El gran Dador

A.W. Pink (1886-1952)

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”(Romanos 8:32).

Este versículo en Romanos 8, nos da un ejemplo de la lógica divina. Contiene una conclusión que se deriva de esta premisa: Dios entregó a Cristo por todo su pueblo, por lo tanto, todo lo demás que éste necesite es seguro que también se lo dará. Hay muchos ejemplos en las Sagradas Escrituras de esta lógica divina. “Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?” (Mt. 6:30). “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” (Ro. 5:10). “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mt. 7:11). Por lo tanto, aquí en nuestro texto, el razonamiento es irresistible y va directamente a la mente y al corazón.

Nuestro texto nos revela el carácter lleno de gracia de nuestro Dios amante manifestado por el don de su Hijo. Y esto, no sólo es para que lo sepamos, sino también para consuelo y seguridad en nuestros corazones. El don de su propio Hijo es la garantía de Dios a su pueblo de que le dará todas las bendiciones que necesite. Lo más grande incluye lo más pequeño: Su don espiritual inefable es la promesa de que contaremos con todas los favores temporales que necesitemos. Notemos lo siguiente:

  1. El sacrificio costoso del Padre. Esto nos presenta un aspecto de la verdad que me temo raramente meditamos. Nos encanta pensar en el amor maravilloso de Cristo, quien fue más fuerte que la muerte y quien estimó que ningún sufrimiento era demasiado grande por su pueblo. Pero, ¡qué debe haber sentido el corazón del Padre cuando su Amado dejó su patria celestial! Dios es amor y nada hay que sea más sensible que el amor. No creo que la Deidad no sienta emociones, que sea estoico20 como lo presentaban los teólogos y escritores de la Edad Media. Creo que enviar a su Hijo fue algo que el corazón del Padre sentía, que significaba un gran sacrificio de su parte.

Dele la importancia debida, entonces, al hecho solemne de que: ¡Dios “no eximió ni a su propio Hijo”! ¡Palabras expresivas, profundas y emocionantes, sabiendo muy bien, como solo él podía, todo lo que la redención involucraba: La Ley rígida y férrea que exige una obediencia perfecta y la muerte de sus transgresores; justicia, severa e inexorable, que requiere total satisfacción, que “de ningún modo tendrá por inocente al malvado” (Éx. 34:7)! No obstante, no se negó a dar en sacrificio lo único que podía aplicarse al caso.

Dios “no eximió ni a su propio Hijo”, no vaciló, aunque sabía muy bien lo humillante e ignominioso que sería el pesebre de Belén, la ingratitud de los hombres, el no tener dónde recostar su cabeza, el odio y la oposición de los impíos y la enemistad y las heridas infligidas por Satanás. Dios no cambió ninguno de los requisitos santos de su trono, ni eliminó ni un ápice de su terrible maldición. No, no eximió ni a su propio Hijo. Se requería pagar hasta el último centavo, las últimas gotas de la ira tenían que ser bebidas. Aun cuando su Hijo amado clamó desde el huerto: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42), Dios no lo hizo. Aun cuando manos viles lo habían clavado en el madero, Dios clamó: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas; y haré volver mi mano contra los pequeñitos” (Zac. 13:7).

  1. Los designios de la gracia del Padre. “Sino que lo entregó para todos nosotros”. Aquí nos dice por qué el Padre hizo un sacrificio tan costoso: ¡No le perdonó la sentencia a Cristo para poder perdonar la nuestra! No fue por falta de amor por el Salvador sino ¡por el amor maravilloso, sinigual y sin medida por nosotros! ¡Oh, maravillémonos ante los designios extraordinarios del Altísimo! “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Por cierto que, tanto amor sobrepuja todo entendimiento. Además, no hizo este sacrificio costoso a regañadientes ni con renuencia, sino libremente por amor… “lo entregó” a la vergüenza y las escupidas, al odio y la persecución, al sufrimiento y a la muerte misma. ¡Y lo entregó por nosotros, descendientes del rebelde Adán, depravado y corrupto, vil y despreciable! Por nosotros que nos “fuimos lejos” de la casa del Padre, rebelándonos contra él y malgastando allí nuestros bienes viviendo perdidamente (Lc. 15:13). Sí, “por todos nosotros” que nos hemos descarriado como ovejas, yendo cada cual “por su propio camino” (Is. 53:6). Nosotros que “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” en quienes nada bueno había (Ef. 2:3). ¡Por nosotros que nos rebelamos contra nuestro Creador, aborrecimos su santidad, despreciamos su Palabra, quebrantamos sus mandamientos y resistimos a su Espíritu! Por nosotros que bien merecíamos ser echados al fuego eterno y recibir la paga de nuestros pecados (Ro. 6:23).

Sí, por usted hermano cristiano que, a veces, se siente tentado a interpretar sus aflicciones como muestras de la dureza de Dios, que considera su pobreza como evidencia de su negligencia y sus rachas de oscuridad como evidencias de su deserción. Oh, confiésele la maldad de sus dudas deshonrosas y nunca vuelva a cuestionar el amor de Aquel que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Ro. 8:32).

La fidelidad a su Palabra exige que señale la palabra “todos”. En el versículo 31 encontramos la pregunta: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”. Los “nosotros” son los más favoritos del cielo, el objeto de su gracia soberana: Los escogidos de Dios. No obstante, en sí mismos, por naturaleza y práctica, no son más que merecedores de su ira. Pero, a Dios gracias, se trata de todos nosotros. Los peores, al igual que los mejores…

  1. La inferencia bendita del Espíritu. Reflexione bien en la gloriosa “conclusión” a la que aquí llega el Espíritu de Dios por la realidad maravillosa de la primera parte de nuestro texto: “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”. ¡Qué contundente y qué reconfortante es el razonamiento inspirado del Apóstol! Argumentando de lo mayor a lo menor, procede a asegurar al creyente la buena disposición de Dios de darle gratuitamente todas las bendiciones que necesita. El don de su propio Hijo, dado tan libremente y sin reservas, es la promesa de dar todos los demás favores que necesita.

Aquí está la garantía segura y la provisión divina que da tranquilidad perpetua al espíritu caído del creyente afligido. Si Dios ha hecho lo máximo, ¿no hará lo mínimo? El amor infinito jamás puede cambiar. El amor que no eximió a Cristo, no le puede fallar a sus demás hijos ni negarles ninguna de las bendiciones que necesitan. Lo triste es que pensamos demasiado en lo que no tenemos, en lugar de lo que sí tenemos. Por lo tanto, el Espíritu de Dios calma aquí, nuestros inquietos pensamientos egocéntricos y calma nuestras lamentaciones ignorantes con un conocimiento de la verdad que satisface el alma, recordándonos, no sólo la realidad de los beneficios del amor de Dios, sino también la amplitud de esa bendición que fluye de él.

Dele la importancia debida a lo que involucra la lógica de este versículo. Primero, si el gran Don fue dado sin que fuera pedido; ¿cómo no dará otros que sí son pedidos? Ninguno de nosotros le rogó a Dios que enviara a su Amado, no obstante, ¡lo envió! Por lo tanto, ahora podemos acercarnos al trono de gracia y allí presentar nuestras peticiones en el nombre precioso y eficaz de Cristo.

Segundo, si el gran Don le costó tanto, ¿cómo no otorgará los dones pequeños que no le cuestan nada, sino el placer de darlos? Si un ser querido me regalara una piedra preciosa, ¿acaso rechazaría la cajita en que viene? ¿Cuánto menos Aquel que no eximió ni a su propio Hijo le negará alguna cosa buena a los que andan en integridad (Sal. 84:11)?

Tercero, si el gran Don nos fue dado cuando éramos enemigos, ¿cómo no nos hará objeto de su gracia ahora que nos hemos reconciliado con él y somos sus amigos? Si tenía designios de misericordia para nosotros cuando todavía estábamos en nuestro pecado, ¿cómo no ha de tener muchos más ahora que hemos sido limpiados de todo pecado por la sangre preciosa de su Hijo?

  1. La promesa reconfortante. Observe el tiempo futuro usado aquí. No dice que “nos dio libremente también con él todas las cosas”, aunque esto es igualmente cierto porque, incluso ahora, somos “herederos de Dios” (Ro. 8:17). Pero nuestro texto indica algo más. Dice “dará” o sea, sin costo alguno. La segunda mitad de este versículo maravilloso contiene más que un registro del pasado: Brinda una confianza segura, tanto para el presente como para el futuro. Este “dará” no indica un límite de tiempo. Ahora para el presente y por siempre jamás para el futuro, Dios se manifiesta a sí mismo como el Gran Dador. No retendrá nada que sea para su gloria y para nuestro bien. El mismo Dios que entregó a Cristo por nosotros, obra sin “mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17).

Piense en la manera como Dios da: “Concede” o sea que da porque tiene voluntad de hacerlo. Dios no necesita ser persuadido. No hay en él ninguna renuencia que tenemos que vencer. Siempre está más dispuesto a conceder que nosotros a recibir. Además, no concede nada a nadie por obligación. Si así fuera, lo haría por necesidad, en lugar de hacerlo por su propia voluntad. Recuerde siempre que tiene todo el derecho de hacer con los suyos lo que le plazca. Tiene la libertad de conceder sus favores a quien él quiera.

La palabra conceder, no sólo significa que Dios no está bajo ninguna obligación, sino también que no cobra lo que concede, no le pone precio a sus bendiciones… No, bendito sea su nombre, Dios nos concede dones “sin dinero y sin precio” (Is. 55:1), sin merecerlos y sin haberlos ganado.

Por último, regocíjese por lo exhaustivo de esta promesa: “¿Cómo no nos concederá también con él todas las cosas?”. El Espíritu Santo nos alegra dándonos la medida de esta maravillosa dádiva de Dios. ¿Qué necesita, hermano cristiano? ¿El perdón? De ser así, ¿acaso no ha dicho: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”? (1 Jn. 1:9). ¿Necesita gracia? De ser así, ¿acaso no ha dicho: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra”? (2 Co. 9:8). ¿Necesita una “espina en la carne”? Esto también le será dado: “Me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera” (2 Co. 12:7). ¿Necesita descanso? Entonces responda a la invitación del Salvador: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28). ¿Necesita consuelo? ¿Acaso no es él, el Dios de toda consolación? “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación (2 Co. 1:3).

“¿Cómo no nos concederá también con él todas las cosas?”. ¿Son gracias temporales las que necesita el lector? ¿Son sus circunstancias tan adversas que lo llenan de presagios funestos? ¿Le parece que su vasija de aceite y su tinaja de harina pronto estarán completamente vacías (1 R. 17:14-16)? Entonces descríbale a Dios sus necesidades y hágalo con una fe sencilla como la de un niño. ¿Cree usted que le concedería las bendiciones de gracia más grandes y le negaría las más pequeñas de su Providencia? No, “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Fil. 4:19).

Es cierto que no ha prometido darnos todo lo que pedimos porque, a menudo, pedimos “mal”. Tome nota de la cláusula calificativa: “¿Cómo no nos concederá también con él todas las cosas?”. Con frecuencia queremos cosas que se interpondrían entre Cristo y nosotros si las recibiéramos; por lo tanto, Dios en su fidelidad no las concede… Quiera el Señor agregar su bendición a esta pequeña meditación.

Tomado de Comfort for Christians (Consuelo para los cristianos).