Doctrinas cruciales y avivamientos
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)
La doctrina de la justificación solo por fe es absolutamente esencial. Nunca ha sucedido un avivamiento sin que esta doctrina volviera a ser predominante. La justificación por la fe significa el final de todo lo que egocéntricamente pensamos de nosotros mismos y lo bueno que supuestamente somos, todas nuestras buenas obras, nuestra moralidad y todos nuestros actos. Si observamos las historias de los avivamientos, encontramos que hombres y mujeres desesperados saben que todo lo bueno en ellos no son más que trapos de inmundicia y que toda su justicia no tiene ningún valor. Allí están, sintiendo que nada pueden hacer y suplicando a Dios su misericordia y compasión. Justificación por la fe. El acto de Dios. “Si Dios no nos la provee”, dicen, “estamos perdidos”. Entonces, esperan totalmente impotentes ante Él. No piensan ni le dan importancia a toda su religiosidad del pasado, toda su fidelidad en asistir a la iglesia y muchas, muchas cosas más. Comprenden que no todo es bueno, incluso su religión carece de valor; no hay nada de valor en los esfuerzos humanos para alcanzar la justificación. Dios es quien tiene que justificar al impío. Por lo tanto, ese es el gran mensaje que se propaga en cada periodo de avivamiento… Es el conocimiento de la justificación por la fe lo que realmente lleva al derramamiento del Espíritu. Siempre lo ha sido. Por eso, no podemos darnos el lujo de descuidar ni ignorar esta doctrina crucial.
La otra es, por supuesto, la doctrina de la regeneración… ¿Qué es lo que nos hace cristianos? La obra de regeneración: El Espíritu Santo de Dios haciendo una obra en lo profundo de la personalidad y poniendo allí un nuevo principio de vida, algo absolutamente nuevo, de modo que de su intervención surja un “hombre nuevo”. Esa es una doctrina que siempre abunda en cada periodo de avivamiento y nuevo despertar. Así es como, en esos momentos, se obtienen invariablemente estos cambios extraordinarios y dramáticos. Hombres que habían sido desahuciados totalmente y que habían sido descartados, aun por sus familiares y amigos más queridos; hombres que se habían desahuciado a sí mismos, sintiéndose insalvables, sintiéndose totalmente impotentes, sintiéndose rechazados por todos y por Dios; de pronto sucede esta obra y se encuentran con que son nuevas criaturas, con una manera nueva de ver la vida y ansiosos por vivir una vida totalmente nueva. La Regeneración, pues, se destaca en el recuerdo y en la historia de cada avivamiento que ha sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia cristiana. En otras palabras, todo lo que tiene que ver con un avivamiento, enfatiza la actividad de este Dios soberano. Está interviniendo. Está obrando. Está actuando. Y esto lo demuestran muy claramente los resultados y los efectos de la obra de regeneración.
No diría una palabra dura si no me sintiera obligado a hacerlo, pero me siento constreñido a recordar a nuestros hermanos que el hecho de que Dios envíe el avivamiento que quiera, no los exonera de la culpa terrible de haber sido ociosos y tardos en anunciar el mensaje de salvación durante estos últimos veinte años. Sean salvos todos los que ahora viven, pero ¿qué de los que han sido condenados mientras nosotros dormíamos? Recoja Dios a multitudes de pecadores, pero ¿quién responderá por la sangre de aquellos que han pasado a la eternidad mientras nosotros seguíamos viviendo de una manera rutinaria, satisfechos de caminar por la senda de la conveniencia y andar por la de la rutina aburridora, sin derramar nunca lágrimas por los pecadores, ni agonizar por las almas? —Charles Spurgeon
¡Ay! Hombres y hermanos, qué daría este corazón por sentir que pudiera yo creer que hay algunos entre vosotros que irían a su casa y allí orarían por un avivamiento religioso, hombres cuya fe es bastante grande y su amor es bastante ferviente como para llevarlos, desde este momento, a practicar intercesiones incesantes para que Dios aparezca entre nosotros y realice aquí obras prodigiosas como en los tiempos de generaciones anteriores. —Charles Spurgeon