Autoridad pastoral

Arthur W. Pink (1886-1952)

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso” (Hebreos 13:17).

Obedecer y someterse a sus líderes espirituales es a lo que se exhorta aquí a los miembros de la iglesia… Ignorar a estos gobernantes o rebelarse contra su autoridad es despreciar a Aquel que los ha nombrado.

De estas palabras se desprende, claramente, que en los días de los apóstoles había dos clases distintas en el pueblo de Dios, a saber, los gobernantes y los gobernados; y como esto no es, meramente, una declaración histórica, sino una exhortación específica, es igualmente claro que lo mismo es obligatorio para los cristianos durante todo el curso de esta dispensación. Esto, por supuesto, presupone un estado eclesiástico establecido entre ellos, en el cual los deberes distintivos de cada clase están aquí, claramente definidos, de acuerdo con el oficio de uno y la obligación del otro. Los deberes aquí prescritos, contienen un resumen sucinto de todo lo que se relaciona con el gobierno y el orden de la iglesia, pues todo lo que concierne a su bienestar, está comprendido en la obediencia debida de la iglesia a sus gobernantes y en el debido cumplimiento de su oficio.

[“Los que tienen el gobierno”] han recibido poder de Cristo para presidir sus Asambleas; para declarar su Voluntad y ejecutar sus Leyes; para redargüir, reprender, exhortar con toda autoridad y paciencia. Ellos no tienen ningún poder arbitrario, excepto el que Cristo les ha dado; sin embargo, dentro de los límites que Él ha prescrito, son gobernantes y es deber de sus miembros, obedecerles. “Es de igual importancia que los que desempeñan cargos en una iglesia, no aspiren a un grado más alto de autoridad y no se contenten con un grado más bajo de autoridad que el que su Maestro les ha asignado; y que los miembros de una iglesia se guarden, igualmente, de someterse de forma servil, a una tiranía que Cristo nunca ha instituido, y de rebelarse anárquicamente, contra un gobierno que Él ha designado”1.

John Owen declaró que el doble deber aquí ordenado con respecto a los líderes eclesiásticos, tiene que ver con las dos partes de su oficio, a saber: enseñar y gobernar —“Obedecer su enseñanza y someterse a su gobierno”. Si bien es cierto que su doctrina o predicación debe ser obedecida —en la medida en que esté de acuerdo con la verdad— y que su autoridad debe ser acatada en lo que respecta a su ordenamiento de la vida de la iglesia, sin embargo, consideramos, más bien, que las dos exhortaciones tienen una fuerza distributiva, la segunda amplifica la primera. La palabra obedecer en nuestro texto, significa una obediencia que sigue a ser convencido: La mente es llevada primero, junto con el predicador para que crea y, entonces, la voluntad actúa… “Y sujetaos” nos parece que tiene referencia al espíritu en el que debían obedecer —la obediencia no debía ser, meramente, un acto externo, sino impulsada por corazones sumisos—.

Así, entendemos que “obedeced a vuestros pastores” no debe restringirse a su enseñanza (como Owen la definió), sino que incluye también, su gobierno de la iglesia; mientras que el “sujetaos” tiene un significado más amplio que someterse a su gobierno, refiriéndose al espíritu que debía regular toda su obediencia. Como bien lo expresó Calvino, “Él ordena primero obediencia y luego que se les rinda honor. Estas dos cosas se requieren necesariamente, para que el pueblo tenga confianza en sus pastores y también reverencia hacia ellos. Pero al mismo tiempo, debe notarse que el Apóstol habla sólo de aquellos que desempeñan fielmente su oficio porque aquellos que no tienen nada más que el título, es más, que usan el título de pastores con el propósito de destruir la iglesia, merecen muy poca reverencia y, aún menos, confianza. Y esto es también lo que el Apóstol expone, claramente, cuando dice que velan por vuestras almas, un deber que sólo cumplen aquellos que son gobernantes fieles”2.

El deber aquí ordenado, entonces, puede resumirse en: Cultiven un espíritu obediente, dócil y sumiso hacia sus pastores y oficiales de la iglesia. Obedecer y someterse denota tal sujeción como la de los inferiores a los superiores. No es una sujeción servil3, sino ese respeto reverente que Dios requiere, una sumisión que emana del amor y que tiene como fin honrar a aquellos a quienes se les debe honor. Por lo tanto, incluiría hacer todo lo que esté al alcance de los miembros para facilitar y aligerar la labor de sus gobernantes y, por supuesto, para proveer a su sustento temporal. Esos gobernantes son designados por Dios, ocupando su lugar inmediato, de modo que el Señor Cristo declaró: “De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Jn. 13:20).

Es apenas necesario, señalar que esas palabras no deben tomarse de manera absoluta, como tampoco lo son “sométase toda persona a las autoridades superiores” (Ro. 13:1) o “como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo” (Ef. 5:24). Cada una de estas exhortaciones está matizada por otras: Los miembros de una iglesia evangélica no están más, obligados a recibir las enseñanzas del pastor cuando éstas se oponen flagrantemente a las Sagradas Escrituras o a someterse a cualquier decisión suya que sea manifiestamente deshonrosa para Cristo y perjudicial para su pueblo, como tampoco están obligados a someterse a un mandato de Nabucodonosor, si éste erige una imagen para sí mismo y ordena a todos que se postren y la adoren, o si un marido impío exige de su esposa algo contrario a las leyes de la naturaleza. No, no es una obediencia ciega e implícita lo que aquí se ordena porque sería totalmente contrario a todo el tenor de la obediencia evangélica que es nuestro “culto racional” (Ro. 12:1). La sujeción requerida por nuestro texto es sólo a ese oficio establecido por Cristo mismo. Si alguien usurpa ese oficio y bajo el manto del mismo enseña u ordena cosas contrarias a lo que Cristo ha instituido, entonces este mandamiento no requiere obediencia hacia él. Pero es precisamente en este punto, donde se experimenta la mayor dificultad hoy en día. Durante muchos años pasados, un gran número de cristianos profesantes han estado exigiendo que los líderes religiosos les hablen “cosas halagüeñas”, sí, profetizándoles “mentiras” (Is. 30:10), rehusando escuchar lo que condenaba sus vidas carnales y mundanas, y negándose a prestar atención a los santos requerimientos de Dios. En consecuencia, Él ha permitido que sus descendientes cosechen las malas siembras de sus padres, negándoles en gran medida “pastores según mi corazón” (Jer. 3:15), y permitiendo que miles de hombres no regenerados, ocupen el púlpito moderno. En lugar de “obedecerlos” y “someterse” a ellos, Dios requiere que su pueblo se aleje y no tenga nada que ver con ellos.

Los verdaderos siervos de Cristo deben ser identificados por las marcas especificadas en 1 Timoteo 3:1-7: Son hombres “aptos para enseñar” (1 Ti. 3:2), capacitados por el Espíritu para abrir las Escrituras y aplicarlas a la conciencia y la vida de sus oyentes. No son “codiciosos de ganancias deshonestas” ni avaros (1 Ti. 3:3) que exigen un salario que les permita vivir por encima del nivel de sus miembros y rehúsan servir si no hay una paga vinculada a ello. “No un neófito” (1 Ti. 3:6) con poca o ninguna experiencia en los altibajos espirituales del pueblo probado de Dios, sino alguien que él mismo ha probado y comprobado la fiabilidad y suficiencia de lo que recomienda a sus oyentes. Debe ser un hombre “no soberbio, no iracundo, no dado al vino”, sino “amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo” (Tit. 1:7-8), pues de otro modo, no podría recomendar lo que enseña con su propio ejemplo. Los siervos de Cristo, entonces, están dotados de una medida del Espíritu de su Maestro y, por eso, deben distinguirse de los falsos.

Rehusar obediencia y sumisión a tales… es despreciar una institución divina porque el oficio del pastor es tan propio del Señor como lo es la iglesia misma o los dones y gracias de sus miembros individuales. Es cierto que los hombres abusan y abusarán de los buenos dones de Dios, pero si algunos pastores son arbitrarios, ¿no lo son también algunos miembros rebeldes? Si hay orgullo en el púlpito, ¿no lo hay en las bancas? Ay, en esta época laodicense y comunista, cuando lo usual es que “rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores” (Jud. 1:8) y cuando “el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra el noble” (Is. 3:5), casi todo individuo se considera calificado para juzgar y dirigir a los gobernantes, tanto civiles como eclesiásticos, para dictaminar, tanto para el estado como para la iglesia, para escudriñar y criticar todo lo que se hace y para decir lo que debe hacerse. Que el Señor tenga misericordia y someta las turbulentas iras del orgullo.

“Porque ellos velan por vuestras almas”. Esto se aduce como una razón por la cual debemos mostrar el debido respeto a los gobernantes de la iglesia. “La palabra usada es peculiar de este pasaje y denota una vigilancia con el mayor cuidado y diligencia, y eso no sin problemas o peligro como Jacob guardaba y vigilaba los rebaños de Labán durante la noche”4. Los verdaderos sub-pastores de Cristo no tienen objetivos egoístas, sino el bien espiritual y eterno de los que están confiados a su cuidado. Muchos ministros del Evangelio están, a menudo, despiertos, quemando aceite a medianoche, mientras los miembros de su rebaño duermen. Muchos pueden decir a una: “Con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas” (2 Co. 12:15). El oficio ministerial no es de ociosos —exige del corazón, la mente y la energía muscular, como ningún otro lo hace—.

He aquí pues, un motivo para mover a los miembros a someterse, gustosamente, a sus gobernantes. Cuanto más trabajo emprenda alguien por nuestro bien, y más dificultades y peligros corra por nosotros, mayores son nuestras obligaciones para con él. Tal es el oficio de los obispos o ancianos; y cuanto más pesada es la carga que soportan, más honor merecen. Manifestemos entonces, nuestra gratitud, dándoles lo que les corresponde. “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros” (1 Ts. 5:12-13). Añadamos también, que los jóvenes que aspiran al oficio ministerial, deben pensárselo dos veces, antes de aceptar un llamamiento que exige una abnegación incesante, un esfuerzo incansable y un amor por Cristo y su pueblo que sólo puede sostenerse en medio de duros desalientos.

“Velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta” proporciona un motivo adicional. Están colocados en una posición de confianza, comisionados por el Señor, ante Quien son inmediatamente responsables. A menudo, ellos le rinden cuentas ahora, manteniendo una relación constante con Él, exponiéndole el estado y las necesidades de su pueblo, buscando provisiones de gracia. En el Día venidero, deberán rendir cuenta, plena y final, de su mayordomía. Es una consideración indescriptiblemente solemne y esto es lo que los mueve, pues “velan por las almas de su iglesia como quienes han de dar cuenta”. Tienen presente la terrible advertencia de Ezequiel 33:5 y procuran prestar atención a la exhortación de 1 Timoteo 4:16.

“Para que lo hagan con alegría, y no quejándose”. He aquí otra razón por la que los miembros de la iglesia deben dar a sus gobernantes lo que les es debido. Si por un lado nada es más alentador para un pastor que su pueblo sea receptivo y dócil, es igualmente cierto que nada es más descorazonador y entristecedor para él que encontrarse con la oposición de aquellos a cuyos más altos intereses está sirviendo con todas sus fuerzas. Todo ministro cristiano que tenga derecho a esa designación, puede, en su medida, decir con el Apóstol: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Jn. 1:4).

“Porque esto no os es provechoso” proporciona el motivo final. Que los miembros de una iglesia se comporten de tal manera que sean una fuente constante de dolor para su ministro, es despreciar sus propias misericordias. No sólo les impide recibir su instrucción en sus corazones, lo cual resulta en su esterilidad espiritual, sino que también mina su vigor, apaga su celo, haciendo que proceda con un corazón apesadumbrado, en vez de con alegría. Lo que es aún más solemne y serio, el Señor mismo está muy disgustado y se retiran las muestras de su favor porque Él es muy sensible al maltrato de sus mayordomos.

Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures).


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor y autor nacido en Inglaterra, Reino Unido.

Footnotes

  1. John Brown, Una exposición de la epístola del apóstol Pablo a los hebreos (An Exposition of the Epistle of the Apostle Paul to the Hebrews), ed. D. Smith, Vol. 2 (1862), 235.

  2. Juan Calvino, ed. J. Owen, Comentario de la epístola de Pablo, el apóstol a los hebreos (Commentary on the Epistle of Paul the Apostle to the Hebrews) (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 352-353.

  3. Servil – Como esclavo, sumisión rastrera.

  4. John Owen, Una exposición de la epístola a los hebreos (An Exposition of the Epistle to the Hebrews), ed. W. H. Goold, Vol. 24, en Las obras de John Owen (The Works of John Owen) (Edinburgh: Johnstone and Hunter, 1854), 465.