El derramamiento del Espíritu Santo

Robert M. M’Cheyne (1813-1843)

La diversidad y el cambio constante parecen ser el sello distintivo de todas las obras de Dios. Los cambios perpetuos se extienden por todo el universo y la variedad del mundo exterior, desde el objeto más inmenso hasta el más minúsculo, son una prueba indubitable de la sabiduría inescrutable del Creador omnipotente e inmutable. La diversidad de esta tierra en que vivimos es infinita. En ella, los continentes y océanos, montañas y praderas, campos cultivados y regiones vírgenes, árboles y arbustos y bellas flores, el lago cristalino y el río majestuoso, la catarata espumante cuyas “grandiosas aguas” corren estruendosamente y sin pausa. Asimismo, el riachuelo que serpentea silenciosamente por la hierba del campo, las regiones populosas y los desiertos inhabitados como el Sahara, las calles abarrotadas de las ciudades con sus ruidos estrepitosos y los alejados rincones de silenciosa soledad, manifiestan esa gran diversidad.

Las naciones de la tierra cambian constantemente y también ellas se van diversificando sin pausa en lo que a sus rasgos característicos se refiere: Lugar, poder, posición y cultura. Durante el lento devenir de los años, una nación tras otra se levanta y llega a su apogeo, adquiriendo una influencia dominante, conquista a medio mundo, adquiere preeminencia en las artes y las ciencias, en la literatura y el comercio, para luego empezar a decaer hasta desaparecer y pasar al olvido. Cuando los habitantes descansan; hay paz en la política, profunda como el silencio nocturno de la luna, tarde o temprano, comienza la inquietud hasta que los hombres se levantan tumultuosos como las olas embravecidas del mar. Empieza la revolución. El cambio incesante ha alcanzado la supremacía y los tronos de las dinastías, por largo tiempo consideradas tan inalterables como los fundamentos firmes de los montes sempiternos, son derrocadas violentamente. Las coronas de los monarcas más poderosos son arrojadas a la basura y el cetro del imperio cae de la debilitada mano del tirano que ha sido el azote y terror del mundo como el juguete que ya no quiere el niño malcriado.

“Las cosas debajo de la tierra” también están sujetas a cambios periódicos, convulsivos, silenciosos. Los fuegos subterráneos que desde hace tiempo parecen haberse apagado, vuelven a arder en aterradoras erupciones de la boca del volcán estremecedor. El terremoto, en su curso aterrador y devastador, destroza las regiones más hermosas de nuestro mundo, convierte a las ciudades y las aldeas en ruina, y miles de sus desafortunados habitantes mueren aplastados entre sus fauces insaciables.

También las cuatro estaciones del año están cambiando constantemente, en una región silenciosa y gradualmente, en otra, súbita y violentamente. El hombre mismo, física, mental y moralmente, está sujeto a constantes cambios. Es así que la naturaleza y la sociedad se caracterizan por una infinita diversidad, cambios periódicos y convulsivos, al igual que mutaciones silenciosas y menos perceptibles.

Y “la gracia de Dios [que] se ha manifestado para salvación”, parece mostrar los mismos rasgos ordinarios y estar sujeta a las mismas leyes generales. La gran obra de vivificación y conversión sucede, por lo general, silenciosa y gradualmente durante los cultos regulares del santuario, pero hay ocasiones cuando Dios, en su sabia y santa Providencia8, contesta la oración “con tremendas cosas… en justicia” (Sal. 65:5). Poco después de un periodo de juicio, desciende sobre toda una comunidad como “un estruendo como de un viento recio que soplaba” (Hch. 2:2), como “aguas sobre el sequedal” (Is. 44:3) o “como la lluvia sobre la hierba cortada” (Sal. 72:6). El corazón grande de la sociedad comienza a jadear y palpitar como el corazón de un solo hombre e innumerables pecadores que eran indiferentes, son frenados, se alarman y llenan de ansiedad por la salvación, simultáneamente acuden a Aquel que han herido, lamentan haberle traspasado y causado la muerte.

La conversión silenciosa de un pecador tras otro, bajo el ministerio regular del Evangelio, debe ser considerado por los pastores y discípulos de Cristo con satisfacción y gratitud. No obstante, una manifestación periódica de la conversión simultánea de miles de pecadores, también debe ser considerada como una demostración visible e impresionante ante un mundo sumido en la impiedad, de que Dios ha hecho a ese mismo Jesús, a quien han rechazado y crucificado, tanto Señor como Cristo; y que, en virtud de su mediación divina, ha tomado el cetro real de supremacía universal y reinará hasta que “sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” (He. 10:12-13). Y, teniendo en cuenta que ha sido “exaltado por la diestra de Dios” (Hch. 2:33) como el Soberano legítimo del mundo, aunque rechazado, ¿no es razonable esperar que de cuando en cuando repita aquello que el día de Pentecostés fue la evidencia concluyente y prueba suprema de que es el Mesías y el Soberano? Al hacerlo, ¿[acaso no] sorprenderá a las almas dormidas de los humanos indiferentes, se ganará la atención de los inconversos y destruirá de una manera trascendente los sueños brillantes de gloria, grandeza, riqueza, poder y felicidad terrenal que las multitudes rebeldes que olvidan a Dios tanto atesoran?

Tal derramamiento del Espíritu Santo sería una prueba inmediata de la aceptación total del hecho de que se ofreció a sí mismo una vez y para siempre como sacrificio por el pecado y garantía profética de que “aparecerá por segunda vez” (He. 9:28) cuando “juzgará al mundo con justicia” (Hch. 17:31), y “para recompensar a cada uno según sea su obra” (Ap. 22:12). En cada edad de la Iglesia, el Dios de nuestra salvación por gracia, ha otorgado al Espíritu Santo en su indubitable poder para glorificar a Jesús, dándolo a conocer en toda su plenitud a las almas regeneradas de las multitudes rescatadas. Cuando por primera vez “la promesa del Padre” (Hch. 1:4) se cumplió en el día solemne del primer Pentecostés, después de la ascensión de Jesús a la diestra de poder del Padre, hubo un avivamiento casi universal, y miles de pecadores de Jerusalén se convencieron de pecado y se convirtieron a Dios simultáneamente. Leemos que “como tres mil personas” (Hch. 2:41) se arrepintieron y fueron bautizadas en el nombre de Jesús para remisión de los pecados y recibieron el don del Espíritu Santo (Hch. 2:38), como resultado de una exhibición de la Cruz y el Cetro del Emmanuel glorificado. A una voz exclamamos: “¡Qué bendición!”.

Pero, ¿cuántos de nosotros estamos pensando simultáneamente en la idea de que –aunque fue particularmente necesario en aquel entonces como testimonio para Jesús y para solemnizar la inauguración de la nueva dispensación, que se define enfáticamente como “el ministerio del Espíritu” (2 Co. 3:8)– no podemos esperar un derramamiento del Espíritu tan extraordinario y una cantidad tan grande de conversiones simultáneas en las épocas posteriores? Si así pensamos, nuestra opinión es contraria tanto a las Escrituras como a la historia eclesiástica porque la Palabra de Dios todavía nos guía a esperar al Espíritu Santo como “ríos sobre la tierra árida” (Is. 44:3). Tales “tiempos de refrigerio” (Hch. 3:19) y conversiones extensas y simultáneas han ocurrido repetidamente durante la historia de la Iglesia, dando prueba concluyente de que los avivamientos religiosos y conversiones simultáneas no deben ser considerados exclusivas del día de Pentecostés, sino parte de la obra normal del gran propósito de gracia por parte de Dios para la convicción y conversión de los impíos, y “de llevar muchos hijos a la gloria” (He. 2:10).

La historia de la Iglesia en nuestro propio país [Escocia] da amplio y frecuente testimonio de esta vivificación periódica y avivamiento extraordinario; y desde hace un tiempo, los que profesan ser cristianos, se están despertando bastante de su letargo espiritual por las noticias de que el Espíritu Santo se está manifestado en las multitudes en los Estados Unidos de Norteamérica. Allí continúa el gran despertar. Parece que el Espíritu de Dios ha descendido con su poder vivificador porque en todas las regiones del país y entre toda las clases sociales, parece haber un anhelo intenso y un movimiento muy general de ir “a implorar el favor de Jehová, y a buscar a Jehová de los ejércitos” (Zac. 8:21).

La religión se ha convertido en el asunto más absorbente y el tema más dominante. La prensa, religiosa, tanto como la secular, está repleta de detalles sobre el poderoso avivamiento. Cientos de miles se han convertido. Lo que en 1851 dijo en Nueva York un pastor en un sermón sobre los triunfos de la causa de Cristo, se ha cumplido casi al pie de la letra:

“El tiempo vendrá cuando los éxitos de Jesús serán reportados con más rapidez que las victorias de Napoleón; cuando la prensa abundará con noticias de movimientos cristianos en el mundo; cuando las naves cruzarán los mares para anunciar más pronto las nuevas de su poder; cuando los cables eléctricos vibrarán de vida celestial para proclamar de ciudad en ciudad, y de continente en continente, las nuevas de avivamientos religiosos y de que ‘nacerá una nación de una vez’ (Is. 66:8). El reino de Cristo será el tema en el cual se enfocarán los pensamientos en el mundo, en cada mercado, en cada comercio, en cada boletín. En las esquinas de las calles, los hombres hablarán de la gloria de su reino y conversarán unos con otros de su poder, dando a conocer sus actos poderosos y la majestad gloriosa de su reino”.

“Estas palabras”, dice un periódico norteamericano, “tal como fueron escritas y dichas siete años atrás, y que en ese momento fueron consideradas como retórica apasionada, ahora son una transcripción literal de lo que está sucediendo todos los días delante de nuestros ojos”.

Esperanza es sólo una breve palabra, pero una de apoteósico significado. Es el símbolo verbal de las emociones más poderosas, más gratas y más fuertes de la mente humana. También lo penetra todo y, por lo tanto, es tan común como necesaria en este mundo pecador. Es el sol de la niñez, el sueño de la juventud y la fascinante visión de la incipiente madurez. Es el verano del alma, la palanca que mueve la fortuna, la lámpara del desafortunado y el pronto descanso de la faena cotidiana. Es, en suma, la música deliciosa del futuro que penetra como notas de una flauta en la mente atormentada, desde las soledades desconocidas de los años venideros.

¡La nuestra es una naturaleza expectante!


Robert Murray M’Cheyne (1813-1843): Pastor escocés presbiteriano con un gran amor por las almas, cuyo ministerio se caracterizó por profunda santidad, oración personal y poderosa predicación evangélica; nacido en Edimburgo, Escocia.