Los hombres que Dios usa en un avivamiento
Horatius Bonar (1808-1889)
El mundo sigue durmiendo su sueño de muerte. Lo ha estado haciendo durante muchas generaciones, a veces, su sueño ha sido profundo, a veces, ligero; no obstante, es un sueño como el del sepulcro, como si estuviera destinado a seguir así hasta que suene la última trompeta, cuando ya nadie dormirá.
Sin embargo, Dios no ha dejado [que el mundo] duerma sin antes darle advertencias. Ha hablado con una voz que puede penetrar los oídos más sordos y vivificar al corazón más frío. Lo ha hecho diez mil veces y lo sigue haciendo, pero el mundo se niega a oírle. Miríadas siguen durmiendo, como si este sueño de muerte fuera una gran bendición para su ser.
No obstante, en cierto sentido, el sueño del mundo nunca ha sido universal. Nunca ha habido una época en la que se pueda decir que nadie estaba despierto. Las multitudes siempre han dormido, pero siempre ha habido un pequeño rebaño despierto. Aun en el sueño más profundo del mundo, siempre hubo hijos de la luz y del día. En medio de un mundo dormido, en todas las épocas, algunos estuvieron despiertos. La voz de Dios los alcanzó, su poder inmarcesible los levantó y recorrieron la tierra, despiertos entre los durmientes, vivos entre los muertos…
Entonces, cuando la voz de Dios despierta no a uno, sino a miles, puede suceder en un solo día –cuando pueblos y distritos enteros parecen levantarse y cobrar nueva vida– ¡qué intensamente, qué indescriptiblemente interesante! Ante tal trance, pareciera que el mundo mismo estuviera despertándose, como si el shock que interrumpió el sueño de tantos estuviera por sacudir a todo el mundo a la misma vez. Pero, ¡ay! los indicios de vida pronto desaparecen. Los que aparentemente despertaron vuelven a caer en profundo sueño y el asustado mundo se sume aún más en su triste, desesperada y pretendida propia seguridad.
En mayor o menor escala, la historia de la Iglesia está llena de estos despertares. De hecho, los relatos de tales acontecimientos conforman la verdadera historia de la Iglesia, si es que basamos nuestras ideas en la historia inspirada de la Iglesia que nos da los Hechos de los Apóstoles…
Consideremos un momento los instrumentos humanos y su éxito. Notemos su carácter y contemplemos sus triunfos. Eran hombres con pasiones como las nuestras, no obstante, ¡qué maravillosamente bendecidas eran sus obras! ¿De dónde, entonces, surgió su tremendo éxito? ¿Qué clase de hombres eran? ¿Qué armas usaban?
Estaban totalmente dedicados a la gran obra del ministerio que habían comenzado. Se sentían infinitamente responsables como mayordomos de los misterios de Dios y pastores nombrados por el Pastor Principal para recoger y cuidar sus almas. Vivían, trabajaban y oraban como hombres de cuyas palabras dependía la inmortalidad de miles. Todo lo que hacían y decían llevaba el sello de su dedicación y anunciaba a todos los que entraban en contacto con ellos que los asuntos que habían sido enviados a proclamar eran de consecuencias eternas; no permitiendo ni siquiera un día de indiferencia o dilación. Pero su fervor no era por emoción: era un propósito firme, pero sereno de hombres que sentían la urgencia y el peso de la causa que les había sido encomendada y sabían que era de una importancia sin igual…
Estaban decididos a triunfar. Fue con la absoluta confianza de que iban a triunfar que desde el comienzo emprendieron este magno oficio del ministerio. Desalentarse hubiera significado una vergonzosa desconfianza en Aquel que los había enviado y ser indiferentes a lo encomendado hubiera significado traicionarlo a Él y a su causa. Como guerreros, se concentraron en la victoria y lucharon anticipando el triunfo bajo la dirección de su Capitán. Como pastores, no podían quedarse sentados descansando en la ladera de alguna montaña en el sol, la brisa o la tempestad, como si no les importara su rebaño que se desviaba, balaba y moría. Vigilaban, recogían, se mantenían en guardia y alimentaban a las ovejas encomendadas a su cuidado.
Eran hombres de fe. Araban y sembraban con esperanza. A veces tenían que ir llorando al llevar la preciosa semilla; sin embargo, las suyas eran lágrimas de tristeza y compasión, no de desaliento. Sabían que, a su tiempo, cosecharían si no desmayaban, que su obra para el Señor no sería en vano y que un día volverían trayendo sus gavillas… Así era que marchaban adelante con fe y confianza, anticipando la victoria, haciendo frente a sus enemigos, venciendo obstáculos y no estimando preciosa su vida para sí mismos con tal de acabar su carrera (Ver Hch. 20:24) y el ministerio que con gozo habían recibido del Señor Jesús.
Eran hombres laboriosos. Se requería de ellos que soportaran la carga y el calor del día. Bien puede decirse de ellos que “despreciaban los placeres y vivían días laboriosos”10. Sus vidas son crónicas de trabajo incesante y esforzado del cuerpo y del alma. Tiempo, fuerza, sustancia, salud, todo lo que eran y poseían, ofrecían libremente al Señor: sin retener nada, sin resentir nada; con gozo, agradecimiento, entregando todo a Él, quien los amó y limpió de sus pecados con su propia sangre; lamentando sólo esto: ¡Que tenían tan poco, tan, tan poco para darle a Aquel que tan libremente se dio a sí mismo por ellos!…
Eran hombres pacientes. No se desanimaban aunque tenían que trabajar mucho sin ver todo el fruto que anhelaban. Seguían sembrando. Día tras día continuaban con lo que a los ojos del mundo parecía una tarea ingrata y estéril. No se cansaban de hacer el bien, recordando el ejemplo del labrador con respecto a su cosecha pasajera: “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía” (Stg. 5:7).
Muchos planes buenos han sido abortados por la impaciencia… hombres impacientes por la lentitud del progreso de la obra en sus manos han intentado forzar avivamientos y rara vez han terminado en otra cosa que un calamitoso fracaso o, en el mejor de los casos, un entusiasmo pasajero que sólo sirvió para endurecer una tierra que con un poco más de trabajo paciente hubiera producido una abundante cosecha…
Eran hombres osados y decididos. Los adversarios podían hostigar y oponerse, los amigos tímidos podían vacilar, pero ellos seguían adelante, sin temor a las dificultades ni a la oposición. La timidez cierra muchas puertas que serían de provecho, además, hace que se pierdan muchas oportunidades preciosas, no atrae amigos, en cambio, su apocamiento da fuerzas a cada enemigo. No se pierde nada con la osadía ni se gana nada con el temor. A menudo, se valora la osadía y el vigor mucho más que otras cosas. Aun la valentía y determinación natural logra mucho, ¡cuánto más la valentía creada y sostenida por la fe y la oración…! En nuestra época se necesita más osadía moral, a fin de neutralizar el temor del hombre, el miedo a la opinión pública: Ese dios que idolatramos en estos tiempos, que se jacta de su iluminación superior y que todo tiene que pasar el examen de la razón o ser decidido por el voto de la mayoría. Necesitamos fuerza de lo alto para ser fieles en estos días de tribulación, rechazo y blasfemia, ser duros como piedras contra la influencia de las críticas y los aplausos de la multitud, y atrevernos a ser singulares en nombre de la justicia, y luchar, aunque sea solos, las batallas de la fe…
Eran hombres de oración. Es cierto que trabajaban mucho, visitaban mucho, estudiaban mucho, pero también oraban mucho. Abundaban en esto. Pasaban mucho tiempo a solas con Dios, volviendo a llenar sus propias almas del manantial de vida, para que de ellos fluyeran a su pueblo ríos de agua viva. En nuestros días, abundan los que mucho se equivocan en cuanto a este tema. Algunos que realmente quieren alimentar al rebaño y ganar almas, son llevados a usar todas sus energías en deberes y labores externas, pasando por alto la necesidad absoluta de enriquecer, madurar, llenar y elevar sus propias almas por medio de la oración y el ayuno. Es así que se pierde mucho tiempo y se desperdicia el trabajo. Una sola palabra saliendo de una boca que ha recibido el calor celestial por la cercanía con Dios logrará más que otras miles…
Eran hombres cuyas doctrinas eran firmes, tanto con respecto a la Ley como al Evangelio. Había profundidad y poder en su predicación, un resplandor y una energía en sus palabras y pensamientos que nos hacen sentir que eran hombres dotados de poder. Su trompeta no emitía un sonido débil o incierto, ni a santos ni a pecadores, ni a la Iglesia ni al mundo… Su predicación parece haber sido intrépida y de mucha hombría, llegando al público con tremendo poder. No era arrebatada. Ni era feroz. No era estridente, era demasiado solemne para serlo. Era masiva, de peso, tajante, incisiva, más cortante que espada de dos filos (He. 4:12)… Por eso tantos caían heridos por ella, como en el caso del reconocido Thomas Shepard de Cambridge (1604-1649), de quien se ha dicho: “Rara vez predicaba un sermón sin que alguno de su congregación no fuera presa de una gran angustia y clamara en agonía: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”11
Eran hombres de conducta intachable y profunda espiritualidad. Lo que hacían y lo que decían coincidía. Su vida cotidiana era el mejor ejemplo e ilustración de la verdad que predicaban. Eran siempre ministros de Cristo dondequiera que se encontraran o fueran vistos. Nada de frivolidad, nada de amigos del mundo que neutralizaran su predicación o dañaran la obra que trataban de cumplir. Los del mundo no podían decir que ellos se les parecían, ni que fueran hombres que, aunque fieles en el púlpito, olvidaban durante la semana su carácter, su oficio, su misión. Lutero dijo cierta vez acerca de un amigo muy querido y admirado: “Él vive lo que nosotros predicamos”. Lo mismo se aplicaba a estos hombres muy reconocidos cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida…
Citamos el siguiente comentario de Thomas Prince12 sobre la vida y doctrina de Gilbert Tennent13. Éste ilustra algunas de las observaciones de lo dicho anteriormente.
De las terribles y profundas convicciones a las que había arribado luego de las luchas en su propia alma, parecía tener una imagen tan viva de la Majestuosidad Divina, de la espiritualidad, pureza, extensión y de lo estricto de su Ley –con su santidad gloriosa y aborrecimiento del pecado, su justicia, verdad y poder manifestados al castigar a los perdidos– que los terrores mismos de Dios parecían venir a su mente cada vez que los proclamaba y blandía a los ojos de pecadores inconversos. Aunque algunos no podían soportar la presentación y evitaban su predicación, las flechas de la convicción lanzadas en su ministerio parecieron herir profundamente otros corazones y, aun, a algunos de los más recalcitrantes pecadores hasta hacerlos caer ante los pies de Cristo y someterse humildemente a Él.
Tal fue la convicción en centenares de almas en esta ciudad por el ministerio escrutiñador del Sr. Tennent y tal fue el caso de muchos otros de varias congregaciones, al igual que de la mía, que acudieron a mí y a otros buscando dirección. De hecho, por todo lo que contaban, descubría que no era tanto el terror, sino que la naturaleza escrutadora de su ministerio era el medio principal de su convicción. No era su explicación de los terrores de la Ley y la ira de Dios, ni la condenación del infierno (porque todo eso lo podían soportar bastante bien, razonando que no se aplicaba a ellos o que podrían evitarlo con facilidad), tanto como su vívida exposición de sus muchas excusas vanas y secretas, su apariencia de gracia, sus ilusas y condenadas esperanzas, su total impotencia e inminente peligro de destrucción que los hacía ver que todas sus esperanzas y falsedades no les servían de nada, que les esperaba la ruina eterna, que no podían ayudarse a sí mismos y que estaban perdidos. Esta predicación escrutadora era el medio principal y adecuado de su convicción.
Éste fue un tiempo como nunca antes habíamos conocido. Más personas acudían sumamente preocupadas por sus almas a un pastor en un semana, que en el total de los veinticuatros años anteriores de su ministerio.
Como una ilustración de cuán evidente la obra era de Dios y no del hombre, citamos sin comentario los siguientes pasajes tomados de A Narrative of Surprising Conversions (Una narración de conversiones asombrosas) por Jonathan Edwards14:
Es digno de observar en esta época extraordinaria que, de pronto, las personas mostraban un espíritu de profunda preocupación. Algunos estaban en su casa y otros andando por el camino; algunos en el bosque y otros en el campo; algunos mientras conversaban y otros en la soledad; algunos niños, algunos adultos y algunos ancianos, a veces, eran dominados repentinamente por fuertes sensaciones de las grandes realidades del más allá y de las cosas eternas. Pero hasta donde sé, estas cosas sucedían, por lo general, si no [siempre], cuando las personas tenían sus mentes puestas en la Palabra de Dios o en temas espirituales. Mayormente, fue como resultado de la predicación pública que experimentaron estas sensaciones imperecederas.
En todos los sectores de la ciudad y entre gente de todas las posiciones y edades cundió una gran y profunda preocupación por las magnas verdades de la religión y el mundo eternal. El ruido entre los huesos secos aumentó más y más (Ez. 37:4ss). Toda conversación que no fuera acerca de cosas espirituales y eternas era pronto descartada… La mente de todos se apartó maravillosamente del mundo, el cual fue considerado entre nosotros como algo insignificante. Parecían continuar con sus empresas cotidianas más por obligación que por querer hacerlas…
Lo único en su mira era llegar al reino de los cielos y todos parecían dedicados a ese fin. La dedicación de sus corazones a esa meta no podía pasar desapercibida, se les notaba hasta en el rostro. En esos días, era entre nosotros cosa terrible no estar en Cristo, peligrando caer en el infierno en cualquier momento y en lo que estaban concentrados era salvar sus vidas y escapar de la ira venidera (Lc. 3:7). Todos aprovechaban con interés las oportunidades de alimentar sus almas y acostumbraban reunirse con mucha frecuencia en casas de familia con fines religiosos y cuando esto sucedía, se abarrotaban de gente.
Casi no había una sola persona en la ciudad, anciana o joven, que no tuviera interés en los grandes temas del mundo eternal. Los que habían sido los más vanos y más indiferentes, y los más propensos a hablar despectivamente de una religión vital y personal, por lo general ahora, eran los que experimentaban un gran despertar. La obra de conversión sucedía de una manera por demás asombrosa y aumentaba sin parar. Las almas acudían a Jesucristo, por así decir, en bandadas. Día tras día, por muchos meses, se podían ver evidencias de cómo los pecadores pasaban de las tinieblas a la luz admirable.
Nuestras asambleas públicas eran hermosas, la congregación activa en la obra de Dios, cada uno se tomaba en serio la adoración pública y acudía con fidelidad, cada oidor ansioso por hacer suyas las palabras del pastor. De cuando en cuando, la asamblea derramaba lágrimas mientras se predicaba la Palabra; algunos llorando con tristeza y desesperación; otros con gozo y amor, otros por lástima y preocupación por el alma de sus prójimos… Los que ya éramos convertidos nos sentimos reavivados y renovados con nuevas y extraordinarias manifestaciones del Espíritu de Dios, aunque algunos mucho más que otros, según la medida del don de Cristo. Muchos que antes habían luchado con dificultades por su propio estado, ahora dejaban de tener dudas debido a una experiencia más satisfactoria y descubrimientos más claros del amor de Dios.
Cuando el hombre se propone lograr alguna empresa grande, realiza esfuerzos prodigiosos como si por el ruido de hachas y martillos proclamara el poder que se imagina y derribara los obstáculos. Cuando Dios se dispone hacer una obra maravillosa, tan maravillosa que asombraría todo el cielo y la tierra, Él ordena que haya silencio por doquier, envía un suave murmullo y luego pone a trabajar un débil instrumento, ¡y acaba esa obra sin dilación! ¡El hombre se afana y se fatiga logrando muy poco; el Creador, en la silenciosa majestad de su poder, quieta pero irresistiblemente, logra con una sola palabra los prodigios infinitos de su omnipotencia!
Cuando Dios se propone acabar con los fríos del invierno y dar comienzo al verdor de la placentera primavera, no envía a sus ángeles para romper en pedazos el grueso hielo o para quitar la nieve de las montañas ni para volver a plantar por toda la faz de la desolada tierra flores de su mano creadora. ¡No! Exhala de su boca una tibieza al aire congelado. Y pronto, en quietud pero en poder irresistible, comienza la obra. El hielo y la nieve se derriten, los ríos vuelven a correr, la tierra despierta de su sueño, los montes y los valles se cubren de un refrescante verdor, la fragancia de la tierra llena el aire ¡hasta que se levanta en silencio un nuevo mundo de belleza en medio de la disolución del pasado!
Así es el método del trabajo divino, tanto en el mundo natural como en el espiritual: ¡En silencio, sencillo, majestuoso e irresistible! ¡Así fue la Reforma! ¡Así fueron los avivamientos en Escocia bajo nuestros padres del Pacto! Así fue el Kirk o’Shotts1 en aquel memorable Pentecostés2 cuando las palabras sencillas de un joven tímido y tembloroso, llevó la salvación a quinientas almas. Así fue Ayr3 en sus días pentecostales cuando de una solitaria iglesia a medianoche, se alzaron al cielo los suspiros entrecortados de aquel hombre de oración llamado John Welsh (1568-1622). Así fue recientemente en Northampton, cuando Jonathan Edwards velaba y oraba por sus habitantes y cuando, de la cámara de ese hombre santo, ¡surgió el vivo poder que obró maravillas en ese lugar!
¿Se ha acortado la mano del Señor para salvar, se ha agravado su oído para oír (Is. 59:1)?
Tomado del sermón True Revivals and the Men God Uses (Avivamientos auténticos y los hombres que Dios usa).
Cuando Dios obra un avivamiento, una de sus principales características es hacer que su pueblo regrese a la Palabra escrita. Consideremos esto cuidadosamente. El avivamiento enviado del cielo no consiste tanto de sentimientos felices y entusiasmo espasmódico ni exhibiciones carnales, ni en la asistencia de grandes multitudes –esas no son muestras de un avivamiento enviado del cielo–. En cambio, cuando Dios renueva su obra de gracia en sus iglesias, uno de sus primeros actos es causar que su pueblo vuelva a la Palabra escrita y las prácticas que han dejado de lado. —A. W. Pink
Footnotes
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Kirk o’Shotts – Iglesia en Shotts, Escocia en la que John Livingstone, de Kilsyth, fue investido de gran poder del Espíritu de Dios mientras predicaba. “Quinientos se convencieron de pecado, algunos cayendo al suelo, algunos teniendo que ser llevados afuera del recinto. Otros salían gimiendo de agonía, agonía que seguía durante días. Pero como resultado solamente de ese sermón, quinientas personas, auténtica, permanente y firmemente convertidas, se agregaron a las iglesias. Ese es el tipo de maravillas que sucede en un avivamiento” (D. M. Lloyd-Jones, Revival, 116). ↩
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Pentecostes – usado metafóricamente para significar la gran bendición espiritual que el Señor otorgó ese día. ↩
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Ayr – Localidad situada en el fiordo de Clyde, al sudoeste de Escocia, Reino Unido. ↩