Predicando para que haya un avivamiento
William Reid (1814-1896)
Nuestra convicción madura es que lo que más se necesita en la actualidad no es tanto sermones sobre avivamiento y reuniones de oración pidiendo avivamiento, sino la verdad del avivamiento. Y esto porque la esencia misma de esa verdad es “el evangelio de Dios… acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 1:1-3). O, en otras palabras, el testimonio del Espíritu Santo (externamente por la predicación de la Palabra e internamente por su aplicación espiritual) sobre la total suficiencia y eficacia infalible de “la sangre preciosa de Cristo” (1 P. 1:19). Lo que se requiere por sobre todas las cosas para un avivamiento general de la religión es la proclamación completa, clara, inteligente y sincera de las doctrinas principales y maravillosas “del evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 20:24).
No se obtiene un auténtico avivamiento sólo predicando acerca del avivamiento, sino por la proclamación constante de la verdad de primordial importancia que emplea el Espíritu Santo para producirla, que “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). El predicador más efectivo en conseguir un avivamiento espiritual, profundo y santo es el que da fundamental importancia a estas tres grandes verdades: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3-4). Estoy convencido de que la razón por la cual tantos pastores casi agotan todo su poder de lograr conversiones (quiero decir como instrumento) durante sus primeros años de ministerio, mientras que otros lo siguen teniendo y terminan su carrera con gozo, se debe mayormente a que los primeros dejan a un lado la sencillez del mensaje de Cristo y se dedican a escribir sermones sobre temas secundarios, mientras que los últimos hacen del Cristo crucificado su alfa y omega1. ¡Oh, que todos los ministros de Jesucristo volvieran, por lo menos, varios meses cada año a los textos más conocidos sobre los que predicaban los primeros años de su ministerio que eran tan bendecidos para despertar y salvar almas! Que tomaran una serie de aquellos textos como Mateo 11:28, Juan 3:16, Romanos 1:16, 1 Corintios 2:2, 1 Timoteo 1:12-17, 1 Juan 1:7, los volvieran a estudiar y tomar de toda la iluminación de su lectura, de su percepción espiritual y experiencia en su exposición y aplicación de ellos para predicar sobre ellos con el Espíritu Santo y viva fe. Por la gracia del Espíritu Santo acompañando su predicación, los inconversos entre sus escuchas se convertirían inmediatamente y habría un gran avivamiento general y decenas de miles serían agregados al pueblo del Señor.
Es también de suma importancia presentar “la verdad del evangelio” tal como el Espíritu Santo mismo nos la ha presentado en “la palabra de Cristo” (Col. 1:5; 3:16). Bien se ha dicho que: “Perturbar el orden de la verdad de Dios es tan peligroso y mucho más sutil que la negación de la verdad misma. De hecho, revertir el orden es negar la verdad. No sólo tenemos que mantener la obra de Cristo y la obra del Espíritu en su integridad individual, sino también en su orden exacto según las Escrituras”. Creemos que la verdad renovadora –“la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7)– es el gran sol central que esparce raudales de luz sobre la totalidad del sistema de revelación divina. La expiación por el derramamiento de la sangre de Cristo es el fundamento del cristianismo, porque la única razón por la que el pecador puede tener paz con Dios es “la sangre de Jesucristo” (1 P. 1:2). Nosotros, “que en otro tiempo [estábamos] lejos, [hemos] sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz” (Ef. 2:13-14); “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Ef. 1:7); por lo tanto “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Ro. 3:24-25), “justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios” (Ro. 5:1-2).
En el Catecismo Menor de la Asamblea de Westminster19, que es considerado por todo el pueblo ortodoxo20 como un resumen excelente de la doctrina cristiana, encontramos la declaración de esta misma verdad que hemos presentado y confirmado en las citas anteriores y de la que hemos estado escribiendo para publicación casi todos los días en los últimos diez años.
La respuesta a la pregunta en ese catecismo que dice: “¿Qué requiere Dios de nosotros para escapar de su ira y del castigo que merecemos por el pecado?”, comienza con: “Dios requiere de nosotros fe en Jesucristo, arrepentimiento para vida”, etc. Esto muestra que los autores de ese símbolo de sana doctrina fueron exactos en sus concepciones y precisos en su declaración del orden y la posición de esta gran verdad bíblica. Tenían en mente a una persona ansiosa por saber cómo escapar de la ira y el castigo de Dios que merece por el pecado y ¿la respuesta es acaso que debe orar pidiendo el Espíritu Santo y cambiar su manera de pensar y santificar su impío corazón antes de creer en Jesús? ¡No! Lo primero que enseñan al pecador vivificado, es que crea en el Señor Jesucristo y sea salvo (Hch. 16:31).
Esto es aún más sorprendente si consideramos que cuando pusieron por escrito el sistema teológico de la verdad divina, colocaron el llamado eficaz del Espíritu divino antes de la justificación por la fe. En el primer caso, hablan al intelecto del cristiano convertido e instruido, pero aquí, en el segundo caso, el tema es al revés; cuando un pecador anhelante necesita dirección sobre lo que tiene que hacer para ser salvo, tenemos a la fe en Jesucristo antepuesto al arrepentimiento para vida. [Esto] nos muestra que creían que –aunque siempre tenemos que reconocer la obra del Espíritu Santo en la regeneración e inspirar en nosotros una fe salvadora– nunca debemos guiar al pecador ansioso que acuda al Espíritu como su Salvador, sino a Cristo únicamente. Nunca dirijamos al interesado a procurar primero un cambio interior, sino uno exterior, un estado justificado a fin de disfrutar de un corazón santificado, siendo lo primero necesariamente precursor de lo segundo.
El arrepentimiento es, en el sentido estricto del término, un cambio de mentalidad o una manera de pensar acerca de Dios; la regeneración es un cambio del corazón, un nuevo corazón o sentir con respecto a Dios; conversión es un cambio de la vida o una nueva vida para Dios; adopción es un cambio de familia o una nueva relación con Dios; santificación es un cambio de comportamiento o una consagración de todo a Dios; glorificación es un cambio de lugar o una nueva condición con Dios. Pero justificación, que es un cambio de condición o una posición ante Dios, es lo que debe ser presentado al interesado como el primer paso, porque ser “aceptos en el Amado” (Ef. 1:6) es el fundamento y la razón de todo o, propiamente dicho, la “preciosa semilla” (Sal. 126:6) de la que brota, florece y lleva fruto todo lo demás. En consecuencia, el primer gran deber de los que tratan con almas vivificadas es que esto sea muy claro y que se mantengan permanentemente en contacto con la bendita verdad evangélica: “El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo” (Gá. 2:16).
Por todo lo dicho anteriormente, querido lector, habrá notado que no estoy tratando de establecer la posición de alguna doctrina teológica, sino sencillamente tratando las necesidades prácticas del interesado ansioso. Si se pidieran que declarara teológicamente mis pensamientos, diría que se describen por lo que alguien ha llamado jehovaismo: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos” (Ro. 11:36). Pero [aquí] no estoy considerando al pecador como si estuviera compareciendo ante el trono de gloria, sino ante el trono de gracia. No estoy tratando de resolver alguna pregunta teológica, sino dar una solución práctica a una cuestión urgente sobre salvación. No estoy intentando establecer un sistema de divinidad, sino descubrir la clase y el orden de la verdad determinada divinamente y adecuada para dar paz a las almas vivificadas e interesadas. Y esperando lograr este fin primordial, presento a “Jesús solo” (Mt. 17:8), “porque él es nuestra paz” (Ef. 2:14), quien “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20), “vino y anunció las buenas nuevas de la paz” (Ef. 2:17) con su “evangelio eterno” (Ap. 14:6) a los que estaban lejos y a los que estaban cerca (Ver Ef. 2:13).
El primer paso práctico para comprender y reconocer la soberanía de Dios es para que “la paz de Dios gobierne en vuestros corazones” (Col. 3:15). Uno puede profesar un credo sano con un corazón orgulloso y no quebrantado, y justamente por eso, estar más profundamente condenado. Pero si queremos conocer a Dios en toda la gloria de su ser y sus atributos, hemos de comprender la manifestación de esa gloria, tal como se personifica y manifiesta en la persona de Jesucristo. Se puede conocer la gloria de Dios como Soberano, sólo conociendo su gracia como Salvador. Porque “Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 3:16). “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14); “ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt. 11:27).
Una mente en “perfecta paz” con Dios; ¡Oh, qué palabras estas!
Un pecador reconciliado por la sangre; ¡Paz, esto, esto sí que es paz!
Por naturaleza y por las acciones, lejos –¡qué lejos de Dios estaba!–
Pero por gracia acercado a él, por fe en la sangre de Jesús.
Tan cercano, tan cercano a Dios, que más cerca no podría estar;
porque en la Persona de su Hijo, ahora igual de cerca que Él estoy.
Tan preciado, tan preciado para Dios, más preciado no podría ser;
El amor con el que ama al Hijo, es el amor con que me ama a mí.
¿Cómo podría alguna vez estar temeroso, si este Dios, mío es?
Noche y día me guarda y me dice: “Lo mío tuyo es”.
Tomado del folleto The Blood of Jesus (La sangre de Jesús). Disponible en Chapel Library (en inglés).
William Reid (1814-1896): Pastor presbiteriano escocés.
Los hombres pueden cambiar de iglesia, pero sólo cambian su refugio de mentiras. ¡Pero si acuden a Cristo, sea cual fuera la iglesia en la que están, si lo han encontrado a Él y confían en Él y sólo en Él, su paz será como un río y su justicia como las ondas del mar! —Charles Spurgeon
Sin duda, puede haber mucho entusiasmo en un auténtico avivamiento, pero la exaltación no es un elemento indispensable; puede haber mucho y no ser de ninguna manera un avivamiento. —B. B. Warfield
Footnotes
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Alfa y omega – Primera y última letra del alfabeto griego, por ende, comienzo y final de algo; el enfoque principal. ↩