El efecto del avivamiento

Jonathan Edwards (1703-1758)

No importa cuáles hayan sido las imprudencias, no importa cuáles las irregularidades pecaminosas, ni el frenesí de las pasiones, ni la intensidad de la imaginación, de las enajenaciones y éxtasis; no importa la falta de criterio ni las indiscreciones y no importa cuáles hayan sido los clamores, desmayos y agitaciones físicas; el caso es que, evidente e indudablemente hay, en última instancia, una influencia poco común que ha tenido el mejor de los efectos sobre la mente de una gran parte de los habitantes de Nueva Inglaterra.

Hay un gran aumento de la seriedad y sobriedad con que se consideran las cosas eternas: Una disposición a escuchar con atención y afecto lo que se dice de esas cosas; una disposición a considerar a los temas religiosos con seriedad y como de gran importancia; hacer de estas cosas tema de conversación; escuchar la Palabra de Dios predicada y aprovechar toda oportunidad para hacerlo; asistir a los cultos y cumplir los deberes externos de la religión de una manera más formal y decente, con el resultado de que hay un notable cambio general en Nueva Inglaterra.

Multitudes de personas vanas, irreflexivas e indiferentes en todas partes, han cambiado de manera significativa y son ahora serias y consideradas. Ha aumentado en gran manera la preocupación por la salvación del alma y por la pregunta “¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hch. 16:30-31). Los corazones de las multitudes se han apartado en gran manera de las cosas del mundo: Sus ganancias, placeres y honores. Sus conciencias han despertado y sensibilizado en cuanto a la naturaleza perniciosa y a las consecuencias del pecado, y se han percatado de qué terrible es estar bajo la culpa y desaprobación de Dios y vivir sin paz ni reconciliación con Él. También han despertado al sentido de la brevedad e incertidumbre de la vida, a la realidad del más allá y un juicio futuro, y de la necesidad de saber más de Cristo. Le temen más al pecado y tienen más cuidado, y se interesan más por saber lo que es contrario a la mente y voluntad de Dios a fin de evitarlo, quieren conocer lo que requiere de ellos para poder hacerlo; se cuidan más de las tentaciones y cuidan mejor sus propios corazones, anhelando sinceramente conocer los medios que Dios ha estipulado en su Palabra para ser salvo y ser diligentes en usarlos. Muchos pecadores insulsos, inconscientes y vanidosos han despertado sustancialmente.

Hay un cambio extraño en los jóvenes de casi toda Nueva Inglaterra. Por una influencia invisible y poderosa sobre sus mentes, en general, han renunciado de inmediato, por así decirlo, a las cosas que más les gustaban y en las que parecían basar su felicidad; cosas que antes nada los movía a renunciar, como sus diversiones superficiales, organizar y asistir a fiestas, divertirse cometiendo excesos, andar con malas compañías y de noche vagar de aquí para allá haciendo lo que no deben, con lenguaje soez y cantos vulgares. Antes, en vano procuraban los pastores predicar contra todo eso y en vano era también toda intervención de las autoridades. [En cambio] ahora han dejado de hacer todo eso y esto por su propia cuenta.

Hay un cambio grande entre adultos y jóvenes en cuanto a la bebida, frecuentar los bares, usar lenguaje profano y ropa inapropiada. Muchas personas, evidentemente inmorales, se han reformado y son, palpablemente, nuevas criaturas. Lo mismo ha pasado con algunos que son adinerados y superficiales –incluyendo algunos hombres que daban demasiada importancia a lo que vestían y a las apariencias, que parecían no poder pensar en otra cosa que en el exhibicionismo y placeres del mundo– han cambiado maravillosamente y han dejado estas vanidades. Son ahora serios, han muerto al pecado y son humildes en su conversación.

Es asombroso ver el cambio en algunas ciudades donde antes se veía poca religión y, desafortunadamente, muchos vicios y vanidad. Ahora sus pobladores han sido transformados y son otra clase de gente. Su anterior disposición y conducta mundana y viciosa parece haber desaparecido. Sus pensamientos, sus palabras, sus preocupaciones, afectos y preguntas son ahora sobre el favor de Dios, con gran interés en Cristo y con un corazón renovado para santificación y bendición, aceptación y felicidad espiritual en un mundo futuro.

Ahora, en la mayor parte de Nueva Inglaterra, la Santa Biblia es estimada y usada mucho más que antes. Las grandes verdades que contiene, se consideran de mucha mayor consecuencia y son objeto de mucha más meditación y conversación. Otros libros cristianos que desde hace tiempo han sido reconocidos por su excelencia y por promover verdadera santidad, son ahora usados con más asiduidad. El Día del Señor se guarda más sagrada y estrictamente. Y mucho se ha hecho últimamente para salvar diferencias entre unos y otros, confesarse mutuamente las faltas y hacer restitución donde correspondía. Me atrevo a afirmar que así ha sido en los dos últimos años más que en los treinta años anteriores. Y asombra ver que, en muchos casos, el poder de este espíritu ha sido determinante para arrasar con viejos resentimientos, para enmendar antiguas rupturas y para hacer que enemigos irreconciliables se abracen con una sincera y total reconciliación. Bajo esta influencia, un gran número de personas ha tenido un profundo sentido de su propia pecaminosidad y vileza; lo pecaminoso de sus vidas, la extrema maldad de su ultraje a la autoridad de Dios y de vivir despreciando al Salvador. Han lamentado su anterior negligencia por sus almas y por haber desperdiciado tanto tiempo. Los pecados les han sido revelados de manera extraordinaria y han tenido una fuerte convicción de la dureza de sus corazones, su oposición a lo que es bueno y su inclinación por todo lo que es malo. [También han tomado conciencia] de la inutilidad de sus propias prácticas religiosas, qué indignas de Dios eran sus oraciones, alabanzas y todo lo que hacían en su religión. Ha sido común ver que las personas que han tomado conciencia de su propia pecaminosidad, se consideraban las peores del mundo, creyendo que nunca hubo nadie tan vil como ellas. Muchos parecen haber estado totalmente convencidos de que eran totalmente indignos de misericordia alguna de parte de Dios –no importa lo desgraciados que eran y, aunque su necesidad de misericordia era extrema, pensaron que no merecían más que el fuego eterno–. Han reconocido el hecho que Dios hubiera sido totalmente justo y recto en darles un castigo eterno, a la vez que han tenido un sentido conmovedor de lo terriblemente espantoso que serían dichos tormentos sin fin y del tremendo peligro que corrían. Muchos han sido afectados profundamente por un sentido de su propia ignorancia, ceguera y colosal impotencia e, igualmente, de su extrema necesidad de compasión y ayuda divina.

Multitudes en Nueva Inglaterra han tenido recientemente una convicción nueva y grande de la verdad y certeza de las verdades del evangelio. [Han sido traídos] a una convicción firme de que Cristo Jesús es el Hijo de Dios y el gran y único Salvador del mundo y que las grandes doctrinas del evangelio de reconciliación por su sangre, aceptación de su justicia y vida eterna, y salvación en Él, son verdades indubitables. Tienen un sentido conmovedor de la excelencia y suficiencia de este Salvador y de la gloriosa sabiduría y gracia de Dios que ilumina este camino de salvación; de las maravillas del amor del Cristo agonizante y la sinceridad de Cristo en el [llamado] del evangelio. Han tenido la experiencia de una consecuente seguridad y un dulce descanso del alma en Cristo como su glorioso Salvador, roca fuerte y elevada torre, acompañado de un discernimiento admirable y exaltado de la gloria de las perfecciones divinas; la majestad, santidad, gracia soberana, etc. de Dios, con un amor sensible, fuerte y dulce hacia Dios y un deleite en Él que supera por mucho todos los deleites temporales o los placeres terrenales. [Han experimentado] un descanso del alma en Él, como una porción y la fuente inagotable de todo bien. Y esto ha sido acompañado por un aborrecimiento al pecado, el odio a sí mismo y sinceros anhelos del alma por más santidad y conformidad con Dios, y un sentido de la gran necesidad de la ayuda de Dios para poder alcanzar una santidad de vida.

Unidos, han desarrollado un amor muy tierno hacia todos los que consideran hijos de Dios, un amor por la humanidad en general y una compasión muy sensible y tierna por el alma de los pecadores y, consecuentemente, anhelos sinceros por la extensión del reino de Cristo en el mundo. Estas cosas han aparecido acompañadas de un deseo permanente por vivir una vida santa, grandes lamentos por la corrupción que todavía queda y un afán por ser más libres del cuerpo de pecado y muerte. No sólo se aplican estos efectos a los nuevos convertidos, sino también a un gran número de los que ya antes eran considerados creyentes muy sobrios y piadosos. Estos han sido tremendamente vivificados bajo la influencia de esta obra y sus corazones se han renovado con más iluminación, arrepentimiento y humillación; han sido evidencias más vivas de su fe, amor y gozo en el Señor. Muchos se han dedicado a velar, lidiar y luchar contra el pecado, echar fuera todo ídolo, vender todo y consagrar las ganancias para la obra de Cristo, entregarse totalmente a Dios y hacer un sacrificio de cada cosa mundana y carnal por el bien y la prosperidad de sus almas. Y, últimamente, hemos visto en algunos lugares una disposición inusual de comprometerse a esto haciendo un pacto solemne con Dios.

Ahora, en lugar de frecuentar tanto las tabernas y en lugar de que los jóvenes anden en sus fiestas mundanas, proliferan las reuniones de personas de todas clases y edades –jóvenes y mayores, hombres, mujeres y niños– para leer, orar, cantar alabanzas y dialogar acerca de las cosas de Dios y del más allá. En muchísimos lugares, el tema de las conversaciones gira alrededor de temas religiosos y de naturaleza espiritual. En lugar de diversiones vanas entre los jóvenes, ahora derraman lágrimas por un sentido de culpa por el pecado y manifiestan una santa alegría en Cristo Jesús. En lugar de sus cantos vulgares, cantan ahora alabanzas a Dios y al Cordero que fue sacrificado para redimirlos con su sangre. Y este cambio ha sido multitudinario en el último año y medio, sin ninguna indicación de retroceder a los vicios y vanidades anteriores.

El poder divino de esta obra ha aparecido maravillosamente en algunos casos que conozco, sosteniendo y fortaleciendo el corazón bajo grandes sufrimientos, como la muerte de un hijo y dolor físico extremo; y manteniendo maravillosamente la serenidad, la calma y el gozo del alma y su paz inamovible en Dios y dulce resignación ante Él. Algunos que han pasado por el valle de la sombra de muerte, bajo las influencias benditas de esta nueva vida, lo han hecho con una mentalidad apacible, con optimismo y evidente gozo.

Dudo que haya algún pastor en esta región que, de domingo a domingo, no ore para que Dios derrame su Espíritu y obre una reforma y avivamiento de la religión en nuestro territorio y nos aparte de nuestra intemperancia, profanidad, impurezas, mundanalidad y otros pecados. Año tras año, hemos tenido públicamente días de ayuno y oración a Dios para reconocer nuestras faltas, [para] humillarnos por nuestros pecados y para procurar el perdón de Dios y transformación por obra de Él.

Tomado de “Some Thoughts Concerning the Present Revival of Religion in New England” (Algunos pensamientos sobre el avivamiento actual de la religión en Nueva Inglaterra) en The Works of Jonathan Edwards (Las obras de Jonathan Edwards), Tomo 1, 374-75, The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org.


Jonathan Edwards (1703-1758): Predicador congregacional norteamericano, reconocido por su predicación en el Gran Despertar, como lo fue George Whitefield; nacido en East Windsor, Colonia de Connecticut.

Nunca podemos tratar con demasiada seriedad el tema de la salvación, ni la de un solo perdido. Es cierto que no son pocos los que están orando por un avivamiento mundial, pero le parece a este escritor que sería más puntual y bíblico orar al Señor de la cosecha, que levante y envíe obreros que prediquen sin temor y con fidelidad esas verdades indispensables para que haya un avivamiento. —A.W. Pink

Los avivamientos comienzan con el propio pueblo de Dios: El Espíritu Santo toca nuevamente su corazón y les da nuevo fervor, compasión, celo, nueva luz y vida. Después de que se nos presenta de esta manera, se dirige al valle de huesos secos… ¡Ay, qué responsabilidad tiene la Iglesia de Dios! ¡Si lo entristecemos y así apartamos o si obstaculizamos su visita, entonces el pobre mundo que perece sufre inmensamente! —Andrew Bonar

Un avivamiento, tal como una conversión auténtica, es forjado por Dios por medio de la Palabra; la Palabra aplicada por el Espíritu Santo, por supuesto. Por lo tanto, hay algo más necesario (de nuestra parte) que la oración: La Palabra de Dios tiene que ocupar un lugar, un lugar prominente, el lugar prominente. Sin eso, no habrá avivamiento, por más entusiasmo y actividades emocionantes que haya. —A. W. Pink

Creo que no sabemos casi nada de esa compasión profunda y amor ansioso por un mundo que perece, lo cual, como santos, debiéramos sentir todo el tiempo. —Horatius Bonar