Por qué algunos dejan a Cristo

Charles H. Spurgeon (1834-1892)

“¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67).

Ninguna de las desgracias que sufren nuestras comunidades cristianas es más lamentable que la que surge de la deserción de miembros. El peor sufrimiento que puede destrozar el corazón del pastor es el que causa la perfidia1 de su amigo más cercano. La más terrible calamidad que la Iglesia puede temer, no es una que surja de enemigos de afuera, sino de falsos hermanos y traidores dentro del campamento…

En todas nuestras iglesias, entre los muchos que se hacen miembros, hay los que luego desertan. Asisten un tiempo y luego, regresan al mundo. La razón radical por la que se retiran, es una obvia incongruencia2. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros” (1 Jn. 2:19). Los inconversos adheridos a nuestra comunión, no son una pérdida para la Iglesia cuando se apartan. No son una pérdida real, como tampoco es un detrimento3 para el trigo quitarle la paja. Cristo mantiene el aventador, constantemente en movimiento. Su propia predicación depuró constantemente a sus oyentes. Algunos se fueron como volando porque eran paja. Ellos no creían realmente. Por la naturaleza del ministerio del Evangelio, por el orden de la Providencia, por todas las disposiciones del gobierno divino, lo precioso es separado de lo vil, la escoria es quitada de la plata [para que] la buena semilla y el metal puro permanezcan y sean preservados. El proceso es siempre doloroso. Provoca un gran escrutinio del corazón entre los que permanecen fieles y ocasiona una profunda angustia a los espíritus apacibles de carácter tierno y simpático… Me lo planteo a mí mismo. Se lo planteo a aquellos que son oficiales de la Iglesia. Se lo planteo a cada miembro sin excepción: ¿Queréis acaso iros también vosotros?

… ¿Por qué [algunos] renuncian a la profesión religiosa que una vez abrazaron? La razón fundamental es la [falta] de gracia, falta de fe verdadera, una ausencia de piedad vital. No obstante, las razones exteriores que exponen la apostasía interior del corazón contra Cristo, es lo que ansío tratar.

POR QUÉ ALGUNOS DEJAN A CRISTO: Hay en esta época, como los hubo en la época del Señor, los que dejan a Cristo porque no pueden soportar su doctrina. Nuestro Señor había declarado, más explícitamente que en ninguna otra ocasión, la necesidad de que el alma se alimente de Él. Probablemente, malinterpretaron su lenguaje, pero lo cierto es que se ofendieron por su declaración. Por eso, hubo quienes dijeron: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Jn. 6:60). Así que ya no caminaron más con Él.

Existen muchos puntos y detalles en que el Evangelio es ofensivo a la naturaleza humana y repulsivo para el orgullo de la criatura. Éste no tenía la intención de complacer al hombre. ¿Cómo podríamos adjudicar tal propósito a Dios? ¿Por qué habría de concebir un Evangelio para satisfacer los caprichos de nuestra pobre naturaleza humana caída? Él se propuso salvar a los hombres, pero Él nunca quiso gratificar sus depravados gustos. Más bien, pone el hacha a la raíz del árbol y tala su orgullo humano. Cuando los siervos de Dios son constreñidos a presentar alguna doctrina humillante, están los que dicen: “¡Ay! Yo no acepto eso”. Se oponen a cualquier verdad que hiera sus prejuicios.

¿Qué dicen ustedes, hermanos, ante los reclamos del Evangelio sobre su lealtad? Si descubren que la Palabra de Dios reprende tu placer favorito o contradice las convicciones más queridas, ¿se ofenderán de inmediato y se apartarán? No, pero si sus corazones están bien con Cristo, estarán preparados para acoger todas sus enseñanzas y rendir obediencia a todos sus preceptos. Sólo prueben que es una enseñanza de Cristo, para que el profesante de mente recta esté listo para recibirla. Aquello que es transparente en las Escrituras, será aceptado de corazón, como dice: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Is. 8:20). En cuanto a lo que sólo se infiere o argumenta a partir de la orientación general de la Escritura, el corazón sincero no se apurará a rechazarlo, sino que será paciente para investigarlo, como los bereanos, quienes “eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hch. 17:11). ¡Oh! ¡Que la Palabra de Cristo more en abundancia en nosotros! ¡No permita Dios que ninguno de nosotros se aparte, ofendido a causa de Él, de su bendita Persona, de su santo ejemplo o de su sagrada enseñanza! ¡Que estemos siempre listos para creer lo que Él dice y prontos para hacer lo que ordena!…

Hay otros que dejan al Salvador por las ganancias materiales. Muchos han caído en esa trampa… Si quieren ganar dinero —y no hay nada pecaminoso en ello— que sea honestamente. Nunca permitas que las riquezas sean perseguidas en torno a la religión. Vendan sus mercaderías y encuentren un mercado para ellas; pero no vendan a Cristo ni cambies tu primogenitura celestial por un soborno sin valor. Exhiban la mercancía que quieran en la vitrina de sus tiendas, pero no pongan… en sus rostros, una expresión hipócrita, ni “uses una mirada santa” con la intención de convertir tu piedad en ganancia. ¡Que Dios nos salve de esa extrema canallada! ¡Que nunca suceda entre nosotros! ¿Se hace alguien miembro de la iglesia por la respetabilidad que implica, por la posición que le puede dar o por el mérito que logre obtener? Pronto descubrirá que no cumple ese propósito. Entonces, se irá. La probabilidad más grave es que sea expulsado con vergüenza.

Algunos dejan a Cristo y se van aterrorizados porque son perseguidos. Se supone que en estos días no sucede tal cosa. Pero eso es un error… maridos impíos asumen el papel de pequeños tiranos y no permiten que sus esposas disfruten de la religión, sino que les amargan la vida, manteniéndolas en atroz esclavitud. Empleadores, con frecuencia, persiguen a sus empleados, cuya piedad para con Dios es su única ofensa. Aún peor, hay gente en el trabajo que se considera inteligente, que no puede permitir que sus compañeros asistan a un lugar de adoración sin crueles mofas, escarnios y burlas. En muchos casos, la risa en el lugar de trabajo, nunca es más ruidosa que cuando es contra un creyente en Cristo. Ellos cuentan que es raramente divertido, cazar a un hombre a quien le importa la salvación de su alma. Se llaman a sí mismos, “ingleses”4, pero en realidad, no son dignos de su país. Estos son unos cobardes, bastardos y mal educados.

Allí está el ateo: Está furioso porque el magistrado no confía en su juramento. Reclama libertad de conciencia para ser pagano, pero le niega a su compañero, el derecho de ser cristiano. Un ejemplo es ese pequeño partido de obreros británicos (Little party of British workmen): Pertenecen a la sociedad de profanación del Día del Señor. Están pidiendo al parlamento que abra los museos y teatros los domingos. A la misma vez, persiguen hasta la muerte al pobre hombre que prefiere asistir a la capilla. Quieren hacerse notar por su estima de los juramentos que pronuncian, pero exhiben su ignominia por el desprecio que demuestran hacia los que pretenden cantar un himno. ¡Saludan al borracho como a un amigo o compinche, pero se burlan del sobrio como si fuera un fanático…! ¡Que el Señor nos dé la gracia para soportar tales persecuciones! ¡Aun si nos hieren en lo más profundo, aprendamos a soportarlo con ecuanimidad5 y hasta regocijarnos de que se nos considere dignos de sufrir por causa del Salvador!

Algunos de nosotros hemos tenido que soportar mano dura por muchos años. Lo que hemos dicho ha sido constantemente tergiversado. Lo que nos hemos esforzado por hacer, ha sido mal juzgado y nuestros motivos han sido mal entendidos. No obstante, aquí estamos, tan felices como cualquier otro fuera del cielo. Ninguna de las calumnias6 que han sido amontonadas sobre nosotros, nos han herido. Nuestros enemigos nos habrían aplastado pero, bendito sea Dios, Él nos animó, a menudo, cuando estábamos abatidos. ¡Mi deseo es que, de igual manera, el Señor fortalezca tu mente y dé valentía al corazón para soportar la prueba con entereza! Entonces, ya no te importarán las carcajadas y las mofas, más que el ruido de las aves migratorias en lo alto, haciendo su fatigoso viaje en una tarde de otoño a climas distantes. Ánimo, hombre. Teme a Dios y enfrenta a tus acusadores. La verdadera valentía se hace más fuerte cuando enfrenta oposición. Nunca piensa en abandonar el ejército de Cristo. Y mucho menos, deberías de acobardarte por las insolencias de algún acosador grosero. No dejes que tu fe sea vencida por tales escarnios…

De tiempo en tiempo, hay gente que abandona la religión verdadera por pura liviandad 7. No sé cómo explicar las deserciones de estos hombres. Si uno se fija en la lista de naufragios, notará que algunos han sido por colisiones entre embarcaciones y otros por chocar contra las rocas. Pero a veces, uno se encuentra con un barco que se hundió en alta mar. Nadie sabe cómo sucedió. El propio dueño mismo no lo comprende. Era un día tranquilo, sin nubes en el cielo, cuando se hundió la embarcación. Hay algunos que profesan la religión, pero con respecto a la fe, han naufragado cuando aparentemente todo iba bien —tan libres de pruebas, tan exentos de tentaciones— que no hemos visto nada que despierte ansiedad en su favor; sin embargo, de repente han naufragado. ¡Tal situación nos extraña y asombra!

Recuerdo a un individuo que cayó en un pecado grave, de quien un hermano torpemente dijo: “Si ese hombre no es un cristiano, tampoco lo soy yo”. Sus oraciones, ciertamente habían sido dulces. Muchas veces me conmovieron sobremanera ante el trono de gracia y, aun así, era imposible ver la vida de Dios en su alma porque vivió y murió en flagrante pecado e impenitente hasta el final. Sólo puedo atribuir a casos como ese, una especie de liviandad que puede encantarlo, igualmente, por un sermón que por una obra de teatro; tomar una banca en la capilla o un palco en la ópera con la misma casual despreocupación; y seguir ansiosamente, el frenesí del momento, “todo por turno y nada por mucho tiempo”8. Inestable como las aguas, no será el principal (Gn. 49:4). En el impulso de un momento, profesan el cristianismo, pero no lo practican y luego, sin preocuparse por renunciar a él, caen en la infidelidad… Surgen en un momento y, de pronto, se marchitan. Apenas se siembra la semilla, aparece el brote. ¡Qué maravillosa cosecha prometen! Pero ¡ay! en cuanto sale el sol con su calor abrasador, la buena semilla se marchita y muere porque no tiene tierra donde echar raíces… Nunca ceses de orar para que estés arraigado y cimentado, establecido y edificado en Cristo, de manera que cuando lleguen las inundaciones y soplen los vientos, no caigas y grande sea tu ruina como aquella casa construida sobre la arena (Mt. 7:24-27).

Y ¡ay! ¡Cuántos dejan a Cristo por causa de los placeres sensuales! No me extenderé en esto. Pero, en cuanto a estos, es cierto que los placeres temporales del pecado fascinan sus mentes hasta sacrificar sus almas en el altar de la sórdida vanidad. Por un baile divertido, una diversión licenciosa o una irreflexiva alegría pasajera, han renunciado a los placeres que nunca dejan de satisfacer, las esperanzas inmortales que nunca fallan, y han dado la espalda a ese bendito Salvador que da y alimenta los gustos con gozos inefables, gozos plenos de gloria.

En nuestra supervisión pastoral de una iglesia como ésta, tenemos evidencias dolorosas de que una cantidad considerable de personas se enfrían gradualmente. Los informes de los ancianos sobre los miembros ausentes reiteran las excusas vanas por su ausencia. Uno tiene muchos niños que atender. La distancia es demasiado grande para otro. Cuando se unieron a la iglesia, su familia era igual de grande y la distancia era la misma. Pero los cuidados de la familia se tornan más problemáticos cuando su interés en la religión comienza a decaer y la fatiga del viaje aumenta cuando su celo por la casa de Dios tambalea. Los ancianos temen que se están enfriando. No notamos ninguna transgresión como tal, pero hay una declinación gradual que nos aflige. Le temo a esa frialdad de sus corazones. Va atacando, sin sentirlo, pero seguro, a la persona entera. No digo que sea peor que un pecado manifiesto. No puede serlo. No obstante, es más insidioso9. Un delito flagrante lo asustaría a uno como lo haría un espasmo a un paciente; pero el proceso lento de apostatar, puede actuar sobre alguien como lo hace una parálisis sin despertar sospechas. Como el sueño en que cae el hombre en regiones congeladas: Si se rinde, nunca despertará…

Las doctrinas erradas ocasionan que muchos apostaten. Eso siempre abunda. Los engañadores seducen a los débiles. Algunos se han apartado llevados por dudas modernas. La infidelidad modesta tiene sus partidarios. Comienzan cautelosamente leyendo obras con miras a responder al escepticismo científico o intelectual. Siguen leyendo y se sumergen un poco más en la corriente turbia porque se sienten perfectamente capaces de resistir la influencia insidiosa. Continúan hasta que al final quedan atrapados. No acuden a los que podrían clarificar sus dudas, sino que se siguen tambaleando hasta perder el equilibrio y el que decía ser creyente, termina en el ateísmo descarnado, dudando aun de la existencia de Dios. ¡Oh! ¡Que los que ya conocen bien las cosas se contentaran con lo que les ha sido enseñado! ¿Para qué mezclarse con herejías? ¿Qué pueden hacer, sino contaminar sus mentes?… ¿Por qué ser tan necio como para pasar por estanques de enseñanzas sucias, simplemente porque crees que es fácil limpiarse de su contaminación? Semejante trivialidad es peligrosa. Cuando comiences a leer un libro y lo encuentres pernicioso, déjalo a un lado. Alguien te puede reprender por no leerlo todo. Pero, ¿por qué deberías?… Apenas una frase de algunos libros debiera ser suficiente para que un hombre sensato rechace todo el contenido. Dejemos que los que disfrutan de esa comida, la tengan, pero yo tengo un gusto por una mejor comida. Permanece en el estudio de la Palabra de Dios. Si tu deber es exponer estos males, enfréntalos valientemente con oraciones a Dios, pidiéndole su ayuda. Pero si no, como humilde creyente en Jesús, ¿por qué habrías de gustar y probar cosa tan nociva cuando aparece en la librería?

Tomado de Huida y apostasía (Absconding and Apostasy), publicado el jueves 22 de marzo de 1917.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; el predicador más leído en la historia (aparte de la Biblia); nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Footnotes

  1. Perfidia - Traición.

  2. Incongruencia – Incoherencia, falta de conformidad; algo fuera de lugar en su contexto.

  3. Detrimento – Pérdida; daño.

  4. Ingleses – En inglés, aparece “englishmen” que traduce literalmente, “hombre inglés”, como una alusión a “noble”; “caballero”.

  5. Ecuanimidad - Firmeza de la mente en situaciones de estrés.

  6. Calumnias - Acusaciones falsas; tergiversaciones maliciosas.

  7. Liviandad – En inglés “levity”, que se traduce como “ligereza”; “frivolidad” o “inestabilidad” en el sentido de tratar asuntos en una manera sin el debido respeto o con falta de seriedad.

  8. Lord Byron (1788-1824) – Poeta inglés, líder del Movimiento Romántico.

  9. Insidioso – Extendiéndose dañinamente de una manera sutil.