La autoridad de Cristo para salvar
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
“Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace” (Mateo 8:8-9).
No es para deshonra de nuestro gran Maestro, sino todo lo contrario, que este centurión haya querido decir: “También reconozco en ti a un hombre bajo autoridad”. Porque este bendito Cristo nuestro, había venido al mundo comisionado por Dios. No estaba aquí, meramente, en su capacidad privada como Hijo de David, como Hijo de María o, incluso, como Hijo de Dios; sino que estaba aquí como Aquel a Quien el Padre había escogido, ungido, calificado y enviado para llevar a cabo una comisión divina. Este oficial pudo ver en la persona de Cristo, las señales de que había sido comisionado por Dios. Por algún medio, no sé cómo, había llegado a esta muy segura y verdadera conclusión: Jesucristo actuaba bajo la autoridad del gran Dios que hizo el cielo y la tierra y, por lo tanto, lo consideraba, bajo ese aspecto, como debidamente autorizado y comisionado para su obra.
Ahora, vamos un paso más allá. Aquel que es comisionado para realizar cualquier trabajo, es también investido por la autoridad superior con el poder para llevar a cabo ese trabajo… Así, este hombre parece decirle a Cristo: “Yo creo que Tú estás investido con la debida autoridad para llevar a cabo todos los propósitos para los cuales has venido al mundo. Si tengo una orden que enviar”, dice, “digo a mi siervo: ‘Ve’ y él va. Si quiero que venga otro, le digo: ‘Ven’ y viene. Si hay algo que hacer, llamo a uno de los hombres bajo mi autoridad y le digo: ‘Haz esto’ y lo hace”. Parece decirle al Salvador: “Tú también, comisionado y designado por el gran Dios, debes tener siervos designados para servirte. No eres enviado a una guerra a tus propias expensas. No fuiste dejado para hacer esta obra solo. Debe haber, en alguna parte, aunque yo no los percibo, soldados y siervos bajo tu mando que esperan para cumplir tu mandato”. Captan esa idea, ¿cierto? El paralelismo es muy claro y no me extraña que el Salvador admirara, grandemente, la fe del hombre, la cual le había permitido percibir esta gran verdad…
El centurión fue un poco más lejos e insinuó que, como Cristo tenía el poder de realizar la voluntad divina y tenía ese poder bien controlado, él creyó que Él estaba dispuesto a dirigir todo ese poder al único objetivo de curar a su siervo. Creo que muchos de ustedes saben que el Señor Jesucristo es todopoderoso. No dudan de ese hecho, pero la pregunta es: “¿Es Él todopoderoso para salvarte?”. No dudan de que, si el Salvador lo quiere, puede sanar nuestro espíritu, pero se preguntan: “¿Lo hará?”. ¿Dirigirá ese poder en nuestra dirección? Al centurión no se le pasa por la cabeza que vaya a haber alguna dificultad en su caso. “No”, parece decir, “Rey de reyes, omnipotente Maestro y Señor, Tú puedes ordenar, de inmediato, a un ángel que vuele hacia mi siervo, o puedes ordenar a la enfermedad que abandone mi morada, o puedes hablar a la parálisis y la parálisis misma será tu sierva y volará de inmediato a tu orden. Sólo tienes que ejercer tu poder sobre mi siervo y, al instante, sanará”.
Deseo que ustedes crean, queridos corazones, que nuestro Señor Jesucristo, ya no aquí en la carne, sino resucitado de entre los muertos, está revestido de un poder igual al que tenía en los días del centurión; es más, que está revestido de un poder aún mayor porque, después de su resurrección, dijo: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). Y entonces, deseo que creas que Él está preparado para dirigir todo ese poder en tu dirección para obrar por tu liberación de la muerte espiritual, tu rescate del poder del pecado, tu ayuda en el camino de la providencia, tu guía en el camino de la sabiduría o cualquiera de las diez mil cosas que puedan ser necesarias en este momento presente. ¡Oh, que Aquel que dio tal fe al centurión de Capernaum, les dé una fe tan preciosa a muchos de ustedes para que también glorifiquen y bendigan su santo Nombre!
Queridos amigos, me parece que esta pequeña narración, debería servir para instarnos a creer en el poder del Señor Jesucristo, incluso, aunque no venga pronto en la gloria del segundo advenimiento. Con frecuencia, hablo con amigos cristianos acerca de estos días malos en que vivimos y de la maldad de los tiempos en los que nos ha tocado vivir. Ciertamente, no es un tema muy alentador y, generalmente, encuentro que los amigos terminan con algún comentario como éste: “Bueno, el consuelo es que el Señor Jesucristo vendrá muy pronto. Las desviaciones en la iglesia profesante, las blasfemias del mundo —¿no están entre las señales especiales de que el fin se está acercando?—. Cuando nuestro Señor venga, todos estos problemas difíciles se resolverán y todo lo que nos aflige, llegará a su fin”. Sí, sí, todo eso lo creo plenamente y considero el segundo advenimiento glorioso de nuestro Señor Jesucristo como la esperanza más brillante de su iglesia. Pero, aun así, ¿no creen que una fe más práctica y que honre más a Dios diría, sin dejar de lado la bendita esperanza del segundo advenimiento: “Aun así, el Señor Jesucristo puede ocuparse de los males actuales de la iglesia y del mundo sin venir, realmente, en medio de nosotros”. Él puede decir una palabra permaneciendo en lo alto de los cielos, en medio de los esplendores del culto sagrado de la Nueva Jerusalén. Él puede decir una palabra allí y así, llevar a cabo su propósito aquí. ¿No parece que esa verdad fluye, naturalmente, de la fe de este centurión? Nuestro bendito Señor… no hay necesidad de que Tú toques, literalmente, las colinas, y las hagas humear y que la gloria de tu divina presencia consuma a tus adversarios. Si así te place, puedes hacer tu voluntad donde Tú estás, sin perturbar esta dispensación, sin siquiera obrar un milagro, permitiendo que las cosas sigan su curso habitual y, sin embargo, cumpliendo tus propósitos supremos… Ahora, apliquemos este tema con mayor precisión.
Yo quisiera que alguna pobre alma creyera ahora que el Señor Jesucristo puede salvarla, de inmediato, con una sola palabra… El Señor Jesucristo puede salvar a un hombre cuando está en la cama, cuando se está vistiendo, cuando está caminando por la calle, cuando está en sus asuntos o cuando no está en sus asuntos, sino entregándose al pecado.
Que la conclusión práctica de la meditación de esta noche, sea que nosotros creemos en Jesús, mucho más de lo que hemos creído antes. Si hemos creído en Jesús, tengamos aún más confianza en Él… Pienso que lo que tenemos que hacer es creer en Cristo, de tal manera, que seamos sus siervos obedientes. Si Él dice: “Vayan”, vayamos. Si Él dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados” (Mt. 11:28), vengamos a Él. Si Él dice acerca de cualquier trabajo: “Haced esto”, hagámoslo… Y si, en vez de ordenarnos hacer algo, nos manda que le creamos, acudamos y creámosle porque ésta será nuestra sabiduría, ésta será nuestra felicidad, éste será nuestro cielo, ser los siervos obedientes de Aquel que es el Gobernante de todo. Dios ha decretado que esto será su gloria; Él lo ha colocado en su Trono, esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Si ustedes eligen ser sus enemigos, lo elegirán para su propia destrucción; pero si vienen y se inclinan ante Él, y son sus siervos, ¡encontrarán que el cielo y la tierra estarán esperando a su Espalda para bendecirlos!
Tomado de un sermón predicado en la tarde del Día del Señor, 2 de octubre de 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra, Reino Unido.
Sin [la oración], ningún hombre puede o debe predicar como es debido, ni cumplir ningún otro deber de su oficio pastoral. De aquí puede cualquier hombre, tomar la mejor medida del cumplimiento de su deber hacia su rebaño. El que ora constante, diligente y fervorosamente por ellos tendrá, en sí mismo, un testimonio de su sinceridad. —John Owen
El resumen es que nuestro Señor Jesucristo, en virtud de su naturaleza divina y al haber tomado, voluntariamente, nuestra carne para cumplir toda justicia por nosotros, tanto en lo que respecta a la obediencia como a la satisfacción, es exaltado en esa naturaleza en la que sufrió para ser el Juez soberano y Señor de todo. —John Newton
Autoridad: El derecho de atar la conciencia en materia de fe y de mandar en la voluntad en materia de práctica. Este derecho pertenece, propiamente, sólo a Dios. —Alan Cairns
Toda autoridad sobre las criaturas racionales consiste en mandar y dirigir. El deber de las criaturas racionales, en cumplimiento de esa autoridad, consiste en obedecer. Por lo tanto, cuando se descuidan los medios que transmiten el conocimiento de la voluntad de Dios y de nuestro deber, se repudia totalmente a Dios como nuestro soberano y nuestro gobernador. —Stephen Charnock
¡Aférrate con fuerza a la autoridad divina de las Escrituras! —C. H. Spurgeon