Jesucristo es Señor de todo
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)
Dios se ha revelado a los padres del Antiguo Testamento de diversas maneras. Pero, como cristianos evangélicos, comenzamos con el gran hecho central del Señor Jesucristo. Toda la Biblia trata, realmente, de Él. El Antiguo Testamento mira hacia Él. Nos dice que Alguien vendrá. La promesa parece vaga, nebulosa1 e indefinida en algunos puntos, más clara y específica en otros. Pero está ahí. Dios va a hacer algo y Alguien vendrá. Por fin, se oirá la Voz. Una Autoridad va a hablar. La actitud del Antiguo Testamento es la de esperar de puntillas, por así decirlo. Luego, por supuesto, tan pronto como llegamos al Nuevo Testamento, encontramos que está lleno de Él.
En este punto, para hacer todo esto práctico, quiero enfatizar este hecho. Cuando el apóstol Pablo (nuestro gran ejemplo en este asunto de predicar, enseñar y evangelizar) fue a Corinto, tomó cierta decisión. Cualquiera que fuese su razón, Pablo determinó, solemnemente, en Corinto “no saber entre [ellos] cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1 Co. 2:2). Fue una decisión deliberada, reforzada por una fuerte determinación de su parte. En otras palabras, Pablo decidió que… no iba a empezar con una argumentación filosófica preliminar para luego conducirles, gradualmente, a la verdad. ¡No! Él comienza proclamando, autoritativamente, al Señor Jesucristo. Y en Gálatas 3:1, utiliza un término aún más fuerte: Recuerda a los gálatas que “Jesucristo fue ya presentado” crucificado ante ellos. Era como un anunciante2, un hombre que llevaba una pancarta3. Allí también empezó con Jesucristo.
Tengo una sensación, cada vez mayor, de que debemos volver sobre este tema. No estoy seguro de que la apologética4 no haya sido la maldición del cristianismo evangélico en los últimos veinte o treinta años. No digo que la apologética no sea necesaria, sino que estoy sugiriendo que, con una especie de sabiduría mundana, nos hemos estado acercando al mundo sobre la base de la apologética, en lugar de determinar (como el apóstol Pablo), no saber nada “sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1 Co. 2:2). Debemos hacernos ignorantes por amor a Cristo, dice Pablo. “Si alguno de vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio” (1 Co. 3:18).
Lo afirmamos a Él, lo proclamamos a Él, comenzamos con Él porque Él es la última y definitiva Autoridad. Empezamos con el hecho de Jesucristo porque Él está, realmente, en el centro de toda nuestra posición y todo nuestro caso descansa sobre Él… Si pudiéramos retroceder y, simplemente, mirar el Nuevo Testamento y toda la Biblia con ojos renovados, creo que nos sorprendería bastante, el hecho de que la reivindicación realmente grande que se hace en todo el Nuevo Testamento, es la de la autoridad suprema del Señor Jesucristo. Si lo que dicen sobre Jesucristo no es verdad, entonces, no tienen mucho que ofrecernos.
El testimonio de los Evangelios: Permítanme recordarles, brevemente, el caso que se presenta en el Nuevo Testamento para esta gran afirmación de la autoridad final y suprema del Señor Jesucristo. Es interesante notar cómo el Nuevo Testamento, afirma el hecho al principio de todas sus declaraciones. Lo hace al comienzo mismo de los Evangelios. Tomemos Mateo 1:23. Esto va a suceder, se nos dice, para que se cumpliese lo dicho: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. Ahí está, al principio, en la introducción misma del Evangelio. Del mismo modo, el ángel que se aparece a María y le hace el anuncio, hace esta asombrosa declaración sobre este “Santo Ser” (Lc. 1:35), el niño que iba a nacer de ella: “Y su reino no tendrá fin” (Lc. 1:33) —el universal, el eterno Señor—. Luego, recuerda, el ángel que hablaba a los pastores dijo: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lc. 2:11)…
Estos Evangelios fueron escritos con un objetivo a la vista, definido y deliberado. No fueron escritos simplemente como registros o como meras colecciones de hechos… Todos ellos presentan al Señor Jesucristo como el Señor, como esta Autoridad final.
El mensaje de Juan el Bautista fue, esencialmente, el mismo. Allí está él solo, después de predicar y bautizar a la gente en el Jordán, y oye las murmuraciones de la multitud. Hablaban entre ellos y decían: “Ciertamente, éste debe de ser el Cristo. Nunca hemos oído predicar así antes. Cuando le mirasteis a la cara, ¿no percibisteis su autoridad? Éste debe de ser el Mesías que hemos estado esperando”. Pero Juan se vuelve hacia ellos con reproche y les dice: “Yo no soy el Cristo” (Jn. 1:20)… “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Lc. 3:16-17). ¡Ya ven la afirmación! “Yo no soy el Cristo; yo no soy el que tiene autoridad. Yo soy quien prepara. Yo soy el precursor, el heraldo. Él es la autoridad. Él está por venir”. Todo el asunto es, de nuevo, afirmar la autoridad de nuestro Señor. ¡Cuán cuidadosos son estos Evangelios en presentar, repetidamente, esa afirmación!
Luego, hay algo más que ellos enfatizan, algo que es de la esencia misma de todo este asunto de la autoridad. Es su informe de lo que sucedió en el bautismo de nuestro Señor. Allí, se somete al bautismo de Juan. Parece ser un hombre como todos los demás, un pecador después de todo; pues necesita ser bautizado, igual que los demás. Pero allí está Él, recién salido del agua, cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él en forma de paloma. Aún más importante es esa Voz, una voz de autenticación que viene del cielo diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17). Ahí está el importante énfasis en su autoridad, nuevamente. En el Monte de la Transfiguración, se utiliza un lenguaje similar, pero se añade algo muy significativo e importante. De nuevo, la Voz viene de la gloria excelente y dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mt. 17:5). En otras palabras: “Éste es el que hay que escuchar. Estás esperando una palabra. Estás esperando una respuesta a tus preguntas. Estás buscando una solución a tus problemas. Has estado consultando a los filósofos; has estado escuchando y te has estado preguntando: ‘¿Dónde podemos tener la autoridad final?’. He aquí la respuesta del cielo, de Dios: ‘A Él oíd’”. Una vez más, lo ves, señalándolo a Él, poniéndolo a Él ante nosotros como la última Palabra, la Autoridad última, Aquel a Quien debemos someternos, a Quien debemos escuchar.
Ahora, he escogido estos incidentes porque son algunos de los acontecimientos más cruciales que se registran en los Evangelios. No debemos considerarlos, meramente, como sucesos de la vida terrenal de nuestro bendito Señor. Lo son. Pero están registrados de tal forma que este punto, en particular, debe aparecer —su Autoridad única y final—. Todo en los Evangelios parece enfocarlo y centrar la atención en Él, incluso, la Voz del cielo mismo.
Las afirmaciones del propio Señor: Yendo aún más directamente al Señor mismo, encontrarás otras características importantes. Tomemos, por ejemplo, sus enseñanzas. Cuán cuidadoso fue siempre al hablar de “mi Padre y vuestro Padre” (Jn. 20:17). No dice: “Padre nuestro”. Dice: “Mi Padre”. Él enseña a sus discípulos a orar: “Padre nuestro”, pero nunca se incluye a Sí mismo con ellos. Siempre se esfuerza por subrayar esta diferencia, que Él es el Hijo del hombre. Es hombre, pero no es sólo hombre. También en Mateo 11:27, tenemos esa gran declaración que es tan definida y específica: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. Es una afirmación muy exclusiva y muy importante para que la tengamos siempre presente. Otra vez, dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8:12)… Luego observe, particularmente en el Sermón del Monte, la forma deliberada en que se erige en Maestro autoritativo. “Oísteis que fue dicho a los antiguos… Pero yo os digo” (Mt. 5:21-22). He aquí, uno que no ha ido a las escuelas. No era fariseo. La gente decía: “¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” (Jn. 7:15). Él no vacila. Se levanta y declara: “Yo”, con autoridad.
Necesitamos recordar que es este énfasis personal característico, lo que le pone en contraste con los profetas. Los profetas del Antiguo Testamento eran poderosos hombres. Eran grandes personalidades, enteramente apartados para ser usados por Dios y ungidos por el Espíritu Santo. Pero no hay ninguno de ellos que haya usado este “Yo”. Todos dicen: “Así dice el Señor”. Pero el Señor Jesucristo no lo pone así. Él dice: “Yo os digo” (Mt. 5:20). De inmediato, está diferenciando entre Él mismo y todos los demás. “Ahora es el momento de la autoridad final”, parece decir. Él enfatiza este hecho, constantemente, en el Sermón del Monte. No contrasta su enseñanza sólo con las tradiciones de los padres, las enseñanzas expertas de los fariseos y los doctores de la Ley. Ni aun, duda en interpretar la Ley de Dios dada por medio de Moisés a los hijos de Israel, de una manera autoritativa. Incluso, va más allá de eso. Ya no se trata de “ojo por ojo, y diente por diente” (Mt. 5:38), como se había ordenado hasta entonces. Ahora es: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen” (Mt. 5:44). Cuando concluye ese gran sermón, lo hace pronunciando una de las cosas más asombrosas y sorprendentes que jamás haya dicho. “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca… Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena” (Mt. 7:24, 26). Ahí, como pueden ver, todo su énfasis está en “me oye estas palabras”. Aquí está su afirmación de autoridad final. Y si es posible agregar algo a tal declaración, Él lo hizo cuando dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24:35). No hay nada más allá de eso.
Las acciones y afirmaciones directas de nuestro Señor: Además, veamos sus obras. Examinemos los milagros. ¿Qué pretendían lograr? Eran, por supuesto, actos de bondad, pero ese no era su objetivo principal. Juan enfatiza, constantemente en su Evangelio, que eran señales. Eran señales deliberadas que Él dio para afirmar y atestiguar su propia Persona y su propia Autoridad. Tenían la intención de autenticar el hecho de que Él era el Mesías prometido. Dado que hay tanta enseñanza sentimental suelta sobre este asunto en la actualidad, nunca olvidemos que el objetivo principal de los milagros era, sencillamente, confirmar, la Persona de nuestro Señor —afirmar su Autoridad y establecer que Él era, en verdad, el Hijo de Dios—. Él mismo lo afirma en muchos casos.
A continuación, tomemos otro incidente bastante notable. Un día, Jesús va caminando y ve a un hombre llamado Mateo, sentado al banco de los tributos públicos. No vacila en enfrentarse a aquel hombre en medio de sus negocios y le dice: “Sígueme” (Mt. 9:9). Mateo se levantó, lo dejó todo y se fue tras Jesús. Se dirige a los hijos de Zebedeo y les dice lo mismo. Ellos también dejan sus barcas, sus redes de pescar, a su padre y todo lo demás. He aquí a Aquel que no duda en hablar de un modo totalitario cuando les ordena: “Sígueme”. Y ellos fueron y le siguieron. Eso es el Evangelio en acción. Eso es evangelismo. Así es como nace la iglesia. Así es como se lleva a cabo la obra de Dios.
¡Pero Él fue, incluso, más allá de eso! Él no duda en afirmar que tiene poder para perdonar el pecado. Y se metió en muchos problemas por afirmarlo. “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Lc. 5:21), decía la gente. Pero Él perdona pecados. Él afirma que posee la autoridad y el poder, y va a demostrarlo. Así que le dice a un hombre: “Levántate, toma tu lecho, y anda” (Jn. 5:8), como señal de que también tiene poder para perdonar pecados. Todo esto es, puramente, una cuestión de autoridad. Muy a menudo, cuando nosotros los ministros predicamos a través de los Evangelios, tomamos estas cosas y las convertimos en parábolas, acompañadas de pequeños mensajes agradables y tranquilizadores. Pero, realmente, estamos perdiendo el punto. Deberíamos estar predicando al Señor Jesucristo y afirmando su Autoridad…
He seleccionado estos ejemplos para mostrarles que todo el Nuevo Testamento está claramente diseñado para convencernos de la autoridad de Jesucristo. Si Él no es quien dice ser, no hay necesidad de escucharlo. Si lo es, entonces estamos obligados a escucharle y a hacer lo que sea que Él nos diga que hagamos. Mi propia felicidad no es el criterio. Si Él permite que yo siga enfermo o con problemas —diga lo que diga— responderé: “Sí, Señor”. Lo haré porque Él es el Señor. Él es la Autoridad.
De hecho, incluso sus enemigos, lo reconocieron claramente. Vieron que afirmaba ser Dios. Vea, por ejemplo, Juan 10:33. Todos parecían reconocerlo y, sus mismos discípulos, tropezando y tambaleándose, ellos mismos, finalmente, lo confesaron. Pedro hizo la gran declaración en Cesarea de Filipo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16). En otra ocasión, nuestro Señor, al ver que la gente abandonaba la congregación, se volvió a los discípulos y les dijo: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”. Pedro respondió de nuevo, quizá sin saber muy bien lo que decía: “¿A quién iremos?”. ¿Dónde más hay una autoridad? “Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:66-69). En otras palabras, los apóstoles reconocieron: “No hay nadie más. Tú eres la última y final Autoridad”.
Su muerte, resurrección y ascensión: A pesar de todo esto, Él fue crucificado en aparente debilidad, murió y fue sepultado en una tumba. Es en este momento, cuando su Autoridad brilla con más gloria y audacia. Ha vencido incluso a la muerte y su resurrección de la tumba es la prueba definitiva de su Autoridad. Y así, tenemos el vital e importante incidente concerniente a Tomás. Al incrédulo Tomás, se le dice que Él ha resucitado, pero no puede creerlo. Parece increíble, pero cuando lo ve y es desafiado a que meta la mano y el dedo en las heridas, Tomás cae a sus pies y dice: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn. 20:24-28).
Sin embargo, debemos ir, incluso, más allá de la resurrección porque se nos dice que estos discípulos, después de haberle escuchado, le vieron ascender al cielo. Leemos: “Después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo” (Lc. 24:52). Hay una tendencia por parte de los evangélicos a subestimar la ascensión. Pero está en las Escrituras y se enfatiza, no sólo en los Evangelios, sino también en los Hechos de los Apóstoles. La ascensión es una parte vital del testimonio de la autoridad de Cristo.
“El cristianismo es Cristo”. No es una filosofía, de hecho, ni siquiera una religión. Es la buena noticia de que “Dios… ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc. 1:68) y que lo ha hecho, enviando a su Hijo unigénito a este mundo para vivir, morir y resucitar. Nuestro Señor Jesucristo es “el Alfa y la Omega, el primero y el último” (Ap. 1:11). En otras palabras, Él es la única Autoridad.
Tomado de Autoridad (Authority) (Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1984), 11-29; usado con permiso; www.banneroftruth.org.
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Predicador expositivo y autor galés; nacido en Cardiff, Gales, Reino Unido.
Footnotes
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Nebulosa – Poco clara; mal definida. ↩
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Anunciante – Persona que se emplea para publicar anuncios en paredes, cercas, etc. ↩
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Pancarta – Letrero que lleva un eslogan o una imagen, a menudo, utilizado en manifestaciones públicas. ↩
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Apologética – Rama de la teología que se ocupa de la defensa de la fe cristiana. ↩