El juicio y la recompensa de los santos
John Bunyan (1628-1688)
“Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hechos 24:15).
Cuando los santos resuciten tendrán que dar cuenta de todas las cosas que hicieron aquí en este mundo, en general, hayan sido buenas o malas… En esa ocasión, todas las acciones serán contadas, desde la primera buena que hizo Adán o Abel, hasta la última que se realizará en el mundo…
Primero, entonces [cuando los santos resuciten] habrá una recompensa para todos los que han andado sinceramente en la Palabra y la doctrina, sí, una recompensa para todas las almas que han sido salvas y regadas por sus palabras. Ese día, Pablo, el que plantó, y Apolo, el que regó, junto con todos sus compañeros, recibirán su recompensa conforme a su labor (1 Co. 3:6-8).
Ese día, toda la predicación, oración, fidelidad y labor en que nos hemos ocupado para quitarle gente a Satanás y llevarla a Dios, será recompensada con una gloria esplendorosa. Cada alma que hayamos llevado al Señor Jesús, cada alma que hayamos consolado, fortalecido o ayudado con sanos consejos, exhortaciones y conversaciones útiles, será una perla en nuestra corona: “la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:7-8). Esto es, si hemos enaltecido, entusiasta y gozosamente, el nombre de Dios entre los hombres y si lo hemos hecho con amor, anhelando la salvación de los pecadores porque, de otra manera, tendremos sólo la carga que significó nuestros esfuerzos y nada más. “Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada” (1 Co. 9:17; Fil. 1:15). Repito, si lo hacemos por gracia, recibiremos una recompensa: “Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Ts. 2:19, 20). Por lo tanto, cobremos aliento porque Cristo nos ha puesto a trabajar en su cosecha, animémonos en medio de toda nuestra aflicción y sepamos que Dios reconoce que “el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Stg. 5:20). Por lo tanto, trabajemos para convertir, trabajemos para regar, trabajemos para edificar y para atender el consejo apostólico: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto, y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:2, 4).
**Segundo, así como los ministros del evangelio de Cristo serán recompensados en aquel día, lo serán también los miembros de la congregación de los santos.**El Señor posará sus ojos sobre ellos con tierno amor y serán recompensados por toda su obra de amor al servir a sus santos y sufrir por su nombre (He. 6:10). “Sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre” (Ef. 6:8). ¡Ah! El pueblo de Dios rara vez piensa con cuánta generosidad y plenitud reconocerá y recompensará él todas las buenas y santas acciones de su pueblo en aquel día. Cada detalle, cada gota de agua, cada vestido y cada acto de hospitalidad, aunque haya parecido ser lo más insignificante, será recompensado delante de los hombres y de los ángeles, “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mt. 10:42). Por lo tanto, dice él: “Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lc. 14:13-14). Si acaso hubiera algún arrepentimiento entre los fieles en aquel día, sería porque no habrían honrado más, ni tenido más en cuenta ni servido más al Señor Jesús con sus hechos y palabras cuando estaban en este mundo. Porque será extraordinario para todos comprobar la importancia que le da el Señor Jesús a las monedas de las viudas. Traerá a luz todos los actos de misericordia y bondad que por él hicieron cuando estaban aquí entre los hombres. Él recordará, anunciará y proclamará ante ángeles y santos aquellos hechos nuestros que ya hemos olvidado creyendo que en aquel día no merecían ninguna mención. Él las presentará con tanta presteza y tan plenamente que nos hará clamar: “Señor, ¿cuándo hice esto? ¿Y cuándo hice aquello? ¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? ¿O sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te servimos? ¿O desnudo y te vestimos? ¿O cuando te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte? Entonces el Rey responderá diciendo: ‘De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Me nutrí con el alimento que me dieron y disfruté la calidez del abrigo que me hicieron llegar. Recuerdo sus amables y reconfortantes visitas cuando estuve tan enfermo y cuando caí en prisión… y tantas otras buenas obras. Bien, buen siervo y fiel… Entra en el gozo de tu Señor’” (_cf._Mt. 25:21-23, 34-47).
Tercero, en esa ocasión también seremos recompensados por todas esas dificultades y constantes aflicciones que soportamos por nuestro Señor cuando estábamos en el mundo. Aquí ahora Cristo, comenzando con el peor sufrimiento y terminando con el más pequeño, nos dará por cada uno de ellos una recompensa: Desde la sangre del mártir hasta la pérdida de un cabello. A nada le faltará su recompensa (He. 11:36-40; 2 Co. 8:8-14). “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17). Veamos en las Escrituras cómo Dios ha registrado los sufrimientos de su pueblo y también cómo ha prometido recompensarlo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo… Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas” (Mt. 5:11, 12; Lc. 6:22-23). “Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mt. 19:29).
Cuarto, habrá también en aquel día una recompensa por todas las obras más secretas y más desconocidas de la cristiandad.a. No habrá en aquel día ni un acto de fe de nuestra alma, ya sea para Cristo o contra el Diablo y el Anticristo, que no será revelado y elogiado, honrado y glorificado en los cielos (1 P. 1:7). b. No habrá ni una plegaria a Dios en secreto contra nuestras propias lascivias o cuando pedimos más gracia, luz, más de su Espíritu, santificación y fortaleza para vivir en este mundo como un fiel cristiano, que Cristo no recompensará abiertamente cuando venga (Mt. 6:6). c. No habrá ni una lágrima derramada contra nuestras lascivias y amor por este mundo, ni por una comunión más estrecha con Jesucristo, que no esté en la redoma de Dios, por lo que en aquel día traerá una recompensa tan profusa que resultará ser una abundancia como nunca nos imaginamos que existiera. “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis” (Lc. 6:21). “Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?” (Sal. 56:8). “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5, 6)…
Queda por decir unas pocas palabras para mostrarles también algo de lo que serán las recompensas.
Primero, los que serán encontrados en el día de su propia resurrección… Los que Diosconsidere que fueron los más laboriosos en su obra cuando estuvieron aquí, en aquel día disfrutarán de la porción más grande de Dios o poseerán la mayor parte de la gloria del Altísimo. Porque esa es la porción de los santos en general (Ro. 8:17; Lm. 3:24). ¿Y por qué el que hace más para el Señor en este mundo habrá de disfrutar más de él en la vida venidera? Porque por el hacer y el obrar, el corazón y cada facultad del alma se expande y aumenta su capacidad, teniendo así más lugar para la gloria. En ese día, cada vaso de gloria estará lleno de ella. Pero no todos serán capaces de contener la misma medida. Si se les tratara de dar la medida entera no tendrían lugar para ella porque hay “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” que los santos disfrutarán en aquel día (2 Co. 4:17) y en ese día, todo vasose llenará, es decir, tendrá su porción celestial de ella.
No todos los cristianos disfrutan de Dios en igual medida en esta vida, ni serían capaces de hacerlo si tuvieran la oportunidad (1 Co. 3:2). Pero los cristianos que más han trabajado para Dios en esta vida, ya tienen la mayor parte de él en su alma. Esto no es sólo porque ser diligentes en los caminos de Dios es el medio por el cual el Señor se comunica, sino también porque los sentidos se fortalecen y pueden, en razón de su uso, comprender a Dios y discernir el bien, al igual que el mal (He. 5:13-14)… Pongamos para nosotros mismos un buen fundamento para el día cuando podamos echar mano de la vida eterna (1 Ti. 6:19). Aquí, vida eterna no se refiere a nuestra justificación del pecado a los ojos de Dios porque ésta es dada gratuitamente por gracia por medio de la fe en la sangre de Cristo (de lo que habla el Apóstol aquí es de dar limosnas). Pero es la misma parte que en el otro lugar llama “excelente y eterno peso de gloria”. Y es así que, queriendo motivarlos a realizar buenas obras, les dice que no los exhorta por gusto, “sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta” (Fil. 4:17), tal como lo dice en otro lugar: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58). Por lo tanto, vuelvo a recalcar que la recompensa que los santos recibirán en aquel Día por todo el bien que han hecho, es disfrutar de Dios según sus obras, aunque de hecho, serán justificados y glorificados por gracia sin las obras.
Tomado de “The Resurrection of the Dead and Eternal Judgment” (La resurrección de los muertos y el juicio eterno) en The Works of John Bunyan, Tomo II, reimpreso por The Banner of Truth Trust.