La absoluta autoridad de Dios
Stephen Charnock (1628-1680)
“Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos” (Salmos 103:19).
Dios es soberano Señor y Rey, y ejerce un dominio sobre todo el mundo, tanto en el cielo como en la tierra. Esto es tan claro que se dice más que cualquier otra cosa en la Escritura. El mismo nombre Señor lo implica… Es llamado, frecuentemente, “el Señor de los ejércitos” porque todas las tropas y ejércitos de criaturas espirituales y corpóreas1, están en sus manos y a su servicio. Éste es uno de sus principales títulos y los ángeles son llamados “sus ejércitos” (Sal. 103:21); siguiendo el texto —su campamento y milicia—. Pero más claramente, Dios es presentado en su trono, rodeado de todos los ejércitos del cielo que están a su derecha y a su izquierda, lo cual no puede entenderse de otra manera que de los ángeles que esperan las órdenes de su soberano (1 R. 22:19). [Ellos] están alrededor, no para aconsejarle, sino para recibir sus órdenes. El sol, la luna y las estrellas son llamados sus ejércitos (Dt. 4:19), designados por Él para el gobierno de las cosas inferiores.
Él tiene una autoridad absoluta sobre las más grandes y las más pequeñas criaturas, sobre las más terribles y las más benéficas, sobre los ángeles buenos que le obedecen voluntariamente, sobre los ángeles malos que parecen ingobernables y, siendo el Señor de los ejércitos, es el “Rey de gloria” o un rey glorioso (Sal. 24:10). Lo encontramos llamado “un gran Rey”, el “Altísimo” (Sal. 92:1); [Él es] el supremo Monarca, no habiendo ninguna dignidad en el cielo o en la tierra, sino la que es inferior a Él e infinitamente inferior a Él; sí, Él tiene el título de “solo2 Soberano” (1 Ti. 6:15). El título de realeza le pertenece, verdadera y propiamente, sólo a Él. Usted puede ver que David lo describió, magníficamente, en la ofrenda voluntaria para la construcción del templo: “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos” (1Cr. 29:11-12). Él tiene una [superioridad] de poder o autoridad sobre todos. Todos los príncipes terrenales recibieron sus diademas de Él, sí, incluso aquellos que no lo reconocen, y Él tiene un poder más absoluto sobre ellos que el que ellos pueden ejercer sobre sus vasallos más miserables. Así como Dios tiene un conocimiento infinitamente superior a nuestro conocimiento, así también, tiene un dominio incomprensiblemente superior por encima de cualquier dominio del hombre y, por todas las sombras dibujadas a través de la autoridad de un hombre sobre otro, no podemos tener sino débiles vislumbres de la autoridad y dominio de Dios.
Hay un triple dominio de Dios: 1. Natural, el cual es absoluto sobre todas las criaturas y se funda en la naturaleza de Dios como Creador. 2. Espiritual o de gracia, el cual es un dominio sobre su iglesia como redimida y fundado en el pacto de gracia. 3. Un reino glorioso al final de todo, en el cual reinará sobre todos, ya sea en la gloria de su misericordia como sobre los santos glorificados o en la gloria de su justicia en los demonios y hombres condenados. El primer dominio se funda en la naturaleza; el segundo, en la gracia; el tercero, respecto a los bienaventurados, en la gracia, y respecto a los condenados, en el demérito en ellos y en la justicia en Él.
Él es Señor de todas las cosas y siempre con respecto a la propiedad3: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1). Suyas son la tierra con las riquezas y tesoros que hay en sus entrañas [y] el mundo habitable con todo lo que se mueve en él. Él tiene el derecho exclusivo y cualquier derecho que tengan otros, se deriva de Él. Con respecto a la posesión también: “Dios altísimo, creador de los cielos y de la tierra” (Gn. 14:22), respecto del cual, el hombre no es… poseedor, sino usufructuario4 a voluntad de este gran Señor.
Debemos conocer la diferencia entre la fuerza y el poder de Dios y su autoridad. Comúnmente, entendemos por el poder de Dios, la fuerza de Dios, por la cual, Él es capaz de llevar a cabo todos sus propósitos. Por la autoridad de Dios, entendemos el derecho que Él tiene de actuar como le plazca. La omnipotencia es su poder físico, por el cual Él puede hacer lo que quiere; el dominio es su poder moral, por el cual le es lícito hacer lo que quiere. Entre los hombres, la fuerza y la autoridad son dos cosas distintas. Un súbdito puede ser un gigante y más fuerte que su príncipe, pero no tiene la misma autoridad que su príncipe. El dominio mundano puede estar asentado, no en un brazo musculoso, sino en un enfermizo y endeble cuerpo, así mismo se distinguen el conocimiento y la sabiduría. El conocimiento se refiere a la materia, el ser y la naturaleza de una cosa; la sabiduría se refiere a la armonía, el orden y la utilidad real de una cosa; el conocimiento escudriña la naturaleza de una cosa y la sabiduría emplea esa cosa para su uso apropiado. Un hombre puede tener mucho conocimiento y poca sabiduría, así como puede tener mucha fuerza y poca o ninguna autoridad. Una mayor fuerza puede asentarse en el siervo, pero una mayor autoridad reside en el amo; la fuerza es el vigor natural de un hombre. Dios tiene una fuerza infinita, tiene fuerza para llevar a cabo todo lo que decreta; no desfallece, ni se fatiga con cansancio (Is. 40:28) y no menoscaba su fuerza al ejercerla. Como Dios es Señor, tiene derecho a decretar; como es todopoderoso, tiene poder para ejecutar. Su fuerza es el poder ejecutivo que pertenece a su dominio. En cuanto a su soberanía, tiene derecho a mandar a todas las criaturas; en cuanto a su omnipotencia, tiene poder para hacer que sus órdenes sean obedecidas o para castigar a los hombres por violarlas. Su poder es aquello por lo cual somete a todas las criaturas bajo Él; su dominio es aquello por lo cual tiene derecho a someter a todas las criaturas bajo Él…
Dios ha entretejido la noción de su Soberanía en la naturaleza y constitución del hombre, en los actos más nobles e íntimos de su alma, en aquella facultad que le es más necesaria para él en su [vida] en este mundo, ya sea con Dios o con el hombre.
Está estampada en la conciencia del hombre y destella en su rostro en cada acto de juicio propio [que] la conciencia pasa sobre el hombre. Todo reflejo de la conciencia implica una obligación del hombre hacia alguna ley escrita en su corazón (Ro. 2:15). Esta ley no puede carecer de legislador, ni este legislador de un dominio soberano; éstas no son más que consecuencias naturales y sencillas de cada acto de conciencia en la mente del hombre. La autoridad indeleble5 de la conciencia en el hombre, en todo el ejercicio de ella, conlleva un respeto a la soberanía de Dios; proclama claramente, no sólo un ser supremo, sino un gobernador supremo; y dirige al hombre directamente a esto, de manera que tan pronto como un hombre pueda negar tener tal principio reflexivo dentro de él, así negará el dominio de Dios sobre él y, por consiguiente, sobre todo el mundo de las criaturas racionales.
De Las obras completas de Stephen Charnock (The Complete Works of Stephen Charnock), Vol. 2 (Edinburgh; London; Dublin: 1864-1866), 406-408; de dominio público.
Stephen Charnock (1628-1680): Pastor presbiteriano, teólogo y escritor inglés.