Ruegos solemnes por un avivamiento

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“Guardad silencio ante mí, costas, y renueven sus fuerzas los pueblos” (Isaías 41:1 LBLA9).

No puedo sugerirle al pueblo cristiano un tema más urgente que éste: Debemos rogarle a Dios que se manifieste entre nosotros con obras de gracia mayores que las que han visto nuestros ojos. Hemos leído acerca de avivamientos maravillosos; la historia registra los prodigios de la Reforma y la manera asombrosa como se extendió el evangelio durante los primeros dos siglos. Anhelamos ver lo mismo ahora y saber la razón por qué no lo es y, con osadía santa, nuestra aspiración es comparecer ante el Señor y presentarle nuestros ruegos, tal como alguien le ruega algo a un amigo. Quiera Dios ayudarnos a hacerlo con el poder del Espíritu Santo.

  1. Guardemos silencio. “Guardad silencio ante mí, costas”. Antes de iniciar la controversia, ¡guardemos un silencio con solemne reverencia porque tenemos que hablar con el Señor Dios todopoderoso! No abramos la boca para impugnar su sabiduría, ni permitamos que nuestros corazones cuestionen su amor. ¿Qué pasa si las cosas no están tan bien como quisiéramos? El Señor reina. ¿Qué, si parece demorarse? ¿Acaso no es él Dios, el Señor para quien mil años son como un día y quien no dilata su promesa como algunos creen que la dilata? (2 P. 3:9). Seremos osados al hablar con Él; pero aun así, Él es el Dios eterno y nosotros somos polvo y cenizas. Sea lo que sea que digamos con santa osadía, no incluirá ni una palabra irrespetuosa. Él es nuestro Padre, pero es nuestro Padre en los cielos. Es nuestro Amigo; pero a la vez, es nuestro Juez. Sabemos que sea lo que sea que haga, es lo mejor. No le diríamos a nuestro Hacedor: ¿Qué estás haciendo? ni a nuestro Creador: ¿Qué has hecho? ¿Rendirá cuentas el alfarero al barro por la obra de sus manos (Is. 29:16)? Se trata del Señor; haga Él como bien le parezca (Jue. 10:15).

Cuando miramos lo que Él hace, puede parecer extraño a nuestra limitada comprensión y no alcanzamos a comprender su significado; pero tampoco necesitamos hacerlo. Es para la gloria de Dios ocultar algo y, si elige hacerlo, que oculto quede. Dios es realmente bueno con Israel y su misericordia perdura para siempre. Si a la historia de este mundo le sigue otra decena de tristes siglos, sólo revelará tanto más los motivos de alabanza cuando resuene el gran aleluya de la victoria final.

Nuestro silencio reverente debiera profundizarse hasta transformarse en vergüenza. Porque, mis hermanos, es muy cierto que la causa de Dios no ha prosperado, pero ¿de quién es la culpa? Si ha habido pobreza, no ha sido en Dios. ¿Dónde, entonces, ha sido? Si la semilla se ha podrido bajo la endurecida tierra o si el gusano se ha comido los verdes brotes, de manera que el segador no ha podido recoger con gozo su cosecha, ¿por qué es? ¿No ha habido pecado entre nosotros, ay, pecado en la iglesia de Dios? ¿Qué si Israel ha retrocedido en el día de la batalla? ¿Qué si hay algo maldito –como la valiosa vestidura babilónica y el oro– en el campamento que un Acán se guardó (Jos. 7)? Dice Dios: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Am. 3:3). “Y si… anduviereis conmigo en oposición, yo también procederé en contra de vosotros” (Lv. 26:23-24).

En realidad, cuando veo cómo Dios nos ha bendecido, no me sorprende tanto que no nos haya dado más, sino que me asombra que nos haya dado tanto. ¿Bendice él a instrumentos inútiles, a obreros tan indolentes, tan perezosos? ¿Hace algo con herramientas tan incompetentes? ¿Da tesoros a vasijas tan impuras? Sí, y eso debe ser atribuido a su gracia. Pero si no nos usa al máximo, avergoncémonos porque la culpa es nuestra y permanezcamos sentados ante el trono de su gloria. De hecho, ¿qué podríamos decir? No tenemos cargos para hacer contra él, ninguna acusación contra el Altísimo, en cambio, hemos de confesar silenciosamente que nosotros somos los viles (Job 40:4). De nosotros es la vergüenza y confusión.

Vayamos más allá y guardemos silencio de reflexión. Ésta es una era estrepitosa y la iglesia de Cristo misma, es demasiado ruidosa. Me temo que incluimos muy poca adoración silenciosa. No lamento tanto la ausencia de silencio en la asamblea pública como en nuestra devociones en privado, donde tiene una influencia sagrada, santificada, de valor incalculable. Guardemos silencio, ahora, por un minuto y consideremos qué queremos del Señor: La conversión de miles, el derrocamiento del error, la extensión del reino del Redentor.

Piensen en las bendiciones que sus almas anhelan recibir. Identifíquenlas bien y luego pregúntense si están preparados para recibirlas. Supongamos que les fueran concedidas ahora, ¿están preparados? Si miles de convertidos nacieran en esta iglesia, ¿están preparados para enseñarles, instruirles y reconfortarlos? ¿Lo están haciendo ahora, pueblo cristiano? ¿Están actuando de manera que Dios sabe que están capacitados para hacerse responsables por esos convertidos que están pidiendo? Oran pidiendo gracia: ¿están usando la gracia que ya tienen? Quieren ver más poder: ¿qué del poder que ya tienen? ¿Lo están aprovechando? Si una poderosa ola de avivamiento cubre a Londres, ¿están preparados sus corazones? ¿Están preparadas sus manos? ¿Están preparadas sus billeteras? ¿Están preparados, en todo sentido, para ser parte de la cresta de esa ola de bendiciones? ¡Reflexionen!

Si reflexionan, comprenderán que Dios puede dar a su Iglesia la más grande de las bendiciones y hacerlo en cualquier momento. Guarden silencio y recapaciten, y comprenderán que Él puede dar la bendición por medio de ustedes y por medio de mí. Puede hacer de nosotros, débiles como somos, poderosos instrumentos para derribar bastiones; puede hacer que nuestras pobres manos, aunque no tengan más que unos pocos panes y peces, sean capaces de dar de comer a multitudes con el pan de vida. Consideren todo esto y pregúntense esta mañana en el silencio de sus espíritus: “¿Qué podemos hacer para obtener la bendición? ¿Lo estamos haciendo? ¿Qué hay en nuestra disposición, en nuestra oración privada, en nuestras acciones para Dios que predispusieran a recibir la bendición? ¿Actuamos con sinceridad? ¿Anhelamos realmente estas cosas que decimos anhelar? ¿Podríamos renunciar a nuestros compromisos mundanos para ocuparnos de la obra de Dios? ¿Podríamos dar tiempo para cuidar la viña del Señor? ¿Estamos dispuestos a hacer la obra de Dios y tenemos el corazón para hacerla eficiente y adecuadamente? Guarden silencio y consideren. Le sugiero a cada cristiano que cuando llegue a su casa, se siente un momento ante el Señor en el silencio de la contemplación, con el silencio de la vergüenza y luego con el silencio del cuidadoso pensamiento sobre estas cosas… Aceptemos su Palabra como ley, luz y vida para nuestras almas, y nada menos que eso. Quiera el Señor enviar ahora ese silencio solemne a todo su pueblo.

  1. Renovemos nuestras fuerzas. El ruido nos desgasta; el silencio nos alimenta. Estar ocupados en las obras del Maestro es siempre bueno, pero también es necesario que nos sentemos a los pies del Maestro porque, así como los ángeles que se distinguen por su fuerza, nuestro poder para cumplir sus mandatos surge de nuestra respuesta a la voz de su Palabra. Si aún para enfrentar controversias humanas pensar en silencio es una buena preparación, ¡cuánto más lo es para elevar las súplicas solemnes al Eterno! Dejemos que ahora broten los profundos manantiales, dejemos que las solemnidades de la eternidad ejerzan su poder mientras todo dentro de nosotros es quietud.

Pero, ¿cómo es que ese silencio renueva nuestras fuerzas? Lo hace, primero, dando espacio para que la Palabra fortalecedora penetre el alma y que realmente se sienta la energía del Espíritu Santo. Palabras, palabras, palabras; tenemos tantas palabras, ¡pero no son más que paja! Pero, ¿dónde está la Palabra que fue al principio Dios y estaba con Dios (Jn. 1:1-2)? “¿Qué tiene que ver la paja con el trigo?, dice Jehová” (Jer. 23:28). Queremos menos de las palabras del hombre y más de la Palabra de Dios. Guardemos silencio, guardemos silencio y dejemos que hable Jesús. Dejemos que nos hablen sus heridas; que nos hable su muerte; que nos hable su resurrección; que nos hable su ascensión y su subsecuente gloria; y dejemos que la trompeta de la segunda venida resuene en nuestros oídos. No podemos escuchar estas realidades gloriosas por el traqueteo de nuestras propias preocupaciones y las discordancias de nuestra sabiduría autosuficiente.

Guardemos silencio para poder escuchar la voz de Jesús porque cuando Él hable, renovará nuestras fuerzas. El Espíritu eterno está con su pueblo, pero, a menudo, nos perdemos su poder porque damos más importancia a otras voces que a la de Él. Con la misma frecuencia, nuestra propia voz nos es dañina porque la escuchamos cuando no hemos recibido ningún mensaje del Señor y, por lo tanto, emite un sonido incierto (1 Co. 14:8). Si sólo confiamos en el bendito Espíritu, su influencia misteriosa nos tocará de una manera muy divina y seremos llenos con toda la plenitud de Dios. Tal como hemos visto que la escarcha cede súbitamente a la influencia de una cálida brisa, así cederá nuestro letargo ante su energía soberana. Cuántas veces he sentido en un instante que mi espíritu congelado cede al cálido aliento del Espíritu Santo…Guardemos silencio pues, para que el Espíritu pueda obrar en nosotros. Dejemos que se vayan otros espíritus, que se vaya el espíritu del mundo y el espíritu de la carne y el espíritu del yo y nunca vuelvan; y dejemos que el Espíritu del Siempre Bendito sea oído hablando a nuestro espíritu. Esto renovará nuestras fuerzas.

En segundo lugar, tenemos que guardar silencio para renovar nuestras fuerzas, aprovechando el silencio para considerar con Quién estamos tratando. Le vamos a hablar a Dios acerca de la debilidad de su Iglesia y su lento crecimiento. Guardemos silencio para recapacitar con Quién estamos alegando. Es Dios, el omnipotente, el que puede hacer que su Iglesia sea fuerte y puede hacerlo en un instante. Nos presentamos para suplicarle ahora a Aquel cuyo brazo no es corto y cuyo oído está presto a escuchar. Renovemos nuestras fuerzas mientras pensamos en Él. Si hemos dudado del triunfo definitivo del cristianismo, renovemos nuestras fuerzas al recordar a Aquel que ha jurado por sí mismo que toda carne verá la salvación de Jehová (Is. 40:5).

Venimos para presentarle nuestros ruegos a Jesucristo. ¡Guardemos silencio y recordemos esas heridas con las que ha redimido a la humanidad! ¿Acaso pueden estas no recibir su recompensa? ¿Se le robará a Jesús el poder que tanto le costó? La tierra es del Señor y Él la librará de la oscuridad que opacó su brillo en la Caída. Hará brillar este planeta con el mismo esplendor que tenía cuando salió de las manos del Creador omnipotente. Habrá un nuevo cielo y una nueva tierra donde morará la justicia. Pensemos en eso y renovemos nuestras fuerzas. ¿No ha dicho Dios que su Hijo amado repartiría despojos con los fuertes y que todo prosperaría en sus manos (Is. 53:12)? ¿Acaso no será así?

¡Pensemos, también, que estamos por apelar al Espíritu Santo! También aquí tenemos los mismos atributos divinos. ¿Hay algo que no pueda hacer el Espíritu de Dios? Envió lenguas de fuego en el Pentecostés, de modo que partos, medos, elamitas y gente de las demás naciones oyeron simultáneamente el evangelio. Por medio de un solo sermón, hizo que tres mil almas conocieran que el Salvador crucificado era el Mesías. Envió a los apóstoles como llamas de fuego por todo el mundo hasta que toda nación sintió su poder. Puede volver a hacerlo. Él puede sacar a la Iglesia de las tinieblas a la luz del alba (Is. 58:10). Renovemos nuestras fuerzas pensando en esto. La obra por la cual vamos a rogar no es parte nuestra tanto como lo es de Dios. No está en nuestras manos, sino en manos que no pueden fracasar; por lo tanto, renovemos nuestras fuerzas meditando silenciosamente en el Trino Jehová con quien tenemos que hablar.

También en silencio, renovemos nuestras fuerzas recordando sus promesas. Queremos ver al mundo convertido a Dios y Él ha dicho: “Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Hab. 2:14). “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado (Is. 40:5). “Ante él se postrarán los moradores del desierto, y sus enemigos lamerán el polvo” (Sal. 72:9). “Y quitará totalmente los ídolos” (Is. 2:18). Hay mil promesas. Pensemos en eso y, por más difícil que pueda ser la tarea y tenebrosas nuestras perspectivas actuales, no nos atrevamos a dudar cuando Jehová ha hablado y dado su palabra.

Hubiera querido tener un cuarto de hora de silencio para que pudiéramos reflexionar sobre estos temas; pero lo dejo en ustedes, confiando que procurarán buscar en su casa ese silencio y que así renueven sus fuerzas.

Tomado de un sermón predicado el domingo, 3 de enero, 1875, en el Tabernáculo Metropolitano de Newington.