Autoridad apostólica
Benjamin B. Warfield (1851-1921)
A menudo, se dice que el cristianismo es una religión de Libro. Sería más exacto decir que es una religión que tiene un libro. Sus cimientos están puestos en los apóstoles y profetas, sobre los cuales se construyen sus rumbos en las vidas santificadas de los hombres; pero sólo Cristo Jesús es su principal piedra angular. Él es su única base; Él, su única Cabeza; y sólo Él tiene autoridad en su iglesia. Pero Él ha escogido fundar su iglesia, no directamente por sus propias manos, hablando la palabra de Dios, digamos por ejemplo, con voces de trueno desde el cielo; sino a través de la instrumentalidad de un cuerpo de apóstoles, escogidos y entrenados por Él mismo, dotados con dones y gracias del Espíritu Santo y enviados al mundo como sus agentes autorizados para proclamar un Evangelio que Él puso en sus labios y que es, nada menos, que su Palabra autoritativa, la cual, Él habla través de ellos. Puesto que los apóstoles eran representantes de Cristo, lo que hicieron, dijeron y escribieron como tales, nos llega con autoridad divina. La autoridad de las Escrituras descansa, por lo tanto, en el sencillo hecho de que los agentes autorizados de Dios, al fundar la iglesia, las dieron como autoritativas a la iglesia que fundaron. Toda la autoridad de los apóstoles está detrás de las Escrituras y toda la autoridad de Cristo está detrás de los apóstoles. Las Escrituras son, sencillamente, el código de la ley que los legisladores de la iglesia le dieron…
Si, entonces, los apóstoles fueron designados por Cristo para actuar por Él, y en su nombre y autoridad en la fundación de la iglesia (y esto nadie puede dudarlo); y si los apóstoles dieron las Escrituras a la iglesia en cumplimiento de esta comisión (y esto admite muy poca duda), entonces toda la cuestión de la autoridad de las Escrituras está aclarada. Se observará que su autoridad no descansa, exactamente, en la autoría apostólica. El punto no es que los apóstoles escribieron estos libros (aunque la mayoría de los libros del Nuevo Testamento fueron escritos por apóstoles), sino que ellos los impusieron a la iglesia como exposiciones autoritativas de su fe y práctica, divinamente designadas. Menos aún, la autoridad de las Escrituras descansa en la autoridad de la iglesia. La iglesia puede dar testimonio de lo que recibió de los apóstoles como ley, pero esto no es dar autoridad a esa ley, sino reconocer con humildad, la autoridad que, legítimamente, le pertenece, ya sea que la iglesia la reconozca o no. El equívoco en el que algunos caen aquí es algo así como confundir la “autoridad” relativa de la señalización y del camino; la señalización puede indicarnos el camino correcto, pero no confiere su rectitud al camino. No ha “determinado” el camino —es el camino el que ha “determinado” que haya una señalización y, a menos que el camino vaya por sí mismo a su destino, la señalización no tiene poder para determinar su dirección—. Así, la iglesia no “determina” las Escrituras, sino las Escrituras a la iglesia. Tampoco sirve decir, en contraposición, que la iglesia existía antes de las Escrituras y que, por tanto, no puede depender de ellas. El punto es, si las Escrituras son un producto de la iglesia o, más bien, de la autoridad que fundó la iglesia. La iglesia, ciertamente, no existía antes de la autoridad que Cristo dio a los apóstoles para fundarla, en virtud de la cual, le han impuesto las Escrituras como ley.
La apostolicidad determina así, la autoridad de la Escritura; cualquier libro o conjunto de libros que fueron dados a la iglesia por los apóstoles como ley, deben permanecer siempre como autoridad divina en la iglesia. Que los apóstoles dieron así a la iglesia, todo el Antiguo Testamento, el cual, ellos mismos habían recibido de sus padres como la Palabra escrita de Dios, no admite duda ni se pone en duda. Que, gradualmente, añadieron a este cuerpo de ley antigua un cuerpo adicional de ley nueva es, igualmente, evidente. En parte, esto se determina, directamente, por su propio testimonio existente. Así, Pedro coloca las epístolas de Pablo junto a las Escrituras del Antiguo Testamento como ley para los cristianos (2 P. 3:16); y así, Pablo coloca el Evangelio de Lucas junto a Deuteronomio (1 Ti. 5:18). Así también, todos escriben con autoridad (1 Co. 14:37; 2 Co. 10:8; 2 Ts. 2:15; 3:6-14) —con una autoridad que está por encima de la de los ángeles (Gá. 1:7-8) y cuyo reconocimiento inmediato es la prueba de la posesión del Espíritu Santo (1 Co. 14:37; 2 Ts. 3:6-14)—. En parte, se deja que se determine, indirectamente, a partir del testimonio de la iglesia primitiva; no hay mucha distancia entre la indudable aceptación universal de un libro como autoritativo por parte de la iglesia de la era apostólica y el don apostólico del mismo como autoritativo para esa iglesia. Pero de una manera u otra, se demuestra, fácilmente, que todos los libros que ahora constituyen nuestra Biblia y que los cristianos, desde aquel día hasta hoy, han tratado, lealmente, como su libro de la ley, divinamente prescrito, ni más ni menos, fueron así impuestos a la iglesia como su regla de fe y práctica, divinamente autorizada.
Ahora, por supuesto, no hace falta decir que los apóstoles no recibieron esta autoridad suprema como legisladores de la iglesia sin preparación para sus altas funciones, sin instrucción previa en la mente de Cristo, sin salvaguardas puestas a su alrededor para el desempeño de su tarea, sin la guía acompañante del Espíritu Santo. Y nada es más notable en los escritos que ellos han dado a la iglesia que esta afirmación que ellos hacen de manera generalizada: al darlos, ellos están actuando sólo como los agentes de Cristo y aquellos que los escribieron, escribieron en el Espíritu de Cristo. Lo que Pablo escribe lo presenta como los “mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37), lo cual, por lo tanto, él transmite en el nombre del Señor (2 Ts. 3:6); y el Evangelio que Pedro predicó fue proclamado en el Espíritu Santo (1 P. 1:12). Toda la Escritura del Antiguo Testamento es inspirada por Dios (2 Ti. 3:16) y el Nuevo Testamento es igualmente Escritura junto al Antiguo (1 Ti. 5:18); toda profecía de la Escritura vino de hombres que hablaron de parte de Dios, siendo movidos por el Espíritu Santo (2 P. 1:20); y las epístolas de Pablo difieren de estos escritos más antiguos, sólo en ser “otras” —es decir, Escrituras más nuevas de la misma clase (2 P. 3:16)—. Cuando consideramos las promesas de guía sobrenatural que Cristo hizo a sus apóstoles (Mt. 10:19-20; Mr. 8:17-21; Lc. 21:14; Jn. 14 y 16), en relación con su afirmación de hablar con autoridad divina, incluso cuando escribían (1 Co. 14:37; 2 Ts. 3:6), y su unión de sus escritos con las Escrituras del Antiguo Testamento como igualmente divinas que ellas, no podemos dejar de percibir que los apóstoles afirman ser asistidos en su trabajo de dar la ley a la iglesia de Dios por la gracia superintendente prevaleciente del Espíritu Santo. Esto es lo que se llama inspiración1. Esto no deja de lado la autoría humana de los libros, sino que también, pone una autoría divina detrás de la humana. Esto atribuye a los autores tal influyente asistencia del Espíritu en el proceso de escribir, que las palabras que ponen por escrito, se convierten también, en palabras de Dios; y el escrito resultante no es, meramente, la expresión de la voluntad de Pablo, Juan o Pedro para las iglesias, sino la expresión de la voluntad de Dios. Al recibir estos libros de los apóstoles como ley, por lo tanto, la iglesia siempre los ha recibido, no sólo como libros dados por los agentes de Dios, sino como libros dados por Dios a través de esos agentes, de modo que cada palabra de ellos es la Palabra de Dios.
Obsérvese que la prueba de la autoridad de las Escrituras no descansa en una prueba previa de su inspiración. Incluso, una ley no inspirada es ley. Pero cuando se ha demostrado que la inspiración es un hecho, esto refuerza, poderosamente, su autoridad. Dios nos habla ahora, en las Escrituras, no sólo mediatamente a través2 de sus representantes, sino directamente a través de las Escrituras mismas como su Palabra inspirada. Las Escrituras se convierten así, en la cristalización de la voluntad autoritativa de Dios. No vamos a decir que el cristianismo no podría haber sido fundado, propagado3 y preservado sin escritos inspirados o, incluso, sin ningún cuerpo escrito de la enseñanza apostólica autoritativa. Dondequiera que se conozca a Cristo por cualquier medio, hay cristianismo, y los hombres pueden oír, creer y salvarse. Pero Dios ha hecho que su gracia abunde sobre nosotros en el sentido de que Él, no sólo publicó la redención por medio de Cristo en el mundo, sino que dio a esta predicación, una expresión autoritativa por medio de los apóstoles; [Él] la fijó con fiabilidad infalible en su Palabra inspirada. Así, en cada época, Dios habla, directamente, a cada corazón cristiano y nos da seguridad abundante a nuestros pies y seguridad divina a nuestras almas. Y así, en lugar de un mero registro de una revelación dada en el pasado, tenemos la siempre viva Palabra de Dios; en lugar de una mera tradición, por muy guardada que esté, tenemos lo que todos hemos aprendido a llamar en un sentido único “las Escrituras”.
Tomado de un breve ensayo publicado en el Maestro de Westminster (Westminster Teacher), septiembre de 1889.
Benjamin Breckinridge Warfield (1851-1921): Profesor presbiteriano de teología en el Seminario de Princeton; nacido cerca de Lexington, Kentucky, Estados Unidos.
Los apóstoles mismos, han pasado a su recompensa eterna, pero nosotros tenemos sus escritos autoritativos. En estos escritos, todavía oímos a los apóstoles hablar con ese poder del que estaban investidos exclusivamente. Ningún hombre posee hoy la autoridad de, por ejemplo, el apóstol Pablo. Sólo uno así, podría escribir a la iglesia de Dios en Corinto y decir: “¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara [cetro de autoridad], o con amor y espíritu de mansedumbre?” (1 Co. 4:21). La autoridad divina conferida a Pablo (y, por supuesto, lo mismo vale para todos los demás apóstoles) terminó con su muerte… Los escritos dados por inspiración a través de [los apóstoles] poseen una autoridad permanente. “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21). Las palabras del Nuevo Testamento poseen para la iglesia de Dios de hoy, toda la autoridad de los lejanos tiempos apostólicos. —Arthur W. Pink
Pablo dice que los cristianos están “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas” (Ef. 2:20). Ahora, usted y yo, estamos edificados sobre ese fundamento. No consideramos como autoritativo, nada de lo que se haya dicho después del canon del Nuevo Testamento. He aquí nuestro fundamento y no aceptamos ninguna enseñanza de ninguna iglesia ni de ninguna tradición como divinamente inspirada. Ésta es la base y la iglesia debe ser edificada sobre esta enseñanza a causa de su autoridad única. —David Martyn Lloyd-Jones