Predicando con autoridad
John Owen (1616-1683)
“Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia” (Jeremías 3:15).
Lo que haré es mostrarles, en algunos casos, lo que se requiere para este trabajo de enseñar o de alimentar a la congregación con conocimiento y entendimiento en este deber de predicar la Palabra:
- Hay sabiduría espiritual en la comprensión de los misterios del Evangelio para que podamos declarar todo el consejo de Dios, y las riquezas y tesoros de la gracia de Cristo, a las almas de los hombres. (Hch. 20:27; 1 Co. 2:1-4; Ef. 3:7-9). Muchos en la iglesia de Dios estaban, en aquellos días de luz, creciendo y prosperando. Tenían una gran visión de las cosas espirituales y de los misterios del Evangelio. El Apóstol ora para que ellos puedan tener todo esto: “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Ef. 1:17-18).
Realmente, no es cosa fácil para los ministros, instruir en tal clase de deberes. Si no hay algún grado de eminencia en ellos mismos, ¿cómo guiaremos a personas como éstas a la perfección? Debemos esforzarnos por tener un conocimiento profundo de estos misterios o seremos inútiles para una gran parte de la iglesia. Hay sabiduría espiritual y entendimiento en los misterios del Evangelio que se requieren para esto.
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Se requiere autoridad. ¿Qué es la autoridad en un ministerio de predicación? Es una consecuencia de la unción1 y no del oficio. Los escribas tenían un llamado externo para enseñar en la iglesia, pero no tenían unción, ninguna unción que pudiera evidenciar que tenían el Espíritu Santo en sus dones y gracias. Cristo no tenía un llamamiento externo, pero tenía una unción —Él tenía una unción plena del Espíritu Santo en sus dones y gracias para la predicación del Evangelio—. Sobre esto, hubo una controversia acerca de su Autoridad. Los escribas le dijeron: “¿Con qué autoridad haces estas cosas y quién te dio autoridad para hacer estas cosas?” (Mr. 11:28). El Espíritu Santo aclara el asunto: “Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mt. 7:29). Ellos tenían la autoridad del oficio, pero no de la unción; Cristo sólo tenía la unción. Y la predicación en la demostración del Espíritu por la cual tanto discuten los hombres, es nada menos que la evidencia de la unción en la predicación, en la comunicación de los dones y la gracia a ellos para el desempeño de su oficio. Por esto, es una cosa vana que los hombres se atribuyan y se hagan pasar por autoridad. Mientras tanta evidencia tengan de la unción de Dios en dones y gracia, así, tanta autoridad tendrán y no más, en la predicación. Que cada uno, entonces, se mantenga dentro de sus límites.
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Otra cosa requerida aquí, es la experiencia del poder de las cosas que predicamos a otros. Creo, en verdad, que ningún hombre predica bien ese sermón a otros hasta que no lo predique, primero, a su propio corazón. El que no se alimenta, digiere y prospera con lo que prepara para su pueblo, puede darles veneno, hasta donde él sabe; porque, a menos que encuentre el poder de ello en su propio corazón, no puede tener ningún motivo de confianza en que esto tendrá poder en los corazones de los demás. Es más fácil predicar con la cabeza que con el corazón. Llevar nuestras cabezas a predicar, no es más que llenar nuestras mentes y nuestras memorias con algunas nociones de la verdad, propias o ajenas, y expresarlas para darnos satisfacción a nosotros mismos y a los demás; esto es muy fácil. Pero llevar nuestros corazones a predicar, es ser transformados en el poder de estas verdades o encontrar el poder de ellas, tanto antes, en la formación de nuestras mentes y corazones, como en la entrega de ellas para que podamos tener beneficio. [Se debe] actuar con celo por Dios y compasión por las almas de los hombres. Un hombre puede predicar todos los días de la semana y no tener su corazón comprometido en ningún momento. Esto nos ha hecho perder la predicación poderosa en el mundo y ha establecido, en su lugar, oraciones pintorescas; porque tales hombres, nunca buscan la experiencia en sus propios corazones. Así, ha sucedido que la predicación de algunos hombres y la no predicación de otros, nos ha hecho perder el poder de lo que llamamos el ministerio que, aunque haya veinte o treinta mil en las órdenes2, la nación perece por falta de conocimiento, es abrumada en toda clase de pecados y [no] es librada de ellos hasta el día de hoy.
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Habilidad para compartir la Palabra correctamente. Esta habilidad para compartir la Palabra correctamente, es sabiduría práctica al examinar la Palabra de Dios para sacar, no sólo lo que es alimento sustancial para las almas de los hombres, sino lo que es alimento adecuado para aquellos a quienes predicamos. Y esto,…
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Requiere conocimiento y consideración del estado de nuestros rebaños. El que no tiene, continuamente, a la vista y en su mente el estado de su rebaño, lucha inseguro en su trabajo de predicar como un hombre que golpea el aire. Si no considera cuál es el estado de su rebaño con referencia a las tentaciones, con referencia a su luz o a sus tinieblas, a su crecimiento o a sus decaimientos, a su florecimiento o a su marchitamiento, a la medida de sus conocimientos y logros —el que no considera debidamente estas cosas— nunca les predica correctamente.
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Se requiere también, que actuemos con celo por la gloria de Dios y compasión por las almas de los hombres. Habiendo dicho estas pocas y claras palabras, puedo decir: “Y para estas cosas ¿quién es suficiente?” (2 Co. 2:16). Se requiere esa sabiduría espiritual que es necesaria para entender los misterios del Evangelio, capaz de instruir y conducir al perfeccionamiento a los más crecidos de nuestras congregaciones; esa autoridad que procede de la unción y es una evidencia de la unción con las gracias y los dones del Espíritu, que es lo único que da autoridad en la predicación; esa experiencia que conforma toda nuestra alma en cada sermón que predicamos para sentir la verdad en el poder de ella; esa habilidad para compartir la Palabra correctamente, etc. Por lo tanto, vemos que tenemos gran necesidad de orar por nosotros mismos y que ustedes deben orar por nosotros. Orad por vuestros ministros.
Tomado de Las obras de John Owen (The Works of John Owen), ed. William H. Goold, Vol. 9 (Edinburgh: T&T Clark, n.d.), 454-456; de dominio público.
John Owen (1616-1683): Pastor congregacional, autor y teólogo inglés.
Hay demasiados predicadores hoy que actúan como si estuvieran rogando a sus oyentes que le hagan un favor a Cristo y a su causa, que se disculpan tanto, que son aduladores, y afeminados, que han perdido el respeto de los hombres verdaderos. “Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie” (Tit. 2:15). “El medio más eficaz para que los ministros se protejan del desprecio, es mantenerse fieles a la doctrina de Cristo e imitarle” (Matthew Henry) y Él enseñaba “como quien tiene autoridad” (Mt. 7:29). — Arthur W. Pink
Es una promesa relacionada con el Nuevo Testamento que Dios daría a su iglesia, “pastores según mi corazón, que los apacienten con ciencia y con inteligencia” (Jer. 3:15). Esto es, por la enseñanza o predicación de la Palabra y no de otra manera. Este apacentamiento es la esencia del oficio de pastor, en cuanto a su ejercicio; de modo que el que no apacienta, o no puede, o no quiere apacentar el rebaño, no es
pastor, sea cual fuere el llamamiento o trabajo externo que tenga en la iglesia. — John Owen