el Salvador bebió), aceptemos la copa porque viene de la mano del Padre.
En algunos casos, tendemos a cuestionar la sabiduría de Dios y su derecho a probarnos. Muy a menudo murmuramos contra sus dispensaciones4. ¿Por qué razón me da Dios una carga tan intolerable? ¿Por qué otros tienen a sus seres queridos y los míos me fueron quitados? ¿Por qué me es negado tener buena salud y fuerzas y, quizá aún, el don de la vista? La primera respuesta a todas las preguntas como esas es: “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Ro. 9:20). El que alguno cuestione los tratos del gran Creador es una insubordinación maligna. “¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?” (Ro. 9:20). ¡Con qué seriedad necesita cada uno de nosotros clamar a Dios para que su gracia silencie nuestras palabras rebeldes y calme la tempestad dentro de nuestro desesperadamente malvado corazón!
También 1 Pedro 4:12-13 nos dice: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría”. Aquí se expresan los mismos pensamientos que en el pasaje anterior. Hay una causa detrás de nuestras “pruebas” y por eso no hemos de considerarlas extrañas, sino esperarlas. Y también encontramos aquí la esperanza bendita de ser ricamente recompensados en la segunda venida de Cristo. Después vemos que se agrega el mensaje de que, no sólo debemos encarar estas pruebas con la fortaleza de la fe, sino que debemos regocijarnos también en ellas porque Dios nos permite compartir “las aflicciones de Cristo”. Él también sufrió: suficiente le es entonces “al discípulo ser como su maestro” (Mt. 10:24-25).
“Me probará”. Querido lector cristiano, no hay excepciones. Dios tuvo un solo Hijo sin pecado, pero nunca uno sin aflicciones. Tarde o temprano, de una forma u otra, pasaremos por pruebas duras y pesadas. “Y enviamos a Timoteo nuestro hermano… para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos” (1 Ts. 3:2-3). También está escrito: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22). Así ha sido en todas las épocas. Abraham fue “probado”, probado con severidad. Igualmente lo fueron José, Jacob, Moisés, David, Daniel, los Apóstoles, etc.
- El resultado definitivo: “Saldré como oro”. Notemos el tiempo del verbo. Job no creía que ya era oro puro. “Saldré como oro”, declaró. Sabía muy bien que todavía había en él mucha escoria. No afirmaba ser ya perfecto. De ninguna manera. En el último capítulo de su libro, dice: “Me aborrezco” (42:6). Y bien podía, y bien podemos sentirnos así nosotros. A medida que descubrimos que en nuestra carne “no hay nada bueno”, cuando nos examinamos a nosotros mismos y examinamos nuestros caminos a la luz de la Palabra de Dios y contemplamos nuestros innumerables fracasos, cuando pensamos en nuestros innumerables pecados, tanto de omisión como de comisión, tenemos buenas razones para aborrecernos. ¡Ah, lector cristiano, hay mucha escoria en nosotros! Pero no siempre será así.
“Saldré como oro”. Job no dijo: “Cuando sea probado quizá saldré como oro” ni “espero salir como oro”, sino que con plena confianza y positiva seguridad declaró: “Saldré como oro”. Pero, ¿cómo lo sabía? ¿Cómo podemos nosotros estar seguros de este feliz resultado? Lo sabemos porque el propósito divino no puede fracasar. Aquel que comenzó su obra en nosotros “la perfeccionará” (Fil. 1:6). ¿Cómo podemos estar seguros de este resultado feliz? Porque la promesa bíblica es segura: “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Sal. 138:8). Entonces ¡cobre aliento, usted que pasa por pruebas y aflicciones! El proceso puede ser desagradable y doloroso, pero el resultado es encantador y seguro.
“Saldré como oro”. Esto lo dijo aquel que tuvo aflicciones y sufrimientos como pocos entre los hijos de los hombres han tenido. Hagamos nuestras, entonces, estas palabras triunfales. “Saldré como oro” no es la expresión de jactancia carnal, sino la seguridad de aquel cuyos pensamientos permanecían en Dios. No habrá nada que sea por nuestros propios méritos, sino que la gloria será toda del divino Refinador (Stg. 1:12).
Para el presente quedan dos cosas: Primero, el amor es el termómetro divino mientras estamos en el crisol de la prueba: “Y se sentará [la paciencia de la gracia divina] para afinar y limpiar la plata… (Mal. 3:3). Segundo, el Señor mismo está con nosotros en este horno de fuego, tal como lo estuvo con los tres jóvenes hebreos (Dn. 3:25). Para el futuro, esto es seguro: lo más maravilloso del cielo no será la calle de oro ni las arpas de oro, sino las almas de oro que han sido estampadas con la imagen de Dios: ¡Predestinados a ser “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro. 8:29)! ¡Alabado sea Dios por esta perspectiva gloriosa, por un resultado tan glorioso, por una meta tan maravillosa!
Tomado de Comfort for Christians (Consuelo para cristianos), a su disposición de Chapel Library en una edición de pasta blanda (en inglés).
A. W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros. Nacido en Nottingham, Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y luego volvió a su tierra en 1934.
¡Cristiano! Sus aflicciones presentes no son nada comparadas con las aflicciones y los tormentos de muchos de los condenados, quienes, cuando estaban en este mundo, ¡nunca pecaron en la medida que lo ha hecho usted! ¡Hay muchos ahora en el infierno que nunca pecaron contra una luz tan clara como lo ha hecho usted, ni contra un amor tan especial como lo ha hecho usted ni contra misericordias tan preciosas como lo ha hecho usted! ¡Por cierto, hay muchos ahora rugiendo en el fuego eterno que nunca pecaron como lo ha hecho usted!
¡Muchos, cuyos dolores no tienen el respiro de la mitigación, a quienes se les sirve el lloro como primer platillo, el crujir de dientes como el segundo, el gusano atormentador como el tercero y el dolor intolerable como el cuarto!
¡Ah, cristiano! ¡Cómo puede usted pensar seriamente en estas cosas y no taparse la boca, aun cuando está pasando por los más grandes sufrimientos temporales! ¡Sus pecados son mucho peor que muchos de los que ahora están en el infierno y sus “grandes” aflicciones no son más que la picadura de una pulga en comparación con las de ellos! Por lo tanto, ¡deje de murmurar y guarde silencio delante del Señor! —Thomas Brooks
Dios se deleita en mostrar misericordia (Miq. 7:18). No se complace en entregar a su pueblo a la adversidad (Os. 11:8). De él fluye la misericordia y la bondad libremente y con naturalidad. Nunca es severo, nunca duro. Nunca hiere, nunca nos aterroriza a menos que, lamentablemente, lo hayamos provocado.
A veces, la mano de Dios pesa mucho sobre su pueblo a pesar de que su corazón y sus afectos en esos mismos momentos estén predispuestos hacia ellos (Jer. 31:18-20).
Nadie puede conocer el corazón de Dios por su mano. La mano de misericordia de Dios puede estar abierta contra el que su corazón anhela, como en el caso del rico y Lázaro en el Evangelio. Y su mano de severidad puede caer con dureza sobre los que ama, como podemos ver en los casos de Job y Lázaro –Thomas Brooks